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octubre-noviembre-diciembre, 2009
 
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El chibacismo ortodoxo 
Elena Alavez

En la Cuba neocolonial, inmerso en su circunstancia, Eduardo René Chibás es realidad y símbolo del populismo iberoamericano, término abarcador con que se designa el fenómeno sociopolítico, desarrollado, en este caso, durante los años cuarenta del siglo XX, el cual tuvo como impronta su dirección carismática en la movilización del pueblo con singular dinámica para la consecución de un proyecto antioligárquico y otros elementos afines.

Nacido el 26 de agosto de 1907 durante la segunda ocupación militar de Estados Unidos en la Isla (desde el 21 de enero de 1906 hasta el 28 de enero de 1909), su personalidad se forja bajo el signo de la encendida polémica y el cuestionamiento permanente sobre qué somos y qué seremos como nación; estilete clavado en el seno de la sociedad cubana desde época tan temprana como la de la frustrada independencia en 1898. Junto a estas condicionantes galvanizadoras e insoslayables, alerta su conciencia una categórica respuesta: “Somos un país ocupado por un poderoso vecino, que nos impone un documento jurídico –la Enmienda Platt– en el cual prácticamente se afirma que somos un protectorado.” Con el decursar de las décadas, el concepto de nación e independencia absoluta, unido de forma indisoluble al de soberanía nacional –planteados ya desde 1868 por Carlos Manuel de Céspedes en la Declaración de Independencia proclamada en su ingenio Demajagua y retomada desde el mandato martiano antimperialista– trascienden y enraízan en las ideas y la praxis de amplios sectores de la población, como el de obreros, campesinos y pequeña y media burguesía.[1] Son instantes en que la primera república soporta cómo se ha hecho hábito cotidiano el nefasto gangsterismo en sus diversas modalidades, las múltiples variantes de la malversación en toda la escala del poder, promovidas o protegidas por el gobierno de turno, a lo que se suma la cada vez más estrecha dependencia de las capas oligárquicas al imperialismo norteamericano, por lo que surgen, se fortalecen y focalizan búsquedas de nuevas fórmulas socio-económicas y políticas que propendan a otras combinaciones dentro del estatus legal existente, que sean más sugerentes para el pueblo dadas las imposiciones económicas y políticas que presionan, cada vez más, la conciencia nacional cubana. Es preciso significar cómo los trabajadores se constituyen en una fuerza que no pretende quedar abandonada a los esquemas socio-culturales impuestos durante el predominio de la oligarquía paternalista.

Es entonces, como hemos postulado, cuando un dirigente de gran carisma popular como Eduardo Chibás, surgido del estudiantado universitario en la lucha contra la prórroga de poderes en la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933), emerge como el líder que aunará, junto a los postulados esenciales de independencia económica, libertad política y justicia social, a amplios sec- tores de la pequeña burguesía con masas asalariadas para convertirse en la figura política más importante y controvertida de la primera mitad del siglo XX cubano. Es la coyuntura en que el populismo protagoniza una etapa relevante en la evolución de las contradicciones entre la sociedad nacional y la economía dependiente.

En líneas generales las concepciones ideo-políticas del chibacismo están presentes, en sus aspectos fundamentales, desde 1938, cuando no por simple intuición la revista Bohemia, la de mayor circulación en el país, lo caracteriza como “un joven de la nueva generación que entra en la vida pública de Cuba con el ferviente propósito de lograr el cumplimiento cabal de nuestra etapa de liberación nacional” y lo señala como “incuestionablemente, uno de sus más destacados representantes”.[2] Y es que Chibás en ese mismo año había sustentado en las páginas de la propia publicación, que al concluir la lucha por la independencia, “los cubanos alcanzaron la apariencia del poder político, pero jamás se reintegraron a la hegemonía económica, indispensable para el desarrollo de la plena soberanía”. En párrafos posteriores ratifica: “Les faltó para la culminación de la obra el genio de Martí, fundador y el alma del Partido Revolucionario Cubano.” Y puntualiza en el mismo artículo del 5 de junio: “En la Cuba colonial hispánica los cubanos poseían la riqueza y los españoles usufructuaban las posiciones burocráticas. Cuba, colonia de España, termina en el siglo XIX. Cuba, colonia norteamericana, se inicia en el siglo XX.”[3] A los 31 años el ideario chibacista podía sintetizarse en los siguientes puntos: 1. La Guerra del 95 solo alcanzó en apariencia el logro del poder político. No hay por tanto plena soberanía nacional.

2. La hegemonía económica no se logra. Por tanto no hay plena soberanía nacional.

3. Cuba, factoría norteamericana, se inicia en el siglo XX.

¿Cómo lograr la absoluta soberanía nacional? 4. ¿Cómo dar continuidad al genuino proceso de liberación nacional, para alcanzar la absoluta soberanía? En su empeño por romper ese nudo gordiano es que Eduardo Chibás transita hacia el recién reestructurado Partido Revolucionario que, como su nombre lo indica, pretende buscar sus raíces en el partido fundado en 1892 por José Martí para la Guerra Necesaria y que ahora pretende asumir, con el apelativo de Auténtico, las proyecciones ideológicas de la obra martiana. Es el alba de ese proyecto político.

Los meses transcurren con asombrosa vertiginosidad.

Chibás asume con verticalidad de principios la vorágine política que lo envuelve. Está decidido a luchar consecuentemente por el proyecto de Constituyente primero, elecciones presidenciales después. Desde las filas del ya organizado Partido Auténtico inicia junto a este la doble campaña electoral: la de la Constituyente y la presidencial.

