En la Cuba neocolonial, inmerso en su circunstancia, Eduardo René
Chibás es realidad y símbolo del populismo iberoamericano, término abarcador
con que se designa el fenómeno sociopolítico, desarrollado, en este caso, durante
los años cuarenta del siglo XX, el cual tuvo como impronta su dirección
carismática en la movilización del pueblo con singular dinámica para la
consecución de un proyecto antioligárquico y otros elementos afines.
Nacido el 26 de agosto de 1907 durante la segunda ocupación
militar de Estados Unidos en la Isla (desde el 21 de enero de 1906 hasta el 28
de enero de 1909), su personalidad se forja bajo el signo de la encendida polémica
y el cuestionamiento permanente sobre qué somos y qué seremos como nación;
estilete clavado en el seno de la sociedad cubana desde época tan temprana como
la de la frustrada independencia en 1898. Junto a estas condicionantes
galvanizadoras e insoslayables, alerta su conciencia una categórica respuesta: “Somos
un país ocupado por un poderoso vecino, que nos impone un documento jurídico
–la Enmienda Platt– en el cual prácticamente se afirma que somos un
protectorado.” Con el decursar de las décadas, el concepto de nación e
independencia absoluta, unido de forma indisoluble al de soberanía nacional
–planteados ya desde 1868 por Carlos Manuel de Céspedes en la Declaración de
Independencia proclamada en su ingenio Demajagua y retomada desde el mandato
martiano antimperialista– trascienden y enraízan en las ideas y la praxis de
amplios sectores de la población, como el de obreros, campesinos y pequeña y
media burguesía.[1]
Son instantes en que la primera república soporta cómo se ha hecho hábito
cotidiano el nefasto gangsterismo en sus diversas modalidades, las múltiples
variantes de la malversación en toda la escala del poder, promovidas o
protegidas por el gobierno de turno, a lo que se suma la cada vez más estrecha
dependencia de las capas oligárquicas al imperialismo norteamericano, por lo que
surgen, se fortalecen y focalizan búsquedas de nuevas fórmulas socio-económicas
y políticas que propendan a otras combinaciones dentro del estatus legal
existente, que sean más sugerentes para el pueblo dadas las imposiciones
económicas y políticas que presionan, cada vez más, la conciencia nacional
cubana. Es preciso significar cómo los trabajadores se constituyen en una
fuerza que no pretende quedar abandonada a los esquemas socio-culturales
impuestos durante el predominio de la oligarquía paternalista.
Es entonces, como hemos postulado, cuando un dirigente de gran
carisma popular como Eduardo Chibás, surgido del estudiantado universitario en
la lucha contra la prórroga de poderes en la dictadura de Gerardo Machado
(1925-1933), emerge como el líder que aunará, junto a los postulados esenciales
de independencia económica, libertad política y justicia social, a amplios sec-
tores de la pequeña burguesía con masas asalariadas para convertirse en la
figura política más importante y controvertida de la primera mitad del siglo XX
cubano. Es la coyuntura en que el populismo protagoniza una etapa relevante en
la evolución de las contradicciones entre la sociedad nacional y la economía
dependiente.
En líneas generales las concepciones ideo-políticas del chibacismo
están presentes, en sus aspectos fundamentales, desde 1938, cuando no por
simple intuición la revista Bohemia, la de mayor circulación en el país,
lo caracteriza como “un joven de la nueva generación que entra en la vida
pública de Cuba con el ferviente propósito de lograr el cumplimiento cabal de
nuestra etapa de liberación nacional” y lo señala como “incuestionablemente,
uno de sus más destacados representantes”.[2]
Y es que Chibás en ese mismo año había sustentado en las páginas de la propia
publicación, que al concluir la lucha por la independencia, “los cubanos
alcanzaron la apariencia del poder político, pero jamás se reintegraron a la
hegemonía económica, indispensable para el desarrollo de la plena soberanía”.
En párrafos posteriores ratifica: “Les faltó para la culminación de la obra
el genio de Martí, fundador y el alma del Partido Revolucionario Cubano.” Y
puntualiza en el mismo artículo del 5 de junio: “En la Cuba colonial hispánica
los cubanos poseían la riqueza y los españoles usufructuaban las posiciones
burocráticas. Cuba, colonia de España, termina en el siglo XIX. Cuba, colonia
norteamericana, se inicia en el siglo XX.”[3]
A los 31 años el ideario chibacista podía sintetizarse en los siguientes
puntos: 1. La Guerra del 95 solo alcanzó en apariencia el logro del poder
político. No hay por tanto plena soberanía nacional.
2. La hegemonía económica no se logra. Por tanto no hay plena
soberanía nacional.
3. Cuba, factoría norteamericana, se inicia en el siglo XX.
¿Cómo lograr la absoluta soberanía nacional? 4. ¿Cómo dar
continuidad al genuino proceso de liberación nacional, para alcanzar la
absoluta soberanía? En su empeño por romper ese nudo gordiano es que Eduardo
Chibás transita hacia el recién reestructurado Partido Revolucionario que, como
su nombre lo indica, pretende buscar sus raíces en el partido fundado en 1892 por
José Martí para la Guerra Necesaria y que ahora pretende asumir, con el
apelativo de Auténtico, las proyecciones ideológicas de la obra martiana. Es el
alba de ese proyecto político.
Los meses transcurren con asombrosa vertiginosidad.
Chibás asume con verticalidad de principios la vorágine política
que lo envuelve. Está decidido a luchar consecuentemente por el proyecto de
Constituyente primero, elecciones presidenciales después. Desde las filas del
ya organizado Partido Auténtico inicia junto a este la doble campaña electoral:
la de la Constituyente y la presidencial.
El 3 de noviembre una nota informativa del periódico Información
da a conocer que los miembros más relevantes del PRC (A), presididos por Ramón
Grau San Martín se reúnen en el domicilio de Chibás –17 y H– y acuerdan, entre
otras cuestiones, combatir toda componenda electoral.
