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octubre-noviembre-diciembre, 2009
 
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El camino hacia la constituyente 
Julio Fernández Bulté

Estimado compañero Pacheco y demás dirigentes de este Centro de Investigación: Compañero Rafael y compañeros que me acompañan en el panel de la mañana: Distinguidos y respetados historiadores: Queridos compañeros e invitados todos: Déjenme decirles que estoy atravesando un momento verdaderamente difícil. Mis deficiencias respiratorias hoy amanecieron más enconadas que otras veces y solamente por el compromiso contraído, decidí romper algún tratamiento que debía hacer y venir acá con ustedes.

Pero además, les confieso que estuve siempre sobrecogido; sobrecogido de venir acá entre tanta gente que ha estudiado profundamente este problema del tránsito por la Constituyente, el nacimiento de nuestra Constitución del 40, y entonces con el temor de no decir nada significativo, de no agregar nada importante. Y para vacuidades no estamos.

De modo que me voy a permitir solamente trazar algunas ideas centrales, señalar algunos puntos de vista que me parece que no debemos soslayar, en el examen del proceso constituyente del 40 y de la obra jurídica que de allí emana, la Constitución del 40, en el tránsito hacia ella.

Quisiera en estas primeras breves palabras, muy breves palabras –que de ninguna forma calificaría de conferencia, sino de apenas introducción propedéutica a todo lo que vamos a discutir en la mañana de hoy–, llevarlos en el camino de algunas especulaciones, inevitablemente históricas, en el camino sobre todo del pensamiento jurídico, que es el terreno en el que me siento más cómodo, por supuesto, y en menos peligro de cometer errores, a la situación que nos pone a las puertas del hemiciclo del Capitolio, en febrero de 1940.

Yo parto de la idea de que el proceso constituyente, o el ansia constituyente, óigase bien, el ansia constituyente, la invocación de la necesidad de una nueva Constitución, surge con el mismo derrumbamiento de la Pentarquía.

Allí se abre la expectativa, en sectores populares, de que hay que buscar un texto constitucional. Y esto no es cualquier cosa. Esto no es solamente el producto natural de un proceso revolucionario; no lo es porque es un proceso revolucionario que se está frustrando.

Siempre he dicho, queridos compañeros, que las Constituciones, desde que surgen en el proceso jus naturalista y racionalista del siglo XVIII, son o documentos de pacto político, de concertación de fuerzas políticas, o documentos de confirmación y formalización de un hecho irreversible, sobre un proceso revolucionario.

O son pactos, o son actos de fuerza y de consagración jurídica de una fuerza anterior. Este es el caso, por ejemplo, del documento constitucional de 1791 en Francia.

Pero mejor todavía, es el resultado de 1787 en Estados Unidos en las colonias; es un acto de: «Aquí estamos, y esta es nuestra posición.» En Francia, la Constitución tiene elementos de esa consagración y tiene elementos de pacto. Todavía la burguesía tiene que pactar con la monarquía, y todo eso se trasluce en el sistema político tan singular –y lo digo así, tan singular, pese a que parece ser paradigmático arrancando en el pensamiento de Montesquieu, parece ser el único, pero sin embargo, lo sigo calificando de singular, y ojalá tuviéramos tiempo para poder entrar en esta reflexión–, que allí se consagra y que después es la Constitución victoriosa.

Había otra Constitución. Pero la historia la cuentan los vencedores. Hubo una Constitución de 1793, la Constitución robespieriana, la Constitución roussoniana, que se frustró con el golpe de Estado del 9 Termidor y que, la pobre, no ha podido contar la historia.

Y entonces, todo el pensamiento jus publicístico burgués, y todo el pensamiento constitucional, ha girado en torno al paradigma de la triunfante, como si fuera el único exclusivo.

Esto lo señalo porque después vamos a volver a ver cómo nuestros constituyentes tienen necesariamente que moverse dentro de esos productos históricos.

Yo creo que en el momento en que se produce la caída de la Pentarquía con la renuncia de Porfirio Franca y de José Miguel Irisarri y Gamio, ahí empieza una expectativa de Constitución.

