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Actitudes en torno a la cuestión nacional en la convención constituyente de 1940: conservadores, comunistas y reformistas 
Jorge Ibarra Cuesta

El golpe de Estado del coronel Fulgencio Batista a la Revolución de 1933, concertado con el embajador estadounidense Caffery, planteó un conjunto de problemas de representatividad, legalidad y hegemonía al nuevo poder que debía tener solución en el período 1934-1944.

De hecho, el golpe significó en un primer momento, un desplazamiento del poder de amplios sectores populares y un retroceso del movimiento revolucionario. Los coroneles Batista y Pedraza, no fueron remisos en asesinar al más caracterizado dirigente revolucionario, por su orientación antimperialista y socialista, Antonio Guiteras; en reprimir brutalmente la huelga general de 1935, dejando un saldo de más de cien muertos; en clausurar la mayoría de los sindicatos, ocupar la Universidad y suspender las garantías. Batista contó, más que con el apoyo de la burguesía dependiente cubana, o la complicidad de la embajada estadounidense, con la solidaridad en todo momento de los sargentos del movimiento del 4 de septiembre. Esa base, sin embargo, mostraría fisuras de consideración durante la provisionalidad castrense, en tanto Batista se vería obligado a depurar sucesivamente al sargento Pablo Rodríguez, jefe original de la conspiración septembrista, y al coronel Pedraza, ejecutor inescrupuloso de represiones masivas contra el movimiento popular.

En la burguesía dependiente debía enfrentar el desafío de dos rivales de consideración: uno, Miguel Mariano Gómez, acaudalado caudillo hijo de José Miguel; el otro, José Manuel Casanovas, presidente de la Asociación de Hacendados, quien le hará una diversidad de concesiones para imponerle finalmente las demandas de su clase.

En el bando opuesto, el dirigente castrense deberá enfrentar a los guiteristas y a los hombres de acción de la Organización Auténtica, partidarios de la lucha armada, los que arrastraron en sus orígenes a un núcleo considerable del Directorio Estudiantil y de simpatizantes del doctor Ramón Grau San Martín.

El fracaso de estos intentos atraerá a amplios sectores del movimiento revolucionario del 30 hacia la figura del ex presidente Grau San Martín. De esa manera las fracciones insurreccionalistas, elitarias o electoralistas, con independencia de sus orientaciones centristas o izquierdistas serán absorbidas por el centro hegemónico reformista. El nacional-reformismo populista se impondrá sobre la acción independiente de fracciones insurreccionalistas, de orientación antimperialista y socialista, después del fracaso de la huelga de 1935. A partir de entonces, los comunistas se propondrán organizar al movimiento obrero y tomar parte en las convocatorias electorales que ofrezcan garantías.

En esas circunstancias, Batista, amenazado desde el interior por sus propias fuerzas en el Ejército, y por los dirigentes más representativos de la burguesía, y desde el exterior, por el movimiento revolucionario popular, que comenzaba a tomar forma borrosa bajo la dirección de Grau San Martín, alentará un reformismo que le proporcione una base social propia. La historiografía cubana no ha estudiado todavía al grupo de jóvenes profesionales e intelectuales de derecha y centro-derecha, desencantados por la crisis de la burguesía dependiente, y de la clase media, que comenzará a nuclearse en torno a Batista a partir de 1934. De hecho, ellos constituirán el equipo de gobierno de las administraciones de Batista en los años 40 y en los 50.

Esta nueva generación de políticos reformistas, de procedencia burguesa, nacida a la sombra de los partidos políticos tradicionales, se considera heredera de los grandes caudillos del liberalismo y del conservadurismo, pero conscientes de la crisis política y moral de la antigua dirección, tratarán de adecuarse a la nueva coyuntura revolucionaria. Entre ellos se destacaban, Justo Luis del Pozo, Amadeo López Castro, Ramón Vasconcelos, Rafael Guas Inclán, Ramón Zaidín, Marino López Blanco y otros.