En la noche del 13 de noviembre de 1939 Chibás es atacado y
baleado en Marianao por unos desconocidos.
Dos días después, el miércoles 15, el pueblo concurre a las
urnas. Se eligen 81 delegados de las más diversas tendencias políticas para la
Asamblea Constituyente. De los once partidos existentes, solo nueve participan
en la contienda electoral, al no tener representatividad tanto el Agrario como
el Popular. En aquella trascendental elección las mayores votaciones dentro del
«Autenticismo» correspondieron a Grau y Chibás. Además, el Partido Auténtico
obtiene 18 delegados dentro del grupo llamado Bloque de Oposición formado por
el ABC, el Partido Demócrata Republicano y el Partido Acción Republicana.
El Bloque, presidido por el doctor Ramón Grau San Martín, alcanza
la mayoría de la Asamblea con 45 delegados. La Coalición Socialista
Democrática, presidida por el ex jefe del Ejército, el coronel Fulgencio Batista,
desde entonces de triste recordación para el pueblo cubano, comparte los 36
delegados que logra impostar en la Constituyente con el Partido Liberal, Unión
Revolucionaria Comunista, el Conjunto Nacional Democrático, y el Nacional
Revolucionario Realista.
El 19 de noviembre, el presidente del PRC (A), Grau San Martín,
hace entusiastas declaraciones sobre lo que él define como la ratificación que
todos los elementos sociales de la república esperaban, es decir, las
elecciones constituyentes y presidencialistas, con la absoluta seguridad de que
así debía de suceder. Evidentemente los Auténticos festejan la victoria
electoral para la Constituyente.
Eduardo Chibás quedaría en el segundo lugar de las nominaciones
Auténticas.
Para arribar a estos resultados, múltiples acontecimientos debieron
tramarse en tensa urdimbre, entre ellos la reunión entre Grau y Batista en la
finca Párraga, donde en un llamado «Pacto de Conciliación» se convenía en la
necesidad de realizar una Constituyente que diera sustrato legal al gobierno
presidencial en aquellos momentos asumido «legalmente» por Federico Laredo Bru.
Es incuestionable que uno de los motivos de la aceptación de la
definitoria propuesta Auténtica fue aquella decisión de Grau al declarar que su
partido iría al retraimiento electoral, a pesar de haberse inscrito en el
Tribunal Superior Electoral, si no se cumplía la condición sine qua non,
ya reestablecida, para la normalización y encauzamiento político del país.
Después de haberse aprobado, tras largas y difíciles discusiones
con el objetivo de conciliar los intereses políticos contrapuestos, el entonces
Congreso da su veredicto afirmativo y es promulgado el Código Electoral el 15
de abril de 1939. Ahora sí se daban pasos firmes hacia las elecciones de la
Constituyente y las presidenciales.
Las primeras se celebrarían el 11 de noviembre de 1939 y las
segundas, para el 14 de julio del año siguiente. Cada semana era presionante en
polémicas públicas. Y es que el espacio-tiempo de ambas fundamentales
elecciones era muy breve, y se conjugaban en una realidad plena de históricos
acontecimientos. Tanto los constituyentes como los presidencialistas estaban
imbuidos, en su inmensa mayoría, por aquella historicidad casi palpable.
El 9 de febrero de 1940, a las 3:15 de la tarde, se inauguró
solemnemente la Convención Constituyente en el hemiciclo de la Cámara de
Representantes del Capitolio Nacional. A lo largo de casi cinco meses sesiona el
foro. Durante ese período la actualidad y la actividad nacional gira en torno a
la Constituyente. Pero es necesario precisar que también, como hemos afirmado,
comienza la pugna electoral entre Batista y Grau por la presidencia de la
República. Las elecciones presidenciales, no muy lejanas, comienzan,
paralelamente a las sesiones de la Constituyente, a proyectar e instrumentar su
propia razón de existir como instrumento de cambio dentro de la estructura
socio-económica y política de la nación cubana. Y no caben dudas de que la
polémica se hace cada vez más aguda y la lucha política entre los distintos
partidos o bloques se torna desafiante, al profundizar sus diferencias
ideológicas.
Al finalizar febrero, Chibás presenta en la Asamblea Constituyente
una moción de apoyo pleno al pueblo finlandés, invadido por tropas de la Unión
Soviética, la cual resulta aprobada por mayoría, con el voto en contra de los
delegados del primer Partido Comunista, quienes, siguiendo las orientaciones
emanadas de la Internacional Comunista, adoptan dicha posición.
Y en la vigésima segunda sesión de la Convención Constituyente,
cuando los delegados comunistas de entonces proponen que la bandera del 4 de
septiembre flamee en los edificios públicos, Eduardo Chibás les sale al paso y
riposta con firmeza que la bandera nacional es la única que debe flotar en los
edificios públicos y en las dependencias oficiales. Y por ello pide a la
Convención Constituyente que se acuerde, de manera clara y precisa, que en los
edificios públicos del Estado solo debe flotar la misma bandera nacional, la
bandera de la República de Cuba.
El día 8 de mayo se rinde en la Constituyente un cálido homenaje
a Antonio Guiteras. Su promotor es Eduardo Chibás. Él expone: “Para rogar a
esta Asamblea Constituyente que con motivo de celebrarse hoy el aniversario de
un insigne revolucionario, se permite a la delegación del Partido
Revolucionario Cubano (Auténticos), y a todos aquellos delegados que quieran
sumarse a este tributo, que nos pongamos un minuto de pie en homenaje a la
memoria de ese gran cubano y revolucionario que se llamó Antonio Guiteras.”