Pienso que esto está confirmado por los hechos políticos que se van produciendo inmediatamente, y que los historiadores manejan seguro con mucho más detalle que yo. Pero que están presentes no solo en declaraciones, en afirmaciones, sino hasta en la gestualidad política.

Lo que se aspira es, por una parte importante de las fuerzas políticas del país, a entrar en un proceso de consagración institucional que permita un concordato; que permita un momento de asumir algunas de las conquistas que se están frustrando.

Yo he tenido el privilegio en mi vida de hablar con hombres muy interesantes, hombres que he admirado extraordinariamente. José Miguel Irisarri y Gamio fue mi jefe en el Banco Nacional de Cuba, jefe jurídico. Ese tremendo pentarca. De largas conversaciones con aquel hombre que era parte de nuestra historia guardo secretos que depositó en mi corazón juvenil. Y una de las cosas que hablé siempre con el viejo era: «¿Y ustedes qué pensaban de la Constitución?» Y me decía el viejo: «Yo que fui un insurreccionalista, yo que seguí a Guiteras apasionadamente y creí firmemente en la vida insurreccional y que fui eje de la Joven Cuba, ya en un momento determinado me doy cuenta de que esas puertas se van cerrando y que tenemos que pasar a un concordato nacional que nos permita un estatus jurídico burgués, aunque fuera así, que pueda dar paso a las grandes ansias populares y de alguna manera, salvar las apetencias insatisfechas, centenarias, de este pobre pueblo.» Todo ese proceso que sigue después de ahí es, quiérase o no, compañeros, la puja entre los que ya empiezan a reclamar una Constituyente con estas características, de movimiento popular, de posible expresión de la fuerza política popular desbordada, y de consagración de alguno de sus derechos más elementales y los que ponen moratorias.

Es así, yo no voy a ofrecerles el tracto histórico de todo esto, pero bueno, menciono solamente la Ley Constitucional de 3 de febrero de 1934, que produce la extensión de las fuerzas populares, y después la extensión del ABC, y como bien se sabe, ese proyecto tonto, ese proyecto sin consecuencias jurídicas serias, lo que produce es un desbordarse de la reacción. Este es el momento en que Batista dice: «Habrá sangre, habrá fuego.» Pero ahí mismo están los movimientos, las huelgas de Senado, de Tacajó, de Báguanos, de Media Luna, en donde se van polarizando las fuerzas allí. No todo discurre por el riel de una línea recta; el imperialismo sabe maniobrar.

En el 34 se abroga la Enmienda Platt. Y se abre alguna ventana.

Pero se aplaza la convención del 34; se aplaza el proyecto.

Y empieza Mario García Menocal a sostener la idea de que la Convención Constituyente, solo podrá ser después que haya elecciones generales, después que haya una estabilización gubernamental y entonces, desde esa posición de reposo –léase, de dominio institucional completo de las fuerzas conservadoras–, amarrados todos los hilos de este entramado, pudieran entonces convocar al pobre e ingenuo pueblo, para que caiga en esa nueva encerrona teórico-jurídica.

Después, todo gira en torno a esa noria, señores. Los hechos posteriores que llegan hasta 1938, giran en torno a esa noria, contados desde el punto de vista de los avatares institucionales, de las peripecias político-jurídicas.

Se va produciendo además –yo lo creo así–, un aislamiento de los criterios insurreccionalistas, que habían sido fuertemente levantados por Guiteras y adulterados por el ABC. Y van perdiendo fuerza, van perdiendo expectativas esos criterios.

La muerte de Guiteras el 8 de mayo del 35 acaba de colapsar esa posibilidad, esa esperanza, esa expectativa de partes importantes del pueblo. La nueva Ley Constitucional de 11 de junio del 35, que es el resultado de ese llamado Pacto Institucional –promovido nada más y nada menos que por estos dos señores, José Ignacio Rivero y Oscar Zayas, del Diario de la Marina y Avance, respectivamente–, es una burla, es una prórroga: elecciones generales en noviembre del 35 y después vamos para la Constituyente.

