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mayo-agosto, 2014
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La colonia cubana de Buenos Aires, la crisis del 98 y la gran prensa argentina. Apuntes para un estudio 
Enrique López Mesa

Es conocido que durante la Guerra de Independencia de Cuba (1895-1898) ninguno de los gobiernos latinoamericanos reconoció la beligerancia de nuestros patriotas. Lejos de ello, adoptaron posiciones que fueron desde una supuesta neutralidad hasta el intento de aprovechar la ocasión para anexarse la Isla, pasando por la complicidad con el esfuerzo de la exmetrópoli por retener sus últimas colonias continentales. Lamentablemente, son páginas tristes de la historia de América, y la Argentina no estuvo al margen de ellas.[1] Sobre sus razones específicas ha dicho el historiador español Agustín Sánchez Andrés:

[...] durante la segunda mitad del siglo XIX, la política exterior argentina gravitó, en gran medida, en torno a la contención de las pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos sobre el continente americano, bien promoviendo un mayor acercamiento a las potencias europeas, bien obstaculizando el desarrollo del movimiento panamericanista, considerado por la clase política argentina como un instrumento de la diplomacia norteamericana en la región. Esta situación supuso que el gobierno de Buenos Aires contemplara con inquietud el desplazamiento de la influencia española de Cuba y Puerto Rico y el consiguiente incremento de la influencia norteamericana en el Caribe.

Por su parte, la existencia en esta república de la colonia española más importante de América Latina, integrada por un número de inmigrantes superior al conjunto de la inmigración española en el resto del continente, condicionó necesariamente la posición de las autoridades y la opinión pública de este país hacia la cuestión cubana y proporcionó a la diplomacia española un importante grupo de presión en la república sudamericana.[2]

El peso del elemento español en la sociedad argentina de fines del siglo XIX fue descrito por el historiador Bernardo González Arrili:

España, por el idioma y por la inmigración, había reconquistado a la Argentina, y especialmente a Buenos Aires, el puerto y la capital federal. Casi todo el comercio minorista estaba en manos de españoles. Gran parte del mayorista —almacenes de comestibles y registros de ropería— también. Todos los boliches de la campaña; casi todos los negocios de Ramos Generales, de las provincias, lo mismo. El ambiente medio de la población, salvo raras excepciones, era hispánico [...].[3]

Por ende, la minúscula colonia cubana de Buenos Aires —que no llegaba a la veintena de integrantes—[4] estaba en total desventaja frente a la numerosa e influyente comunidad española de la Argentina, estimada en más de 300 000 personas, bien organizada y con medios de prensa, que respondía eficientemente a la solicitud de ayuda que recibiera desde el mismo Palacio Real de Madrid, tanto con remesas de dinero, como de voluntarios.[5] Además, a diferencia de las principales comunidades de exiliados cubanos —o sea, las de Nueva York, Tampa y Cayo Hueso—, la de Buenos Aires no podía enviar expediciones ni aportar combatientes al campo insurrecto.[6] Sus posibilidades de acción se veían limitadas a recaudar algunos fondos y remitirlos a Nueva York, y a recabar apoyo político para la causa cubana. De hecho, su principal tarea consistía en divulgar la verdad de lo que ocurría en la Isla, y para esto chocaba con la gran prensa argentina que, o bien tomaba distancia, o bien se situaba en la vereda opuesta.

Aquel puñado de cubanos se vio atrapado en un nudo de contradicciones políticas internas y externas, que quizás algunos de ellos no atinaran a comprender cabalmente; pero se aferraron a su mayor ideal: la libertad de su patria. Tuvieron que actuar bajo un gobierno que, aunque había proclamado de manera oficia su neutralidad en el conflicto, de hecho privilegiaba la “relación especial” con la exmetrópoli que se había venido fomentando desde la década anterior y que alcanzaría una sorprendente culminación simbólica en marzo de 1900, con la censura de la versión cantada del himno nacional argentino.[7] Por decreto presidencial serían omitidas de ella las estrofas que resultaran mortificantes para el patriotismo español.

Por su lado, la actitud de España se enmarcaba en la política “panhispanista” que desplegó después de 1866, o sea, tras el final de su guerra marítima contra Chile y Perú. Sustituto de los anteriores sueños de reconquista militar de América, el “panhispanismo” se proponía una especie de “reconquista espiritual”, mediante un tutelaje cultural y moral de los países hispanoparlantes —no exento de ventajas mercantiles— que rivalizara con la creciente influencia norteamericana en el Continente.