Son ellos los diseñadores de la imagen del «hombre fuerte » provisional, constructivo, popular que tanto le agradará a Batista. Son ellos los que instrumentarán la Ley de Coordinación Azucarera, los nuevos tributos a la industria, las escuelas cívico militares y como colofón, la destitución del presidente Miguel Mariano Gómez.

Estas medidas reformistas de evidente proyección populista deben contribuir a la formación de una clientela política que cimente el poder de Batista y lo independicen de la burguesía y del Ejército. No obstante, en la medida en que atacaban los intereses inmediatos de la burguesía azucarera, pondrían a su dirigente, José Manuel Casanova, entre la espada y la pared. En esas difíciles condiciones, Casanova se mostraría partidario de un entendimiento, a todo trance, con el poder militar de Columbia, mediante compromisos y sacrificios que asegurasen en un futuro la hegemonía burguesa.

No había otro remedio en la época: Batista y el Ejército constituían el único freno del movimiento revolucionario.

El equilibrio inestable del poder de Batista radicaba, por consiguiente, en dos impotencias: impotencia de la burguesía de conservar su poder y su influencia después de la Revolución del 30, impotencia del movimiento revolucionario fragmentado, de acceder al poder.

O sea, el bonapartismo castrense hace acto de presencia como señala Marx, en el preciso momento en que prestas a equilibrarse, la burguesía ha perdido, y la clase obrera no ha adquirido todavía la facultad de gobernar a la nación.[1] Este balance de fuerzas favorable al ejercicio de una autoridad, en cierto sentido irrestricta, le permitió a Fulgencio Batista llenar el vacío de poder creado por el equilibrio existente, imponer pautas a la burguesía dependiente y reprimir al pueblo en los años que corren, entre 1934 y 1944.[2] Ejercicio de poder inestable, no exento de crisis, riesgos y amenazas, procedentes tanto de sus aliados como de sus enemigos. “Hombre de la encrucijada” de “signo negativo”, “sólo en el caos puede estar tranquilo”, según escribiera Pablo de la Torriente en uno de los más finos análisis sociológicos e históricos de los años 30.[3] Como ha nacido de una traición entre sus aliados, nadie confía en él, y él no confía en nadie, pero a su vez debe depender de ellos y ellos de él.

La catástrofe institucional provocada por el movimiento revolucionario y la reacción post-revolucionaria, le hará dependiente de fuerzas políticas ajenas, en la medida en que no cuenta con los recursos y medios tradicionales para lograr el consenso popular. De ahí sus alianzas con los caudillos conservadores Mendieta, Menocal y otros. Bajo la presión del State Department, interesado en la normalización política del país, en la Pax Americana, Batista comenzará a dar pasos tendientes a obtener el concurso de las fuerzas políticas del país, a los efectos de restablecer el orden político y validar ciertas conquistas de la Revolución del 30.

Distintas entrevistas y artículos publicados en la prensa periódica revelaban, más allá de toda duda, las aspiraciones de la burguesía dependiente de restaurar la república parlamentaria, aun cuando en algunos de sus voceros, se albergase el deseo de crear un Congreso corporativista de inspiración fascista.[4] De lo que se trataba, por consiguiente, no era solo de librar a la burguesía dependiente de la arbitrariedad o el capricho del bonapartismo castrense, sino de ejercer el poder de la forma de dominio político que le ha resultado más conveniente históricamente: la democracia burguesa.

De ese modo, hacia 1938 el desideratum de las fuerzas políticas nacionales, el punto en el cual convergían todas sus aspiraciones, era en el de instaurar nuevas reglas de juego. Batista debía legitimar su poder o atenerse a las alternativas desfavorables que podían derivarse de su negación.[5] La convocatoria a una nueva Asamblea Constituyente debía entonces satisfacer todas las expectativas. Batista debió de constituir un bloque de partidos gubernamentales que se enfrentase al poderoso movimiento populista encabezado por Ramón Grau San Martín y avalado por las grandes conquistas revolucionarias de su gobierno. De ahí que Batista debiera contar con el apoyo de los caudillos políticos tradicionales del liberalismo sin que pudiera traer en un primer momento al caudillo conservador Mario García Menocal, quien pensaba constituirse en el factotum de la Asamblea Constituyente.

