La cuestión de la identidad
latinoamericana, es un tema que gana cada vez más espacio en la discusión
historiográfica de los últimos años en América Latina, aunque no sea una
preocupación reciente de los especialistas. Si comenzamos por la importancia
que se dio al tema en ocasión de las efemérides sobre los 500 años de
colonización europea, se observa que el asunto viene teniendo una continuidad,
no sólo por el énfasis puesto en el análisis de aspectos que hacen a la
subjetividad de las naciones, es decir, el sentimiento de pertenencia, la
sensación de ser parte de una totalidad; sino que también se observa, que tales
discusiones tienen un carácter más pragmático, derivado de la necesidad de
reflexionar sobre los problemas de integración de los países de la región,
particularmente aquéllos que fueron apuntados en las agendas gubernamentales.
El tema de la “identidad” ganó
relevancia en el 2004 en ocasión de la conmemoración de los 500 años del
“descubrimiento”, o del inicio de la “colonización europea en las Américas”, o
como preferían los mexicanos “de la Conmemoración del V Centenario del
encuentro de dos mundos (1988)”.
Innumerables trabajos surgieron en toda
América Latina. Balances historiográficos se vienen realizando en la materia, y
para los fines de esta conferencia, voy a citar algunos, clasificándolos -en la
medida de las posibilidades-, según el enfoque de análisis.
Es evidente que tal clasificación sirve
sólo como baliza didáctica para desarrollar la presente exposición, careciendo
de la precisión que permita agotar la postura de los autores.
La importancia de centrar nuestra
atención en el análisis de las condiciones objetivas de cada país de la región
y en el conjunto de ellos, deviene del hecho de que, un vistazo superficial de
las circunstancias, puede llevarnos a pensar en una integración que aún no es
concreta.
Innumerables trabajos surgieron en toda
América Latina (en Brasil basta ver la lista de investigaciones elaborada por
la CAPES, a partir de los currículos lattes. Allí este tema, conjuntamente con
el de “cultura”, aparece con relevancia en el área de humanidades).
Más recientemente el tema continuó
vigente en las discusiones académicas, no solo en los abordajes
historiográficos avocados al estudio de las subjetividades, sino también en
aquéllos que se refieren a cuestiones más pragmáticas, ante los requerimientos
emergentes de las agendas de los países, y ante las alternativas orientadas al
fortalecimiento de la Integración Regional.
Balances historiográficos se vienen
realizando, pero a los fines de esta exposición, voy a citar algunos,
clasificándolos, -en la medida de lo posible-, según el enfoque de análisis.
Es evidente que tal clasificación sirve apenas como baliza didáctica, para
desarrollar la presente exposición, careciendo de la precisión que agote
completamente el tema o el enfoque de los autores.
En este sentido se observa que hay una
gama enorme de autores cuya preocupación es discutir el “término”, su
emergencia y las connotaciones que viene adquiriendo, así como la pertinencia -o
no- de su uso asociado a “latinidad”, o “Identidad de América Latina”, o
“Latinoamérica”. Tales autores asocian la Identidad a la idea de “cultura” -tomada
esta en cuanto valores, costumbres, reglas de sociabilidad comunes a la región-,
o al concepto de “nación o patria”, considerada ésta como el conjunto social
regido por las mismas leyes, reglas de sociabilidad, lengua, religión, etc.
Otro grupo aborda la cuestión desde el
punto de vista ontológico, es decir, tratando de rescatar el significado que el
término expresa y la función social a que se presta, rescatando la ideología
que contiene; aceptando o rechazando tales análisis.
Estos abordajes, particularmente los
primeros, están presentes en la conocida colección Terra Firme, del Instituto
Panamericano de Geografía e Historia, compilada por Leopoldo ZEA. Esta
colección viene dedicando varios números al tema, desde las conmemoraciones de la
década del 80 hasta sus actuales números. En 1993 (reeditado en 1995) dicha
colección lanza una compilación de artículos especialmente dedicados a la
cuestión de la identidad, titulada Fuentes de la cultura latinoamericana en
dos volúmenes, que traen los abordajes de 37 autores alternando entre los
actuales como el propio ZEA, y autores del siglo XIX. En el volumen II hay un
artículo de Haroldo Eugene Davis[2],
-especialista norteamericano en Historia de las ideas en América Latina-, quien
hace una retrospección sobre los trabajos ya existentes sobre el asunto, y de
los principales centros de publicación, casi en continuidad con sus estudios
publicados en 1950. Para Davis, -que en su artículo hace un análisis crítico de
la obra de ZEA-, todavía falta una síntesis sobre la historia de las ideas que
consolide los innumerables trabajos fragmentados y orientados casi
exclusivamente al análisis de autores individuales, y que dé cuenta de una
conceptualización de la historia intelectual o de las ideas en América latina,
o siquiera de cada país[3],
referidos a la cuestión de la identidad latinoamericana.
