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octubre-noviembre-diciembre, 2009
 
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Encuentro científico: Retrospección crítica de la Asamblea Constituyente de 1940 , en ocasión de su 60 aniversario, celebrado en el ICIC Juan Marinello los días 29 y 30 de noviembre del año 2000, convocado además por la Cátedra Juan Marinello como culminación del ciclo homenaje a la Revolución del Treinta.

MODERADOR: Se abre la sesión de debate, discusión, opiniones, etc.

GUILLERMO JIMÉNEZ[1]: Yo quiero hacer una pregunta a los tres panelistas. A partir de dos cosas que dijo Fernández Bulté que son axiomas, nadie lo discute, primero que la Constitución del 40 fue una Constitución realmente excepcional, llena de conquistas sociales, etcétera... para la época, nadie lo discute.

Y la segunda, que me parece que es muy acertado, que la Constitución del 40 fue el resultado evidente y manifiesto de un gran compromiso entre los sectores sociales, los conservadores, para no hablar de burguesía y los liberales, o la izquierda o la derecha, como la quieran llamar. Bien.

Ya han pasado 60 años, yo creo que es un buen tiempo, y 40 del triunfo de la Revolución, para hacer un balance. En toda negociación las partes tienen que hacer concesiones y yo creo que estamos a una buena altura para definir si la izquierda, o las fuerzas populares, como la quieran llamar, ganaron o perdieron en esta negociación.

Bien, para echarle sal al debate, a lo que me vayan a contestar los tres compañeros, porque estoy preguntándoles a los tres, yo quiero dar mi opinión rápidamente, o no hay tiempo, o más que mi opinión y mis dudas, ambas cosas, que están unidas.

Primero, siempre se ha dicho, o siempre se dice, o es lo que más se dice, desde el punto de vista del lado de las fuerzas populares, del lado de las fuerzas liberales de izquierda, que la Constitución –lo que dijo Fernández Bulté– era una Constitución muy progresista.

Grandes conquistas sociales para la época, realmente revolucionarias –no hay que cogerle miedo al tema, a la palabra– se quedaron en papel, jamás se instrumentaron.

Solo después, en el gobierno de Prío, algunas cosas de la independencia económica, pero en el plano social, no. Lo que se plantea como conquista de la Constitución del 40, en el plano social, yo creo que son cosas que realmente no se han profundizado.

Cuando uno analiza las medidas realmente profundas que había en la legislación social de Cuba, también muy revolucionaria, y uno la analiza y ve el origen de eso, enseguida tropieza con una verdad terrible.

Del año 33, del gobierno de Grau, Guiteras y el Directorio, al gobierno de Mendieta, que es totalmente de la contrarrevolución, totalmente la contrarrevolución, el año 35, se emiten absolutamente todas, todas, menos una, de las medidas sociales que van a garantizar las conquistas de la clase obrera.

Desde la jornada de ocho horas, el derecho de los niños, las mujeres, el retiro, la maternidad, el despido, etcétera. Salvo una, lo de seis por ocho que después van a dar Grau y Prío.

Todas están garantizadas por decretos leyes, no solamente del gobierno revolucionario de Grau, Guiteras, el Directorio, sino también por el contrarrevolucionario de Mendieta, como una muestra del empuje terrible de las fuerzas populares y revolucionarias.

O sea, que la Constitución del 40 no va a crear ningunas condiciones para que se emitan nuevas medidas sociales.

Por otra parte, se plantea que una de las conquistas –atiéndame que esto es para usted, Tabares–, que una de las conquistas de ese compromiso de la izquierda de los comunistas, de los comunistas con Batista, fue que Batista aceptó en darles la CTC. Bueno, yo creo que eso es relativo, o fue relativo, o sea, yo pienso –y estoy adelantando mi opinión–que la izquierda perdió en eso; yo pienso que la izquierda, sencillamente, en ese compromiso, metió la pata, cometió un tremendo error estratégico que todavía después lo fuimos a pagar la generación nuestra que peleó contra Batista.

