Es muy difícil,
establecer un juicio certero sobre una Constitución en el trámite de su forma,
cuando ni siquiera se posee de ella una válida impresión de conjunto. Todas las
palabras que se digan han de ser provisorias. Así deben entenderse las que
siguen.
Para juzgar de
un documento político hay que preguntar quiénes lo combaten; así queda
precisado su carácter. ¿De dónde le viene a la Constitución que acaba de
acordarse el ataque más continuado y fuerte? Sin dudas de los sectores más
reaccionarios del país.
Son los grandes
intereses monopolistas, los industriales más unidos al imperialismo, los
comerciantes más opresores del pueblo, los hombres al servicio de las malas
causas, los que han puesto ahora el grito en el cielo. Para ellos la Carta que
enseguida estará en vigor es aborto satánico, seguro productor de cataclismos
mortales.
Ya es buena
señal, un síntoma excelente. Si el Diario de la Marina protesta, si Alerta
grita, quiere decir que las cosas no han salido tan mal para Cuba. Así ha sido
en efecto. En tesis general, la Constitución del 40 es un paso de avance,
aunque no, naturalmente, el que quisiera Unión Revolucionaria Comunista.
La política es
una difícil ciencia de realidades. Quien posee una firme y definida ideología,
un credo sobre lo social, una interpretación determinada del hecho humano, no
puede medir las conquistas parciales sino como obligadas transacciones con una
tarea de realidad poderosa. En el seno de la
Convención han luchado los más opuestos intereses. Fruto de unos comicios
perfectos la Asamblea reprodujo puntualmente las pugnas de la calle, la lucha
entre los factores contrarios que integran la nacionalidad. Por ello, lo
obtenido ha de verse como resultado de ese conflicto, como forcejeo por el
triunfo de muy contrarias corrientes.
En algunos
momentos domina una; en otros señorea la opuesta. Por ello, hay en el texto
constitucional, alternativamente, traición a Cuba y triunfo del pueblo.
No se nos
ocultan, aun en esta cercanía, las deficiencias de la nueva Carta. Una cosa ha
quedado probada: que no es posible redactar documento de tanta trascendencia en
término de tres meses; ninguna Constitución se hizo en tan breve tiempo y
quizás ninguna otra se produjo en instante tan crucial para el mundo, en
ocasión de prueba durísima para criterios y convicciones. Es cierto, innegable,
que la precipitación de los últimos días perjudicó la obra e impidió muchas
veces la formulación acertada que, en lo constitucional, tiene mucha
importancia. Por muy firmes que estén en una Convención los criterios de cada
cual, un debate amplio y sereno, con el aporte del dato decisivo y del
antecedente aclarador, puede hacer mucho para arribar a una solución acertada.
En la última semana, en que se tocaron las más graves cuestiones, el debate,
ante la urgencia, ante la angustia de un fracaso terrible para la República,
tuvo que restringirse a lo ineficaz. Sabíamos todos hasta donde afectaba ello
la bondad de la obra trascendente. Pero había que terminar; de no hacerlo, Cuba
entraba en la más peligrosa de sus crisis. Por otro lado, nuestra
responsabilidad encontraba un alivio en la consideración de que la lentitud de
los primeros tiempos no podía imputarse a los Delegados sino a la impericia,
debilidad e ignorancia parlamentaria del Dr. Grau San Martín. El Dr. Márquez
Sterling realizó al final una tarea gigantesca que nunca se estimará bastante.
Pero el pecado de precipitación se paga siempre. Sus huellas quedarán marcadas
en el texto constitucional.
Esta
precipitación ha hecho que padezca la Constitución de falta de jerarquización,
que algunas materias sean, indudablemente, más propias de la Ley y aún del
Reglamento. Pero eso no ha sido siempre un mal. La obra legislativa es en todas
partes, pero más en Cuba, cambiante y difícil, sujeta a innumerables
influencias desorientadoras. Una Constitución “legal”, valga el calificativo,
puede adelantar soluciones y tratamientos que quizá nuestro Congreso no nos
daría nunca. Entre una Carta Fundamental de perfecta arquitectura, realizada
dentro de técnicas impecables, de artístico perfil, y un cuerpo imperfecto,
pero bien afirmado en realidades inmediatas, siempre preferimos lo último.