No es que no se encuentren discusiones
que expresen la preocupación por la comprensión de lo que viene a ser (si es
que existe) “nuestra identidad”, o como se quiera denominar al tema.[4] Por el
contrario, varios autores, -inclusive en la colección ya citada-, recuperan -de
las discusiones que se vienen sucediendo desde el siglo XIX-, interpretaciones
sobre nuestra latinidad o identidad latinoamericana.
Pero están también los que critican el
uso del término, por negar la existencia de una identidad latinoamericana,
debido a las diferencias histórico-culturales existentes entre los países de la
región.
En el artículo titulado “La invención
de América Latina”, Bruit[5]
hace un balance historiográfico sobre el origen del “nombre” (identidad), -a
semejanza de varios otros-, y concluye en que los principales ideólogos que
expresan opiniones sobre la región en el siglo XIX, no sólo no se refieren al
término, sino que además lo rechazan por considerarlo excluyente de las formas
sociales indígenas en la gestación de las culturas en el Continente. Refuta
también el origen napoleónico del término, por entender que, más que la
influencia de un individuo[6],
lo que se verifica es la popularización del término “latinoamericano”, como
expresión de una identidad, que es consecuente con la subordinación y la
dependencia, principalmente hacia los Estados Unidos. Para él, la noción de
latinidad ya era recurrente entre los ideólogos europeos y norteamericanos en
el siglo XX, pero asociada más a la idea de monarquías, de conservadorismos, de
“antiliberal”, de “anti republicano”; y sitúa en 1914 el primer uso del término
por un diplomático peruano, Francisco García Calderón, como resultado de tres fuerzas
de presión: el catolicismo, la legislación romana, y la cultura francesa .Es
más, según su compilación será a partir de esta época, que las discusiones
sobre nuestra identidad ganan mayor consistencia, popularizándose después de la
segunda Guerra Mundial, y siempre mostrando preocupación por las cuestiones
autóctonas, asociadas a nuestras raíces continentales o internacionales. De
cualquier forma, el autor recupera del peruano Luis Alberto Sánchez (¿Existe
América Latina ?,1945)[7],
la asociación del término a “subdesarrollo”, a “inestabilidad política”, a
“atraso”, y particularmente a un profundo preconcepto para con las culturas indígenas,
como consecuencia del origen europeo y romano del autor en cuestión.
Esta connotación tampoco es nueva, si
juzgamos las consideraciones de María Ligia Prado. Según ella, la connotación
“despreciativa” a que ésta denominación es asociada, viene del siglo XVIII,
cuando autores que se dedicaban al estudio de la naturaleza, divulgaban obras
de gran repercusión, en las cuales afirman “según criterios científicos”, que
la naturaleza en América era inferior a la del viejo mundo. Todo, según estos
autores, indicaba eso. Comparativamente a Europa: el tamaño de los animales, el
nomadismo de las poblaciones, las formaciones geológicas aún en mutación, o las
pestes de la selva. Estos autores, citados como grandes científicos por los
cánones, tenían fijadas las bases del “entendimiento” sobre el nuevo mundo: de
Augusto Comte a Faustino Sarmiento un siglo después, a pesar de voces que
discordaban con ellos en algunos puntos, como Alexandre Von Humboldt, que
valorizaba la naturaleza, aunque considerase la inferioridad racial y
civilizatoria de los pueblo nativos.
En los Estados Unidos que se formaban en
el siglo XIX, -continúa María Litigia- muchos autores iniciaban discusiones
contraponiéndose, aunque en la misma medida, a esta idea de inferioridad del
Nuevo Mundo. Numerosas obras, comenzando por las de Benjamín Franklin,
reafirmaban la superioridad del nuevo continente, su perfil de Tierra Prometida
a un pueblo electo por Dios. Consideraciones que justifican la masacre a
pueblos nativos, en los períodos expansionistas hacia el oeste.[8]
Otros autores ni siquiera consideran la
posibilidad de hablar de América Latina, como Juan Oddone, de Uruguay, que
prefiere la terminología “Indoamerica”.[9]
Para él, no se observa una unidad que permita a la región considerarse
integrada, ni en los estudios sobre las ideas, ni en la realidad objetiva.
