Considero
imprescindible subrayar que el tema que me ocupa en el día de hoy, como todos
los que son objeto de estudio en este importante evento, es muy complejo, contradictorio
y polémico; está lejos de haber sido investigado, valorado y divulgado en la
medida necesaria por la historiografía, y requiere, por lo tanto, muchas páginas
o un volumen de tiempo mucho mayor que el que es dable emplear en una
conferencia. No esperen ustedes hoy de mí algo más que una introducción a este tema,
que una incitación a la investigación y a la reflexión, con el ánimo de motivar
dudas, preguntas, pesquisas y evaluaciones sobre él.
La Asamblea
Constituyente de 1940 fue tanto una parte como un fruto del rico y
trascendental proceso histórico que vivió la sociedad cubana durante las
primeras cuatro décadas del siglo XX, y ha dejado, junto con la Constitución
que elaboró, y gracias a esta última, una profunda huella en todo el devenir
posterior de la Isla.
Son muchos y muy
variados los actores individuales y colectivos que, de un modo u otro,
incidieron vigorosamente tanto en la convocatoria a esa magna convención, como
en su desenvolvimiento y sus resultados.
El más notable y
decisivo fue el pueblo de Cuba. Partidos políticos, organizaciones de la
sociedad civil y personalidades de profesiones, ejecutorias, ideologías,
mentalidades y expectativas de las más disímiles banderas y clases sociales se
cuentan entre sus protagonistas. Fulgencio Batista fue, sin haber ocupado un
puesto entre los delegados, uno de los actores principales de la Asamblea Constituyente
de 1940 y de los procesos que condujeron a su celebración.
En forma muy
breve y resumida, y favorecido por el hecho de que otros partícipes en este
evento tratarán de modo específico estos asuntos, me referiré, muy
sucintamente, a algunos de los fenómenos –y reitero las palabras «muy
sucintamente» y «algunos»– que, de manera más inmediata en el tiempo, llevaron
a la reunión y desarrollo exitoso de la Constituyente. Citaré estos fenómenos sin
pretender establecer jerarquización alguna entre ellos. Veamos.
La crisis
estructural del sistema neocolonial de dominio imperialista y oligárquico sobre
Cuba, y la consiguiente agudización y multiplicación de los problemas, paradojas,
tensiones y contradicciones que le eran inherentes, habían situado al país en
la disyuntiva de reformar el neocoloniaje, o de destruirlo, y sustituirlo por
otra modalidad de organización y convivencia social.
La alternativa
revolucionaria sufrió una aplastante derrota con el fracaso de la huelga de
marzo de 1935 y la caída, dos meses después, de Antonio Guiteras, y tardaría
varios lustros para ponerse nuevamente a la orden del día, en el decenio de
1950. La opción reformista- democrática, pese a haber sido también víctima del
sangriento triunfo reaccionario de 1935, continuó ganando espacio y prestigio
en las masas populares, hasta convertirse en el vehículo de las esperanzas de
la mayoría de los cubanos. Por ende, entre 1935 y 1937, el PRC (A), las otras
fuerzas reformistas en ascenso, y los rezagos entonces débiles del movimiento
revolucionario no lograron la unión necesaria para combatir, con la eficacia
requerida, a la dictadura, desde la ilegalidad a la que estaban condenadas.
En esos años, el
pueblo –y particularmente las clases medias, la pequeña burguesía, los
intelectuales, los estudiantes y el proletariado urbano– se sumó de modo creciente
al Partido Revolucionario Cubano (Auténticos), y en menor pero también
importante cuantía, al primer Partido Comunista de Cuba y al ABC, que durante
este trienio adoptaron gradualmente programas políticos reformistas y
democráticos. Desde esas y otras entidades políticas y sociales, el pueblo
exigió con más y más vigor, la convocatoria a una asamblea que redactase y pusiese
en vigor una nueva Constitución de la República, demanda fundamental del
reformismo-democrático cubano desde los días del Directorio Estudiantil
Universitario de 1930.