La Convención tuvo desde el primer momento un difícil problema que solventar:
el limitado tiempo para su elaboración. No obstante, la Constituyente de 1940,
transmitida por radio a todo el país, reflejó la intensa lucha del pueblo
cubano para que dicho texto constitucional reflejara y garantizara los derechos
individuales y sociales, con la aspiración de que dichos derechos funcionaran
realmente en beneficio colectivo. No caben dudas que en la Convención también
se reflejan las pugnas entre los distintos sectores de los trabajadores y los
de la clase dominante.
Sin embargo, en ella quedaron plasmadas aquellas medidas de
beneficio popular surgidas durante el Gobierno de los Cien Días y otras, como
el reconocimiento de la igualdad entre hijos legítimos e ilegítimos, la
igualdad de la mujer y se proscribió el latifundio, lo cual era una demanda popular,
pero también se demandaba la indemnización inmediata de las tierras
expropiadas. Por lo tanto, el grupo de latifundistas y grandes terratenientes
quedaba ampliamente respaldado.
Ese es un ejemplo. Otro, muy a tono con aquellas circunstancias, fue
la demora en poner en vigor las leyes complementarias, lo que daba lugar a una
interpretación libérrima del texto constitucional, para casi siempre favorecer a
los elementos más conservadores. Estos hechos motivaron el incumplimiento de la
Constitución y además, el querer dar soluciones tradicionales a conflictos entre
patronos y obreros, o lo que es lo mismo, entre masas populares y clases dominantes.
Por ello, como afirmara Raúl Roa, la Constitución del 40 es un camino y no una
meta. Y según sus propias palabras: “Ni es, ni podía ser la efectiva y cabal
plasmación de los ideales revolucionarios.
Fue la resultante obligada de una situación de compromiso,
surgida de las alternativas propias de un proceso revolucionario en desarrollo
incipiente.” No tardarían en corroborarse estas
premonitorias frases.
Mediante unas elecciones generales ocupa la presidencia de la
República Fulgencio Batista, quien nunca olvidó sus compromisos con la
metrópoli estadounidense y cuyo gobierno constituyó un engendro donde se combinaban
de manera consciente la palabrería democrática con el robo al erario y la
explotación cada vez más opresiva a la clase trabajadora, sin olvidar el nunca
contenido régimen de terror impuesto por José Eleuterio Pedraza.
Con la ascención al poder del Partido Revolucionario Cubano
(Auténticos) por aplastante mayoría de votos en octubre de 1944, el 20 de mayo
el doctor Ramón Grau San Martín ocupa la presidencia de la República. Eduardo Chibás,
ya representante a la Cámara Legislativa desde las elecciones generales de
1940, ahora obtiene por abrumadora mayoría de votos el acta de senador de la República.
Se mantiene firme en los principios «auténticos» cuando declara que “no hay
nada de oscuridad en ellos: nacionalismo, socialismo, antiimperialismo”.
Aquí es preciso puntualizar que los conceptos expresados de socialismo y
antimperialismo no rebasan los límites de la socialdemocracia. Tampoco se aleja
de sus principios éticos que calan hondo en el pueblo. Sin embargo, pronto se
verá defraudado.
El detonante de la crisis institucional es el proyecto de
reelección presidencial que se alienta en Palacio, incuestionablemente
inconstitucional, cuando la corrupción pública es evidente al surgir
gigantescas fortunas entre los personeros gubernamentales, y se multiplican y
hacen públicos affaires internacionales como el escandaloso trueque de arroz
por azúcar, que depara una jugosa comisión al ministro de Comercio Inocente
Álvarez. El presidente Grau, en una maniobra para salvar su imagen, lo
destituye, pero sin el menor pudor lo designa de inmediato ministro de Estado.
La situación se torna crítica. El insobornable líder no acepta la
descomposición política desde el poder y fustiga el apogeo del juego en La
Habana y Marianao. Ya el fraude y el agio rivalizan con el cada vez más
depauperado nivel de vida del pueblo. Esta amarga realidad, tras un breve lapso
del arribo al poder del Partido Auténtico, va agostando en Chibás sus ilusiones
sobre una «revolución auténtica». Al entrar en crisis ese partido, los anhelos populares
transitan hacia el llamado chibacismo en el que laten y fructifican la voluntad
de cambio y regeneración sustanciales en su mandato. Él define la situación nacional
con precisión: “La crisis del gobierno es la crisis del partido, la cual a
su vez determina la de la revolución cubana”.[4] En tres
años y medio de poder el balance de la ejecutoria del grausato es bien
negativo.[5]
La profunda inestabilidad nacional es evidente. Cabía una opción: rescatar el
partido desde sus propias filas o bien, la posición más certera, crear un
partido nuevo capaz de propender a la hazaña de conquistar la independencia económica,
la libertad política y la justicia social, con el respaldo necesario del pueblo.
La forja de un nuevo partido implica un proceso laborioso y
difícil. Comienza el 14 de julio de 1946 cuando desde la provincia de Oriente
el máximo dirigente Auténtico local doctor Emilio Ochoa, presidente de la
Asamblea provincial convoca a esta y a la municipal para promover la
candidatura presidencial de Eduardo Chibás, la segunda figura «Auténtica». Los
acuerdos de Oriente repercuten con fuerza en La Habana y, sorpresivamente, algunos
Auténticos lanzan la candidatura de Carlos Prío Socarrás, por el mismo partido,
para acceder a la máxima magistratura de la nación.
Pocos meses después, desde las páginas del periódico El
Crisol, el dirigente populista Eduardo Chibás –que utiliza los medios de
difusión masiva, tanto la radio como la prensa escrita, con el explícito
objetivo movilizador, en la proclamación de principios y en la denuncia abierta
de todo lo nocivo para la patria–, señalaría a principios de 1947: “Hay que
escoger entre dos caminos: la rebeldía gallarda o la sumisión incondicional.”[6] Chibás,
junto a sus seguidores, optará por la primera vía y en una ocasión puntualizará:
“A mí me preocupa más el aspecto histórico de la cuestión que el meramente
político.