El 3 de noviembre una nota informativa del periódico Información da a conocer que los miembros más relevantes del PRC (A), presididos por Ramón Grau San Martín se reúnen en el domicilio de Chibás –17 y H– y acuerdan, entre otras cuestiones, combatir toda componenda electoral.

En la noche del 13 de noviembre de 1939 Chibás es atacado y baleado en Marianao por unos desconocidos.

Dos días después, el miércoles 15, el pueblo concurre a las urnas. Se eligen 81 delegados de las más diversas tendencias políticas para la Asamblea Constituyente. De los once partidos existentes, solo nueve participan en la contienda electoral, al no tener representatividad tanto el Agrario como el Popular. En aquella trascendental elección las mayores votaciones dentro del «Autenticismo» correspondieron a Grau y Chibás. Además, el Partido Auténtico obtiene 18 delegados dentro del grupo llamado Bloque de Oposición formado por el ABC, el Partido Demócrata Republicano y el Partido Acción Republicana.

El Bloque, presidido por el doctor Ramón Grau San Martín, alcanza la mayoría de la Asamblea con 45 delegados. La Coalición Socialista Democrática, presidida por el ex jefe del Ejército, el coronel Fulgencio Batista, desde entonces de triste recordación para el pueblo cubano, comparte los 36 delegados que logra impostar en la Constituyente con el Partido Liberal, Unión Revolucionaria Comunista, el Conjunto Nacional Democrático, y el Nacional Revolucionario Realista.

El 19 de noviembre, el presidente del PRC (A), Grau San Martín, hace entusiastas declaraciones sobre lo que él define como la ratificación que todos los elementos sociales de la república esperaban, es decir, las elecciones constituyentes y presidencialistas, con la absoluta seguridad de que así debía de suceder. Evidentemente los Auténticos festejan la victoria electoral para la Constituyente.

Eduardo Chibás quedaría en el segundo lugar de las nominaciones Auténticas.

Para arribar a estos resultados, múltiples acontecimientos debieron tramarse en tensa urdimbre, entre ellos la reunión entre Grau y Batista en la finca Párraga, donde en un llamado «Pacto de Conciliación» se convenía en la necesidad de realizar una Constituyente que diera sustrato legal al gobierno presidencial en aquellos momentos asumido «legalmente» por Federico Laredo Bru.

Es incuestionable que uno de los motivos de la aceptación de la definitoria propuesta Auténtica fue aquella decisión de Grau al declarar que su partido iría al retraimiento electoral, a pesar de haberse inscrito en el Tribunal Superior Electoral, si no se cumplía la condición sine qua non, ya reestablecida, para la normalización y encauzamiento político del país.

Después de haberse aprobado, tras largas y difíciles discusiones con el objetivo de conciliar los intereses políticos contrapuestos, el entonces Congreso da su veredicto afirmativo y es promulgado el Código Electoral el 15 de abril de 1939. Ahora sí se daban pasos firmes hacia las elecciones de la Constituyente y las presidenciales.

Las primeras se celebrarían el 11 de noviembre de 1939 y las segundas, para el 14 de julio del año siguiente. Cada semana era presionante en polémicas públicas. Y es que el espacio-tiempo de ambas fundamentales elecciones era muy breve, y se conjugaban en una realidad plena de históricos acontecimientos. Tanto los constituyentes como los presidencialistas estaban imbuidos, en su inmensa mayoría, por aquella historicidad casi palpable.

El 9 de febrero de 1940, a las 3:15 de la tarde, se inauguró solemnemente la Convención Constituyente en el hemiciclo de la Cámara de Representantes del Capitolio Nacional. A lo largo de casi cinco meses sesiona el foro. Durante ese período la actualidad y la actividad nacional gira en torno a la Constituyente. Pero es necesario precisar que también, como hemos afirmado, comienza la pugna electoral entre Batista y Grau por la presidencia de la República. Las elecciones presidenciales, no muy lejanas, comienzan, paralelamente a las sesiones de la Constituyente, a proyectar e instrumentar su propia razón de existir como instrumento de cambio dentro de la estructura socio-económica y política de la nación cubana. Y no caben dudas de que la polémica se hace cada vez más aguda y la lucha política entre los distintos partidos o bloques se torna desafiante, al profundizar sus diferencias ideológicas.

Al finalizar febrero, Chibás presenta en la Asamblea Constituyente una moción de apoyo pleno al pueblo finlandés, invadido por tropas de la Unión Soviética, la cual resulta aprobada por mayoría, con el voto en contra de los delegados del primer Partido Comunista, quienes, siguiendo las orientaciones emanadas de la Internacional Comunista, adoptan dicha posición.

Y en la vigésima segunda sesión de la Convención Constituyente, cuando los delegados comunistas de entonces proponen que la bandera del 4 de septiembre flamee en los edificios públicos, Eduardo Chibás les sale al paso y riposta con firmeza que la bandera nacional es la única que debe flotar en los edificios públicos y en las dependencias oficiales. Y por ello pide a la Convención Constituyente que se acuerde, de manera clara y precisa, que en los edificios públicos del Estado solo debe flotar la misma bandera nacional, la bandera de la República de Cuba.

El día 8 de mayo se rinde en la Constituyente un cálido homenaje a Antonio Guiteras. Su promotor es Eduardo Chibás. Él expone: “Para rogar a esta Asamblea Constituyente que con motivo de celebrarse hoy el aniversario de un insigne revolucionario, se permite a la delegación del Partido Revolucionario Cubano (Auténticos), y a todos aquellos delegados que quieran sumarse a este tributo, que nos pongamos un minuto de pie en homenaje a la memoria de ese gran cubano y revolucionario que se llamó Antonio Guiteras.” La Convención tuvo desde el primer momento un difícil problema que solventar: el limitado tiempo para su elaboración. No obstante, la Constituyente de 1940, transmitida por radio a todo el país, reflejó la intensa lucha del pueblo cubano para que dicho texto constitucional reflejara y garantizara los derechos individuales y sociales, con la aspiración de que dichos derechos funcionaran realmente en beneficio colectivo. No caben dudas que en la Convención también se reflejan las pugnas entre los distintos sectores de los trabajadores y los de la clase dominante.