¿Por qué? Primero, porque la CTC duró nada más que de cuatro a seis años; fue novia de un día. Los comunistas no pudieron imponer conquistas obreras que Batista no dio. Los famosos aumentos de salarios, que efectivamente se dieron del 40 al 44, Batista lo repitió en el medio de la dictadura, señores.

O sea, Batista aumentó dos veces el salario mínimo en Cuba. Fue el único que lo hizo. La primera... (tres, me dice Tabares)… bien, dos veces del 40 al 44, efectivamente, y una tercera en el 58, cuando ya estaba al caerse el gobierno de Batista.

Fue el único que lo hizo. Eso no tuvo que ver realmente con la Constitución del 40, ni que los comunistas tuvieran la CTC en sus manos.

Los comunistas, por otra parte, al unirse con Batista y las fuerzas liberales de izquierda de los partidos Auténticos, Grau y todo el resto de esa enorme gama extraña que había, que fue desapareciendo, pienso que en el plano político le justificaron a Batista su razón de ser jurídico.

Batista era el poder, desde el 33 o desde el 34 hasta el 40; era el poder, de hecho, a través de títeres y de toda una serie de maniobras que lo agotaban. Y se creó una imagen populista que nunca realmente fructificó.

Pero al crearse la Constitución del 40 y los comunistas pactar con Batista, le justificaron jurídicamente su poder. Ya no tenía que hacerlo a través de títeres. Era legal, era el presidente constitucional.

Y segundo, definitivamente, la izquierda, incluidos los comunistas y el Directorio y el resto de las fuerzas (socialistas, socio-trotskistas, etcétera), le dieron la justificación a la derecha, de la contrarrevolución, definitivamente el poder. A partir de ahí, ya lo del gobierno de Grau que vino después, el populista Grau, el revolucionario Grau, etcétera, y el gobierno de Prío también, en definitiva bailaron con la música de la derecha, con la música de la contrarrevolución.

Por lo tanto, yo pienso –y es mi pregunta, para echarle sal a lo que ustedes me van a responder– que el balance de esto fue negativo para las fuerzas populares; el pueblo de Cuba no ganó nada con la Constitución del 40, era un papelito ahí. Perdió. Perdió porque se justificó al enemigo peor que tuvo realmente este pueblo, que fue Fulgencio Batista.

Se le justificó jurídicamente, se le justificó; inclusive se le dio una imagen populista increíble, a un individuo que desde que nació, nació traicionando a los obreros, a un individuo que fue un agente del imperialismo desde que salió, desde el 4 de septiembre un agente del imperialismo.

Con eso las fuerzas de izquierda, los comunistas y el resto, justificaron políticamente. Esa es mi pregunta, para los tres.

CARIDAD MASSÓN:[2] Mire, en muchos textos que generalmente todavía se usan, porque no hay otros o porque no se ha logrado cambiar –yo he trabajado mucho tiempo en educación–, bueno, pues se plantea que las fuerzas opositoras, generalmente esas que se dicen de izquierda, se catalogan como nacional-reformistas, como nacional-revolucionarias, como revolucionarias, como comunistas o marxistas, o sea, hay una clasificación un poco ambigua ahí y entonces más ambigua, cuando llegó esta etapa del 35 al 44, digamos. Entonces a mí me surge una gran duda y la quiero compartir con ustedes a ver si me ayudan a salir de ella.

Los comunistas, ¿en cuál estaban? ¿Eran nacionalreformistas? Ubíquense, no estoy hablando de los comunistas de la Revolución del 30, sino de los comunistas que están terminando la Revolución del 30, que la van a concluir con la Constitución. ¿Son nacionalreformistas? ¿Son nacional-revolucionarios? Son..., sí son marxistas, pero tengo una gran interrogante.