No quiero llegar a la presidencia de la República a través de
alianzas que signifiquen el sacrificio de los principios.” “(...) Me interesa
más la ideología sin pacto, que los pactos sin ideología.” En esta concepción profundamente ética, permanente y emblemática
en él, encontramos uno de los hitos de mayor repercusión y trascendencia en el
consecuente ideario chibacista y que en el nuevo partido promoverá su escisión.
En el proceso hacia el objetivo mayor de crear un partido distinto
en su programa, estructura y medios para la acción, se suceden diversas
reuniones. Algunas, en las respectivas casas de los senadores Pelayo Cuervo Navarro
y Agustín Cruz. Los ortodoxos-auténticos emprenden pasos decididos y firmes en
la búsqueda de una solución a la crisis institucional que ya ha alcanzado su clímax.
“Todo –exclamaría enfático Chibás– ha sido un engaño, una farsa, una
burla cruel.”[7]
Desde el 30 de marzo inicia su ataque frontal contra el presidente Grau. Ya no caben
dudas: desde el Palacio Presidencial se interfiere el libre funcionamiento del
Congreso y su interpelación a los ministros de Comercio y de Educación, por
malversaciones y otros negocios ilícitos. Progresivamente el gangsterismo se
incrementa y cobra mayor osadía, y así, con el propósito de intimidar a los
congresistas, el 21 de abril un grupo de los denominados «auténticos de acción»
tirotean el Capitolio, donde sesiona el Congreso de la República. A pesar de la
agresión, los parlamentarios aprueban la moción de Chibás de un voto de
desconfianza al gabinete presidencial en pleno.
En los primeros días de mayo se suicida el alcalde de La Habana,
doctor Manuel Fernández Supervielle, al no poder cumplir su promesa de brindar
un mejor servicio de agua a la población de la capital. Ante el suceso, Chibás
afirma en la revista Bohemia del 11 de mayo de 1947 que “fue
extraordinariamente valeroso al preferir el honor sin vida a la vida sin honor”.[8] Este aserto
lleva implícita otra de sus concepciones esenciales. Su honroso talón de
Aquiles por donde fuera atacado en los últimos momentos de su vida: la
inflexible moral-ética del accionar en la vida pública.
El 15 de mayo de 1947, en la sede de la Sección Juvenil Auténtica,
en horas de la tarde, se desarrolla una reunión trascendente. Allí se acuerda
crear una comisión integrada por Eduardo Chibás, Emilio Ochoa, Pelayo Cuervo y Manuel
Bisbé, entre otros, que incluye a Leonardo Fernández Sánchez, ideólogo
fundamental del nuevo partido y quien escribirá sus tesis esenciales.[9] En
principio, la comisión debería condicionar sus labores a las siguientes bases
aprobadas por unanimidad: 1. Rescatar el programa del PRC y la doctrina
Auténtica; la independencia económica, la libertad política y la justicia
social, desenvolviendo nuestras actividades dentro del régimen democrático establecido
en la Constitución; 2. Organizar a ese objetivo un partido medularmente
revolucionario por su estructura funcional, en el que se integren los núcleos
sociales interesados en la liberación nacional: sectores productores, obreros,
campesinos, clases medias, juveniles y femeninos; 3. Luchar sin
contemporizaciones contra el latrocinio, el prebendaje, el soborno, el
caciquismo y demás vicios de la política tradicional. Frente a la política al
uso de los pactos sin ideología mantendremos con firmeza la ideología sin
mistificaciones de la auténtica revolución cubana; 4. A fines de garantizar la
aplicación del programa y la línea táctica del partido y de que la
estructuración de este no sea meramente electoral, es necesario adoptar formas
de organización y dirección que le impriman la disciplina y la militancia
indispensable en un partido re- volucionario moderno; 5. Promueve un
procedimiento de consulta popular que sea la resultante de asambleas y no de
mera fórmula de gabinete.
Es indudable que las bases programáticas de la nueva organización
están en ciernes. Ya comienza a andar el futuro partido, un movimiento de vital
aliento y renovación que busca en la línea martiana del Partido Revolucionario Cubano
la razón de ser de su creación, el cual surge en el seno de las masas en una coyuntura
de apertura singular.
Sin dudas que su programa, genuinamente revolucionario por su
estructura funcional, por los núcleos sociales que lo integrarían –con nítido
eje en el pueblo– y por su línea ascendente hacia el logro de la liberación
nacional, ha de responder, entre otros, a los intereses de la emergente burguesía
radical antimperialista, y por ello en una simbiosis específica se
caracterizaría el naciente partido por propender a medidas de tipo nacionalista
en oposición a los monopolios estadounidenses y –reiteramos–, con una base
pluriclasista integrada por obreros, campesinos y pequeña burguesía, bajo una
dirección de proyecciones burguesas. Estas características lo afilian a la tendencia
populista, regido por un indiscutible y excepcional líder de masas, Eduardo
Chibás, que en los arduos y azarosos enfrentamientos contra la dictadura de
Machado, el primer batistato e impopulares regímenes de años posteriores,
demostró ser un combatiente nato, un fogoso polemista y un brillante político.
Sin Chibás no habría Partido Ortodoxo.
La comisión gestora nacional del partido trabaja con prisa. En
junio, a propuesta de Leonardo Fernández Sánchez,[10] se
aprueban por unanimidad los Estatutos que Publicitas imprime solo en cien mil
ejemplares. Ya el partido tiene su sede. Esta ocupa, con el nombre de Liceo del
Pueblo Cubano, el local situado en la calle Industria esquina a Dragones, en el
municipio Centro Habana, en la capital. Es necesario precisar que a partir del 19
de mayo, Chibás, en lugar de Emilio Ochoa, es designado para presidir la nueva
organización. No durará en el cargo mucho tiempo.