Sin embargo, en ella quedaron plasmadas aquellas medidas de beneficio popular surgidas durante el Gobierno de los Cien Días y otras, como el reconocimiento de la igualdad entre hijos legítimos e ilegítimos, la igualdad de la mujer y se proscribió el latifundio, lo cual era una demanda popular, pero también se demandaba la indemnización inmediata de las tierras expropiadas. Por lo tanto, el grupo de latifundistas y grandes terratenientes quedaba ampliamente respaldado.

Ese es un ejemplo. Otro, muy a tono con aquellas circunstancias, fue la demora en poner en vigor las leyes complementarias, lo que daba lugar a una interpretación libérrima del texto constitucional, para casi siempre favorecer a los elementos más conservadores. Estos hechos motivaron el incumplimiento de la Constitución y además, el querer dar soluciones tradicionales a conflictos entre patronos y obreros, o lo que es lo mismo, entre masas populares y clases dominantes. Por ello, como afirmara Raúl Roa, la Constitución del 40 es un camino y no una meta. Y según sus propias palabras: “Ni es, ni podía ser la efectiva y cabal plasmación de los ideales revolucionarios.

Fue la resultante obligada de una situación de compromiso, surgida de las alternativas propias de un proceso revolucionario en desarrollo incipiente.” No tardarían en corroborarse estas premonitorias frases.

Mediante unas elecciones generales ocupa la presidencia de la República Fulgencio Batista, quien nunca olvidó sus compromisos con la metrópoli estadounidense y cuyo gobierno constituyó un engendro donde se combinaban de manera consciente la palabrería democrática con el robo al erario y la explotación cada vez más opresiva a la clase trabajadora, sin olvidar el nunca contenido régimen de terror impuesto por José Eleuterio Pedraza.

Con la ascención al poder del Partido Revolucionario Cubano (Auténticos) por aplastante mayoría de votos en octubre de 1944, el 20 de mayo el doctor Ramón Grau San Martín ocupa la presidencia de la República. Eduardo Chibás, ya representante a la Cámara Legislativa desde las elecciones generales de 1940, ahora obtiene por abrumadora mayoría de votos el acta de senador de la República. Se mantiene firme en los principios «auténticos» cuando declara que “no hay nada de oscuridad en ellos: nacionalismo, socialismo, antiimperialismo”. Aquí es preciso puntualizar que los conceptos expresados de socialismo y antimperialismo no rebasan los límites de la socialdemocracia. Tampoco se aleja de sus principios éticos que calan hondo en el pueblo. Sin embargo, pronto se verá defraudado.

El detonante de la crisis institucional es el proyecto de reelección presidencial que se alienta en Palacio, incuestionablemente inconstitucional, cuando la corrupción pública es evidente al surgir gigantescas fortunas entre los personeros gubernamentales, y se multiplican y hacen públicos affaires internacionales como el escandaloso trueque de arroz por azúcar, que depara una jugosa comisión al ministro de Comercio Inocente Álvarez. El presidente Grau, en una maniobra para salvar su imagen, lo destituye, pero sin el menor pudor lo designa de inmediato ministro de Estado.

La situación se torna crítica. El insobornable líder no acepta la descomposición política desde el poder y fustiga el apogeo del juego en La Habana y Marianao. Ya el fraude y el agio rivalizan con el cada vez más depauperado nivel de vida del pueblo. Esta amarga realidad, tras un breve lapso del arribo al poder del Partido Auténtico, va agostando en Chibás sus ilusiones sobre una «revolución auténtica». Al entrar en crisis ese partido, los anhelos populares transitan hacia el llamado chibacismo en el que laten y fructifican la voluntad de cambio y regeneración sustanciales en su mandato. Él define la situación nacional con precisión: “La crisis del gobierno es la crisis del partido, la cual a su vez determina la de la revolución cubana”.[4] En tres años y medio de poder el balance de la ejecutoria del grausato es bien negativo.[5] La profunda inestabilidad nacional es evidente. Cabía una opción: rescatar el partido desde sus propias filas o bien, la posición más certera, crear un partido nuevo capaz de propender a la hazaña de conquistar la independencia económica, la libertad política y la justicia social, con el respaldo necesario del pueblo.

La forja de un nuevo partido implica un proceso laborioso y difícil. Comienza el 14 de julio de 1946 cuando desde la provincia de Oriente el máximo dirigente Auténtico local doctor Emilio Ochoa, presidente de la Asamblea provincial convoca a esta y a la municipal para promover la candidatura presidencial de Eduardo Chibás, la segunda figura «Auténtica». Los acuerdos de Oriente repercuten con fuerza en La Habana y, sorpresivamente, algunos Auténticos lanzan la candidatura de Carlos Prío Socarrás, por el mismo partido, para acceder a la máxima magistratura de la nación.

Pocos meses después, desde las páginas del periódico El Crisol, el dirigente populista Eduardo Chibás –que utiliza los medios de difusión masiva, tanto la radio como la prensa escrita, con el explícito objetivo movilizador, en la proclamación de principios y en la denuncia abierta de todo lo nocivo para la patria–, señalaría a principios de 1947: “Hay que escoger entre dos caminos: la rebeldía gallarda o la sumisión incondicional.”[6] Chibás, junto a sus seguidores, optará por la primera vía y en una ocasión puntualizará: “A mí me preocupa más el aspecto histórico de la cuestión que el meramente político.