Tan pronto como este último comprobó la defensa cerrada que los Auténticos hacían de determinadas reivindicaciones populistas, dio un viraje y se alió con el bloque reaccionario tradicional dirigido por Batista. Por último, el «hombre fuerte de Columbia» decidió atraer a su coalición política al Partido Comunista. Años después escribió que esa orientación le fue aconsejada por el State Department.[6] El estallido de la Segunda Guerra Mundial propició este tipo de alianza entre los partidos comunistas latinoamericanos y los gobiernos del continente. Muchos de esos gobiernos eran dictaduras oligárquicas, como las de Venezuela y Costa Rica. Mediante esas alianzas, la Internacional Comunista confiaba en que los partidos comunistas lograsen el control del movimiento obrero y plasmasen un conjunto de demandas mínimas de la clase obrera, mientras Estados Unidos, por su parte, esperaba que se creara durante el conflicto, durante la guerra, una situación de tranquilidad y paz social.

En Cuba ambas partes lograron sus objetivos parciales e inmediatos. Por una parte, los comunistas hegemonizaron el movimiento sindical y obtuvieron aumentos salariales que les permitió a los obreros enfrentar de momento el creciente costo de la vida, y por otra, la burguesía dependiente y los norteamericanos lograron una situación estable en la Isla.

La dictadura, por su parte, tuvo un respiro. Batista, que deseaba ganar tiempo a toda costa, se benefició del conflicto. Los comunistas aumentaron su votación y se convirtieron en el partido comunista latinoamericano de una mayor militancia. Estos triunfos demostraron, sin embargo, ser pasajeros y en un breve plazo afectaron seriamente las relaciones de los comunistas con las clases medias y amplios sectores populares.

De hecho, durante los gobiernos Auténticos, perdieron más del 50 por ciento de su fuerza electoral. Cierto es que hubo represión dirigida especialmente contra los comunistas, pero la mentalidad economicista prevaleciente entre las dirigencias obreras comunistas y el grueso de sus seguidores contribuyó a que el partido perdiese una buena parte de su militancia cuando no se pudieron satisfacer sus reivindicaciones más inmediatas. No obstante, la dirigencia del partido había criticado severamente las actitudes economicistas, pero los dirigentes obreros de la base, al parecer, no encontraban otro camino para atraer a los obreros que la defensa de sus reivindicaciones estrictamente económicas.[7] Por otra parte, la oposición de los comunistas al gobierno revolucionario del 33, sus injustas críticas a Guiteras y su posterior alianza con Batista, determinó que amplios sectores de la población se alejasen del partido.

Cierto que antes de pactar con Batista, los dirigentes comunistas intentaron aliarse con Grau, pero este rechazó la posibilidad de un entendimiento. De todos modos, la posibilidad de que el partido prosiguiera su camino de una manera independiente, no fue considerada, al parecer, como una opción positiva.

En esas condiciones, la alianza de los comunistas le reportó más beneficio a Batista de lo que pudo obtener el partido en un largo plazo.

Al efectuarse las elecciones para elegir a los 81 delegados de la Convención Constituyente, el 15 de noviembre de 1939, el bloque de la oposición obtuvo la mayoría con 45 delegados, de los cuales correspondieron: 18 al Partido Revolucionario Cubano (Auténticos) con 225 223 votos; el Partido Demócrata Republicano, dirigido por el general Mario García Menocal, obtuvo 17 delegados con 170 681 votos; el Partido Acción Republicana eligió a 6, con una votación de 80 6l5 y, por último, el ABC de Joaquín Martínez Sáenz consiguió 14 delegados, producto de los 65 842 sufragios que obtuvo.