ELENA ALAVEZ:[3] Yo quisiera felicitar al doctor Ibarra –a usted no pude oírlo, llegué un poco más tarde– por su brillante conferencia, igual que a Tabares. Sin embargo, mi pregunta se dirige como siempre a Tabares, porque Fulgencio Batista y yo no vamos a ligar jamás.

Según decía Caridad Massón, no hay textos; sí hay textos, está una Historia de la Nación Cubana, que no fue escrita por ningún marxista. Pero son, creo, ocho o nueve tomos, diez tomos, muy interesantes, que yo recomiendo que se los lean.

Y mi pregunta es la siguiente hacia Tabares. Él habló de reuniones de Batista con distintos dirigentes de la coalición. Pero es que Batista, según nos narran esos libros que yo he mencionado, tiene reuniones con Grau San Martín en la Finca Párraga, donde se acuerda... ¡ah! bien, pero es que quisiera saber si es verdad o no, o si se ha llegado a otras investigaciones que nieguen esto que está afirmado en la Historia de la Nación Cubana, donde se acuerda el reclamo popular de Constituyente primero y elecciones después.

Esa reunión de la Finca Párraga, que tanto se ha manejado, yo creo que si estoy equivocada... la rectificas, Tabares.

Además te quiero preguntar, o decir, que Fulgencio Batista fue –y en eso estoy de acuerdo con Guillermo Jiménez, pero yo lo digo con palabras más crudas –el gran dictador de Cuba del 34 al 40. Con marionetas: Mendieta, José Miguel Gómez y Laredo Bru, que fue su gran conciliador, Miguel Mariano Gómez y Federico Ladero Bru, que fue su gran panacea, en el sentido de que fue el gran conciliador, pero nunca opuesto a Fulgencio Batista.

ORLANDO CRUZ:[4] Tabares, coincido contigo en la caracterización que hiciste de Batista, pero llegaste a una afirmación que no comparto. ¿Batista sin ideología política? Sí la tenía. Él dice que Batista la caracteriza, dice que no tiene ideología política y yo pienso que sí la tiene. Yo pienso que la tiene...

(Murmullos.) SERVANDO VALDÉS:[5] De alguna manera yo trabajaba la figura de Batista en las investigaciones que he hecho sobre el Ejército en la década del 30, y por tanto, quería hacerles algunos apuntes.

En primer lugar, yo pienso que Batista, la mentalidad de Batista, es reaccionaria desde la década del 30. Lo que Batista –como apuntaba Tabares– es una persona sumamente inteligente, que es capaz de ajustarse al contexto histórico nacional e internacional.

Porque en América Latina en este período, lo que prima son los proyectos reformistas, a los que apelan las burguesías nacionales en América Latina en varios países, en donde da resultado esto. Y Batista, como hombre inteligente que es, apela a su proyecto, elabora su propio proyecto, asesorado por un grupo de políticos que aquí se han mencionado.

Y ese proyecto le da resultado a Batista; es el único en todo el período republicano capaz de introducir un grupo de mejoras, dentro de las Fuerzas Armadas, que nadie logra hacer. Por eso se logra crear la base social de apoyo que logran en el Ejército.

Pero además de eso, logra llevar la educación a las zonas rurales, lo que no había logrado hacer nadie, o no se había propuesto nadie, hasta ese momento.

Pero no solo eso, el sistema rural cívico militar que elabora Batista, o que le elaboraron sus asesores, tiene una gran repercusión en América Latina. Yo conozco que a través de las embajadas, Batista tramita informaciones de cómo implementó esto, y esto sirvió de experiencia incluso en algunos países latinoamericanos. O por lo menos algunos gobiernos se interesaron por eso.

O sea, yo repito, considero que Batista tenía una mentalidad reaccionaria desde aquella época, pero fue un hombre muy inteligente y se supo ajustar muy bien a los momentos concretos de ese período, que no fue el mismo período de la década del 50, que es otra cosa.

Muchas gracias.