No quiero llegar a la presidencia de la República a través de alianzas que signifiquen el sacrificio de los principios.” “(...) Me interesa más la ideología sin pacto, que los pactos sin ideología.” En esta concepción profundamente ética, permanente y emblemática en él, encontramos uno de los hitos de mayor repercusión y trascendencia en el consecuente ideario chibacista y que en el nuevo partido promoverá su escisión.

En el proceso hacia el objetivo mayor de crear un partido distinto en su programa, estructura y medios para la acción, se suceden diversas reuniones. Algunas, en las respectivas casas de los senadores Pelayo Cuervo Navarro y Agustín Cruz. Los ortodoxos-auténticos emprenden pasos decididos y firmes en la búsqueda de una solución a la crisis institucional que ya ha alcanzado su clímax. “Todo –exclamaría enfático Chibás– ha sido un engaño, una farsa, una burla cruel.”[7] Desde el 30 de marzo inicia su ataque frontal contra el presidente Grau. Ya no caben dudas: desde el Palacio Presidencial se interfiere el libre funcionamiento del Congreso y su interpelación a los ministros de Comercio y de Educación, por malversaciones y otros negocios ilícitos. Progresivamente el gangsterismo se incrementa y cobra mayor osadía, y así, con el propósito de intimidar a los congresistas, el 21 de abril un grupo de los denominados «auténticos de acción» tirotean el Capitolio, donde sesiona el Congreso de la República. A pesar de la agresión, los parlamentarios aprueban la moción de Chibás de un voto de desconfianza al gabinete presidencial en pleno.

En los primeros días de mayo se suicida el alcalde de La Habana, doctor Manuel Fernández Supervielle, al no poder cumplir su promesa de brindar un mejor servicio de agua a la población de la capital. Ante el suceso, Chibás afirma en la revista Bohemia del 11 de mayo de 1947 que “fue extraordinariamente valeroso al preferir el honor sin vida a la vida sin honor”.[8] Este aserto lleva implícita otra de sus concepciones esenciales. Su honroso talón de Aquiles por donde fuera atacado en los últimos momentos de su vida: la inflexible moral-ética del accionar en la vida pública.

El 15 de mayo de 1947, en la sede de la Sección Juvenil Auténtica, en horas de la tarde, se desarrolla una reunión trascendente. Allí se acuerda crear una comisión integrada por Eduardo Chibás, Emilio Ochoa, Pelayo Cuervo y Manuel Bisbé, entre otros, que incluye a Leonardo Fernández Sánchez, ideólogo fundamental del nuevo partido y quien escribirá sus tesis esenciales.[9] En principio, la comisión debería condicionar sus labores a las siguientes bases aprobadas por unanimidad: 1. Rescatar el programa del PRC y la doctrina Auténtica; la independencia económica, la libertad política y la justicia social, desenvolviendo nuestras actividades dentro del régimen democrático establecido en la Constitución; 2. Organizar a ese objetivo un partido medularmente revolucionario por su estructura funcional, en el que se integren los núcleos sociales interesados en la liberación nacional: sectores productores, obreros, campesinos, clases medias, juveniles y femeninos; 3. Luchar sin contemporizaciones contra el latrocinio, el prebendaje, el soborno, el caciquismo y demás vicios de la política tradicional. Frente a la política al uso de los pactos sin ideología mantendremos con firmeza la ideología sin mistificaciones de la auténtica revolución cubana; 4. A fines de garantizar la aplicación del programa y la línea táctica del partido y de que la estructuración de este no sea meramente electoral, es necesario adoptar formas de organización y dirección que le impriman la disciplina y la militancia indispensable en un partido re- volucionario moderno; 5. Promueve un procedimiento de consulta popular que sea la resultante de asambleas y no de mera fórmula de gabinete.

Es indudable que las bases programáticas de la nueva organización están en ciernes. Ya comienza a andar el futuro partido, un movimiento de vital aliento y renovación que busca en la línea martiana del Partido Revolucionario Cubano la razón de ser de su creación, el cual surge en el seno de las masas en una coyuntura de apertura singular.

Sin dudas que su programa, genuinamente revolucionario por su estructura funcional, por los núcleos sociales que lo integrarían –con nítido eje en el pueblo– y por su línea ascendente hacia el logro de la liberación nacional, ha de responder, entre otros, a los intereses de la emergente burguesía radical antimperialista, y por ello en una simbiosis específica se caracterizaría el naciente partido por propender a medidas de tipo nacionalista en oposición a los monopolios estadounidenses y –reiteramos–, con una base pluriclasista integrada por obreros, campesinos y pequeña burguesía, bajo una dirección de proyecciones burguesas. Estas características lo afilian a la tendencia populista, regido por un indiscutible y excepcional líder de masas, Eduardo Chibás, que en los arduos y azarosos enfrentamientos contra la dictadura de Machado, el primer batistato e impopulares regímenes de años posteriores, demostró ser un combatiente nato, un fogoso polemista y un brillante político. Sin Chibás no habría Partido Ortodoxo.

La comisión gestora nacional del partido trabaja con prisa. En junio, a propuesta de Leonardo Fernández Sánchez,[10] se aprueban por unanimidad los Estatutos que Publicitas imprime solo en cien mil ejemplares. Ya el partido tiene su sede. Esta ocupa, con el nombre de Liceo del Pueblo Cubano, el local situado en la calle Industria esquina a Dragones, en el municipio Centro Habana, en la capital. Es necesario precisar que a partir del 19 de mayo, Chibás, en lugar de Emilio Ochoa, es designado para presidir la nueva organización. No durará en el cargo mucho tiempo.