Por supuesto que se hablaba de una Constituyente basada en ese pacto que era un pacto de las derechas, sin un espacio para las fuerzas populares. No les quiero hacer historias, solamente recordar. Este es el momento en que se produce un nuevo caos.

En ese momento, en que se colapsa casi el proceso de la expectativa político jurídica de Cuba, viene un profesor de Princetown, Willys Dob, a enseñarnos cómo se hace un proceso electoral en Cuba.

Yo estoy completamente de acuerdo con la alusión que hacía Pacheco de que en la historia constitucional de Cuba hay dos grandes momentos. Una república de mentiritas, frustrada, dependiente, incompleta, hasta 1940. Y en el 40, la expresión de la formalización de una república democrático-burguesa, con todas sus frustraciones.

Surge entonces el ensayo de un sistema político híbrido, entre el presidencialismo montado en Estados Unidos a la luz del pensamiento de Hamilton y ese semiparlamentarismo, del que yo quisiera después decir dos palabras.

Creo que son dos momentos importantes, un cambio de calidad, ya no solamente desde el punto de vista de la institucionalización en sí misma, sino también de los contenidos políticos, económicos y sociales, que quedan engarzados y ceñidos dentro de ese proceso de institucionalización.

Me ahorro historias, y caigo en Laredo Bru alzado ahí, cerca de Cienfuegos, en aquello en que casi todo el mundo dice que fue una gran escenificación teatral, y que sirvió para que Zayas repartiera dinero y todo se acabara tranquilamente. Y Batista ascendiendo. Eso es verdad.

Después Tabares seguramente hablará de eso.

Yo creo que del 33, de sus radicalismos, de su fuerza intrínseca, de sus grandezas, muchos se beneficiaron después. No solamente Fulgencio Batista y Zaldívar, sino también Grau San Martín y otros del autenticismo.

Cobraron esas cosechas, recibieron aquellos baños de luz y empezaron una demagogia pérfida. Cada cual con sus características, cada cual dentro de su contexto.

Uno de los más pérfidos en el montaje de una nueva versión populista fue Fulgencio Batista y Zaldívar.

De modo que es en aquellas agonías donde la generación del 30 se está yendo a bolina; donde el insurreccionismo se pone en solfa; donde las esperanzas populares crecen; donde se están produciendo contextos internacionales verdaderamente singulares.

Y me estoy refiriendo a cosas como el desarrollo del fascismo internacional, la formación del eje Berlín-Roma- Tokío, la Revolución Mexicana, el liderazgo de Lázaro Cárdenas, y hasta les voy a mencionar una cosa que creo no se puede soslayar: el papel en la presidencia de los Estados Unidos de Franklin Delano Roosevel.

tY les digo esto, ¿por qué? Porque nunca he querido dejarme subyugar por las poses y los histrionismos del enemigo. Y por supuesto, en el New Deal, en toda esa política del Buen Vecino, etcétera, había mucha pose, mucho histrionismo y mucha tendencia diversionista. Y yo no me he querido nunca dejar subyugar por eso.

Pero no puedo dejar de decirles que, como un muchachito que nació en aquellos contextos, sentí también –y lo importante es: lo sentía un jovencito en ese momento– la admiración por aquel hombre, a veces en muletas, a veces en silla de ruedas, casi un gladiador contra el gran monopolio norteamericano; tratando de sacar al país de la crisis financiera del 29; tratando de introducirlo en una política internacional amplia; tratando de mejorar las relaciones con América Latina. Todo eso se impactaba en la conciencia nacional, pienso. Los historiadores, seguramente, pueden abundar mucho más que yo en todo esto.

Pero miren ustedes, la misma caída de Miguel Mariano, juzgado por el Congreso convertido en Tribunal Supremo –modelo institucional de control constitucional que se copia de los Estados Unidos de Norteamérica– es, nada más y nada menos –todos lo sabemos–, porque Miguel Mariano se opone a un impuesto de 0,9 por ciento que Batista levanta para construir escuelas. De modo que en esta polémica Batista parece estar del lado de las fuerzas que aspiran al bienestar social y sobre todo, los campesinos, y Miguel Mariano –torpe, tonto– se aísla y entonces, el colapso.