MODERADOR: Nos quedan veinte minutos. (…) JULIO FERNÁNDEZ BULTÉ:[6] Bueno, de esos veinte minutos yo pienso consumir seis o siete nada más, para dejarles a Tabares y a Ibarra otras respuestas. Yo quiero concentrarme en la pregunta que hizo el comandante Jiménez.

Jiménez, yo pienso, a la pregunta de si las izquierdas, las fuerzas populares, perdieron o ganaron en aquel momento, yo veo las cosas de este modo. Tácticamente ganaron, es decir, encontraron un espacio, encontraron un lugar donde se adquiriera resonancia continental, incluso mundial, diría, sobre las grandes aspiraciones populares.

Históricamente son derrotadas. Derrotadas en dos planos, Jiménez, en dos planos. En la frustración de los derechos que llegaron a plantear, porque la mayoría de esos derechos se hicieron depender de futuras leyes complementarias que nunca llegaron a dictarse, de modo que la Constitución quedó en papeles, y solo papel, o preceptos musicales, expresión utilizada por Juan Marinello, para mi sorpresa, aunque en un momento determinado Juan Marinello se la endilga a Ichaso... dice, bueno, como dice Ichaso, eran musicales verdaderamente.

Ese es uno de los planos de la derrota perspectiva.

Pero el otro plano de la derrota perspectiva es, porque el país desemboca en una institucionalización y en un sistema político democrático-burgués, que cierra la posibilidad de conquistas populares genuinas.

Ahora, fíjate, dos detallitos más y acabo rápido.

Uno, que esos derechos de la mayoría estuvieran constituidos antes y que no hubieran significado en que se constituyeran siquiera constitucionalmente, yo digo que no. Los constitucionalistas dicen en la Facultad, y estoy de acuerdo con ellos, que una de las primeras garantías que adquiere un derecho humano, es que esté recogido en la Constitución. Porque no es lo mismo un derecho recogido en un Código, recogido en una ley suelta que con el rango constitucional.

El hecho de que allí se recogieran, con rango constitucional, les posibilitaba una perspectiva, no solamente de visualización, sino hasta de posible garantía más fuerte.

Por ejemplo, me refiero al habeas corpus constitucional.

Era una victoria que estuviera ahí.

Pero ahora oye esto, y aquí termino ya. Yo creo que la gran importancia que tiene este proceso para las fuerzas democráticas es que reveló la incapacidad del sistema político democrático-burgués para canalizar la liberación del pueblo.

Cerró esa posibilidad y dejó claro, en ese fracaso que se desprende del 40 hasta el golpe de Estado del 52, que solo quedaba el camino insurreccional.

Y te digo una cosa, Jiménez, gracias a eso, hombres como tú, como Olivares, como los que estamos aquí, que tomamos las armas un día, las tomamos tranquilos de que no quedaba otro camino, porque si no, hubiéramos vuelto a caer en la musicalidad de ver si por vías democráticas salvábamos al país.

El 40 demostró hasta dónde se puede llegar en la institucionalización burguesa y hasta dónde solo con un régimen radical como el que implantamos el 1ro. de enero hay verdadera liberación nacional.

JORGE IBARRA:[7] Con respecto a cuál es el legado de la Constitución del 40, a mi modo de ver, definió muy bien un ideal, un paradigma, en el sentido de que las formas institucionales y políticas de la república debían estar asentadas en la democracia burguesa.

¿Hasta qué punto eso significó, representó un avance o no en ese momento? De momento significó la legitimación del régimen de Batista; de momento significó un acuerdo entre las fuerzas políticas que estaban en pugna.

Ahora bien, ese acuerdo, esas realizaciones que implicaba la Constitución en gran mayoría no se llevaron a cabo, no se llevaron a efecto.

Ahora, frente a lo que fue el golpe de Estado del 10 de marzo, la Constitución del 40 fue una bandera, es decir, fue lo que permitió la movilización de las capas más amplias de la población.

¿Por qué? Porque de un modo u otro, eso constituía para todos los cubanos algo que se levantaba contra la dictadura, algo que se levantaba contra el régimen existente.