Los Estatutos, compuestos de diez capítulos y 183 artículos, aprobados
democráticamente y por unanimidad, revelan la permanente y explícita definición
de un partido nuevo, en el que se han de mantener en alto las verdaderas banderas
y los fervientes anhelos del pueblo para el logro real de su soberanía e
identidad nacional. Es significativo cómo en el capítulo II se enfatiza en que
el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) se propone la liberación nacional y
social del país, que se proyecta en sus tres dimensiones históricas ya
mencionadas. Para su obtención, ¿qué métodos utilizaría el partido? Sobre ello
explicita el artículo III que el método de lucha ha de ser la movilización
popular y la lucha política, así como todos los medios lícitos a su alcance en
consecuencia con la Constitución y las leyes.
En el acápite De los principios organizativos, artículo IV,
uno de los aspectos descollantes es el referido a cómo ha de conducirse el
partido por un régimen de democracia representativa y cómo su militancia, a
diferencia de en otros partidos políticos, ha de ser consciente y activa, lo
que significa que todos los militantes se capacitarían plenamente en el
conocimiento de la teoría ideológico-política que forma e informa el movimiento
ortodoxo.
Es de destacar que el núcleo fundamental de los miembros del
Partido del Pueblo Cubano (O) lo formarían los trabajadores –hombres o mujeres,
incluidos los jóvenes–, es decir, un partido del pueblo y para el pueblo,
dentro de los límites que pueda establecer elementos de izquierda de una
emergente burguesía nacional. No obstante, en su último punto, el más flexible
y a la vez vulnerable, abre las puertas a los terratenientes y comerciantes,
así como a otras capas de la alta burguesía, cuyas aspiraciones iban a ser
difíciles de acoplar en un partido de raíz popular.
La dirigencia de cada sector funcional –entiéndase, de los
trabajadores, campesinos, profesionales, juvenil, femenino y general– se
elegirá cada dos años y podrá proponer al Consejo de Dirección Nacional su
propio reglamento interno, sin alterar lo establecido en los Estatutos aunque
será de la competencia del Consejo aprobarlo, modificarlo o acordar por sí
mismo las formas funcionales de trabajo que considere más apropiadas y mejor adaptadas
a las peculiaridades de la clase o sector social referido.
Meses después, el 31 de julio de 1947, la dirección «ortodoxa»
presenta –firmado por Eduardo Chibás como presidente y Regla Peraza como
secretaria de actas– el Programa Doctrinal del Partido Ortodoxo ante el
Tribunal Supremo Electoral (TSE).
En este programa[11]
se reafirma la necesidad de integrar una organización política moderna, que
sirva de idóneo instrumento para abrir el camino de la liberación nacional e ir
al rescate de nuestra identidad como nación.
Sus métodos y formas movilizativas llevarían implícito un
profundo carácter ético, sin los cuales –afirmaría Fidel Castro– no hubiera
habido 26 de Julio ni Moncada.
Sobre el aspecto económico, parte del principio de que no se
había iniciado la reconquista de la tierra ni de las riquezas de Cuba para los
cubanos y que los servicios públicos estaban en manos del capital extranjero o controlados
por este.
Acorde con este documento resulta evidente la necesidad de
erradicar de forma paulatina el latifundio y el monocultivo, lo cual lleva
implícito un plan de reforma agraria para rescatar a las masas campesinas de su
estado de servidumbre, así como fomentar la organización de cooperativas de
producción bajo el control estatal, en coordinación y paralelamente con el
desarrollo de los pequeños propietarios rurales y urbanos. Hacia la factibilidad
de un programa agrícola, sostiene la necesaria electrificación de la
agricultura, la implantación de sistemas de regadío y el abaratamiento del
transporte de los productos del agro. Sobre todo, prioriza obtener el equilibrio
entre la producción agrícola y el establecimiento y producción industrial a
partir de materias primas naturales de Cuba. Así, para los ortodoxos, el
desarrollo de la agricultura se revertiría en auge de la industria y, por
tanto, en el fortalecimiento de un mercado interno con la posibilidad de un
equilibrio estable entre ambos rubros productivos.
Otros puntos se refieren a la necesidad de ampliar el mercado
internacional con la creación de una marina mercante y la protección de la
industria nacional. A no dudarlo las Tesis del Partido Ortodoxo se proponían,
si no la eliminación absoluta de dos poderosos sectores sociales tales como los
terratenientes y comerciantes –pertenecientes a la capa oligárquica de la
burguesía–, sí su control para un mejor y mayor equilibrio en beneficio de
otros sectores o clases de la sociedad cubana. Para la consecución de estos
objetivos también era imprescindible nacionalizar los servicios públicos, para
garantizar su más eficiente prestación, así como extenderlos a la población
campesina.
Una vez alcanzada la independencia económica se podría sustentar
la libertad política, ya que ambas vertientes lograrían el pleno ejercicio de
derechos y deberes ciudadanos sin presiones externas que pudieran coartarlas.
Con respecto a la función del Estado, este tendría la misión de mantener el
equilibrio entre el capital y el trabajo, para beneficio de toda la sociedad.
Al prevalecer los intereses colectivos, el trabajo ha de perder su carácter de
mercancía con vistas a una equidad armónica en las utilidades de la producción “propiciando
una retribución estable y humana que tienda a evitar las intermitencias en el
empleo de los trabajadores.” El documento postula, como parte de la
justicia social, la erradicación del desempleo, la protección a la mujer y al
niño, la hospitalización adecuada del enfermo pobre, la eliminación del
analfabetismo, así como la supresión de todo tipo de discriminación por raza o
sexo por considerarlo lesivo a la dignidad humana, ya que su permanencia en la
sociedad constituyen la negación de la democracia.