Continuando con ésta atávica subordinación, que supone la incorporación de
paradigmas externos, para el análisis de nuestra realidad, el autor inicia sus
reflexiones situándose en el período colonial, -en el cual los intereses de
los comerciantes en las colonias eran comunes a los de los europeos, y consecuentemente
su ideología también-. Tales intereses y tal subordinación tendrán continuidad
en los procesos de independencia, en consecuencia con las divergencias entre la
burguesía urbana y la rural.
En cuanto América Latina se consolidaba
en el mercado mundial, internamente se estructuraba un poder político de este
mismo sector de la burguesía urbana orientada hacia el comercio exterior, que
dominaba los servicios públicos, las actividades especulativas, y la
administración.
En este contexto, las ideologías,
contaminadas de preconceptos liberales, mantienen la misma tónica de análisis.
Para el autor, sólo recientemente se observa un atisbo en el sentido de una
“integración”, pues “un conjunto de factores
-exógenos y endógenos-, permite
vislumbrar un horizonte diferente en el camino de la integración
latinoamericana”. De hecho -dice él-
el enfrentamiento del problema de las deudas que los
países del área soportan, los esfuerzos de paz para América Central, -orientados
por países latinoamericanos-, la simultaneidad de la irrupción de procesos
autoritarios, y el advenimiento de aperturas democráticas en los mismos
períodos, particularmente en el cono sur, evidencian por un lado, niveles
crecientes de conciencia , necesarios para el enfrentamiento de problemáticas
comunes, y por otro lado, una paulatina tendencia a encontrar soluciones
globales para las mismas (Oddone:148).
Hay autores que todavía utilizan el
término para hacer referencia a los análisis sobre “nación”, “nacionalismo”,
“nacionalidad”, o simplemente la célebre (para nosotros, los brasileros)
“patria”. El nicaragüense Alejandro Serrano Caldeira, en la misma colección
compilada por Leopoldo Zea (1991), va en esta dirección. Comparando la unidad
europea con la desintegración latinoamericana, considera que esto surge de la
“carencia de una verdadera identidad, con ausencia de un verdadero sentido
de nación”. Según él, el “sentido de nación” que sería anterior a la
constitución del Estado, es decir, a la organización y administración
jurídico-política que consolida a la nación, fue un elemento integrador capaz
de unificar a Europa. Tal reflexión, -me parece- termina en la misma conclusión
de Hastings[10], que cuestiona la tesis de Hobsbawn
de que Estado y Nación expresan conclusiones específicas del siglo XIX,
resultantes del racionalismo iluminista y liberal, asociadas al reconocimiento
de los derechos humanos, para situar la génesis de la nación en la antigüedad,
como resultado, ya en aquella época, del reconocimiento de una identidad
expresada en la lengua, religión y etnia, y en la necesidad de defensa, de
diferenciación del otro, de reafirmación de su cultura.
Pero conforme dijimos, hay
otro orden de ponderaciones, que envuelven el término “identidad”, no sólo por
su aplicación a la región del continente sudamericano, sino también por su
ontología.
Creo que uno de los autores
que mejor expresa esta postura es el antropólogo Eduardo Menezes, que en el
artículo elaborado por la ANPHU, hace una contundente crítica sobre la
“legitimidad y la validez” del uso de esta noción de identidad, en el terreno
de procesos socio-históricos, donde -según él-, ella es ampliamente inadecuada
e innecesaria.[11]
Siguiendo a Clovis
Bevilàcqua, en su “Esboço Sintético do Movimento Romántico Brasileiro”,
el autor critica la sumisión y la conciencia colonizada, cuando asumimos tal
discusión como una prioridad en nuestros debates. Bevilàcqua recupera la
trayectoria de reflexiones sobre el concepto. Después de hacer una
retrospectiva sobre el uso y la explicación del término identidad por las
ciencias sociales, concluye en que será con Erik .H. Erikson en 1950, en su “Infância
e Sociedade”, con quien aparece la introducción en las ciencias
humanas, de una reflexión sistemática sobre la noción de identidad personal y
social.[12] La revisión de esta tendencia -según
el autor-, se dará entre 1974-1975, cuando en el Colegio de Francia, un clérigo
-Claude Lèvi-Strauss- en relación al tema, patrocina, con la organización de
Jean-Marie Benoist, un seminario interdisciplinar sobre “identidad” , con la
participación de matemáticos, biólogos, etnólogos, filósofos, psicoanalistas
,lingüistas, etc.[13] Y continúa, en Brasil, en la misma
ocasión, Roberto Cardoso de Oliveira, quien es uno de los pocos investigadores
que desarrolló en escritos y cursos, una elaboración teórica de esa noción.[14]
A su vez, Durkaim, considera
que el hombre no produce aisladamente sus pensamientos, sino que opera
siguiendo creencias, valores, pero por sobre todo categorías que se formaron
históricamente en la vida social. A partir de ahí, trata de reconstruir el
concepto, considerando que la palabra “identidad” nada dice, pues “Identidad,
es atributo de aquello que es idéntico, que viene del latín ídem, lo mismo”. Ese
concepto implica dialécticamente la “diferencia”.