Por otra parte,
la oligarquía colegiada con la nueva casta militar, que encabezaba Fulgencio
Batista, tenía un resurgimiento del movimiento revolucionario recién vencido; y
además fracasó en los tenaces intentos que hizo, entre 1935 y 1937, para
superar la inestable e inquietante situación de provisionalidad institucional
que padecía la Isla, desde la época de la tiranía de Machado.
La marcha normal
de la economía capitalista dependiente, la superación de los efectos de la
crisis económica de 1929, y el ejercicio de la hegemonía política de las clases
dominantes requerían un ordenamiento constitucional, político, económico y
social estable y consensuado, que no pudieron lograr las presidencias de Carlos
Mendieta, Barnet, y Miguel Mariano Gómez, ni las Constituciones espurias de
1934 y 1935.
Por añadidura,
el imperialismo norteamericano, con la abolición de la Enmienda Platt, las
leyes de cuotas azucareras, el Tratado de Reciprocidad Comercial, la Reforma Arancelaria
de 1935 y otras medidas, había dado pasos grandes para modernizar y hacer más
eficaz su hegemonía neocolonial. Washington deseaba también el cese de la
provisionalidad institucional y un ambiente social más favorable a sus
intereses políticos, económicos y comerciales. Circunstancias de este tipo,
llevaron al canciller Cordell Hull a orientar a los embajadores norteamericanos
en América Latina, el 26 de septiembre de 1936, que respaldasen a los
«gobiernos no democráticos» en los países en que estos fuesen capaces de
satisfacer los requerimientos yanquis de paz, respeto a la ley, orden y un
clima inversionista adecuado y a que apoyasen transiciones a la democracia
representativa en aquellos cuyos regímenes autoritarios estuviesen amenazados
por un movimiento oposicionista lo suficientemente fuerte para crear
conmociones sociales, que pudiesen ser aprovechadas por los comunistas o los
fascistas, en detrimento de los intereses de los Estados Unidos.[1] A estos y
varios otros estímulos de naturaleza general hay que añadir los criterios
particulares, específicos, que animaron a Fulgencio Batista y otros personajes poderosos
a colaborar con el proceso que tuvo como desenlace la Asamblea Constituyente de
1940. En el caso concreto de Batista pesaron, entre otros, los factores que señalaré,
después de referirme muy someramente a algunos rasgos fundamentales de la personalidad
y del modus operandi del jefe castrense.
Fulgencio
Batista y Zaldívar fue un hombre inteligente, con una gran fuerza de voluntad y
muy tenaz; audaz y decidido, con un afán de superación personal notable, con un
nivel cultural, sin ser un intelectual, superior al promedio de la Cuba de los
años 1930, obtenido mediante no pocos sacrificios, creyente en las virtudes y
poderes del espiritismo y la santería, y temeroso de ambas modalidades
religiosas, atormentado por los complejos y traumas que le produjeron las
discriminaciones de que fue víctima, desde que nació, por ser mulato, de
familia campesina muy pobre, en una de las regiones rurales más atrasadas de
Cuba, y el mayor y único entre cuatro hermanos que no fue reconocido y sí
maltratado por su padre. Un hombre astuto, mentiroso, imaginativo, desconfiado
en grado superlativo que –hasta la década de 1950 en que se autoendorsó y
sobrevaloró desmedidamente– supo enmascarar sus síndromes, sus dobleces y sus
cualidades negativas con una apariencia exterior de criollo afable,
dicharachero y atento a las opiniones y necesidades de los demás. Fue, desde
joven, solo leal a sí mismo. No tuvo más brújula en su vida, no persiguió más
objetivos que colmar, a cualquier precio, sus descomunales ambiciones de
dinero, de poder y de promoción social.
Decidió todos
sus pasos, en su larga y nefasta carrera política, basado en su apreciación
personal sobre qué conducta era la mejor en cada coyuntura para materializar sus
apetitos, para incrementar sus bienes, su autoridad y su lugar en la escala
social.