Sobre política exterior el Partido Ortodoxo proclama en sus tesis
programáticas la aspiración a una república nacionalista, justa y que dentro de
los parámetros burgueses afiance la necesaria colaboración entre los Estados.
Consagra el principio de no limitar la actuación de ningún país
mientras no obstaculice la de otro. Rechaza el derecho al voto en el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, como un privilegio de las grandes potencias.
En consecuencia, reclama la igualdad de los Estados y, con
claridad, se opone, por teóricos, a la solidaridad hemisférica entre los
pueblos prósperos y los hambrientos.
Es curioso y significativo que, tal vez sin proponérselo, el
documento considere con afortunada antelación la ley del desarrollo desigual
entre países pobres y países ricos y la imposibilidad de una identidad entre
todos, sino que pone como base –como diríamos hoy día– la globalización de la
solidaridad. En síntesis, las tesis aspiran a un desarrollo rápido y propio del
Estado cubano.
Como ha podido apreciarse los lineamientos generales, así como
los postulados específicos del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) promueven,
abarcadores, las ideas plasmadas en la Constitución de 1940. No obstante, sus
contenidos esenciales constituyen un paso más en las concepciones
socio-políticas y económicas concebidas en el proyecto de desarrollo de la
nación cubana.
Ya Eduardo Chibás, poco después, al dar a conocer el nombre del
partido afirmaba: “La Ortodoxia, que es en verdad un partido nuevo,
medularmente distinto a todos los demás, que no juega a las minorías
senatoriales, que representa las aspiraciones históricas del pueblo cubano, no
es una secta cerrada, exclusivista, sino un partido nacionalista y democrático
que abarca todas las clases productoras de la nación y se nutre de la más
generosa savia popular.”[12]
Con certera visión Chibás define los conceptos fundamentales del partido como
nacionalista y democrático, abarcador de las distintas clases productoras, e
intenta unir en apretado haz a todo el pueblo cubano.
Desde muy joven estas proyecciones se gestaban y bullían en su
mente. Ahora las veía plasmadas en un programa concreto, punto de partida para
la futura acción realizadora de mayores empeños. El camino hacia esa meta será
vertiginoso y difícil y como colofón, le costará la vida, pero su inmolación
será fecunda. Sin duda la corriente populista en Cuba, a través de su ardiente prédica
desde el Partido del Pueblo Cubano (O) logra reafirmar el concepto de identidad
nacional entendido como la unidad real de las fuerzas que integran la nación para
la consecución plena de la soberanía e independencia del país.
Diferencias internas dificultan la postulación de Chibás para la
presidencia de la República por la Asamblea Nacional del Partido del Pueblo
Cubano (Ortodoxos).
Es irrefutable que en el devenir de los meses surgen dentro de la
Ortodoxia y, cada vez con un mayor deslinde, dos formas distintas de
interpretar la táctica de alianzas políticas. Una, la de Chibás, el cual asumía
la de no compromisos sin identidad ideológica, y la otra, representada por
Emilio Ochoa, proponente de pactos con cualquier partido político de fuerte
estructura politiquera e incuestionables recursos económicos capaces de poder influir
sobre determinadas capas poblacionales.
Bajo estas circunstancias los «pactistas ortodoxos» examinaron el
número de afiliaciones logradas por su núcleo y no rebasaban el número de 164
874 personas.
La causa está en que el líder populista permanece fiel a la letra
y el espíritu de los postulados del Programa Doctrinal, inflexible en no
aceptar, entre otras cuestiones, pactos sin ideología, así como mantener la
estructura funcional y de masas de la organización.
Transcurren siete meses –desde el 7 de septiembre de 1947 (fecha
de proclamación del partido) hasta el 5 de abril de 1948– para que la Asamblea,
bajo la presidencia de Emilio Ochoa, después del fracaso de los pactistas, como
hemos señalado, elija como candidato presidencial a Eduardo Chibás y a Roberto
Agramonte como vicepresidente.
Las divisiones dentro del partido nacieron, como hemos observado,
junto con este, pero ahora se deslindan con mayor precisión pues algunos
dirigentes ya solo aspiraban al logro de actas senatoriales o de
representantes, sin importarles los genuinos objetivos históricos de la
ortodoxia.
Sin embargo, a partir de entonces, se emite el Programa de Gobierno
del Partido,[13]
el cual se proyecta hacia una política coherente, orgánica, justa, honesta y progresista,
cuyos principios pueden resumirse en la voluntad expresa de fidelidad al
mandato del pueblo y la erradicación total de toda anarquía, donde no tengan cabida
las vaguedades, confusión, desorden e imposturas del providencialismo político,
que tan amargos frutos ha deparado a la República. Es explícito en la defensa
de la integridad nacional frente a la injerencia foránea, tanto en lo económico
como en lo político.
En aquella vertiginosa campaña electoral de junio de 1948 –a lo
sumo mes y medio de improvisaciones sobre la marcha– el Partido Ortodoxo,
singularmente, carecía de una estructura política idónea y efectiva en aquellos
momentos e imposible de crear en tan breve lapso, a lo que se sumaban los
escasos recursos económicos tan necesarios para una fulminante campaña
electoral a todo lo largo y ancho de la Isla.
Ya desde julio de 1947, en su discurso radial, Chibás había
señalado las causas reales del porqué el partido concurría a esas elecciones
casi sin candidatos electorales en las provincias (siete en total en ese
instante). No podía ser de otra forma ya que: “Estos millonarios del Partido
del Pueblo Cubano, grandes terratenientes y abogados de poderosas compañías y
trusts, parece que no fueron sinceros al ingresar en la ortodoxia sino que
vinieron en busca de senadurías.