He aquí -continúa el autor-
, el porqué Aristóteles sustentaba “una cosa es la diferencia, y otra la
diversidad”. En otros términos, reconocer de uno o varios seres su
identidad, implica distinguirlos de todo aquello que ellos no son, e
inversamente, aprehender su singularidad, implica suponer su identidad
histórica. En esta línea de reflexión aparece el uso del término en el área de
las ciencias exactas, de la psicología, y hasta en la antropología,
considerando que el concepto presupone una inmutabilidad o una permanencia
extraña a la historicidad. Conforme sus palabras “Todo un conjunto de
dispositivos de poder, de recursos de culturalización y de construcción y
transmisión de una memoria compartida, proyecta en el imaginario colectivo, la
ilusión, o mejor aún, la invención de una realidad “permanente”, de donde
surgiría el equívoco de “identidad”. Realiza incluso, una crítica de
autores, entre los cuales destaca el trabajo del antropólogo Stuart Hall[15],
que aunque haya escrito bajo la inspiración de ideas sobre post-modernidad,
globalización, y etnicidad, termina por desembocar en los mismos equívocos de
tantos otros del género. De hecho, el ensayo comienza con esta frase espantosa
“la cuestión de la identidad ha sido debatida intensamente en la teoría
social” (pp. 7). Ahora, esta afirmación parece más ingenua que liviana,
siendo que, en general justamente lo que no encontramos, son estudios sobre el
tema en el marco de una efectiva teoría social. Y concluye diciendo “Fue así
que se aceptó, sin un análisis profundo, es más, sin análisis alguno, que había
una supuesta crisis de identidad, más o menos por todas partes”.
Consecutivamente se paso a hablar de un “cambio de paradigmas”, de
“globalización”, y otras expresiones recurrentes; tapujo y síntoma de una
verdadera crisis teórica.
En realidad, la vigencia de
ese modismo se dio sin que hubiese habido siquiera una discusión preliminar
sobre el significado, la validez y la adecuación de tal concepto al Campo de
las Ciencias Sociales (…). El carácter, la índole, el perfil particular, o la
singularidad de un pueblo, es algo históricamente construido y mutable, que
sólo se deja aprehender mejor, mediante procesos contrastivos y comparativos.
El primer procedimiento a adoptar en el intento por forjar una respuesta a ese
cuestionamiento, sería probablemente el de reconocer la existencia de numerosos
tipos humanos, dentro de un cuadro general de caracteres comunes, siendo
ingenuo tratar de subsumirlos en una única identidad.
Así es que termina el autor “Todo
lo que antes era conocido como filiación, fidelidad, lazos, vínculos,
pertenencias, lealtades, patrones, tradiciones culturales, estatus, papeles,
actitudes, creencias, mentalidad, condición, aspecto, carácter, etc., todo
recibe hoy, livianamente , el nombre de identidad.”
De esta manera, el termino
identidad, nos parece referido a dos connotaciones, igualmente polémicas. Una
de ellas relativa a la subjetividad, en cuanto es asociada a sentimientos,
sensación de pertenencia, identificación de voluntades. Y otra relativa a
nación, a patria; aunque esta última también sea considerada por algunos
autores como un concepto referido a subjetividad, hay un reconocimiento de que
este término se refiere a una determinada territorialidad, a un sistema
jurídico común refrendado por la población, a la existencia de una o más
lenguas reconocidas como oficiales, así como hábitos y costumbres que
identifican a una comunidad (sin que necesariamente estos sean idénticos o
iguales).
Así, es posible considerar
ambas connotaciones como distintas, aunque componentes de una misma totalidad:
una que enfatiza la subjetividad, y otra más vinculada a la racionalidad.
Pero la cuestión permanece: ¿hay
una identidad latinoamericana? Dejando de lado los aspectos referidos a la
subjetividad, al sentimiento de pertenencia, a la sensación de formar parte de
una totalidad-, que es lo que hace al éxito europeo de constituirse como una
comunidad-; considero que tenemos que pensar en algunas cuestiones concretas de
nuestra realidad. Una de ellas, es la integración en el interior de cada país.