La Coalición Socialista Democrática, presidida por el coronel Fulgencio Batista, alcanzó 36 delegados, distribuidos entre los partidos gubernamentales, a razón de 17 delegados del Partido Liberal, con 182 246 votos, 9 por el Partido Unión Nacionalista, el cual tenía como caudillo al coronel Carlos Mendieta y una votación de 141 693, la fusión Unión Revolucionaria Comunista que obtuvo 6, con 97 994 y, por último, el Partido Nacional Revolucionario con un delegado y 37 933 votos.

Como hemos reseñado con anterioridad, el tránsito de Menocal y su partido a la coalición batistiana le proporcionó a esta agrupación la mayoría en la Convención Constituyente.

No obstante el carácter progresista de la Constitución de 1940, fue producto de la conjunción de los partidos surgidos a raíz del movimiento revolucionario del 30, populistas y comunistas, o sea, los Auténticos de Grau San Martín, los comunistas de Blas Roca, acompañados por los abecedarios de Martínez Sáenz, los cuales transitaron de posiciones cercanas al fascismo a posiciones reformistas en los años 40.

A propósito de las alineaciones de las viejas y nuevas asociaciones políticas en la Asamblea Constituyente, hemos podido corroborar historiográficamente los juicios de Raúl Roa sobre estas: «Es enteramente falso que los artículos más importantes de los delegados liberales de la Constitución de 1940 sean obra, en su totalidad, de los delegados liberales de la Constituyente. Las actas de la Convención evidencian, por el contrario, que es a los nuevos partidos y particularmente a los delegados Auténticos, comunistas y abecedarios a quienes se debe su orientación doctrinal y sus más relevantes progresos en materia política, económica, social, racial y cultural.[8] De un total de 1 105 793 votos registrados, los nuevos partidos de la revolución tuvieron 446 532 votos (40 %) y de 81 delegados electos alcanzaron 29.

Los artículos más progresistas de la Constitución fueron, por consiguiente, el resultado del voto de los nuevos partidos y de convencionales de las nuevas generaciones afiliados a partidos políticos tradicionales, los que ocasionalmente votaban por los criterios más avanzados.

Una idea de la fuerza que conservaban las relaciones de caciquismo en las zonas rurales nos la proporciona la comprobación del hecho de que en las provincias de Oriente y Camagüey, por lo menos nueve de los 30 convencionales electos eran propietarios rurales, colonos o terratenientes. Entre ellos se destacan Juan Antonio Vinent Griñán (liberal), José I. Valero (liberal), Alberto Silva Quiñones (Conjunto Nacional Democrático), Felipe Hay (Unión Nacionalista), Quintín George Bernot (liberal), Ramón Corona García (liberal), Adriano Galano (Acción Republicana), Mariano Esteva Lora (Auténtico), Juan Cabrera Hernández (demócrata republicano) y por último, Aurelio Álvarez de la Vega (Auténtico).[9] Como se puede apreciar todavía en 1940 las relaciones de caciquismo rural conservaban cierta solidez.

En la medida en que el partido hegemónico, el Partido Auténtico, carente de capitales y maquinarias políticas, conquistaba cerca del 40 por ciento del electorado en virtud de sus prédicas populistas, la burguesía agraria trató de reforzar de algún modo las antiguas relaciones de caciquismo y apeló a la compra de votos como un medio de consolidar sus posiciones en la escena política.

La Convención Constituyente tuvo lugar, por consiguiente, en una coyuntura, en que las relaciones de caciquismo comenzaban a debilitarse y cobraban fuerzas las maquinarias políticas de compra del voto, al tiempo que los partidos populistas conseguían el apoyo espontáneo de sus seguidores.

En estas circunstancias nos interesa valorar las actitudes de las principales tendencias políticas en la Constituyente (comunistas, reformistas y conservadores) con relación a la cuestión nacional. De ahí la necesidad de estudiar el comportamiento de estas agrupaciones con respecto a la libre determinación de las naciones pequeñas, la bandera como símbolo de la nación y la discriminación racial como factor disgregador de la nacionalidad.