A pesar de que José Martí había fundado el Partido Revolucionario Cubano en abril de 1892, solo en agosto de 1895 —seis meses después del inicio de nuestra Guerra de Independencia— era creado el Comité Revolucionario Cubano de Buenos Aires. El 21 de ese mismo mes, su presidente —J. J. Domínguez Delaney— y su tesorero —Emiliano Estrada— informaban de ello a Tomás Estrada Palma, sustituto de Martí en el cargo de Delegado del Partido Revolucionario Cubano: “Tardía parecerá tal resolución si no se tiene en cuenta la gran distancia que separa el estuario del Plata del teatro de la guerra, la escasez de cubanos en la república Argentina y la desconfianza a que el cable los tiene acostumbrados aun antes de la sublevación de los Sartorius”. Y abundaban sobre la situación adversa de los cubanos en aquella ciudad:

La actitud indiferente de la prensa argentina respecto al actual levantamiento sería inconcebible, si no se tuviera en cuenta que desde la capital federal hasta el último villorrio que dá [sic.] a luz algún periódico, han invadido aquella, con muy contadas excepciones, los españoles. Agréguese a esto que la república Argentina teniendo en perspectiva algún conflicto con un vecino bastante belicoso, cuenta demasiados intereses creados, para indisponerse con los hijos de la que fue metrópoli del Río de la Plata que a millares alberga en su seno. Es fácil concebir la lucha que tiene la colonia cubana que sostener en tal situación. El Presidente del Comité, así como varios miembros del mismo han procurado por cuantos medios están a su alcance y valido el primero de las vinculaciones con el DIARIO,[8] periódico vespertino bonaerense el más popular, tratar de hacer atmósfera a la opinión; ya con algún trabajo propio, bien con agenos [sic.] –como el valiosísimo que sobre Cuba dio á [sic.] la luz hace poco el Sr. Pi y Margall.

.........................................

En las correspondencias que del distinguido escritor cubano Sr. Manuel de la Cruz, publica “La Nación” dase cuenta del envío a éstas tierras de un representante del Partido Revolucionario. Mucho es de temer que, por el momento, poco pueda hacer en la república Argentina por las razones expuestas.

Sería muy conveniente que el Sr. Delegado comisionara a escritor tan competente como el ya mencionado de correspondencias lo más verídicas posible que el Comité trataría de hacerlas aparecer en esta. Ellas, junto con las del Sr. Manuel de la Cruz, contrarrestarían la enorme propaganda hecha por los españoles.[9]

El primero de octubre siguiente, Delaney informaba a Estrada Palma: “En LA NACION, periódico de la mañana que con LA PRENSA son los leading morning papers, debió aparecer el precioso y sensato Manifiesto de Ud. Creo que se insertará mañana, pues no me parece lo echen al canasto, desde que agradó muchísimo al Administrador, Sr. Enrique de Vedia”.[10] Desconocemos si el manifiesto fue publicado o no.

El 14 de noviembre de ese mismo año de 1895, el tesorero informaba a la delegación neoyorquina acerca del aporte financiero de los cubanos del Plata: “La Colonia de esta tan reducida y pobre no puede mandar más que lo que individualmente puede cada uno, pues no ha pedido ni pedirá a nadie en este país que es muy español”.[11]

El 5 de enero de 1896, el propio Tesorero del Comité y primo de Estrada Palma, volvía sobre el tema: “[...] nuestro Club se compone de escaso número de cubanos que apenas ganan lo suficiente para vivir”.[12] Pero añadía una nota positiva: dos días antes se había fundado el Comité “José de San Martín”, primer club político argentino dedicado a apoyar moral y económicamente a la causa de la independencia cubana: “[...] este primer paso de los argentinos nos alienta porque nos da esperanzas de obtener algunos recursos para nuestros hermanos”.[13] Mas, a continuación, venía el contraste negativo:

Bueno es que sepas que “La Nación” y “La Prensa” que son los diarios más importantes de esta Ciudad se abstienen de publicar las correspondencias de Manuel de la Cruz y de Fidel G. Pierra por no perder la clientela española. Así es que si te parece bien esos caballeros pueden remitírmelas a mí para publicarlas en los diarios de mayor circulación que simpatizan con nuestra causa.[14]

Del texto de otra esta se desprende que, al menos, existían algunos periódicos porteños simpatizantes de la causa cubana, a los cuales el Comité destinaba trece de los 25 ejemplares de Patria que irregularmente recibía de Nueva York.[15]

Desde 1895 radicaba en Nueva York el destacado escritor cubano Manuel de la Cruz, donde fungía como secretario de Tomás Estrada Palma y redactor del periódico Patria. Al menos desde 1889 era también colaborador de La Nación. Su fallecimiento, ocurrido el 19 de febrero de 1896, hizo que Estrada Palma se dirigiera a su primo Emiliano Estrada, en Buenos Aires:

Manuel de la Cruz —que falleció el 19 de Febrero y a quien ha sustituido en la Secretaría privada de esta Delegación Eduardo Yero Buduén— era corresponsal de La Nación desde mucho antes del actual movimiento revolucionario, mediante el pago de sus correspondencias, que eran trabajos particulares suyos. Ignoro si La Nación querrá cubrir la plaza con algún otro escritor cubano; en este caso nos convendría que fuera uno de los nuestros. Explore V. este asunto, y haga lo que esté en sus manos [...].[16]

Emiliano Estrada puso la gestión en manos del profesor cubano Francisco Bosque y Reyes,[17] quien propuso a la dirección del periódico La Nación nombrara corresponsal en Nueva York a Enrique José Varona, una de las figuras cumbres de la cultura cubana. No tardó en recibir la respuesta de Enrique de Vedia. Desconocemos el texto de dicha carta, pero el comentario de Bosque y Reyes al remitírsela a Estrada Palma es suficiente:

[...] le envío la carta que el Sr. Vedia, Administrador de “La Nación”, me ha escrito en respuesta al pedido que le hice de que nombraran corresponsal en esa á nuestro eximio escritor el Sr. Enrique José Varona. Esta comisión la desempeñé a instancias de mi buen amigo el Sr. Emiliano Estrada. La respuesta del Sr. Vedia es un fiel reflejo de la triste situación en que el egoísmo argentino nos ha colocado á [sic.] los cubanos en este país; en donde la causa cubana no ha podido encontrar simpatía en parte alguna, y en donde comenzamos ya a sentir los efectos de la parcialidad de la prensa por España. Los trescientos mil españoles que se han radicado en esta república han formado una colonia, que gravita sobre la orientación de las aspiraciones argentinas, de un modo tal que dentro de poco aquí se pensará al unísono de España. La reducida, pero digna colonia cubana en esta, ha hecho todo lo que ha podido; pero la opinión argentina no nos ha secundado, y esta situación es tan triste, Sr. Estrada, que no podemos ni siquiera defendernos en la prensa del país, de los ataques personales que los periódicos españoles nos prodigan.[18]

El 8 de marzo de 1896, el ingeniero cubano Nicolás Tanco, radicado en Chile, le daba a Estrada Palma una visión general de las respectivas actitudes de los gobiernos latinoamericanos acerca del reconocimiento de la beligerancia cubana. Sobre la Argentina decía: “[...] La Argentina por su parte no hará nada, pues hoy tiene en su territorio más de doscientos mil españoles inmigrantes y sus relaciones con la madre patria son muy cordiales y cuenta ella con esta fuerza para un caso de una guerra contra Chile pues actualmente está tripulando sus buques de guerra con el elemento español [...].”[19]

En ese mismo mes, el periódico semanal Cuba Libre, que publicaban los cubanos de Montevideo, no escatimaba críticas a La Nación, llamándolo “el diario españolizado de Buenos Aires”.[20] En diciembre de 1896 ese periódico cubano comenzó a editarse en Buenos Aires, e inició su andadura porteña bajo dos lemas tutelares: una frase de José Martí: “El fuego que dejó encendido, España no lo apagará jamás”; y otra de Mariano Moreno: “Más vale una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”. Ahora los cubanos de la Reina del Plata disponían de su propio vocero, independiente de la gran prensa argentina.

No obstante la actitud de los sectores conservadores de la sociedad argentina, a nuestros compatriotas no les faltó el apoyo de los sectores más avanzados. Por ejemplo, el jurisconsulto, historiador y periodista Carlos María Urien Leanes (1855-1921) publicó en 1896 su libro Revolución cubana. En una de sus 202 páginas criticaba la conducta de la prensa nacional:

El cable que nos pone a diario en conocimiento de esta lucha por la libertad cubana, hace dos años que nos comunica todos los sucesos de la guerra, los triunfos, las derrotas de los dominadores y de los revolucionarios, el arribo de las expediciones, el éxito o fracaso de los desembarcos, los incendios de propiedades, los estragos de la dinamita, los fusilamientos de los prisioneros, los incidentes múltiples que acompañan a la guerra y que se epilogan con la ruina, la destrucción, la muerte. Sin embargo, con ser así, los diarios se limitan a hacer uno que otro comentario y enseguida se pasa como entre llamas sobre la noticia, por no herir sin duda, la susceptibilidad de la cancillería española o el amor propio de los peninsulares [...].[21]

Este apoyo fue más allá de la capital federal. En febrero de 1898, en un artículo firmado por J. Alfredo Colmo y publicado en la localidad de Baradero, se abordaba la actitud del gobierno argentino ante la lucha cubana. Tras analizar el recurrido argumento de la importancia de la numerosa colonia española para el “engrandecimiento y bienestar de la República”, este autor argentino agregaba frases críticas y enaltecedoras:

Confesamos, pues, para desgracia de la patria de San Martín, que la actitud de nuestro gobierno es injustificadamente oprobiosa para nuestra dignidad, no ya de argentinos, lo que es más, sino aun de americanos; y que ella no traduce ni puede traducir el sentimiento unánime de los hijos de este país que contemplan admirados la magna epopeya de la guerra entre un puñado de patriotas valientes contra un enemigo cien veces superior, y en lucha por la conquista del más noble, del más sagrado, del más sublime ideal que puede acariciar un alma humana: la redención de ese pedazo de suelo al cual van unidos sus más caras afecciones: la libertad de la patria![22]

Por su parte, el abogado y profesor universitario de origen belga Raimundo Wilmart afirmaba en su folleto “Cuba y Estados Unidos”:

Nuestros grandes diarios no se han animado a decirles la verdad; han temido herir la susceptibilidad de muchos amigos, de no pocos redactores y empleados, de multitud de personas que durante años han favorecido su éxito con abonos y avisos; la gratitud al cliente y el “trato social” han podido más que el deber del amigo sincero. Nos hemos abstenido de ser americanos [...].[23]

En abril de 1898 ya existían en Buenos Aires tres organizaciones de apoyo a la causa cubana: una era la Junta Central de Propaganda Cubana, entre cuyos miembros figuraban el periodista Bartolomé Mitre y Vedia —hijo del general Mitre y exdirector de La Nación—, el historiador José Juan Biedma, el diplomático Carlos Aldao —quien había conocido a José Martí en los Estados Unidos— y el intelectual paraguayo Adolfo Decoud. También se había constituido el Comité Ejecutivo Pro-Cuba, que tenía como Presidente Honorario al conocido poeta Carlos Guido y Spano, y se mantenía el ya mencionado Club Pro-Cuba “San Martín”.

En ese mismo mes de abril, la intromisión de los norteamericanos en un conflicto que se venía desarrollando desde tres años atrás replanteó todos los términos. La que hasta ese momento había sido la legítima guerra de liberación nacional de un pueblo oprimido quedaba ahora subsumida dentro de la que pasaría a la historia como la primera guerra imperialista, con escenarios de lucha en dos continentes. Esto polarizó aún más las posiciones en la escena política argentina. Quizás la más conocida prueba de ello sea el alegato proespañol que pronunciara el doctor Roque Sáenz Peña, el 2 de mayo siguiente, como parte de un ciclo de conferencias impartidas en el Teatro Victoria de Buenos Aires.[24] En él relegaba la causa de la independencia de Cuba a un segundo plano con respecto al diferendo España-Estados Unidos:

[...] Cuba ha debido ser libre, lo repito, si esa libertad no se buscara en este momento histórico, por el camino de la humillación y del ultraje a la nación española: ultraje que no le infieren las disensiones internas entre insurgentes y peninsulares, sino de los actos insólitos de una política invasora, que acecha desde la Florida los anchurosos senos del Golfo de México, para nutrir en ellos sensuales expansiones territoriales y políticas; sueños de predominio, que aspira a gravitar pesadamente en la vasta extensión de este hemisferio [...].[25]

Lamentablemente, se trataba del mismo hombre a quien José Martí había admirado por su actuación como delegado argentino a la I Conferencia Panamericana y por la frase antimonroísta con que había terminado su discurso en la sesión del 15 de marzo de 1890: “¡Sea la América para la humanidad!”.[26] Pero el discurso del Teatro Victoria halló cumplida y extensa respuesta desde las páginas del periódico cubano de Buenos Aires, que a partir de su número 73 (23-24 abril 1898) había cambiado su nombre por el de La República de Cuba. Según este, el objetivo principal de Sáenz Peña había sido atacar a los Estados Unidos, pero Cuba le estorbaba y había tratado de deshacerse de ese obstáculo de un modo “desdichado y deslucido”. Y, tras un minucioso análisis de los argumentos del orador, concluía:

Nos hemos ocupado en el discurso españolista del señor Sáenz Peña, porque es una pieza de mérito desde el punto de vista de la moderación y por el esfuerzo científico que en él se observa, no obstante que este esfuerzo no pasa de ser una muestra de habilidad o sutileza de ingenio, como lo son siempre las piezas oratorias en que un talento notable toma a su cargo la defensa de una causa imposible [...].[27]