Los Estatutos, compuestos de diez capítulos y 183 artículos, aprobados democráticamente y por unanimidad, revelan la permanente y explícita definición de un partido nuevo, en el que se han de mantener en alto las verdaderas banderas y los fervientes anhelos del pueblo para el logro real de su soberanía e identidad nacional. Es significativo cómo en el capítulo II se enfatiza en que el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) se propone la liberación nacional y social del país, que se proyecta en sus tres dimensiones históricas ya mencionadas. Para su obtención, ¿qué métodos utilizaría el partido? Sobre ello explicita el artículo III que el método de lucha ha de ser la movilización popular y la lucha política, así como todos los medios lícitos a su alcance en consecuencia con la Constitución y las leyes.

En el acápite De los principios organizativos, artículo IV, uno de los aspectos descollantes es el referido a cómo ha de conducirse el partido por un régimen de democracia representativa y cómo su militancia, a diferencia de en otros partidos políticos, ha de ser consciente y activa, lo que significa que todos los militantes se capacitarían plenamente en el conocimiento de la teoría ideológico-política que forma e informa el movimiento ortodoxo.

Es de destacar que el núcleo fundamental de los miembros del Partido del Pueblo Cubano (O) lo formarían los trabajadores –hombres o mujeres, incluidos los jóvenes–, es decir, un partido del pueblo y para el pueblo, dentro de los límites que pueda establecer elementos de izquierda de una emergente burguesía nacional. No obstante, en su último punto, el más flexible y a la vez vulnerable, abre las puertas a los terratenientes y comerciantes, así como a otras capas de la alta burguesía, cuyas aspiraciones iban a ser difíciles de acoplar en un partido de raíz popular.

La dirigencia de cada sector funcional –entiéndase, de los trabajadores, campesinos, profesionales, juvenil, femenino y general– se elegirá cada dos años y podrá proponer al Consejo de Dirección Nacional su propio reglamento interno, sin alterar lo establecido en los Estatutos aunque será de la competencia del Consejo aprobarlo, modificarlo o acordar por sí mismo las formas funcionales de trabajo que considere más apropiadas y mejor adaptadas a las peculiaridades de la clase o sector social referido.

Meses después, el 31 de julio de 1947, la dirección «ortodoxa» presenta –firmado por Eduardo Chibás como presidente y Regla Peraza como secretaria de actas– el Programa Doctrinal del Partido Ortodoxo ante el Tribunal Supremo Electoral (TSE).

En este programa[11] se reafirma la necesidad de integrar una organización política moderna, que sirva de idóneo instrumento para abrir el camino de la liberación nacional e ir al rescate de nuestra identidad como nación.

Sus métodos y formas movilizativas llevarían implícito un profundo carácter ético, sin los cuales –afirmaría Fidel Castro– no hubiera habido 26 de Julio ni Moncada.

Sobre el aspecto económico, parte del principio de que no se había iniciado la reconquista de la tierra ni de las riquezas de Cuba para los cubanos y que los servicios públicos estaban en manos del capital extranjero o controlados por este.

Acorde con este documento resulta evidente la necesidad de erradicar de forma paulatina el latifundio y el monocultivo, lo cual lleva implícito un plan de reforma agraria para rescatar a las masas campesinas de su estado de servidumbre, así como fomentar la organización de cooperativas de producción bajo el control estatal, en coordinación y paralelamente con el desarrollo de los pequeños propietarios rurales y urbanos. Hacia la factibilidad de un programa agrícola, sostiene la necesaria electrificación de la agricultura, la implantación de sistemas de regadío y el abaratamiento del transporte de los productos del agro. Sobre todo, prioriza obtener el equilibrio entre la producción agrícola y el establecimiento y producción industrial a partir de materias primas naturales de Cuba. Así, para los ortodoxos, el desarrollo de la agricultura se revertiría en auge de la industria y, por tanto, en el fortalecimiento de un mercado interno con la posibilidad de un equilibrio estable entre ambos rubros productivos.

Otros puntos se refieren a la necesidad de ampliar el mercado internacional con la creación de una marina mercante y la protección de la industria nacional. A no dudarlo las Tesis del Partido Ortodoxo se proponían, si no la eliminación absoluta de dos poderosos sectores sociales tales como los terratenientes y comerciantes –pertenecientes a la capa oligárquica de la burguesía–, sí su control para un mejor y mayor equilibrio en beneficio de otros sectores o clases de la sociedad cubana. Para la consecución de estos objetivos también era imprescindible nacionalizar los servicios públicos, para garantizar su más eficiente prestación, así como extenderlos a la población campesina.

Una vez alcanzada la independencia económica se podría sustentar la libertad política, ya que ambas vertientes lograrían el pleno ejercicio de derechos y deberes ciudadanos sin presiones externas que pudieran coartarlas. Con respecto a la función del Estado, este tendría la misión de mantener el equilibrio entre el capital y el trabajo, para beneficio de toda la sociedad. Al prevalecer los intereses colectivos, el trabajo ha de perder su carácter de mercancía con vistas a una equidad armónica en las utilidades de la producción “propiciando una retribución estable y humana que tienda a evitar las intermitencias en el empleo de los trabajadores.” El documento postula, como parte de la justicia social, la erradicación del desempleo, la protección a la mujer y al niño, la hospitalización adecuada del enfermo pobre, la eliminación del analfabetismo, así como la supresión de todo tipo de discriminación por raza o sexo por considerarlo lesivo a la dignidad humana, ya que su permanencia en la sociedad constituyen la negación de la democracia.