Cuando se dieron cuenta de que yo sí soy sincero, de que no soy
un demagogo, sino de que pretendo cumplir seriamente las bases programáticas
fundamentales que dieron origen al movimiento ortodoxo y llevar adelante, sin
contemplaciones con los latifundistas, nuestro programa de reforma agraria en
beneficio de los campesinos, y los demás monopolios, se han espantado ante la
posibilidad de que yo llegara a ser presidente.”[14] Así, y
frente a un contrincante como Carlos Prío, que disponía de todos los recursos
nada honestos del poder, era casi imposible la victoria. No obstante, el
Partido Ortodoxo obtiene la asombrosa cifra de 400 000 sufragios.
Había perdido los comicios –diría Chibás– pero ganado la calle,
el campo, la fábrica, la escuela. Aquel triunfo moral significó su sentencia de
muerte. Sus enemigos, quienes también lo eran de la nación cubana, se verían
compelidos a eliminarlo por cualquier método.
Y es que Chibás ha golpeado, en un medio adverso donde cobraba
auge la persecución al movimiento obrero y el apoyo a las fuerzas
proimperialistas, medularmente a los partidos tradicionales y de manera
fundamental al Partido Auténtico, con su campaña eticista de profundo arraigo
popular a favor de la eliminación de la corrupción administrativa, del
gangsterismo, de la malversación de los fondos públicos y por una distribución
equitativa del ingreso nacional.
Poco tiempo después se le cuestionaría a Chibás si en política
valía la pena ser honrado. Responde con un profundo y convincente artículo
publicado en la revista Bohemia, en el que se identifica con un pensamiento martiano:
“Urge ya, en estos tiempos de política de mostrador, dejar de avergonzarse
de ser honrado. La vergüenza se ha de poner de moda, y fuera de moda la
desvergüenza.”[15]
Los postulados chibacistas se concretarían en una consigna que el pueblo hizo
suya a lo largo y ancho de la Isla: ¡Vergüenza contra dinero! Sobre la
proyección, esencias y trascendencia del partido, su ideólogo Leonardo Fernández
Sánchez nos ofrece en aguda interpretación otra arista de ese órgano popular: “El
programa y estatutos del Partido del Pueblo Cubano (...) no excluye, sino que
propicia –en su debida sazón de tiempo histórico– las más audaces innovaciones
socialistas.”[16]
La ortodoxia chibacista no había arado en el mar. Sus postulados
democráticos-antinjerencistas habían calado hondo en la sensibilidad, en la
conciencia y en el pensamiento del pueblo. Su método de acción, portador de una
infalible denuncia apasionada contra la corrupción administrativa en sus
diversas modalidades, la invocación patriótica engarzada hacia estructuras
superiores socio-económicas y políticas, forjaban aquella tan suya manera de
hacer y decir en estrecha vinculación, o más bien directa identificación, con
las masas populares. Así, engendrado y orientado por el gran líder, honesto,
combativo y carismático surge pujante el primer gran movimiento populista en
Cuba.
En carta a Jorge Mañach, prestigioso intelectual cubano, quien
abandona el país en 1961, refiere Chibás cómo: “No queremos fundar un
partido contra Grau ni contra nadie, sino en pro del pueblo cubano, una
organización política que sea capaz de cumplir objetivos históricos de nuestra
generación: independencia económica, libertad política y justicia social.
Queremos una labor de signo positivo, no de signo negativo (...) No queremos
que se convierta en un partido más donde se imponga el dinero, las triquiñuelas
de la politiquería al uso y las fórmulas de gabinete.
(...) Un partido que interprete fielmente las esperanzas de
superación de nuestro pueblo y que traduzca en hechos concretos la voluntad de
las grandes mayorías nacionales, y no uno que las adultere en provecho de los
amarillos dirigentes...”[17] En el
otoño de 1948, la más dinámica de las secciones del Partido Ortodoxo, la
Juventud, proyecta a través de una comisión organizadora un documento que
retoma el devenir histórico de la nación cubana desde el siglo XVII hasta las
guerras de independencia contra el coloniaje hispánico (1868-1895). Relaciona y
valora de manera sucinta aquellas circunstancias, de tal forma, que nos permite
precisar la naturaleza y desarrollo, la concatenación y noción ejemplarizante
de esos movimientos revolucionarios que antecedieron a su presente histórico.
Y reafirma la sorprendente paradoja de que Cuba además de perder
el poder político en su lucha por alcanzar la independencia en 1895, también
pierde el control de sus recursos económicos, no solo por la guerra sino por irrumpir
en nuestra economía un nuevo factor, el imperialismo norteamericano.
Es interesante destacar cómo el documento expone con precisión el
carácter de la dominación imperialista a través de la exportación de capitales,
reforzada con una fuerte protección arancelaria en el mercado estadounidense y
señalando el valor indiscutible de la lucha de clases como fuerza motriz del
desarrollo de la sociedad. No olvida puntualizar la fecunda labor de los
trabajadores en la transformación necesaria para obtener el equilibrio entre el
capital y el trabajo.
Las tesis esenciales de dicho documento recogen en líneas
generales el proyecto ortodoxo de las bases programáticas del Partido del
Pueblo Cubano, fundado el año anterior. Sin embargo, es innegable que rotura nuevos
caminos y se aleja de las concepciones políticas estratificadas de antaño, y
puntualiza cómo para ellos el socialismo significa la socialización de la
tierra y los demás instrumentos de producción y que “el trabajo, bien sea
manual o intelectual, es considerado como única fuente de riqueza, cuyo
producto debe ser distribuido equitativamente entre aquellos que concurran a su
producción.”[18]
Otro de sus postulados esenciales es aquel que destaca el socialismo como
fuente generadora de democracia, ajena a aquella falsificación del régimen
capitalista donde –afirman los jóvenes ortodoxos– se produce el raro fenómeno
de que un pueblo vote contra sus propios intereses.