El apoyo a Cuba se mantuvo. El 7 de julio siguiente Adolfo Decoud dictó en el Ateneo una conferencia que él mismo definió como una “nota extraña en un coro que afecta cierta uniformidad”, pues no se había “generado bajo las influencias del medio ambiente en que vivimos, propicio en halagos y simpatías para España”. Decoud consideró “oportuno y honroso, interrumpir, una vez siquiera, el concierto de palabras sonoras que aspira a la unanimidad, tributando así un homenaje a los fueros de la inteligencia”.[28] Para él, la independencia de Cuba era “la última de las reivindicaciones americanas”[29] y la apoyaba. En su conferencia también se refería al papel de la prensa argentina:

[...] Hasta hoy, sólo una de las partes ha merecido el honor de ser escuchada; la otra parte, agena [sic.] a las ventajas de la publicidad, sin tener acceso a la propaganda y a la réplica en los diarios, apenas ha podido dejar la huella de su pensamiento en escritos impregnados de nobleza y vigor, pero casi siempre perdidos en su limitada circulación, no tanta, sin embargo, como la obstrucción y el obligado mutismo convencional a que están sometidos [...].[30]

Durante la crisis de 1898 el periódico La Nación mantuvo su postura anticubana. En abril de ese año el semanario de la colonia cubana criticaba nuevamente a dicho diario, esta vez por haber comenzado a publicar unas crónicas supuestamente procedentes de los Estados Unidos y firmadas con el seudónimo Ignotus, que contenían “soeces y pérfidos ataques a los hombres de la revolución libertadora”.[31] Al mes siguiente, el mismo periódico disparaba de nuevo sus andanadas contra el diario de los Mitre, en esta ocasión por boca de un anónimo autor argentino:

LA NACION

¡Qué conducta tan vergonzoza! [sic.]

En nombre de la prensa honrada, protestamos contra la conducta de este diario lanzado desesperadamente a la conquista del vellocino de oro por los medios más denigrantes.

.........................................

La conducta de este diario argentino no puede ser más vituperable y en nombre de la prensa honrada, que se respete, condenamos ese proceder que a los argentinos nos llena de vergüenza.[32]

Pero, además, se mantenía el contraste pueblo-oligarquía. A principios de junio de 1898 se constituía el Comité de Estudiantes Argentinos “Pro-Cuba”.[33] Según González Arrili, esa “muchachada de fin de siglo porteño salvó el buen nombre argentino, rioplatense, y aun el americano del sud”.[34]

Al mes siguiente, el historiador argentino José Juan Biedma, presidente del Comité Ejecutivo Pro-Cuba de la República Argentina, abordaba la actitud de la prensa de su país ante los simpatizantes de la causa cubana: “Pregoneros de la libertad americana, nos sentimos verdaderos parias en el periodismo argentino y todos, salvo excepciones rarísimas como honrosas, nos rechazan como a leprosos morales [...]”.[35] Y específicamente se refería al diario La Nación:

Ese diario merece especialmente nuestra condenación porque sus antecedentes le obligaban más que a otro alguno a levantar su voz autorizada en favor de la causa noble y santa de CUBA LIBRE; y también porque a justo título se había impuesto a la consideración del pueblo argentino por su prédica independiente, ilustrada y serena de muchos años, que le propiciaron el amor de muchos y el respeto de sus compatriotas todos. Pero LA NACIÓN, nuestro gran diario de ayer, la hoja periódica de más importancia en el periodismo sudamericano, la que por sus brillantes antecedentes estaba más obligada á [sic.] servir y ayudar la causa de los libres de América, ha perdido todos sus antiguos prestigios sacrificándolos a intereses pasageros [sic.] que conocemos y podemos invocar porque fueron fría y deliberadamente expuestos en una circular que suscripta por un apellido glorioso en los fastos del Río de la Plata, se dirigió a los agentes de ese diario, y fue leída con asombro por nosotros y contestada con insuperable grosería por los españoles cuyas pasiones y sentimientos se pretendía halagar y satisfacer... Y ese diario, que más que de su actual capital popular, bastante exiguo, vive a expensas de la fama de su muy ilustre fundador: que no le dedica un minuto de su preciosa vida intelectual, prosigue con afán por la errada senda y pone sus esfuerzos todos en beneficio de una causa odiosa, la causa de la opresión, y en perjuicio de una cruzada santa, la de la libertad de un pueblo hermano y de la positiva supremacía en América de la soberanía de los pueblos.