Tomemos para ello, como ejemplo a Brasil: lo que denominamos unidad nacional es
muy reciente en términos de tiempos históricos, si consideramos que hasta el
final del siglo XIX, no nos reconocíamos como integrantes de una misma
totalidad. La constitución del Estado, se dio -conforme lo analiza muy bien
Pomer- de forma impositiva, no habiendo sido gestado, ni siquiera sentida como
necesidad por la mayoría de las provincias que componían esta parte de la
región.
Hasta la mitad del siglo XX
no era posible esperar de los movimientos de inmigrantes que venían hacia aquí,
una conciencia de nación, al punto de considerarse (o ser considerados)
brasileros. Incluso el término “brasilero” sonaba todavía extraño, aunque ya
era utilizado en el siglo XIX, para hacer referencia al famoso “hombre libre”,
asociándolo al concepto de exclusión, bandidismo, al relegado, al vagabundo, al
paria, en fin. Conforme nos indica Chasin[16]
sin revolución burguesa, Brasil viene a ser
la herencia de una unidad territorial y lingüística constituida en la
subsunción formal del capital (…), herencia de una forma disgregada, sin
dimensión de sociabilidad nacional, identidad económica o cultural, salvo la
ficción de una autonomía política (…). Lo decisivo es que la falta de
identidad, -en sus distintos aspectos-, no es una cuestión superficial de
personalidad o de cultura, sino de formas de vida, y en la raíz, un problema
que invade un nivel elemental de la propia subsistencia física de los
individuos que integran el país(…).La contraposición, bajo las condiciones de
existencia generadas por la vía colonial, es todavía más perversa, porque la
evolución nacional es automática, y está desprovista de un centro de
organización propio, frente a una clase capitalista incompleta, de la cual no
emana ni puede emanar, en forma directa ,la auto-exclusión del progreso social,
además de la misma anulación social de bastos contingentes populares ( pp. 221)
La importancia de centrar
nuestra atención en el análisis de las condiciones objetivas de cada país de la
región, y en el conjunto de ellos, surge del hecho de que, un vistazo
superficial sobre criterios circunstanciales, nos puede llevar a pensar en una
integración que no es sólida. Tomemos a modo de ejemplo, la identidad
lingüística: Si consideramos los estudios de Costa[17],
hay menos diversidad lingüista en la región, de la que existe en Europa, por
cuanto el castellano o español (o algo parecido a esta lengua) es hablado por
el 62% de los latinoamericanos. Es también la única lengua oficial en 16 de los
21 países latinoamericanos[18]. A pesar de esto -dice el autor-,
hay dos países donde no sólo el castellano, sino también ciertas lenguas
indígenas, son oficiales. Es el caso de Perú (oficial en los papeles pero no
en la práctica), y Paraguay, donde el guaraní es realmente la segunda lengua
nacional (el 60% de la población lo habla cotidianamente), siendo enseñada
incluso, en todas las escuelas. Hay también decenas de miles de personas que
hablan lenguas puramente indígenas, particularmente el guaraní en Paraguay,
Argentina, Bolivia y Brasil. El resultado es que 34,3 millones de personas (8%)
hablan lenguas amerindias en América Latina, de las cuales 21.6millones (5%)
también habla español. .El quechua, del cual existen seis dialectos principales
en Perú, y otros más en Bolivia y Ecuador, es desde hace mucho, la lengua
indígena más importante. Y la única, además del tupi-guaraní, en ser
considerada como una producción literaria posterior a la colonización,
desarrollada principalmente en Cuzco. Desde el punto de vista de la
racionalidad, el quechua o aimará y el guaraní, son mucho más racionales que
cualquier lengua europea.[19] Además de esto -continua el autor-
tenemos el creole haitiano (inventado en el propio continente), hablado por 5
millones de personas (1% de toda América Latina). También están las lenguas
derivadas de las migraciones europeas y asiáticas, que suman poco más del 1% de
la población, y de las cuales, las más significativas, son las derivadas de la
lengua italiana y portuguesa en las grandes ciudades de Argentina, Uruguay y
Venezuela
(donde constituyen del 2 al
3 % de la población total), las minorías judaicas (frecuentemente de lengua
hebrea) en México, Venezuela, y Cono Sur, y las minorías de lengua alemana en
pequeñas colonias del sur de Brasil, sur de Chile y Paraguay.
Si tomamos la identidad en
términos de integración, corroboramos las observaciones de Caldera -de Nicaragua-,
según el cual es “proverbial la desunión de los países latinoamericanos”[20],
aun en los foros y reuniones donde los intereses regionales comunes con
frecuencia se ven imposibilitados de realizarse (…). “La lucha por la
identidad no es sólo un problema por identificar las raíces del pasado, es
sobre todo un problema del futuro, el desafío a la supervivencia como pueblos y
como culturas”.[21] Por lo menos, hace al reconocimiento
de que tenemos problemas comunes, y que, en la subordinación globalizada, no
hay otra alternativa que la de la unión.