Todo el mundo está claro en que hay una ola conservadora, señores. Esa ola conservadora del 37, en cuya cresta superior está José Manuel Cánovas y la Unión Social Económica.

Yo he repasado en estos días, he vuelto a leer por segunda vez en mi vida, los diarios de sesiones de la Convención y releía aquellos apasionados debates y recordaba que, en mis años juveniles –estoy hablando de los 20, 22, 23 años–, en algunas relaciones que tuve con Blas Roca, le preguntaba al viejo Blas, con la frescura de los jóvenes: «Blas, ¿quién los hostigó a ustedes más en la Constituyente, quién les sacó más las cosquillas, quién les hizo más daño?» Y deslumbrado entonces por la apariencia de los debates, yo le dije: pienso que fue el italiano Orestes Ferrara.

Pero Blas me dijo: «No, no te creas eso, Julito, no te creas eso. Ferrara era el último trasnochado liberal en América, pero no era tan agresivo con nosotros.» Agresivo, por supuesto, Casanova; agresivo, Cortina, que era del mismo bloque; agresivos toda otra serie de gentes que se escondían tras el disfraz del autenticismo y de otras fuerzas de la llamada oposición.

Bueno, lo que quería indicar es esto. Cuando se produce la caída de la Pentarquía y asume Grau San Martín, hasta en la gestualidad, queridos compañeros, de aquel acto, se está revelando el propósito de que el camino ya –entendido por las fuerzas más mesuradas, más inteligentes y capaces de conducir el proceso– es un proceso constituyente.

Y digo así, hasta la gestualidad. Grau no jura la Constitución de 1901. No la jura, queriendo decir: no trago esa Constitución, luego quiero otra.

El 14 de septiembre del 33 se firman los Estatutos para el gobierno provisional de Cuba, que tiene siete preceptos nada más; son totalmente contradictorios. El primero dice que el gobierno va a mantener absolutamente la soberanía y la independencia. Pero el segundo dice: y vamos a respetar todos los convenios internacionales, los tratados internacionales. Y así el Tratado Permanente, y el Tratado de Reciprocidad, el Tratado Comercial, etcétera.

Pero entonces, en el tercero está anunciando ya la convocatoria a elecciones para una Constituyente –fíjense ustedes ya– al asumir el poder. Ese gobierno provisional –14 de septiembre del 33– lo hace bajo la gestualidad primero, y después la explicitación de que va en rumbo a una Constituyente. En el año 33.

Sin embargo, esto no viene a fraguar, todos lo sabemos, sino hasta 1939, en que se franquea el paso después del acuerdo entre Grau y Batista, junto a Laredo Bru, y que se basó en la suspensión de las elecciones generales del 40 y la sustitución de ellas por la Constituyente.

En abril del 39 se promulga el nuevo Código Electoral, a la luz del cual se va a hacer el proceso de elección de los constituyentes.

Quiero mencionar dos cosas. No voy a decir una palabra de los bloques que allí van. Otros compañeros se van a referir a eso. Por allí estoy viendo a Berta Álvarez, cuyo conocimiento de la sociedad civil de aquellos años es superior al mío. Pero hay dos elementos que me parece que no pueden ser olvidados: el cerco popular al hemiciclo del Capitolio y el ademán del Partido Comunista y su capacidad de diálogo en aquel momento.

Permítanme una brevísima reflexión acerca de estas dos cosas, muy brevemente.

No se pueden entender los debates de la Constituyente, a mi juicio, solamente leyendo los tres libracos, o en la vieja edición, los dos libracos que contienen esos debates. No se puede. Allí hubo una dinámica social que rebasó el debate dentro del hemiciclo.

El líder de ese rebasar del debate se llamaba Lázaro Peña González, con la Confederación de Trabajadores de Cuba, recién constituida en el 39, con el dominio de los sindicatos más importantes en manos de la fuerza de los comunistas, y con la permanente movilización hacia el borde del Capitolio, para presionar, con la presencia popular, la posición de los convencionales en el debate de este o aquel otro artículo.