Sobre política exterior el Partido Ortodoxo proclama en sus tesis programáticas la aspiración a una república nacionalista, justa y que dentro de los parámetros burgueses afiance la necesaria colaboración entre los Estados.

Consagra el principio de no limitar la actuación de ningún país mientras no obstaculice la de otro. Rechaza el derecho al voto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, como un privilegio de las grandes potencias.

En consecuencia, reclama la igualdad de los Estados y, con claridad, se opone, por teóricos, a la solidaridad hemisférica entre los pueblos prósperos y los hambrientos.

Es curioso y significativo que, tal vez sin proponérselo, el documento considere con afortunada antelación la ley del desarrollo desigual entre países pobres y países ricos y la imposibilidad de una identidad entre todos, sino que pone como base –como diríamos hoy día– la globalización de la solidaridad. En síntesis, las tesis aspiran a un desarrollo rápido y propio del Estado cubano.

Como ha podido apreciarse los lineamientos generales, así como los postulados específicos del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) promueven, abarcadores, las ideas plasmadas en la Constitución de 1940. No obstante, sus contenidos esenciales constituyen un paso más en las concepciones socio-políticas y económicas concebidas en el proyecto de desarrollo de la nación cubana.

Ya Eduardo Chibás, poco después, al dar a conocer el nombre del partido afirmaba: “La Ortodoxia, que es en verdad un partido nuevo, medularmente distinto a todos los demás, que no juega a las minorías senatoriales, que representa las aspiraciones históricas del pueblo cubano, no es una secta cerrada, exclusivista, sino un partido nacionalista y democrático que abarca todas las clases productoras de la nación y se nutre de la más generosa savia popular.”[12] Con certera visión Chibás define los conceptos fundamentales del partido como nacionalista y democrático, abarcador de las distintas clases productoras, e intenta unir en apretado haz a todo el pueblo cubano.

Desde muy joven estas proyecciones se gestaban y bullían en su mente. Ahora las veía plasmadas en un programa concreto, punto de partida para la futura acción realizadora de mayores empeños. El camino hacia esa meta será vertiginoso y difícil y como colofón, le costará la vida, pero su inmolación será fecunda. Sin duda la corriente populista en Cuba, a través de su ardiente prédica desde el Partido del Pueblo Cubano (O) logra reafirmar el concepto de identidad nacional entendido como la unidad real de las fuerzas que integran la nación para la consecución plena de la soberanía e independencia del país.

Diferencias internas dificultan la postulación de Chibás para la presidencia de la República por la Asamblea Nacional del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos).

Es irrefutable que en el devenir de los meses surgen dentro de la Ortodoxia y, cada vez con un mayor deslinde, dos formas distintas de interpretar la táctica de alianzas políticas. Una, la de Chibás, el cual asumía la de no compromisos sin identidad ideológica, y la otra, representada por Emilio Ochoa, proponente de pactos con cualquier partido político de fuerte estructura politiquera e incuestionables recursos económicos capaces de poder influir sobre determinadas capas poblacionales.

Bajo estas circunstancias los «pactistas ortodoxos» examinaron el número de afiliaciones logradas por su núcleo y no rebasaban el número de 164 874 personas.

La causa está en que el líder populista permanece fiel a la letra y el espíritu de los postulados del Programa Doctrinal, inflexible en no aceptar, entre otras cuestiones, pactos sin ideología, así como mantener la estructura funcional y de masas de la organización.

Transcurren siete meses –desde el 7 de septiembre de 1947 (fecha de proclamación del partido) hasta el 5 de abril de 1948– para que la Asamblea, bajo la presidencia de Emilio Ochoa, después del fracaso de los pactistas, como hemos señalado, elija como candidato presidencial a Eduardo Chibás y a Roberto Agramonte como vicepresidente.

Las divisiones dentro del partido nacieron, como hemos observado, junto con este, pero ahora se deslindan con mayor precisión pues algunos dirigentes ya solo aspiraban al logro de actas senatoriales o de representantes, sin importarles los genuinos objetivos históricos de la ortodoxia.

Sin embargo, a partir de entonces, se emite el Programa de Gobierno del Partido,[13] el cual se proyecta hacia una política coherente, orgánica, justa, honesta y progresista, cuyos principios pueden resumirse en la voluntad expresa de fidelidad al mandato del pueblo y la erradicación total de toda anarquía, donde no tengan cabida las vaguedades, confusión, desorden e imposturas del providencialismo político, que tan amargos frutos ha deparado a la República. Es explícito en la defensa de la integridad nacional frente a la injerencia foránea, tanto en lo económico como en lo político.

En aquella vertiginosa campaña electoral de junio de 1948 –a lo sumo mes y medio de improvisaciones sobre la marcha– el Partido Ortodoxo, singularmente, carecía de una estructura política idónea y efectiva en aquellos momentos e imposible de crear en tan breve lapso, a lo que se sumaban los escasos recursos económicos tan necesarios para una fulminante campaña electoral a todo lo largo y ancho de la Isla.

Ya desde julio de 1947, en su discurso radial, Chibás había señalado las causas reales del porqué el partido concurría a esas elecciones casi sin candidatos electorales en las provincias (siete en total en ese instante). No podía ser de otra forma ya que: “Estos millonarios del Partido del Pueblo Cubano, grandes terratenientes y abogados de poderosas compañías y trusts, parece que no fueron sinceros al ingresar en la ortodoxia sino que vinieron en busca de senadurías.