La formación de una
comunidad, el manejo de la deuda externa, la necesidad de articular normas
comunes de derecho, que puedan ser contempladas por cada ciudadano, garantizar
la apertura hacia el desarrollo, recibir e intercambiar tecnologías, la
transformación de burocratismo en burocracia de forma, para minimizar la
corrupción y los favoritismos, y las injerencias político partidarias en los
procedimientos gubernamentales, análisis integrales y estudios sobre las
diversidades culturales de la región, para hacer frente a la homogenización
educacional, y particularmente, llevar a cabo acciones de integración en la
región, son factores que pueden contribuir para la formación de una identidad
latinoamericana.
Durante mucho tiempo,
análisis de autores europeos y norteamericanos, que trataban las relaciones
económicas y políticas latinoamericanas, consideraban a la región de forma
homogénea, casi como partes de un mismo país. No son sin razón las referencias
en los films norteamericanos que muestran como capital de Brasil, a Buenos
Aires, donde se habla español y el chà-chà o la rumba, son denominados como la
“zamba” brasilera .En este sentido la identidad latinoamericana, parecía
consolidarse ante la falta de conocimiento de la diversidad vigente en la
región.
Sin embargo, la
intensificación de las relaciones, ha instado a que los estudios realizados por
estas comunidades sean más precisos, resultando de ello, una serie de análisis
que han impulsado los encuentros entre aquellos señores y los representantes de
los países de la región. De ahí, los estudios que han sido citados como
referencias para caracterizar las diferencias latinoamericanas.
El académico norteamericano
Abraham F. Lowenthal[22], considera que las diferencias entre
los países están centradas en cuatro variables: la interdependencia con Estados
Unidos, la integración con la economía mundial, la capacidad del Estado, la
fortaleza de las instituciones democráticas.
Ramón D. Ortiz[23]
también habla de las características de heterogeneidad de la realidad
latinoamericana, considerando que “América Latina no existe (…), que debajo
de esta imagen virtual permanece una región fuertemente fragmentada que
presenta áreas con distintos niveles de desarrollo y de estabilidad en contacto
permanente”. En Alemania, el Ministro de Relaciones Exteriores, en
pronunciamientos recientes, reconoce la heterogeneidad de la región, dividiendo
su política de cooperación en cinco regiones diferentes: MERCOSUR, Países
Andinos, Centro América, Caribe y México.
La dificultad para superar
la falta de integración comienza por la propia pobreza. Un país pobre no
consume, no presta dinero, no tiene las condiciones para sustentar un
intercambio y una integración (por lo menos en la lógica del capitalismo que
nos rige). La cuestión pasa necesariamente por la intensificación de las relaciones
comerciales-, en el sentido más amplio de la palabra- y no solamente por el
intercambio de valores mercadológicos.
De esta manera, lo que se
observa, es un gran desconocimiento de las particularidades de la región, lo
que impide cualquier reflexión sobre aspectos comunes o diferencias a ser
superadas o reafirmadas. Pero la diversidad no es impedimento para la
integración, o el reconocimiento de cualquier “identidad”. De todas maneras,
en el ámbito de las relaciones internacionales, una gran desconfianza frena las
iniciativas. Ante la falta de un liderazgo capaz de superar tal estado de
cosas, el mínimo movimiento de cualquiera de las partes, genera siempre todo
tipo de condicionantes para lograr una integración. Es decir, cualquier
iniciativa adquiere connotaciones en las cuales florece la competencia, lo cual
es consecuente con la lógica del capitalismo, y fue expresado en innumerables
oportunidades por representantes de la región. Por ejemplo, en el Seminario
sobre América del Sur (2000), titulado “La organización del espacio
latinoamericano, su espacio político y económico”[24],
se reunieron representantes de los distintos países latinoamericanos.
Inicialmente convocado para contar con la participación de los presidentes o de
sus representantes directos, en tal seminario, estuvieron presentes en cambio,
algunos ex presidentes y/o académicos universitarios.