La Mil Diez transmitiendo constantemente los debates, y moviendo a la gente allí.

Yo soy un romanista; empecé por dedicarme al Derecho Romano y nunca lo he abandonado, y tengo una tremenda admiración por la jus publicística romana. Y dentro de esa jus publicística romana, una de las cosas que más me admiran siempre, dentro del montaje del aparato político jurídico de la Roma republicana, es lo que los romanistas llamamos «el poder negativo». El poder negativo que estaba en manos del tribunado. Los patricios tenían todo su aparato político, tenían sus comicios curiados, centuriados, el senado, todo eso, bien, pero el plebeyado les opuso sus plebiscitos y eligió sus tribunos de la plebe, que alcanzaron finalmente el derecho de veto.

Y esa pugna, ese enfrentamiento, es el que ha dado un equilibrio singularísimo de fuerzas en Roma. Ustedes dirán: ¡Ay!, por dios, no hablemos de Roma hoy aquí. No, no, hablo solamente como referencia de que creo que nada más semejante a eso que lo que ocurrió ahí, en torno al Prado cubano en el año 40. Cuando Lázaro Peña se volvió el verdadero tribuno, que ejercía casi intersecio poder de veto, por la influencia que pudo promover en los debates de algunos de los articulados de la Constitución.

Quería también aludir a la capacidad de debate que tiene en ese momento el Partido Comunista, la Unión Revolucionaria Comunista.

Quizás el mejor lugar sea después, cuando algunas compañeras que van a hablar sobre todo esto, lo hagan, y al final pueda puntear yo algunas cosas.

Pero me parece que fue un debate difícil, un debate duro, donde los comunistas llevaron el peso, casi aplastante, de representar lo más auténtico y genuino de las ansiedades populares. Eso es absolutamente cierto.

Y en qué condiciones espinosas, en qué condiciones espinosas, solo con seis diputados, solo con seis convencionales.

César Vilar no abrió la boca. Si alguien encuentra un lugar donde la abrió, me lo dice; yo no lo encontré. No abrió la boca.

Juan Marinello parecía un líbero, evocando el juego de fútbol; es la impresión que me daba. Después hablaré de eso, en su momento. Era el hombre que podía maniobrar más libremente dentro de aquel tablero, por su cultura, por su soltura, por su prestigio intelectual, por su dominio jurídico. Allí, Agüero, también con su oratoria extraordinaria, siendo capaz de conducir por los vericuetos de toda aquella problemática jurídica, debates muy delicados.

Y Blas, batiéndose con todo el mundo. Y siendo capaz, en medio de todo eso, de sostener un pensamiento que pudiera echar luz y unir. Creo que fue uno de los desafíos más grandes que ha tenido el pensamiento marxista contemporáneo hasta ese momento.

Quiero decir, para terminar, dos palabras acerca del contexto doctrinal en que se va a producir esta entrada en el hemiciclo del Capitolio en febrero del 40.

¿Qué se piensa en ese momento de una Constitución? ¿Qué es una Constitución? Por supuesto, el pensamiento que existe es el único, el pensamiento democrático burgués, el pensamiento representativo burgués.

El modelo constitucional que se ha aceptado casi unánimemente –lo decía hace un momento– es el modelo de Hamilton, es el modelo del presidencialismo, aunque el parlamentarismo modelo Westminster está también muy prestigiado.

Ahora, lo que me parece más importante indicar es lo siguiente: ¿Con qué armas teóricas van allí los convencionales y cuáles son los que van con algunas armas teóricas? Porque pienso que una gran mayoría no llevaba ningún armamento teórico, sino llevaba posiciones políticas, criterios políticos, más o menos maduros, más o menos sensatos, pero no armamentos doctrinales jurídicos constitucionales.

Pienso que el jus naturalismo racionalista, a estas alturas, está francamente quebrado, en el pensamiento jurídico internacional, y también en América Latina.

Lo que se ha empezado a abrir paso desde la segunda mitad del siglo XIX es el pensamiento de frustración, que va en las alas del positivismo jurídico, abierto antes por el positivismo filosófico de Comte y, sin contar pragmatismos, filosofía de los intereses de Rudolph von Ihering, el pragmatismo de Jeremías Benthan, y todos los desviaderos irracionalistas a los que no me voy a referir.