Se ha dicho,
ingeniosamente, que la Carta que acaba de aprobarse no es mala; que las
post-datas sí lo son. Hay que admitir que, hasta cierto punto, hay razón en
este dicho: las post-datas, es decir, las transitorias, no muestran, en efecto,
el sentido de oportuna generalización de los preceptos del texto constitucional.
No ocultamos ni menos defendemos la influencia, la huella de situaciones
personales o de interés ilegítimo en las transitorias; nos situamos en un plano
de realidad y comprensión y decimos que en ésto hay que medir cuidadosamente
las circunstancias en que la Constituyente trabajó. Por eso [en] la tarea
estrictamente constitucional se impusieron necesidades que empujaron la
Asamblea a la disposición legislativa, a la resolución del conflicto inmediato.
Los defensores de un legalismo formalista harán dura crítica de esta actuación.
Nosotros decimos que sí existía, y ello es innegable, la necesidad de resolver
lo fundamental con lo accesorio, lo definitivo con lo contingente, ha estado
muy bien que a todo se haya extendido la actividad de la Convención.
Con ocasión de
los debates sobre la liquidación de la moratoria hipotecaria dijimos, a nombre
de nuestro Partido, que, cualquiera que fuese la resolución del complejo caso,
siempre habría grupo beneficiado, del lado de los acreedores o del lado de los
deudores. Por lo cual, la única actitud revolucionaria estaba en mirar qué
camino (productor siempre de ventajas particulares) había que transitar en
beneficio del mayor número, en provecho de los intereses generales de la
nación.
Pero, aunque
otra cosa se haya dicho, las transitorias no son la Constitución. Lo
permanente, lo central, está en el texto que va a regir como esqueleto jurídico
de la República. Y en ese texto aparecen palabras, problemas, conflictos, que
nadie esperó que aparecieran en una Carta cubana. No estamos conformes, porque
no cristalizan nuestro criterio, con el modo en que estos problemas han
quedado resueltos; pero declaramos que es ya un triunfo considerable haber
llevado estas cuestiones al articulado constitucional.
Al terminar sus labores
la Asamblea decíamos nosotros que para un Partido revolucionario hasta la raíz,
como Unión Revolucionaria Comunista, una Constitución no era más que una
batalla dada en la larga lucha por la justicia total. Y que los resultados de
esa batalla significaban el compromiso de ganar otras que nos acercaran mejor
al triunfo definitivo. Ya se está viendo hasta qué punto nuestras palabras eran
ajustadas. Vitales cuestiones de nuestra colectividad quedan planteadas en la
Constitución como novedad extraordinaria. En muchos casos, la formulación es
genérica, vaga, cautelosa, propicia a la burla cínica. Bien. A las fuerzas
renovadoras de la República importa que el precepto constitucional desemboque
en la eficacia de una preceptuación legislativa que resuelva en lo hondo las
grandes necesidades cubanas. Y hay que confesar que esta obra, que es gran
responsabilidad futura, no hubiera podido realizarse nunca si el precepto
constitucional no diera ocasión para ello.
Nosotros, por
nuestra postura ideológica, no somos ni podemos ser defensores apasionados de
la Constituyente. No puede dominarnos el espíritu de cuerpo porque en el seno
de la Asamblea fuimos elemento de choque, casi siempre vuelto contra la
Asamblea. Además ¿cómo podríamos defender como cosa nuestra una Constituyente
dominada por terratenientes y profesionales adinerados y políticos obedientes
al imperialismo? No. La Convención no es cosa nuestra; no tenemos porqué ser
sus fiadores. Ante ella, como ante cualquier fenómeno social medimos el juego
de las fuerzas en pugna y decimos, objetivamente, si el resultado arroja algo
bueno para los cubanos oprimidos. Hay un saldo favorable sin duda, en el
trabajo de la Constitución de 1940, a pesar de la Asamblea misma. Nos
felicitamos, no del triunfo de la Asamblea sino del triunfo –parcial, pero
innegable— del pueblo cubano.
Los días que
llegan deben servir para propiciar, a la sombra de la Constitución nuevas,
reales conquistas populares. La Asamblea ha sido para los revolucionarios, para
el pueblo, una magnífica experiencia de lucha y de triunfo relativo. Ojalá
sepan, los revolucionarios y el pueblo, aprovechar la lección. Para ello habrá
que tomar la nueva Carta, no como una realización si no como una posibilidad en
que apoyar el ansia inextinguible de redención popular.
1 Palabras en la Cadena Cubana
de Radio. Fuente: Noticias de Hoy, junio 15, 1940, pp. 1-6.