Cuando se dieron cuenta de que yo sí soy sincero, de que no soy un demagogo, sino de que pretendo cumplir seriamente las bases programáticas fundamentales que dieron origen al movimiento ortodoxo y llevar adelante, sin contemplaciones con los latifundistas, nuestro programa de reforma agraria en beneficio de los campesinos, y los demás monopolios, se han espantado ante la posibilidad de que yo llegara a ser presidente.[14] Así, y frente a un contrincante como Carlos Prío, que disponía de todos los recursos nada honestos del poder, era casi imposible la victoria. No obstante, el Partido Ortodoxo obtiene la asombrosa cifra de 400 000 sufragios.

Había perdido los comicios –diría Chibás– pero ganado la calle, el campo, la fábrica, la escuela. Aquel triunfo moral significó su sentencia de muerte. Sus enemigos, quienes también lo eran de la nación cubana, se verían compelidos a eliminarlo por cualquier método.

Y es que Chibás ha golpeado, en un medio adverso donde cobraba auge la persecución al movimiento obrero y el apoyo a las fuerzas proimperialistas, medularmente a los partidos tradicionales y de manera fundamental al Partido Auténtico, con su campaña eticista de profundo arraigo popular a favor de la eliminación de la corrupción administrativa, del gangsterismo, de la malversación de los fondos públicos y por una distribución equitativa del ingreso nacional.

Poco tiempo después se le cuestionaría a Chibás si en política valía la pena ser honrado. Responde con un profundo y convincente artículo publicado en la revista Bohemia, en el que se identifica con un pensamiento martiano: “Urge ya, en estos tiempos de política de mostrador, dejar de avergonzarse de ser honrado. La vergüenza se ha de poner de moda, y fuera de moda la desvergüenza.”[15] Los postulados chibacistas se concretarían en una consigna que el pueblo hizo suya a lo largo y ancho de la Isla: ¡Vergüenza contra dinero! Sobre la proyección, esencias y trascendencia del partido, su ideólogo Leonardo Fernández Sánchez nos ofrece en aguda interpretación otra arista de ese órgano popular: “El programa y estatutos del Partido del Pueblo Cubano (...) no excluye, sino que propicia –en su debida sazón de tiempo histórico– las más audaces innovaciones socialistas.[16] La ortodoxia chibacista no había arado en el mar. Sus postulados democráticos-antinjerencistas habían calado hondo en la sensibilidad, en la conciencia y en el pensamiento del pueblo. Su método de acción, portador de una infalible denuncia apasionada contra la corrupción administrativa en sus diversas modalidades, la invocación patriótica engarzada hacia estructuras superiores socio-económicas y políticas, forjaban aquella tan suya manera de hacer y decir en estrecha vinculación, o más bien directa identificación, con las masas populares. Así, engendrado y orientado por el gran líder, honesto, combativo y carismático surge pujante el primer gran movimiento populista en Cuba.

En carta a Jorge Mañach, prestigioso intelectual cubano, quien abandona el país en 1961, refiere Chibás cómo: “No queremos fundar un partido contra Grau ni contra nadie, sino en pro del pueblo cubano, una organización política que sea capaz de cumplir objetivos históricos de nuestra generación: independencia económica, libertad política y justicia social. Queremos una labor de signo positivo, no de signo negativo (...) No queremos que se convierta en un partido más donde se imponga el dinero, las triquiñuelas de la politiquería al uso y las fórmulas de gabinete.

(...) Un partido que interprete fielmente las esperanzas de superación de nuestro pueblo y que traduzca en hechos concretos la voluntad de las grandes mayorías nacionales, y no uno que las adultere en provecho de los amarillos dirigentes...[17] En el otoño de 1948, la más dinámica de las secciones del Partido Ortodoxo, la Juventud, proyecta a través de una comisión organizadora un documento que retoma el devenir histórico de la nación cubana desde el siglo XVII hasta las guerras de independencia contra el coloniaje hispánico (1868-1895). Relaciona y valora de manera sucinta aquellas circunstancias, de tal forma, que nos permite precisar la naturaleza y desarrollo, la concatenación y noción ejemplarizante de esos movimientos revolucionarios que antecedieron a su presente histórico.

Y reafirma la sorprendente paradoja de que Cuba además de perder el poder político en su lucha por alcanzar la independencia en 1895, también pierde el control de sus recursos económicos, no solo por la guerra sino por irrumpir en nuestra economía un nuevo factor, el imperialismo norteamericano.

Es interesante destacar cómo el documento expone con precisión el carácter de la dominación imperialista a través de la exportación de capitales, reforzada con una fuerte protección arancelaria en el mercado estadounidense y señalando el valor indiscutible de la lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo de la sociedad. No olvida puntualizar la fecunda labor de los trabajadores en la transformación necesaria para obtener el equilibrio entre el capital y el trabajo.

Las tesis esenciales de dicho documento recogen en líneas generales el proyecto ortodoxo de las bases programáticas del Partido del Pueblo Cubano, fundado el año anterior. Sin embargo, es innegable que rotura nuevos caminos y se aleja de las concepciones políticas estratificadas de antaño, y puntualiza cómo para ellos el socialismo significa la socialización de la tierra y los demás instrumentos de producción y que “el trabajo, bien sea manual o intelectual, es considerado como única fuente de riqueza, cuyo producto debe ser distribuido equitativamente entre aquellos que concurran a su producción.[18] Otro de sus postulados esenciales es aquel que destaca el socialismo como fuente generadora de democracia, ajena a aquella falsificación del régimen capitalista donde –afirman los jóvenes ortodoxos– se produce el raro fenómeno de que un pueblo vote contra sus propios intereses.