Y sobre todo, el normativismo, que ha inspirado desde la escuela de Viena ese gran personaje del pensamiento jus filosófico que fue el vienés judío Hans Kelsen. Y fue capaz de montar una teoría pura del Derecho, pero sobre la base de despojarlo de nervios, sangre, carne, vísceras, es decir, el Derecho es norma y solo norma.

Tuvo una influencia tremenda en este país, sin embargo, creo que no entró en el hemiciclo. Así lo pienso, que esa influencia de Kelsen no entró en el debate del hemiciclo. Quizás porque no llegó a dominar absolutamente el ámbito del derecho constitucional, o quizás porque no había gente de talla allí como para asumir el pensamiento kelseniano y convertirlo en una espada de batalla frente a las fuerzas populares.

Allí se enfrentó el pragmatismo desnudo de la coalición de hacendados de la burguesía, del entreguismo, de la derecha tradicional por un lado y por otro, las aspiraciones populares.

¿En qué se apoyó esa burguesía tradicional doctrinalmente? Para mí no cabe duda que se apoyó en los fundamentos, en los pilares del positivismo jurídico, sobre todo de León Duguit, que había empezado a sostener cosas tales como la colaboración de clases como modelo para salvar la modernidad. El Estado como instrumento del servicio público, la propiedad privada en beneficio social, son justamente las cuerdas que vibran con más fuerza en el plano teórico en algunos cerebros lúcidos como Cortina, como el mismo Casanova, como algún otro convencional de corte jurídico. Lo demás fue simple pasión política vertida en la discusión de los preceptos jurídicos.

Lo que salió fue, sin duda, una de las primeras Constituciones de corte social de América y del mundo. Eso no cabe duda.

Ahí se marca un cambio en el proceso constitucional mundial, cambio que después sigue bajo esa misma impronta, el pensamiento duguiniano, expresándose en la Constitución italiana y en otra serie de Constituciones de América.

La nuestra fue una de las primeras que tomó ese rumbo.

Una de las primeras que introdujo en la estructura constitucional una coherente formalización de los derechos sociales, económicos y culturales y un grupo de alternativas sociales de cierta profundidad, una de las primeras Constituciones que introduce ese esquema de los viejos constitucionalistas: toda Constitución debe tener un preámbulo, debe tener una parte dogmática donde se establecen los derechos y los deberes, una parte orgánica donde se establece la estructura del Estado; eso lo tienen todas. Pero la inclusión de una parte dogmática y la inclusión de derechos y deberes económicos, sociales y culturales –como diríamos hoy hablando en términos de las Naciones Unidas–, esa nueva concepción empieza a expresarse allí. ¿Hasta dónde se avanzó? Creo que hasta donde se podía.

Fue una obra constitucional singularísima, un momento, un arranque, un punto, una partida. Un cierre de un proceso. Volver a ella creo que es importantísimo.

Como medida de entender nuestro propio ser, nuestras propias raíces.

Quedarnos en ella sería una de las peores tonterías históricas. No es posible quedarnos en ella. Volver a ella es volver a ponernos bajo la advocación de aquellas luchas y aquella fragosidad de combates épicos. Volver a ella es –y quiero que sea, si me permite Rafael– ponernos todos bajo la advocación de aquellos hombres que fueron verdaderos titanes de la batalla ideológica.

Es volver a recordar a Juan Marinello, tejiendo su verbo duro, recto, suave y rumoroso al mismo tiempo. Es ver aquel caballero, donde lo cortés nunca quitó lo valiente.

Aquel hombre de la mirada triste.

Volver a ello es rendir nuestras armas en un momento histórico, ante ese recuerdo enorme, ante esa gloria enorme, solo para empinarlas de nuevo hacia un proceso ininterrumpido que creo tuvo después en 1976 una culminación esencial, y que todavía requiere un avance constitucional de perfeccionamiento mucho mayor.

Muchas gracias. (Aplausos.)

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