Batista fue un
amoral, estuvo desprovisto de ideologías políticas y de principios que
influyesen en su quehacer. En 1932 y 1933, fue abecedario y colaboró con el
Directorio Estudiantil Universitario de 1930; en agosto de 1933, clamó por la
«verdadera Revolución», por el mejoramiento de los sectores más pobres del
Ejército y contra el gobierno de Céspedes; el 4 de septiembre de 1933, se alió
con Ramón Grau San Martín y con el DEU; entre octubre de 1933 y enero de 1934 se
coaligó con el imperialismo y con la oligarquía; en 1934 y 1935, contribuyó
decisivamente a restablecer el dominio de la oligarquía y el imperialismo, y a
aplastar el proceso revolucionario de 1930 a 1935; en 1936, se disfrazó de
reformador social, e ideó y propulsó un amplio plan de educación rural y salud
pública. A partir de 1937, asumió una posición reformista
democrático-representativa.
Nunca cambió de
ideología, porque nunca tuvo una ideología. Propugnó políticas dispares que
tuvieron, en lo que a él respecta, óptimos frutos. En 1937, el sargento pobretón
y buscavida de 1933 era el hombre que más poder personal tenía en Cuba; era
millonario; era miembro del Unión Club y de otros casinos oligárquicos, y se codeaba
con la más rancia y tradicional oligarquía criolla.
Dinero, poder y
promoción social, he ahí la clave de quién fue, cómo actuó y para qué actuó
Fulgencio Batista.
Únicamente a
través de este análisis caracterológico es que podemos explicarnos la actividad
de Batista en favor de la realización y los resultados de la Constituyente de
1940. Ahora pasaré a hablar brevemente de ello.
Hay que tener
presente que su inteligencia, su oportunismo y los consejos de sus asesores
llevaron rápidamente a Fulgencio Batista a comprender que la situación de Cuba
en 1936, y la previsible en el futuro inmediato, no eran ni serían similares a
la anterior, así como las tendencias con más posibilidades de éxito. El coronel
concluyó que lo más conveniente y útil para él era participar activa y
positivamente en los acontecimientos y tratar de sacar el mayor provecho.
El 2 de octubre
de 1936, el embajador Jefferson Caffery –que le apoyaba a ultranza, en
Washington y en La Habana, desde diciembre de 1933, en todos los momentos y circunstancias,
en declaraciones públicas y en privado, borrando o atenuando desconfianzas,
prejuicios y rechazos de oligarcas criollos y de liberales del New Deal–
informó a Batista el contenido de las instrucciones estratégicas que Cordell
Hull había dado a sus embajadores en América Latina, exactamente una semana
antes,[2]
a las que ya me referí. Durante el resto del mes de octubre y hasta fines de
diciembre de ese año, Caffery dedicó sus mejores artes a convencer al State
Department y a los principales agentes políticos de la oligarquía criolla, de que
sus intereses estratégicos estaban en apoyar al coronel en el duelo que este
sostenía entonces con Miguel Mariano Gómez.[3]
El 7 de febrero de 1937, ya con Laredo Bru firmemente sentado en la silla
presidencial, el embajador de Cuba en los Estados Unidos, doctor Pedro Martínez
Fraga, comunicó a sus superiores que había cumplimentado la orden que recibió
de informar al Subsecretario para Asuntos Latinoamericanos, Benjamin Sumner
Welles, que el coronel Batista se proponía, con el concurso del nuevo primer
mandatario, a actuar firmemente para restablecer la democracia en la Isla;
apoyar la celebración de una Asamblea Constituyente, en el momento oportuno;
licenciarse del Ejército, y aspirar a la presidencia de Cuba. Según Martínez
Fraga, Sumner Welles acogió con simpatía estas noticias.