La moción de solidaridad con Finlandia, propuesta el 8 de marzo de 1940 por los convencionales Auténticos Eduardo Chibás, Carlos Prío, Emilio Ochoa y Salvador Acosta, tenía por objeto condenar a la URSS por la invasión a ese país.[10] Tan pronto se dio lectura a esta proposición, los convencionales comunistas, Blas Roca, Salvador García Agüero, Esperanza Sánchez Mastrapa, Juan Marinello y César Vilar, presentaron una enmienda en la cual intentaban justificar la ocupación militar de ese pequeño país por el Ejército soviético, al tiempo que solicitaban una petición de datos sobre el destino de unos fondos públicos del Ayuntamiento de La Habana apropiados en 1934 por el Partido Auténtico para preparar la insurrección contra la dictadura de Batista. La enmienda obedecía a una táctica legislativa dilatoria que debía amenguar el impacto de la moción finlandesa y dificultar su aprobación. De acuerdo con los procedimientos parlamentarios, la enmienda debía ser discutida antes de la moción colocando en una posición defensiva, desde un primer momento, a los proponentes del mensaje a Finlandia. Los convencionales de los partidos tradicionales aliados a Batista, podían encontrar más atrayente desacreditar políticamente a los Auténticos que condenar a la intervención militar soviética.

La aprobación de la enmienda, en tanto era en realidad una moción distinta, implicaba la anulación de la moción Auténtica. La posición de ambas partes puede resumirse de la siguiente manera. Los Auténticos no negaron los cargos, pero decidieron rendir cuenta de la forma en que habían empleado los fondos del Ayuntamiento, ante una comisión investigadora, absteniéndose de discutir pormenorizadamente los detalles relativos al destino final del dinero. De ese modo remitían a un futuro la responsabilidad de dar cuenta de los 148 mil pesos sustraídos por Segundo Curti. De acuerdo con la versión de Grau San Martín, el dinero se había empleado, en gran parte, en la adquisición de armamentos en el exterior, pero cuando Batista convocó a la Asamblea Constituyente, el PRC desistió de la táctica insurreccional.

Cuando se sometió a la consideración de la Asamblea la enmienda comunista, se determinó que esta era otra moción y al ser sometida a votación, la mayoría de los legisladores, reformistas y conservadores, la rechazó con solo el voto adverso de los comunistas.

A continuación la Asamblea pasó a discutir el mensaje de solidaridad con Finlandia, el cual fue defendido por Eduardo Chibás, alegando que en ese país se debatía en esos momentos la causa de las pequeñas nacionalidades agredidas por grandes potencias.

Respondiendo a Blas Roca, Chibás sostuvo que no tenía inconveniente en suscribir con este cualquier proposición defendiendo la soberanía de cualquier pequeño país agredido por Estados Unidos o Europa. Chibás planteó también que a pesar de la defensa que demandaban los comunistas de las pequeñas nacionalidades, en los momentos en que la Revolución de 1933 era asediada por Estados Unidos, no habían tenido reparos en advocar el derrocamiento del gobierno Grau-Guiteras. Por cierto, Chibás también advocó el derrocamiento del gobierno Grau-Guiteras.

La actitud posterior de los comunistas pactando con Batista, poco después del asesinato de Guiteras, era otra muestra de su carácter antinacional.

La argumentación central de los convencionales comunistas, en cambio, estuvo dirigida a demostrar que al frente del Ejército finlandés, que resistía la invasión soviética, se encontraba el mariscal Mannerheim, responsable del exterminio masivo de miles de patriotas finlandeses. Por otra parte, Alemania esperaba convertir a Finlandia en una base de agresión contra la URSS. Al apoyar a Finlandia en esos momentos, los Auténticos se hacían eco de la gran campaña internacional que habían desatado las potencias imperialistas en defensa de Mannerheim y contra el comunismo.

La votación final de la moción de solidaridad con Finlandia evidenció que los partidos tradicionales de la Coalición Socialista Democrática, prefirieron dejar en la estacada a los comunistas para votar conjuntamente con los Auténticos.