De manera que yo sí pienso también que el momento, y años después, no significó nada, pero una vez que se da el golpe de Estado la Constitución fue la bandera que movilizó a la población contra la dictadura.

Con relación a la pregunta que me hicieron de si los comunistas habían ganado o no.

El trabajo mío está concebido en términos de qué representó la alianza de Batista con los comunistas, que trasciende a la Constitución porque significó también el ascenso de los comunistas al gobierno y significó también el control de la CTC por los comunistas, es decir, que estas también fueron ventajas que obtuvieron los comunistas en el momento. Ya después los comunistas fueron perdiendo terreno; fueron perdiendo terreno, porque estas conquistas tuvieron un carácter perecedero, o efímero, muchas de ellas.

Aunque debe decirse que, con relación a otros países de América Latina, donde no había habido las luchas sociales que había habido en Cuba, el nivel de vida de la clase obrera era más alto, resultado no solo del desarrollo de las fuerzas productivas en Cuba, sino también de que los comunistas habían conseguido un estatus mejor para los obreros en general.

De todos modos, la cuestión está en lo siguiente. La cuestión es si esto fue beneficioso a los comunistas o no. ¿Qué es lo que debe plantearse un partido que aspire a la revolución, a una revolución socialista? ¿Tener ventajas única y exclusivamente para la clase que dice representar? Son los problemas que tienen que ver directamente con la hegemonía.

Usted se plantea problemas de representación corporativa, de los intereses estrechos de una clase, o usted se plantea los problemas de toda una nación; esos son los problemas fundamentales.

Los otros problemas son problemas secundarios. Por ejemplo, la bandera, ¿qué significa la bandera? La bandera es el símbolo de todas las aspiraciones nacionales.

Usted no puede poner la bandera al mismo nivel que un trapo, como era la bandera del 4 de septiembre de Batista.

Y si usted no entiende eso, no entiende nada. Usted puede obtener ventajas en determinado sector que usted favorezca, en términos económicos, de la misma clase obrera, pero usted no puede ampliar su base pronunciándose en contra de los fundamentos de la mentalidad popular.

Así como usted maneja la bandera cubana, señor, si usted no entiende la bandera cubana, usted no sabe de lo que está hablando. Si se está llevando a cabo una revolución popular, que genera grandes beneficios populares, como el gobierno de Grau y Guiteras, que lo acusan de ser agente del imperialismo, señor, usted se está cerrando la posibilidad de tener la hegemonía popular. Sí.

Yo recuerdo al dirigente comunista uruguayo, Arizmendi, el primer día decía que había dos fases en los partidos comunistas; los partidos comunistas debían escribir, debían primero ascender, ascender, ganar prestigio, ganar fuerza, a partir de su consolidación, en su base.

Es decir, tenían una base. De ahí, luchar para obtener ventajas para la clase obrera, con independencia de todo, y ya después, después que se consolidara en la clase obrera, podía luchar por las demás clases. Lo que sucede es que cuando uno lucha exclusivamente por los intereses de una clase, se enfrenta en muchas ocasiones con los intereses de las otras clases. Ese es el problema.

Estas concepciones comunistas no lo podían llevar a ninguna parte, como no han llevado a los comunistas a ninguna parte en América Latina. Es decir, dejaron sí un legado; han dejado, han transmitido la ideología de Marx, la ideología revolucionaria, pero a la larga, históricamente, esos partidos han perdido su capacidad hegemónica, en el sentido de que no han representado a las capas más amplias de la población, a las capas más amplias del pueblo.

Esa es mi opinión sobre los problemas que se le plantearon al Partido Comunista en esos primeros años, y que no pudieron resolver.

Ahora, yo he estudiado los programas, la documentación, las orientaciones de los primeros dirigentes comunistas; de Mella, de Martínez Villena, y aquí estaba ya un programa de liberación nacional, un programa de liberación nacional que no fue el que llevó a cabo el Partido Comunista en los años 40 y 50.