Estas decisiones
del jefe de las Fuerzas Armadas estaban en consonancia con los propósitos que
había anunciado, poco antes de iniciar a fines de 1935 y principios de 1936, el
Plan Social del Ejército, empleando a los militares en un programa de beneficio
para el pueblo. Subrayó entonces que su primera meta había sido modernizar los
institutos armados, mejorar las condiciones de vida de los miembros de estos y
restablecer el orden público y laboral. Añadió que con dicho Plan Social, él,
Fulgencio Batista, ponía en marcha la segunda fase de un proyecto que
acariciaba desde 1934. También declaró, en esos días, que Cuba marcharía hacia
un nuevo ordenamiento institucional que no sería ni comunista, ni socialista,
ni fascista. Entre paréntesis, quiero señalar que en el curso de esas
intervenciones Batista expresó que Cuba nunca había estado amenazada por un
posible triunfo comunista, con lo cual el coronel desmintió lo que había dicho en
múltiples ocasiones desde 1933.
Para lograr sus
propósitos de ser uno de los protagonistas principales del tránsito nacional
hacia el restablecimiento de la democracia burguesa, y de obtener las ganancias
personales más jugosas en este, el coronel Fulgencio Batista: • Continuó y
amplió el Plan Social del Ejército, pese a la resistencia a este de Pedraza y
de una minoría de la oficialidad.
• Incrementó su
poder individual en las Fuerzas Armadas, para lo cual dejó de reunir y
consultar a la Junta Militar a partir de diciembre de 1937; licenció, trasladó o
promovió a varios oficiales importantes aprovechándose del fallido complot
castrense, denunciado por el Servicio de Inteligencia Militar, el 27 de
diciembre de 1938 y en reportes posteriores, que incluía un plan para
asesinarle; y favoreció con nuevas prebendas a los soldados, marinos y
policías.[4]
• Promovió un Plan Trienal, que incluyó la promulgación de la importante Ley de
Coordinación Azucarera de 1937; fue denunciado por Eduardo Chibás, como un plagio
del programa del PRC (A), y fue abandonado por Batista, en 1938, debido a que
Washington le negó el financiamiento necesario, y a la fuerte oposición de la
mayoría de los sectores políticos cubanos de izquierda, centro y derecha.
• Apoyó
abiertamente las leyes y medidas que promulgaron el Congreso y el Ejecutivo
para establecer la democracia burguesa y posibilitar la celebración de la Constituyente.
• Adoptó una
retórica política en favor de la democracia burguesa, las libertades públicas y
la intervención del Estado en el crecimiento económico y en aras de la justicia
social, y reafirmó su posición coincidente con las corrientes que propiciaban
el estatismo, vigentes entonces en países tan dispares como Estados Unidos, México,
Alemania e Italia.
Batista matizó
demagógicamente sus discursos con planteamientos más cautos o más radicales, de
acuerdo con el auditorio de cada uno de ellos. Ejemplos de esta demagogia y
ambivalencia son patentes al leer las declaraciones que hizo en su viaje a los
Estados Unidos, a fines de 1938, y las que ofreció, con contenido contrario, durante
su visita a México, a principios de 1939.
Entre las
cuestiones que Batista más reiteró en esa época estuvo el recordar a todos que
al firmar la Proclama al Pueblo de Cuba, de fecha 4 de septiembre de 1933, y en
algunas otras alocuciones durante el Gobierno de los Cien Días, él se había
manifestado, desde los albores de su vida pública, como partidario de efectuar
una Asamblea Constituyente.
Complicadas
negociaciones y maniobras, mensajes adecuados a cada circunstancia, reparto de
posiciones públicas, distribución de prebendas inconfesables a costa del tesoro
nacional y de la moral social, presiones más o menos veladas, otorgamientos de
espacios en el quehacer político y otras jugarretas y ardides tortuosos, permitieron
a Batista superar tensas situaciones y contradicciones. Logró así articular,
bajo su batuta, una heterogénea alianza, que incluyó a comunistas, centristas y
políticos tradicionales, enmascarados y unidos por un programa
reformista-democrático. Este singular conjunto concurrió a los comicios para
delegados a la Asamblea Constituyente y actuó en ella, bajo el rótulo de Bloque
Gubernamental, y compitió victoriosamente en las elecciones generales de 1940
con el nombre de Coalición Socialista Popular.