Y si alguna defección en este caso lamentamos con intenso sentimiento es, precisamente, la de La Nación que contemplamos hoy huérfana del pensamiento del más grande y querido de nuestros compatriotas y de la pluma elocuente y serenamente altiva de su hijo, Bartolomé Mitre y Vedia, que ha dado días de gloria a esa hoja del periodismo nacional y que restauraría en poco tiempo su antigua popularidad si causas conocidas no le vedaran ponerse a su frente.[36]

En septiembre de 1898, ya terminada la contienda en la Isla y llegada la hora del regreso, se imponía el balance final, y el periódico cubano de Buenos Aires publicaba, bajo el título de “La Nación y los cubanos”, unos párrafos que eran de hecho el colofón de aquella historia de desencuentros:

Los cubanos de la República llevarán un triste recuerdo de ese diario cuando, levantada la tienda del emigrado, retornen a la patria libertada por el esfuerzo de sus armas y la ayuda de un pueblo noble.

Tan constante como malévola, la propaganda de La Nación en contra de los derechos del pueblo de Cuba, quedará grabada en el recuerdo de aquellos, que jamás creyeron que el dinero español tuviera tanta eficacia para enlodar a un diario que se debe antes que nada a la verdad y a los principios de justicia.[37]

Independientemente de que compartamos una u otra opinión, lo cierto es que los sucesos de una lejana isla de las Antillas provocaron en aquel Buenos Aires de fines de siglo una polémica de alto nivel, en la que —además de las ya mencionadas— se vieron envueltas otras figuras importantes de la cultura argentina, como Paul Groussac, Lucio V. Mansilla y Joaquín V. González. No tenemos noticia de que haya ocurrido algo semejante en otros países de la América Latina. Compilar esa polémica y estudiarla en sus variados matices ideológicos es tarea que los historiadores cubanos agradeceremos a nuestros colegas argentinos, los más aptos para analizarla en su contexto político interno.

Pero en esta historia requiere una mención especial Bartolomé Mitre y Vedia (1845-1900), el talentoso hijo del general Mitre que había dirigido La Nación desde 1882 hasta 1893. Ya durante nuestra primera guerra de liberación nacional (1868-1878), Bartolito Mitre —como le llamaban sus contemporáneos, para diferenciarlo de su padre— había hecho públicas demostraciones de simpatía por nuestra lucha, tanto en Nueva York como en Buenos Aires. Tiempo después, fue él quien durante nueve años llevó a las páginas del periódico más importante de la América del Sur las colaboraciones de José Martí, y fue él quien lo nombró representante de la Asociación de la Prensa de la Argentina en los Estados Unidos y el Canadá. Durante nuestra Guerra de Independencia, ya alejado de la dirección del periódico por razones de salud, Bartolito Mitre mantuvo su postura a favor de la libertad de Cuba. Ya vimos que en 1898 era uno de los integrantes de la Junta Central de Propaganda Cubana. Además, en cada uno de los números del periódico cubano de Buenos Aires —hasta el último, publicado en septiembre de 1898— apareció siempre su anuncio personal como traductor público y comisionista. Publicarlo en un periódico políticamente contrario al de su familia ya significaba de por sí una toma de posición. No conocemos ninguna biografía suya. Quizás cuando esta se escriba, su figura quede como uno de los símbolos de la amistad entre ambos pueblos. Mientras ese momento llega, vaya este humilde homenaje.



[1] Han sido escasos los abordajes historiográficos de la actitud del gobierno argentino hacia la Revolución Cubana de 1895 hechos por autores de nuestro país. Apenas podemos mencionar: Portell Vilá, Herminio: Historia de la guerra de Cuba y los Estados Unidos contra España, La Habana, Municipio de La Habana, 1949, p. 136; Portell Vilá, H.: “Toda la verdad”, Bohemia (La Habana), 13 marzo 1960, p. 105; Guerra Vilaboy, Sergio: América Latina y la independencia de Cuba [Caracas], Ediciones Ko'eyú [1999], p. 83; Morales Pérez, Salvador E.: “La diplomacia cubana en América Latina durante la Revolución de 1895”, en: Morales Pérez, Salvador E. y Agustín Sánchez Andrés: Diplomacias en conflicto. Cuba y España en el horizonte latinoamericano del 98 [México, DF], Centro de Investigación Científica “Ing. Jorge L. Tamayo” [1998], p. 303.

[2] Sánchez Andrés, Agustín: “La crisis cubana y la diplomacia española en América Latina”, en: Morales Pérez, S. E. y A. Sánchez Andrés: ob. cit., p. 116.

[3] González Arrili, Bernardo: La Revolución Cubana desde Buenos Aires, La Habana, Academia de la Historia de Cuba, 1953, p. 11. Sobre el Buenos Aires de la década de 1890 dice Arrili: “Una corriente fuertemente europeísta barría las clases altas, alcanzando a las medianas y dando su sobrante a las bajas. En ideas se pensaba como en París; en finanzas se calculaba como en Londres; en sentimientos se quería como en Madrid; en música se cantaba en italiano [...]”. Ibídem, p. 10.