En este seminario el
Profesor Dr. Luciano Tomassini Olivares[25], en la conferencia titulada
“Historia e Identidad en la definición cultural de las Sociedades”, tal vez fue
el que mejor expresó los parámetros de lo que se podría considerar identidad
latinoamericana, en la medida en que sus criterios son fundamentalmente
weberianos, y tal vez porque algunas de las características por él
seleccionadas, sean comunes a toda la humanidad y no sólo a América Latina. En
síntesis, él considera que en la región prevalecen los elementos de continuidad
sobre los de cambio, el esencialismo iberoamericano, es decir una tendencia
cultural fundamentalista, principesca, dicotómica, clasificatoria y poco
flexible, -por lo menos en la vida pública-, la capacidad para desarrollar un
doble discurso, -donde el discurso público frecuentemente poco tiene que ver
con lo subjetivo o privado-, la fuerte jerarquización de la vida social -a
veces más abiertas, otras más cerrada o más sutil-, el autoritarismo, el
clientelismo, la prepotencia patronal, las dicotomías étnicas o la exclusión
social, que constituyen las profundas raíces de la persistente pobreza en
América Latina. El apego a una estructura económica agraria, minera, y en todo
caso, mono exportadora. La influencia de una religiosidad tutelar y
autoritaria. Un método vertical de educación. La censura como elemento normal
de la vida política, social, religiosa y educacional de estos países. La
tendencia a asumir una visión ideológica de los problemas públicos y privados,
y por lo tanto, generándose conflicto, más que trabajo conjunto y cooperación.
La debilidad de la sociedad civil y de la participación ciudadana en la gestión
de los asuntos públicos y del ejercicio del gobierno. La sensibilidad ante la
solidaridad en el plano humano, así como la jerarquización y la exclusión en el
dominio público. La valoración de la magnanimidad, la generosidad y la
hospitalidad en las relaciones personales y sociales, al margen de los marcos
institucionales y legales. La valoración del dolor, el perdón y la expiación,
como modos espontáneos e íntimos de superación de los problemas personales y de
determinadas situaciones sociales. Una actitud arraigadamente humanista frente
a la vida, permisiva de la desigualdad social, tal vez como un antídoto a la
formación esencialista de las conciencias y de la sociedad. Características
éstas, que expresan una permanente recomposición que se evidencia, a lo largo
de la historicidad,[26] por formaciones que se caracterizan,
conforme Chasin, por la vía hiper-tardìa que gesta el capital atrófico, en
donde la burguesía, en cuanto clase incompleta, se muestra incapaz de liderar
las formas necesarias al desarrollo del propio capitalismo haciendo alianzas
con las clases sociales excluidas, que le garantizarían la fuerza necesaria
para lograr la radicalidad necesaria a la consolidación de la democracia, en
el mismo nivel alcanzado por las sociedades desarrolladas.
Pues, un Estado en que, las
decisiones políticas sean de orden social, económica, o cultural. Un Estado que
no consiga atender las demandas sociales, reordenando permanentemente las
mismas fuerzas dominantes en el bloque de poder y manteniendo los enclaves dictatoriales,
caracteriza lo que se denomina el “cesarismo militar”[27].
Pues no se produce una ruptura con las instituciones autoritarias, en las que
el acceso al estado de derecho se restringe al voto, y en las que los
guardianes de la constitución, -legalmente instituidos- se complotan y
complementan en la defensa de intereses individuales, en detrimento del interés
público.
Notas
[1] Artículo
presentado en la VI Jornadas Latinoamericanas de Historia de las Relaciones
Internacionales: “Regiones
y Naciones. Las Relaciones Internacionales en el Espacio Latinoamericano y en
el Mundo”. Universidad
Católica de Santiago del Estero. Argentina. 9 al 11 de Septiembre de 2009.
[2] Davis, Haroldo Eugene, “Historia
de la ideas en Latinoamérica”, in: ZEA, Leopoldo (Comp.) (1995), Fuentes de
la Cultura Latinoamericana, Vol. II. Col. Tierra Firme, Fondo de Cultura Económica,
México.
[3]
Considera que otros estudios anteriores (Crawford, Poviña, Trujillo,
Echeverría) son más orientados hacia análisis sociológicos que históricos
propiamente dichos, y que recientemente los estudios más completos buscan
consolidar el pensamiento latino-americano del siglo XIX. Davis (1995:223).
[4]
En el caso de América Latina, las identidades construidas a partir del otro
son numerosas, comenzando por el propio termino "América Latina" que
no es más que una creación de Luís Bonaparte para designar el territorio que
pretendía conquistar, o sea, era la visión del dominador concibiendo una
identidad totalmente ajena al pueblo que constituía esas sociedades.
[5] - Bruit, Héctor H.,
“A Invenção da América Latina”, doc. preliminar mimeo.
[6] Según el autor, el
término habría sido inventado por dos sudamericanos, el argentino Carlos Calvo
y el colombiano José María Torres Caicedo, quienes vivían en París en la época
Napoleónica y publicaron sobre AL.