En la
construcción, funcionamiento y sobrevivencia de esta alianza, cargada de
paradojas y antagonismos en su interior, Fulgencio Batista contó con el
concurso continuo de un grupo de personalidades que le ayudaron a eliminar
escollos y asperezas en el seno de sus huestes.
Para conciliar
los disgustos coyunturales de los políticos tradicionales con su persona, y
entre ellos, Batista tuvo el auxilio celoso e ininterrumpido de J. Butler Wright,
quien sustituyó a Caffery como embajador de los Estados Unidos el 23 de agosto
de 1937 y, después de la muerte de Wright, el 4 de diciembre de 1939, el de su sucesor
George Messersmith, quien arribó a La Habana el 2 de marzo de 1940, en momentos
en que la Constituyente estaba en marcha; de José Ignacio Rivero, máximo vocero
de la oligarquía; de José Manuel Casanova, líder de los hacendados azucareros;
de Guillermo Alonso Pujol, José M. Cortina, Rafael Díaz Balart, Ramón Vasconcelos,
Rafael Guas Inclán y otros jefes políticos de los partidos neocolonialistas. El
presidente Federico Laredo Bru merece mención aparte por la trascendencia del
apoyo que prestó entonces al coronel.
El bariense
Rafael Díaz Balart, con fuertes nexos con la United Fruit
Company, el industrial Dayton Hedges y otros,
cabildearon a favor del coronel en el seno del empresariado yanqui que operaba
en Cuba, complementando así la labor que hicieron en esa misma dirección los
diplomáticos yanquis.
El embajador de
Cuba en Washington, Pedro Martínez Fraga, y José Manuel Casanova, presidente de
la poderosa Asociación de Hacendados de Cuba, actuaron con gran diligencia,
asiduidad y eficiencia en la obtención del visto bueno de las autoridades
federales y del gran capital norteamericanos a los propósitos de Batista.
Casanova incluso viajó a la capital estadounidense y a Nueva York, a petición
del coronel, en mayo de 1938, y recibió la confirmación del apoyo de Welles y
de los banqueros y empresarios yanquis para la política de Batista, para la convocatoria
a la Constituyente y para la candidatura presidencial del jefe del Ejército.[5] El respaldo
ostentoso de Franklyn D. Roosevelt, del secretario de Estado Hull, de Welles,
del jefe del Estado Mayor Conjunto, del Congreso, la gran burguesía financiera y
de la prensa norteamericana a Batista, durante la visita que hizo a los Estados
Unidos en las postrimerías de 1938, confirmaron tanto a la oligarquía criolla
como a sus agentes políticos, de que debían renunciar, como quería el coronel,
a una parte de sus privilegios, en la Asamblea Constituyente, a fin de
conservar la mayoría de ellos y su hegemonía.
Para lidiar con
los recelos y encontronazos coyunturales con sus aliados comunistas, Fulgencio
Batista se sirvió del embajador de México, Octavio Reyes Espíndola, quien había
desempeñado un papel siniestro en la conjura de Caffery contra Grau, en 1933, y
mantenía desde entonces estrechos vínculos personales con el caudillo septembrista.