Se dirá que, bueno, se hablaba mucho de un programa de liberación nacional, si siempre los comunistas han hablado de un programa de liberación nacional… Lo que sucede es que en la práctica, ese programa de liberación nacional, esa influencia sobre las capas más amplias de la población, no pudieron llevarla a cabo, no pudieron materializarla, no se pudo materializar eso, porque se mantuvieron repitiendo las consignas, la estrategia, las tácticas del Movimiento Comunista Internacional, cuando ese no era el camino.

De todos modos, como decía Pacheco, la historia es la suma de las supervivencias y de las continuidades. A los comunistas les tendremos que agradecer siempre su legado, es decir, lo que nos enseñaron, lo que nos transmitieron, la ideología de Marx, la ideología de Lenin, las obras suyas que difundieron, pero desde luego, la interpretación de estas obras tuvo que ser distinta a la de ellos, porque las condiciones eran distintas, y para movilizar a toda la población contra una dictadura, movilizar a toda una población contra el imperialismo norteamericano, no era posible con esas consignas de la Internacional Comunista, simple y sencillamente.

Y eso es lo que yo pienso. Gracias.

JOSÉ A. TABARES:[8] Yo pienso que la Constituyente de 1940 y la Constitución fueron pasos históricamente positivos, a corto plazo y a largo plazo también.

Pienso que la situación del pueblo de Cuba, su capacidad o su oportunidad de participación política, los avances de la sociedad civil, la posibilidad de ejercer, aunque fuera parcialmente, y en lo fundamental en las ciudades y no todo el país, determinados derechos sociales, la condena de la discriminación racial desde el punto de vista jurídico, etcétera...

La Constitución –progresista, adelantada, democrática– es una Constitución reformista y que la crisis estructural del sistema neocolonial no podía rebasarse con ningún tipo de fórmula reformista, estuviese esta recogida en la Constitución de 1940, o en cualquier otro cuerpo legal, político, etcétera.

En primer lugar, era una crisis estructural que, en mi opinión, demandaba la destrucción del sistema y la construcción de un orden social distinto.

Coincido con Jorge: la Constitución fue un vehículo de educación política del pueblo, que tenía la ventaja de no ser el programa de una determinada agrupación política, sino un programa nacional que se elaboró en nombre de la nación, y no una banderilla política determinada.

Nosotros aprendíamos en el Instituto de la Víbora. A mí, cuando estudiaba Cívica en el Instituto de la Víbora, no me decían: este es el programa del PRCA, este es el programa del Partido Socialista Popular o de tal o más cual; me decían: estos son los fundamentos de la nación cubana, programáticamente. Y creo que esa es otra virtud de la Constitución de 1940.

Sirvió de bandera. Los miembros de la generación nuestra que estamos aquí recordamos la jura de la Constitución del 40. Y recordamos también hasta qué medida, durante toda la dictadura, la Constitución fue una bandera de lucha y de movilización popular contra la dictadura.

Por otra parte, pienso sobre este tema, vinculado a la otra pregunta de la izquierda. Pienso que la actividad del Partido Comunista, Unión Revolucionaria Comunista, en la Constituyente de 1940, con independencia de discutir si fue o no oportuno el pacto con Batista, si había o no otra opción, para ese partido. Pienso que este problema no puede desvincularse de toda la línea posterior del partido.

Creo que ahora juzgar los efectos de la sociedad, jurídicamente regida por principios reformistas, organizada institucionalmente por principios reformistas democráticos...

para juzgar en esa sociedad y sus resultados y la acción de una izquierda determinada del Partido Comunista, hay que juzgar también la relación del Partido Comunista con el gobierno de Grau San Martín. Y el apoyo del Partido Comunista del 44 al 47 al gobierno de Grau San Martín.

Eso quiere decir que la Constituyente de 1940 y la Constitución abren un proceso. Y la misma política que va a seguir en la Constituyente ese partido, la va a seguir en el proceso de colaboración con Grau, en los intentos de pacto con la ortodoxia y en la política que va a seguir durante la década del 50.