Pero también, lógicamente, estas convicciones democráticas que el
documento contiene “están muy lejos y radicalmente opuestas al
“totalitarismo” que es la característica más acusada del régimen impuesto por Stalin
en Rusia.”[19]
Otros postulados fundamentales que constituían la máxima aspiración de la Juventud
Ortodoxa era el establecimiento “en Cuba de una democracia socialista”,
fundamentada en el proceso histórico y la realidad inmediata de la nación
cubana. Y estiman como propósito político fundamental del movimiento
revolucionario la lucha por la liberación nacional.
No obstante, el método a seguir para la consecución de sus
ideales mediatos e inmediatos están dados por la vía pacífica, a través de
procedimientos no violentos, buscando la victoria en una amplia base electoral,
y propiciando, a su vez, que el Estado se encuentre en condiciones de asumir la
importante función que le está encomendada: gran rector de la sociedad.
Uno de los acápites significativos es el que asigna a los
intelectuales un papel rector en “la intensa campaña de educación política
para compenetrar plenamente a las masas trabajadoras en estos propósitos
estratégicos.”[20]
Es decir, en aquel factor transformador de la sociedad en que viven. Para ello
los trabajadores, sin perjuicio de luchar constantemente por el mejoramiento de
su posición dentro de las relaciones económicas del régimen capitalista, deben
fortalecer su conciencia de clase y promover la unidad de los sectores que la
integran.
Sin duda en estos planteamientos hay relevantes criterios específicos
que avalan el carácter avanzado de la ideología de los jóvenes ortodoxos. Ellos
son: la lucha de clases existente dentro de la sociedad capitalista y la necesidad
de promover tanto la unidad de los trabajadores para mayores logros económicos,
como la educación ideo-política dentro de aquellas circunstancias. Como hemos
señalado, no excluye al sector intelectual, el cual consideran portador de la
imprescindible ilustración, para encauzarlos por el camino de la liberación
definitiva.
Otro de los principios fundamentales de los ortodoxos, como
partido de transición, es orientar a “las masas trabajadoras
–comprendiendo en este concepto amplio tanto a los obreros, profesionales,
empleados, desocupados, campesinos y amas de casa– el deber de interesarse y
luchar por la liberación nacional”,[21]
pues entienden como hecho indiscutible que «en la medida en que el régimen
burgués se desarrolla, se irán presentando las condiciones objetivas que
permitan llevar adelante la instauración del socialismo».[22] Es de
destacar que esta Sección Juvenil Ortodoxa, en su último congreso efectuado en
Prado No. 109, dos años después, es decir, en 1950, ratifica la estructura de
ese organismo colateral del Partido del Pueblo Cubano, y los mismos
lineamientos ya predeterminados.
Así, el Partido Ortodoxo, erigido en un movimiento de
recuperación nacional, comienza a ser temido por oligarcas e imperialistas.
Para ambos sectores, el fenómeno Chibás es preocupante. Por ello el senador
Segundo Curti –recientemente fallecido en Cuba y de larga y profunda afiliación
al Partido Auténtico– exclamara en aquellos momentos que la situación era como
la de un juego de pelota donde existían solo dos contendientes: Batista o
Chibás. Es decir, la dictadura o la revolución.
Temporalmente vence la primera, pero la ortodoxia chibacista
quedará vigente. El 16 de agosto de 1955, en el Mensaje al Congreso de
Militantes Ortodoxos, declararía el doctor Fidel Castro: “El Movimiento
Revolucionario 26 de Julio no constituye una tendencia dentro del Partido: es
el aparato revolucionario del chibacismo, enraizado en sus masas, de cuyo seno
surgió para luchar contra la dictadura (batistiana).”[23]
Notas
[1] Elena Alavez. La
Ortodoxia en el ideario americano. Editorial de Ciencias Sociales, La
Habana, 2002.
[2] Eduardo Chibás. “Los
gobiernos de Cuba (1933-1934). Grau San
Martín”, Bohemia,
La Habana, 5 de junio de 1938, pp. 62, 63.
[4] Eduardo Chibás. “El
autenticismo bajo el gobierno de Grau”. El
Crisol, La Habana, 11 de mayo
de 1947, pp. 1.
[5] Sección Marcha del
Tiempo, Bohemia, La Habana, 15 de junio de 1947.
[6] Eduardo Chibás. “Por lo
mismo que somos auténticos...”, El Crisol, La Habana, 6 de enero de
1947, pp. 1.
[7]El Crisol, La Habana, 31 de marzo
de 1947, pp. 1.
[8] Bohemia, La
Habana, 11 de mayo de 1947, pp. 44.
[9] Sección En Cuba,
Bohemia, 28 de mayo y 25 de junio de 1947.
[10] Leonardo Fernández
Sánchez escribió los Estatutos, el Programa Doctrinal y el de Gobierno del
Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos). Testimonio de Conchita Fernández,
secretaria personal de Eduardo Chibás, en su nueva casa en el edificio de
apartamentos López Serrano, piso 14.
[11] Documento en el archivo
de la autora.
[12] Declaraciones de
Eduardo Chibás, sección En Cuba, Bohemia, La Habana, 9 de noviembre de
1947, pp. 44.
[13] Documento en el archivo
de la autora.
[15] Citado por Chibás en
“Teoría y práctica de un gobierno ortodoxo”,
Bohemia, La Habana, 16 de julio
de 1950, pp. 68-69 y 90.
[16] Leonardo Fernández
Sánchez. “La Ortodoxia: una estrategia de poder”, Bohemia, La Habana, 14
de enero de 1951, pp. 12.
[17] Eduardo Chibás. “Carta
a Jorge Mañach”, Bohemia, La Habana, 25 de mayo de 1947, pp. 40-41.
[18] Tesis de la Juventud
Ortodoxa. (Archivo de la autora.)
[23] Fidel Castro. “El movimiento 26 de
Julio”, Bohemia, La Haban1 de abril de 1956.