Como representante de Lázaro Cárdenas y de su gobierno, el diplomático azteca
mantenía relaciones cordiales con Juan Marinello, Lázaro Peña y otros líderes
del primer Partido Comunista de Cuba. Además, Vicente Lombardo Toledano, máximo
jefe del sindicalismo mexicano y aliado del presidente Cárdenas, había
solicitado a Reyes Espíndola que trabajase en pro de la creación y actuación
legal de la Confederación de Trabajadores de Cuba, lo cual obligó al embajador
a actuar, en más de una ocasión, como intermediario entre el jefe militar y los
comunistas cubanos.[6]
Carlos Manuel Palma Valdés, amigo personal de Batista, representante a la
Cámara y una de las figuras centrales en el enjuiciamiento de Miguel Mariano
Gómez por el Congreso, había empleado eficazmente su influencia con el coronel
para proteger a Blas Roca, Gaspar García Galló y otros comunistas ante la
persecución de que habían sido víctimas, entre 1934 y 1936. Palma tenía una estrecha
amistad con García Galló, Lázaro Peña y otros comunistas, lo que facilitó al
coronel el utilizarlo reiteradamente como su intermediario con ellos.[7] Por otra
parte, el viaje de Batista a México, a principios de 1939, y el respaldo
público que le brindaron en esa ocasión Lázaro Cárdenas, Vicente Lombardo
Toledano, el Congreso y otros destacados jefes de la izquierda azteca, contribuyeron
a estabilizar el matrimonio de conveniencia entre el coronel y los comunistas
cubanos. Por último, hay que señalar que el Partido Comunista de los Estados
Unidos –que por encargo de la Internacional ejercía una especie de tutela
ideológica e intelectual sobre el primer partido marxista-leninista cubano–
bendijo la alianza de este con el cabecilla castrense.
Considerando que
ya el terreno estaba suficientemente preparado para que fructificasen sus
ambiciones, Fulgencio Batista se licenció del Ejército el 6 de diciembre de
1938.
Convertido en
civil, desplegó en 1939 una intensa actividad en favor de la coalición política
que dirigía, abogando por la celebración de la Asamblea Constituyente que era,
para él, un puente en el camino que le llevaría a lograr sus aspiraciones
personales.
Los comicios
para elegir delegados a la magna convención se llevaron a cabo el 15 de noviembre
de 1939.
El Frente de
Oposición obtuvo 514 914 votos, para 41 constituyentistas, y el Bloque
Gubernamental 538 090 sufragios, con 35 delegados. Ambas partes reconocieron públicamente
la limpieza de la justa electoral. Batista y sus seguidores borrarían los
resultados de su derrota al lograr que los 15 delegados del Partido
Demócrata-Republicano se pasasen del Frente Oposicionista a la banca oficialista
nueve semanas después, a mediados de la Asamblea, a cambio de la Alcaldía de La
Habana para el hijo de su jefe, Mario García Menocal, y de otras concesiones.
El Bloque
Gubernamental ganó su acceso a la Constituyente esgrimiendo una plataforma
política reformista, democrática y que pudiéramos calificar de social-demócrata.
Dicho programa
general era y fue susceptible de interpretaciones múltiples, de acuerdo con los
variados puntos de vista que profesaban los suscriptores de este pacto. Uno de
sus miembros, el Partido Unión Revolucionaria Comunista, proclamó públicamente
que mantendría su autonomía política. El desempeño de esa organización en el
transcurso de la Asamblea y el propio Batista confirmaron que esto fue cierto
en alguna medida, pero no totalmente. Según el caudillo militar el PURC cumplía
sus promesas de no abogar, en momento alguno, por la implantación en Cuba de un
orden político, económico y social distinto al capitalista; de no criticar a
los Estados Unidos ni a sus gobernantes, y de respetar las bases políticas del
Bloque Gubernamental.[8]
Por otra parte, mientras duró la Asamblea, Fulgencio Batista se reunió, casi
todas las noches, con los jefes de los partidos que eran adictos, a fin de
intercambiar opiniones con ellos. En uno de esos encuentros fue que Blas Roca
aceptó el pedido de Batista de que el PURC promoviese la aceptación
constitucional de la bandera y otros símbolos militares del 4 de septiembre.[9] La Asamblea
comenzó el 9 de febrero de 1940 y concluyó el 8 de junio de ese año. Juan
Marinello, Blas Roca y Salvador García Agüero, o sea, tres de los seis
delegados comunistas, Eduardo Chibás y varios otros se destacaron por [...] de
los 18 delegados del PRC (A) y a los del ABC su defensa de las posiciones más
progresistas. José Manuel Casanova, José M. Cortina, Ramón Zaydín y otros representativos
gubernamentales sostuvieron los criterios más conservadores. Las diferencias
entre los 76 convencionistas fueron negociadas y transadas, o remitidas para su
solución a leyes complementarias que debía aprobar el Congreso de la República
en el futuro.