De ese modo, 43 convencionales se pronunciaron a favor del mensaje a Finlandia y solo seis, los comunistas, lo hicieron en contra.

Las posibilidades de trascender las posiciones enconadas de comunistas y Auténticos, no se habían dado, al parecer, en el contexto de la época. Todo pronunciamiento en el plano internacional debía definirse con respecto a la bipolaridad Washington-Moscú. En la época no se había articulado aún un campo de neutralidad positiva al cual pudieran remitirse los nacionales reformistas Auténticos.

Por otra parte, en el movimiento comunista no había tomado fuerza aún la doctrina policentrista de Togliatti.

Las orientaciones de la Internacional Comunista eran de obligatorio cumplimiento para todos y cada uno de los partidos. No se trata, por consiguiente, de que posiciones independientes o intermedias pudieran representar soluciones factibles para las agrupaciones políticas nacionales, sino de que en la época los problemas no podían pensarse en otros términos que no fueran los dictados por la bipolaridad.

Las ilusiones reformistas, alentadas por el New Deal rooseveltiano, y los deslumbramientos del socialismo duro de Stalin, imposibilitaban la búsqueda de un territorio común de entendimiento entre comunistas y populistas.

La conformación de la realidad nacional neocolonial por los discursos omnicomprensivos de las ideologías hegemónicas en el campo internacional deslindaba la separación tajante entre socialistas y reformistas o populistas.

En la época apenas se concebía la posibilidad de que proyectos de liberación nacional o de revolución social pudieran intervincularse o influirse recíprocamente.

Desde luego, el exclusivismo proletario alentado por una tradición anarquista que se remontaba a la segunda mitad del siglo XIX, y acendrado por las posiciones de clase contra clase de la Internacional Comunista en los años 30, contribuirían al aislamiento de la clase obrera con respecto a las clases constitutivas del pueblo. De manera parecida, las posiciones relativamente estables de las clases medias y una conciencia muy acusada de sus privilegios de clase intermedia, tendían a separarla de la clase obrera.

La política de frente único de Dimitrov en América Latina, no contribuiría tampoco, con el correr del tiempo, a la unidad nacional, en la medida en que aconsejó alianzas de los comunistas con los gobiernos constituidos, ya fuesen oligárquicos o de burguesías dependientes, frente a los partidos populistas y reformista mayoritarios.

No puede obviarse, sin embargo, que en la conciencia crítica de Chibás y otros ideólogos nacionalreformistas había una singular clarividencia de los puntos débiles de sus rivales, de la misma manera que en la perfección marxista de los comunistas había un rigor analítico que les permitía definir con precisión las limitaciones clasistas de las clases medias.

Una revisión crítica del discurso revolucionario de las dirigencias marxistas latinoamericanas originales, de los programas y análisis de la realidad, de Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Mariátegui, revelaría que en este pensamiento autóctono se encontraba un programa de liberación nacional más cercano a la realidad neocolonial de nuestros pueblos que los programas que elaborara el Partido Comunista durante los años 40 y 50.

La discusión en torno a la insignia que debía ondear en los edificios públicos, dependencias oficiales y fortalezas militares, dio lugar a un agudo enfrentamiento entre comunistas y nacional-reformistas en el seno de la Convención Constituyente.

Todo tiene que ver con el hecho de que los comunistas plantearon que, junto con la bandera del 4 de septiembre debía ondear la bandera cubana. Desde luego, Blas Roca planteó: “Me opongo a ese precepto simplemente porque prohíbe izar la bandera del 4 de septiembre en los cuarteles y otras dependencias públicas.” Y a continuación expresaba: “¿Qué es la bandera del 4 de septiembre? La bandera del 4 de septiembre es la bandera de la revolución cubana; la bandera que se alzó con las reivindicaciones del pueblo cubano, cuando una parte importante de los soldados (…) encabezó el sentimiento de todos los soldados que se consideran parte del pueblo de Cuba y levantaron sus reivindicaciones haciendo la madrugada histórica del 4 de septiembre.”[11] Desde luego estas formulaciones a propósito de la bandera del 4 de septiembre, en tanto la bandera de la revolución cubana, que debía ondear en los mismos edificios, fortalezas y dependencias públicas y actos oficiales, que la bandera nacional, tendía a equipararla con ésta.