[7] Reeditado con otro
nombre en el mismo año de 1945: Examen espectral de América Latina.
[8] Prado, Maria Lígia
Coelho (1999), “Natureza e identidade nacional nas Américas”, in: América
latina no século XIX. Tramas,
Telas e Textos, SP. EDUSC.
[9] Oddone, Juan, “Notas sobre
el problema de la identidad latinoamericana”, (1991), vol. Quinientos años
de História, sentido y proyección, Coleção Tierra Firme.
[10] Hastings, Adrian,
(1997), “A Construção da nacionalidade: ética, religião e nacionalismo”.
Cambridge.
[11]
Menezes, Eduardo Diatahy B. de. (2000), “Crítica da noção de identidade cultural”. XXII
Reunião Brasileira de Antropología. Simpósio 02: "Subjetividade,
Identidade e Brasilidade". Brasilia: Julho. Menezes, Eduardo Diatahy
B. de, “Identidade Nacional: crítica da noção de identidade cultural”, Lista
de discussão http://www.uepg.br/anpuh/idn/diatahy.htm.
[12] Erikson, Erik H. (1968), Identity,
Youth and Crisis. New York: W. W. Norton & Co
[13] LéviI-Strauss, Claude (1977), Identité.
Séminaire interdisciplinaire. Paris:
Bernard Grasset.
[14] Oliveira, Roberto
Cardoso de (1976), Identidade, Etnia e Estrutura Social. São
Paulo: Pioneira.
[15]
Hall, Stuart, (1998), A Questão da Identidade Cultural, Col. «Textos
Didáticos» - 18. Campinas: IFCH/UNICAMP.
[16] Chasin, José (2000), A
Miséria Brasileira: 1964-1984 – do golpe militar à crise social, Ed. Ad
Hominem, Santo André.
[17]
Costa, Antonio Luiz Monteiro Coelho da, As Línguas da América Latina, in
http://antonioluizcosta.sites.uol.com.br/Linguas.htm
[18] Las cinco excepciones
son: Brasil (portugués), Haití (francés), Porto Rico (dos lenguas oficiales:
español e inglés), Paraguay (español e guaraní) e Perú (español, quechua y
aimara).
[19] Según él, las reglas
gramaticales de esas lenguas, tienen pocas excepciones (o ninguna), las
palabras derivadas son construidas con un sistema perfectamente racional de
sufijos y sus sentencias son estructuradas con mucho más rigor lógico que en
el español, alemán o ingles. Lingüistas ya sugirieron, seriamente, que el
lenguaje ideal para la programación de las computadoras es el aimara. Desde el
punto de vista de la precisión lógica, esa lengua hablada por campesinos,
peruanos y bolivianos de las vecindades de Titicaca tal vez sea la lengua más
perfecta de la humanidad.
[20] Tal desunión no sólo
fragiliza a los países de la región en las relaciones internacionales, también
ha sido usada por los países desarrollados para minar sus esfuerzos de
integración.
[21] Caldera, Alejandro
Serrano,”La historia como reafirmación o como destrucción”, in: Col. Tierra
Firme (1991), IPGeH, México.
[23] Ortiz, Ramón D. in: Revista
Española de Defensa, nº 147 (mayo de 2000), Ministerio de Defensa de España
[24] Realizado en Brasilia,
del 31 de julo al 2 de agosto, por el Instituto de Estudios
Políticos e Sociales (IEPES), con el apoyo del Instituto Rio Branco (IRBr),
del Instituto de Pesquisa Económica Aplicada (IPEA) e del Banco
Interamericano de Desenvolvimiento (BID). 2002, bajo los auspicios del gobierno
brasilero.
[25] En la época Coordinador
del Programa de Gobierno y Gestión Pública del Centro de Análisis de Políticas
Públicas, Universidad de Chile.
[26] F. Nova República?
Rio de Janeiro, Zahar, 1986. Salvatore, R.; Aguirre, C. e Joseph, G. (eds.). (2001).Crime and Punishment in Latin America Law and Society
since Colonial. Times. Durham, Duke . University Press.
[27]
En el caso de Brasil, apenas para situarnos en la
última dictadura, desde 1985, “después de dos años de distención, la
autocracia se manifestaba no solamente por la composición entre los principales
sectores autocráticos, aliados y opositores, realizando políticamente una
verdadera composición por lo alto, (...) pero también por viabilizar el fin
del cesarismo militar sin romper con la institucionalidad autoritaria que
daba sustento”. Fernández,
1986, pp. 22, apud Maciel D. (2004). “A argamassa da ordem. Da ditadura
Militar à Nova República”(1974-1985). São Paulo, Xamã, pp. 319.