Lo cual nos lleva a otra conclusión, o me lleva a mí a otra conclusión. Que es una cosa positiva de todo este proceso, desde el punto de vista de la izquierda, para que triunfara un movimiento revolucionario en Cuba. Para que surgiera, se articulara, movilizara pueblo y triunfara, era necesario que la izquierda ortodoxa, que orientaba su pensamiento sobre la base de interpretaciones del marxismo, fundamentalmente no elaboradas en Cuba, y que guiaba su conducta priorizando en buena medida, no totalmente desde luego, o adaptando a condiciones nacionales, políticas no generadas en Cuba, era necesario que esa izquierda se desgastara y mostrara su ineficacia frente al régimen neocolonial, para que una nueva izquierda pudiera ganar los espacios que la condujeron a la victoria.

Yo creo que Batista era un hombre sin ideología. Era un hombre sin ideología en el sentido de que era capaz de emplear cualquier ideología y cualquier política, siempre y cuando esa ideología y esa política él entendiese que le reportaban beneficios personales, en términos de dinero, poder y ascenso, promoción social.

En ese sentido digo que carecía de ideología, y les decía en el curso de mi intervención que fue abecedario, cuando creyó que era lo que le era útil. Después pactó con Grau y con el Directorio, cuando creyó que le era útil. Pactó con Caffery y con Mendieta, cuando creyó que le era útil. Después se vistió de reformista, cuando creyó que le era útil y después terminó apuñalando la misma Constitución del 40 de la cual él se jacta en su libro Sombras de América, publicado en 1946, de haber sido uno de los principales padrinos.

En ese sentido es que yo digo que Batista no tiene ideología. Batista no tiene los límites de una ideología.

Menocal tiene los límites de una ideología y maniobra en función de esa ideología. Miguel Mariano Gómez tiene una ideología y la raíz de su choque con Batista está en que Batista está defendiendo el estatismo, la intervención del Estado representado por el Ejército y por el Estado, dominado por él, en la actividad económica, en la actividad social.

Miguel Mariano es un hombre liberal, en el concepto clásico ideológico-teórico del liberalismo. Y son problemas de principios los que llevan a Miguel Mariano a una pelea con Batista, que sostiene aun sabiéndola perdida. Jamás Batista hubiera hecho semejante cosa. En ese sentido es que yo digo que el señor Batista no tenía ideología.

Yo llevo muchos años estudiando a Batista. Mientras más lo estudio –iba a decir una grosería, porque es lo único que lo puede definir; voy a simplificar la grosería–, mientras más lo estudio, más HP encuentro a Batista.

Yo tengo un gran problema; he terminado la primera versión de una biografía de Batista. ¿Y ustedes saben cuál es mi gran problema? Que yo no encuentro dónde decir algo positivo de Batista.

Es muy difícil lograr aquello que se nos pide a los historiadores: chico, no te vayas de un solo lado, haz un balance objetivo. Mientras más lo estudio… y realmente yo tengo esa preocupación a los efectos del lector.

Es muy difícil justificar en algo de trascendencia a Fulgencio Batista. Aun en aquello que parece, a primera vista, que tiene un efecto positivo.

El doctor Bulté cuando intervino habló de la entrevista de la Finca Párraga entre Grau y Batista, promovida por el presidente Federico Laredo Bru, y de la importancia que esa conferencia, o esa reunión, tuvo para asumir la línea, tanto por el gobierno como por la oposición, de Constituyente primero, elecciones después.

Yo decía al terminar la conferencia, hablando del saldo que este proceso da a Batista del 34 al 40, que le permitió dejar de gobernar a través de presidentes títeres que terminaron dándole dolores de cabeza.

Usó a Mendieta como títere y luego Mendieta lo involucra en una confrontación con Menocal, en la cual Batista maniobra y obliga a renunciar a Mendieta, porque considera que le es más útil, en ese momento, Menocal que Mendieta.