Este enfoque provocó de inmediato interpretaciones y reacciones diversas en el seno de la Constituyente.

El convencional Francisco Ichazo aprovechó la ocasión para ganar méritos políticos. De acuerdo con esto, “no se debía intentar equiparar en rango una bandera, por mucho que esta bandera represente para una parte del pueblo, con la bandera nacional que nos representa a todos…” La respuesta del dirigente Auténtico Eduardo Chibás no se hizo esperar. La dualidad de enseñas, entendía Chibás, era peligrosa porque los convencionales tenían “la obligación moral de velar por el mantenimiento de la unidad nacional, de la unidad étnica, de la unidad fundamental en todos los aspectos de la vida ciudadana y como expresión máxima de esta expresión nacional está la bandera de Cuba”.

Por otra parte, la pretensión de que la bandera del 4 de septiembre fuera la bandera de la revolución cubana era esencialmente falaz, porque la Revolución de 1933 no era solo de los sargentos que insurgieron en esa fecha, sino de todos los cubanos que apoyaron el movimiento revolucionario. De la misma manera podían alegar las distintas organizaciones revolucionarias que sus banderas o insignias eran las banderas de la revolución cubana. Por eso debía proclamarse que la única bandera de la Revolución del 30 era la bandera cubana. La bandera única de los cubanos en todos los tiempos “era la que enarboló Maceo en los campos de Cuba Libre”.

La paradoja mayor de las formulaciones del convencional comunista radicaba, según Chibás, en que durante el período álgido del septembrismo, cuando sí vibraba la revolución en forma pura, la atacaban los comunistas sin cuartel, y la llamaban «movimiento reaccionario, movimiento imperialista, contra la nacionalidad». De ahí que los que atacaban a Guiteras como agente del imperialismo y pedían el derrocamiento del gobierno revolucionario, no tenían autoridad para venir a entonar una loa del 4 de septiembre. Lo más curioso era que los que encabezaron el movimiento revolucionario se oponían a que la bandera del 4 de septiembre ondease donde ondeaba la bandera cubana.

La mayor paradoja radicaba, según Chibás, en que la bandera del 4 de septiembre surgió en el gobierno del coronel Mendieta, cuando la revolución ya no estaba en el poder y las fuerzas reaccionarias se enseñoreaban en la Isla. Esa bandera era entonces expresión de la separación del movimiento militar del pueblo, símbolo del poder reaccionario de Fulgencio Batista. De ahí que Chibás le criticase a Blas Roca el haber querido ser más papista que el Papa.

No obstante, el alegato chibacista tendió a perder fuerza en la medida en que cuestionó la cubanidad de los comunistas y los cubrió de ataques personales. De hecho esa había sido la tónica de los enfrentamientos entre ambas partes desde las primeras discusiones en la Convención.

El ataque de Chibás había sido tan implacable y demoledor que el convencional conservador Antonio Bravo Acosta le pidió a la presidencia que no se trajesen a la discusión «cuestiones políticas partidistas».

El comandante del Ejército Libertador Miguel Coyula, convencional conservador, se sintió obligado a declarar que la bandera cubana cubría por igual a Chibás y a Blas Roca. Así, al referirse a la enseña nacional, diría: “Esta bandera que yo siento, influye tanto sobre el sentimiento de Chibás y Blas Roca: porque al fin y al cabo, puede ser que el sentido filosófico de la idea comunista separa al señor Roca y sus compañeros del que habla, pero seguramente lo acerca el apego a la tierra donde han nacido.[12] En la cuestión nacional, las posiciones de los comunistas con relación a la bandera, con relación al intervencionismo soviético, los separaron no solamente de sus aliados en la coalición progresista popular, sino también, de las organizaciones representativas de las clases medias y amplios sectores populares.