La Constitución
fue firmada en Guáimaro, el 1ro. de julio de 1940, y promulgada el 10 de
octubre de ese año, el mismo día en que Fulgencio Batista asumió la presidencia
de la nación.
Sobre otros
muchos aspectos trascendentales de la Asamblea de 1940, del proceso que condujo
a ella y de la esencia y significación histórica de la Constitución de 1940
intervendrán otras personas. Mi tarea ha sido hablar de Fulgencio Batista y la
Constituyente de 1940.
Desde el punto
de vista estrecho relativo a Batista, he de concluir diciendo que el proceso
que condujo a la Convención Constituyente, la Asamblea y sus resultados permitieron
a este: 1. Consolidar y legitimar su papel político personal.
2. Consolidar y
legitimar la existencia de unas Fuerzas Armadas organizadas y controladas por
él.
3. Consolidar y
legitimar su dirección de dichas Fuerzas Armadas.
4. Ascender a la
presidencia de la República y gobernar el país directamente, prescindiendo de
intermediarios que, como Carlos Mendieta y Miguel Mariano Gómez, terminaban
dándole dolores de cabeza.
En resumen,
mejorar extraordinariamente las posibilidades de satisfacer sus descomunales
apetitos de poder, de riquezas y de promoción social.
Notas
[1] Cordell Hull. “Memorando
a todos los embajadores de los Estados Unidos”, 26 de septiembre de 1936.
[2] Jefferson Caffery. Entrevista
con Fulgencio Batista, octubre 2 de 1936. Expediente Estados Unidos-Relaciones
con Cuba 1929-1939, Archivo Central, Ministerio de Relaciones Exteriores, La
Habana, Cuba.
[3] Pedro Martínez Fraga al
Secretario de Estado, enero 11 de 1937. Expediente Estados Unidos-Relaciones
con Cuba 1929-1939, Archivo Central, Ministerio de Relaciones Exteriores, La
Habana, Cuba.
[4] Doc. 98, A 2296/262/14,
de Mr. Grant Watson, embajador de la Gran Bretaña, a Anthony Eden. Mr. Grant
Watson al Visconde de Halifax, marzo 11 de 1938. Archivo de la Foreign Office,
Londres, Gran Bretaña.
[5] Doc. 104, A4618/262/14,
no. 52, de Mr. Grant Watson al Visconde de Halifax, mayo 26 de 1938, Archivo de
la Foreign Office, Londres, Gran Bretaña.
[6] Expediente personal de
Octavio Reyes Espíndola, Archivo Histórico General de la Secretaría de
Relaciones Exteriores, México D.F.; Doc. 103, A 4411/262/14, no. 47, de Mr.
Grant Watson al Visconde de Halifax, mayo 10 de 1938; Doc. 104, A 4618/262/14,
no. 52, de Mr. Grant Watson al Visconde de Halifax, mayo 26 de 1938; Doc. 81,
A8684/8684/14, no. 110, de Mr. Buxton a Lord Halifax, Archivo de la Foreign
Office, Londres, Gran Bretaña.
[7] Carlos Manuel Palma
Valdés. Entrevista con José A. Tabares del Real.
[8] Fulgencio Batista. Declaraciones
en el Consejo de Ministros, octubre 11 de 1940. Actas del Consejo de Ministros
de la República de Cuba, Archivo Histórico del Consejo de Estado.
[9]Esperanza Sánchez Mastrapa. Entrevista con José A. Tabares del Real.