[4] Sánchez Andrés (ob. cit., p. 118) afirma que hubo “pequeños clubes cubanos” en Córdoba, Mendoza, Rosario y Tucumán, pero no precisa si estaban compuestos por cubanos o por simpatizantes.

[5] En septiembre de 1895 y febrero de 1896 fueron enviadas tres expediciones hacia Cuba con 2 600 voluntarios procedentes de Buenos Aires y Montevideo. Sánchez Andrés, A.: ob. cit., p. 117.

[6] Al parecer, solo pudieron enviar uno. Se trataba de Vicente Cascino Franzone, un oficial del Ejército italiano que en agosto de 1897 se decidió a marchar a Neueva York por sus propios recursos, para desde allí incorporarse a las filas del Ejército Libertador. Archivo Nacional de Cuba (ANC): Delegación del Partido Revolucionario en New York, caja 93, no. 14404. Emiliano Estrada a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 15 agosto 1897.

[7] Cisneros, Andrés y Carlos Escudé: Historia general de las relaciones exteriores de la República Argentina, t. VIII, cap. 43. (Versión digital en Internet).

[8] Se refiere al periódico porteño El Diario, fundado el 28 de septiembre de 1881 por Manuel Lainez. Uno de sus colaboradores era Carlos María Urien Leanes, quien apoyó la causa cubana.

[9] ANC: Delegación del Partido Revolucionario Cubano en New York, caja 93, no. 14402. J. J. Domínguez Delaney a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 21 agosto 1895.

[10] Ibídem, no. 14403. J.J. Domínguez Delaney a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 1º. septiembre 1895.

[11] Ibídem, caja 5, no. 1199. Emiliano Estrada a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 14 noviembre 1895.

[12] Ibídem, caja 5, no. 1200. E. Estrada a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 5 enero 1896. Y agregaba: “El Dr. Francisco Bosque y Reyes, que contribuía con cincuenta pesos billete, o sea, unos catorce pesos oro mensuales resolvió desde el mes de octubre enviar su cuota directamente a esa Delegación [...]”. En realidad, eran doce los cubanos que contribuían mensualmente con la causa revolucionaria. Así lo explicaba Estrada al remitir cien pesos oro a la delegación neoyorquina el 15 de febrero de 1896. Ibídem, caja 5, no. 1201. E. Estrada a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 15 febrero 1896.

[13] Ibídem.

[14] Ibídem.

[15] Ibídem, caja 5, no. 1201. Emiliano Estrada a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 15 febrero 1896.

[16] Correspondencia diplomática de la delegación cubana en Nueva York durante la Guerra de Independencia de 1895 a 1898, La Habana, Archivo Nacional de Cuba, 1943-1946, t. I, p. 18.

[17] Bosque y Reyes aseguraba ser “el único cubano que ha podido hacerse una posición científica en esta tierra, y a pesar de que soy ciudadano argentino, a cada momento pago y sufro las consecuencias el pecado original”. A la sazón era profesor de Química en la Facultad de Medicina y en la Facultad de Ciencias, ambas de la Universidad de Buenos Aires, así como profesor de Explosivos en la Escuela de Cadetes.

[18] ANC: Gobierno de la Revolución de 1895. Sig. 6271/43. F. Bosque y Reyes a T. Estrada Palma. Buenos Aires, 3 de julio de 1896.

[19] Nicolás Tanco a Tomás Estrada Palma. Santiago de Chile, 8 de marzo de 1896, en: La Revolución del 95 según la correspondencia de la Delegación Cubana en Nueva York, Editorial Habanera, La Habana,1932-1937, t. III, p. 154.

[20] “Históricas”, Cuba Libre. Órgano de Propaganda y Defensa de la Independencia de Cuba en el Río de la Plata (Montevideo), año 1, no. 13, 29 de marzo de 1896, pp. 2-3. El periódico semanal Cuba Libre. Órgano de Propaganda y Defensa de la Independencia de Cuba en el Río de la Plata se comenzó a publicar en Montevideo, el 8 de enero de 1896. Lo dirigía el doctor Ramón Valdés García, quien el 14 de enero de 1896 fue designado Agente General del Partido Revolucionario Cubano en el Uruguay. A fines de ese mismo año, la edición de Cuba Libre se trasladó a la capital argentina. El primer número porteño apareció el 5 de diciembre de 1896. Allí continuaría con la misma frecuencia y nombre, ahora bajo la dirección de Juan Bautista Govín. Desde el mismo logotipo se afirmaba que el producto de ese periódico se destinaría exclusivamente al tesoro del Partido Revolucionario Cubano. A partir del número 73 (23-24 de abril de 1898) cambió su nombre por el de La República de Cuba.