De hecho, estos discursos e intervenciones en la Constituyente eran transmitidos radialmente, y se publicaban diariamente en la prensa. Y estas posiciones de los comunistas contribuyeron a separarlos todavía más de las clases medias y a impedir que pudieran ejercer su influencia sobre amplios sectores de las clases medias.

De hecho, el crecimiento del partido como resultado de su intervención, de su alianza con Batista, como resultado también de su control de la Confederación de Trabajadores de Cuba, se basó en determinadas conquistas, como el aumento del salario en un momento en que los precios subían escandalosamente. Pero estas conquistas no pudieron conservarse, como señaló muy bien, después, el propio Lázaro Peña y Blas Roca, porque los precios, en la sociedad capitalista, siempre tienden a sobrepasar a los salarios.

De manera que estas conquistas, en la medida en que los Auténticos accedieron al poder y pudieron mantener, en cierto sentido, el control de los sectores más amplios de la población mediante sus prédicas populistas y mediante su invocación a las conquistas de la Revolución del 30, en esa misma medida los comunistas fueron perdiendo fuerzas.

De modo que la alianza con Batista significó, en corto plazo, determinados avances, determinadas conquistas que beneficiaron a la clase obrera, pero a la larga significó que por la escisión entre el Partido Comunista y sectores cada vez más amplios de la sociedad, su separación de estos sectores, lo fueran relegando, y que ya prácticamente en los años 50, el partido no tenía suficiente votación para inscribirse, no cumplía los requisitos del mínimo de votantes para inscribirse.

Esto fue luego superado, pero se trata de que en el contexto de la época era prácticamente imposible una alianza entre las clases medias y amplios sectores populares con los representantes de la clase obrera. Esto vino a ser posible solamente con el triunfo de la Revolución Cubana, como sabemos todos, y con el enfrentamiento a los Estados Unidos en el curso de los acontecimientos.

Eso es todo. (Aplausos.)

Notas



[1] Carlos Marx. El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Ed. Biblioteca del Pueblo, La Habana, 1962.

[2] Samuel Farber. Revolution and Reaction in Cuba, 1933-1960. A Political Sociology from Machado to Castro. Wesleyam University Press, Middletown, Connecticut, 1976.

[3] Pablo de la Torriente Brau. Cartas cruzadas. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1990, pp. 200-227.

[4] José A. Tabares del Real. La Revolución del 30, sus dos últimos años. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973. Ver también: Carteles, Nos. 36 y 37, La Habana, septiembre, 1935.

[5] Antoni Kapcia. “Fulgencio Batista, 1933-1944: From Revolutionary to Populist”, en: Authoritarianism in Latin America since Independence. L. Fowler, ed., Greenwood, 1997. Véase también: Julio Le Riverend. “Caracteres del período de 1933-1940”, en: Selección de lecturas de Historia de Cuba. 1933-1940. Ed. Universidad de La Habana, La Habana, 1975; Blas Roca: El pueblo y la nueva Constitución. Ed. Sociales, La Habana, 1940; y Juan Marinillo: “Balance provisional de la Constituyente”, en: Noticias de Hoy, La Habana, junio 15, 1940, pp. 1 y 6.

[6] Fulgencio Batista. Piedras y leyes. Ed. Botas, México D.F., 1961.

[7] Gaspar J. García Galló y M. Mier Febles. “Recuento histórico de dos décadas. Primera parte (1948-1958)”. Texto mimeografiado, s/f.

[8] Raúl Roa. La Revolución del 30 se fue a bolina. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976, pp. 339.

[9] República de Cuba. Diario de Sesiones de la Convención Constituyente. Libro II, La Habana. Consúltese Jorge Ibarra. Partidos políticos y clases sociales, 1898-1921. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992.

[10] Ibídem. Libro I, vol. 1, No. 14, pp. 14-59.

[11] Ibídem. Libro I, vol. 1, No. 21, pp. 9-26.

[12] Ídem.

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