Pero también, lógicamente, estas convicciones democráticas que el documento contiene “están muy lejos y radicalmente opuestas al “totalitarismo” que es la característica más acusada del régimen impuesto por Stalin en Rusia.[19] Otros postulados fundamentales que constituían la máxima aspiración de la Juventud Ortodoxa era el establecimiento “en Cuba de una democracia socialista”, fundamentada en el proceso histórico y la realidad inmediata de la nación cubana. Y estiman como propósito político fundamental del movimiento revolucionario la lucha por la liberación nacional.

No obstante, el método a seguir para la consecución de sus ideales mediatos e inmediatos están dados por la vía pacífica, a través de procedimientos no violentos, buscando la victoria en una amplia base electoral, y propiciando, a su vez, que el Estado se encuentre en condiciones de asumir la importante función que le está encomendada: gran rector de la sociedad.

Uno de los acápites significativos es el que asigna a los intelectuales un papel rector en “la intensa campaña de educación política para compenetrar plenamente a las masas trabajadoras en estos propósitos estratégicos.”[20] Es decir, en aquel factor transformador de la sociedad en que viven. Para ello los trabajadores, sin perjuicio de luchar constantemente por el mejoramiento de su posición dentro de las relaciones económicas del régimen capitalista, deben fortalecer su conciencia de clase y promover la unidad de los sectores que la integran.

Sin duda en estos planteamientos hay relevantes criterios específicos que avalan el carácter avanzado de la ideología de los jóvenes ortodoxos. Ellos son: la lucha de clases existente dentro de la sociedad capitalista y la necesidad de promover tanto la unidad de los trabajadores para mayores logros económicos, como la educación ideo-política dentro de aquellas circunstancias. Como hemos señalado, no excluye al sector intelectual, el cual consideran portador de la imprescindible ilustración, para encauzarlos por el camino de la liberación definitiva.

Otro de los principios fundamentales de los ortodoxos, como partido de transición, es orientar a “las masas trabajadoras –comprendiendo en este concepto amplio tanto a los obreros, profesionales, empleados, desocupados, campesinos y amas de casa– el deber de interesarse y luchar por la liberación nacional”,[21] pues entienden como hecho indiscutible que «en la medida en que el régimen burgués se desarrolla, se irán presentando las condiciones objetivas que permitan llevar adelante la instauración del socialismo».[22] Es de destacar que esta Sección Juvenil Ortodoxa, en su último congreso efectuado en Prado No. 109, dos años después, es decir, en 1950, ratifica la estructura de ese organismo colateral del Partido del Pueblo Cubano, y los mismos lineamientos ya predeterminados.

Así, el Partido Ortodoxo, erigido en un movimiento de recuperación nacional, comienza a ser temido por oligarcas e imperialistas. Para ambos sectores, el fenómeno Chibás es preocupante. Por ello el senador Segundo Curti –recientemente fallecido en Cuba y de larga y profunda afiliación al Partido Auténtico– exclamara en aquellos momentos que la situación era como la de un juego de pelota donde existían solo dos contendientes: Batista o Chibás. Es decir, la dictadura o la revolución.

Temporalmente vence la primera, pero la ortodoxia chibacista quedará vigente. El 16 de agosto de 1955, en el Mensaje al Congreso de Militantes Ortodoxos, declararía el doctor Fidel Castro: “El Movimiento Revolucionario 26 de Julio no constituye una tendencia dentro del Partido: es el aparato revolucionario del chibacismo, enraizado en sus masas, de cuyo seno surgió para luchar contra la dictadura (batistiana).”[23]

Notas



[1] Elena Alavez. La Ortodoxia en el ideario americano. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002.

[2] Eduardo Chibás. “Los gobiernos de Cuba (1933-1934). Grau San

Martín”, Bohemia, La Habana, 5 de junio de 1938, pp. 62, 63.

[3] Ibídem.

[4] Eduardo Chibás. “El autenticismo bajo el gobierno de Grau”. El

Crisol, La Habana, 11 de mayo de 1947, pp. 1.

[5] Sección Marcha del Tiempo, Bohemia, La Habana, 15 de junio de 1947.

[6] Eduardo Chibás. “Por lo mismo que somos auténticos...”, El Crisol, La Habana, 6 de enero de 1947, pp. 1.

[7]El Crisol, La Habana, 31 de marzo de 1947, pp. 1.

[8] Bohemia, La Habana, 11 de mayo de 1947, pp. 44.

[9] Sección En Cuba, Bohemia, 28 de mayo y 25 de junio de 1947.

[10] Leonardo Fernández Sánchez escribió los Estatutos, el Programa Doctrinal y el de Gobierno del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos). Testimonio de Conchita Fernández, secretaria personal de Eduardo Chibás, en su nueva casa en el edificio de apartamentos López Serrano, piso 14.

[11] Documento en el archivo de la autora.

[12] Declaraciones de Eduardo Chibás, sección En Cuba, Bohemia, La Habana, 9 de noviembre de 1947, pp. 44.

[13] Documento en el archivo de la autora.

[14] Ídem.

[15] Citado por Chibás en “Teoría y práctica de un gobierno ortodoxo”,

Bohemia, La Habana, 16 de julio de 1950, pp. 68-69 y 90.

[16] Leonardo Fernández Sánchez. “La Ortodoxia: una estrategia de poder”, Bohemia, La Habana, 14 de enero de 1951, pp. 12.

[17] Eduardo Chibás. “Carta a Jorge Mañach”, Bohemia, La Habana, 25 de mayo de 1947, pp. 40-41.

[18] Tesis de la Juventud Ortodoxa. (Archivo de la autora.)

[19] Ibídem.

[20] Ibídem.

[21] Ibídem.

[22] Ibídem.

[23] Fidel Castro. “El movimiento 26 de Julio”, Bohemia, La Haban1 de abril de 1956.

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