[21] Urien, Carlos M.: Revolución cubana, Impr., Litog. y Encuadernación de J. Peuser, Buenos Aires, 1896. Apud. González Arrili, B.: ob. cit., p. 15. En 1898, Urien publicó un segundo libro acerca del tema cubano que constituía una réplica al discurso de Roque Sáenz Peña: El derecho de intervención y la Doctrina de Monroe. (Antecedentes históricos), Impr., Litog. y Encuadernación de Jacobo Peuser, Buenos Aires, 1898. Según José Juan Biedma, sobre este libro hubo una “conspiración de silencio” por parte de la gran prensa argentina. Esa conspiración fue denunciada, “con su franqueza habitual, noble y altiva”, por Bartolomé Mitre y Bedia, en carta publicada en La República de Cuba. Lamentablemente, no hemos podido consultar ese número del periódico cubano de Buenos Aires.

[22] Colmo, J. Alfredo: “La cuestión de Cuba y el gobierno argentino (Conclusión)”, América. (Baradero) año 1, no. 8, 27 de febrero de 1898, p. 1.

[23] Wilmart, R.: Cuba y Estados Unidos, 1898, Buenos Aires, pp. 9-10. El profesor Wilmart entregó su folleto —dedicado a la memoria de Sarmiento— a los redactores del periódico cubano de Buenos Aires, para que el producto de su venta fuera destinado a los heridos de la guerra; La República de Cuba (Buenos Aires), año III, no. 76, 14-15 de marzo de 1898, p. 2. El 22 de junio siguiente, Patria acusó recibo de un ejemplar haciendo énfasis en este último propósito; Patria (Nueva York), no. 467, 22 de junio de 1898, p. 4.

[24] En esas conferencias se mezclaron diferentes opiniones, entre las cuales no faltó quien demostrara un palmario desconocimiento de la historia del movimiento independentista cubano, comenzado treinta años antes. Tal fue el caso de la asombrosa afirmación de Paul Groussac: “[...] La presente insurrección de Cuba sólo se ha prolongado merced al oro, a las armas y a la complicidad de Estados Unidos [...]”. Cfr. Rodríguez, Adriana C., Rodrigo González Natale y Diego Jiménez; “1898: posturas exógenas en torno a un proceso contenedor de desarticulaciones tradicionales, aspiraciones genuinas y estructuración de nuevas dependencias” (Versión digital).

[25] Sáenz Peña, Roque: “Por España”, en sus Escritos y discursos. Tomo I (Actuación internacional), Jacobo Peuser, 1914, Buenos Aires, p. 430.

[26] Ibídem, p. 110.

[27] Q. Banófilo (seud.): “Nuestro descrédito en el exterior”, La República de Cuba (Buenos Aires), año III, no. 91, 27-28 de agosto de 1898, p. 2.

[28] Decoud, Adolfo: La independencia de Cuba en sus relaciones con la democracia americana, Impr. de M. Biedma, Buenos Aires, 1898, pp. 5 y 7.

[29] Ibídem, p. 40.

[30] Ibídem, p. 6.

[31] Cuba Libre (Buenos Aires), año III, no. 72, 18-19 de abril de 1898, p. 1.

[32] La República de Cuba (Buenos Aires), año III, no. 77, 21-22 de mayo de 1898, p. 3.

[33] Ibídem, no. 79, 4-5 de junio de 1898, p. 2. El apoyo argentino también repercutió en las remesas de dinero a la Delegación del Partido Revolucionario Cubano. A diferencia de lo que ya vimos el 14 de noviembre de 1895, cuando solo contaban con los aportes de doce cubanos, en julio de 1898 el Comité podía remitir a Nueva York mil pesos oro, como resultado de las contribuciones de los cubanos, los simpatizantes argentinos, y de extranjeros residentes en el país; La República de Cuba (Buenos Aires), año III, no. 88, 6-7 de agosto de 1898, p. 3.

[34] González Arrili, B.: ob. cit., p. 20.

[35] La República de Cuba (Buenos Aires), año III, no. 84, 9-10 de julio de 1898, p. 1.

[36] Ibídem, pp. 1-2.

[37] La República de Cuba (Buenos Aires), año III, no. 93, 10-11 de septiembre de 1898, p. 3.

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Encrucijadas de la Guerra Prolongada
Hacia una antropología urbana en Cuba
La predicción científica. Concepciones filosófico-metodológicas desde H. Reichenbach a N. Rescher
Director: Félix Julio Alfonso López
Edición: Joanna Castillo Wilson
Diseño: Alejandro de la Torre Chávez
Programación: David Muñoz Compte
Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
ISSN2075-6046 / RNPS 2223