Después, Miguel Mariano le da el dolor de cabeza de oponerse al Plan Social del Ejército, porque la oposición a los nueve centavos es lo exterior, a lo que se está oponiendo Miguel Mariano Gómez es al Plan Social del Ejército, que implica una estatización, por una parte, y una ratificación del militarismo, por otra.

Entonces, ¡claro!, Batista quiere quitarse estos presidentes, que terminan dándole dolores de cabeza y que luego no le fue fácil maniobrar para quitarse a Mendieta, la bronca de Miguel Mariano fue gorda, no fue fácil, aunque leída en un libro de historia nos parezca muy sencilla.

Bueno, eso es lo que yo tenía que decir. (Aplausos.) MODERADOR: Bueno, creo que hemos disfrutado de un excelente panel, que ha hecho un arranque de oro, si se puede hablar de un arranque de oro, un picaporte de oro, de este encuentro.

SEGUNDO DÍA MODERADORA: Damos la palabra al compañero Orlando Cruz.

ORLANDO CRUZ: Sobre el debate que se produjo en el día de ayer, yo quisiera abordar una arista muy compleja del problema. Es acerca de las problemática del Movimiento Comunista Internacional y su influencia sobre el Partido Comunista de Cuba (PCC, fundado en 1925), desde los años de su surgimiento hasta la década del 40 del siglo pasado.

Considero que un estudio del movimiento comunista mundial serviría para delimitar con cierta claridad la actuación del PCC, su quehacer muchas veces derivado de las directrices e indicaciones del mismo y su relativa autonomía en otras ocasiones.

Al escribir la historia del movimiento comunista latinoamericano y cubano debemos analizar obligatoriamente la influencia real de la III Internacional o Internacional Comunista (IC o Comintern), fundada en 1919, sobre la mayoría de las soluciones teórico-prácticas que elaboraron y llevaron a vías de hecho los partidos comunistas de la región.

Pero tampoco se deben ignorar las diferencias existentes entre ambas historias que están dadas por: Primero, en las maneras independientes de interpretar y resolver cada partido las distintas situaciones histórico concretas de sus países.

Segundo, las formas en que aplicaron creadoramente o no el marxismo-leninismo y, por ende, lo enriquecieron, o simplemente repitieron sus fórmulas de manera mecánica obstaculizando su desarrollo teórico-práctico.

Otro hecho que se debe subrayar en este análisis diferenciado es que la colaboración teórico-práctica entre los comunistas latinoamericanos y la III Internacional se manifestó de diversos modos, con diferente intensidad en la propia región, subregión, cada país en particular y en los distintos momentos históricos.

Como el tema que nos reúne permite presentar antecedentes y consecuencias obligatorias, hago uso de esa prerrogativa para realizar algunas interpretaciones de carácter retrospectivo y otras posteriores con respecto a la aprobación de la Constitución de 1940.

Tengo la percepción certera de que se está hablando de cuatro momentos en la historia de la III Internacional Comunista y del propio movimiento en su conjunto.

Y aunque existen otros períodos, etapas y fases posteriores, solo me remito a estas que se enmarcan en el asunto que estamos analizando.

Un primer momento sería posterior al VI Congreso de la Comintern, celebrado en 1928, y la elaboración y difusión del Programa de la IC y de la conocida tesis de clase contra clase, línea que más allá de propugnar un sectarismo a ultranza provocó una equívoca prohibición en la política de alianzas y afectó la posibilidad de maniobras tácticas y compromisos de los comunistas con otras organizaciones y agrupaciones políticas democráticas, progresistas y revolucionarias, que incluían diferentes clases, grupos, sectores y estratos sociales.

Estos principios o directrices estaban bien delineados en la Primera Conferencia de los Partidos Comunistas de América Latina, efectuada en junio de 1929, en Buenos Aires, Argentina.

Un segundo momento, a mi entender, es el que comienza oficialmente luego de la celebración del VII Congreso de la III Internacional en 1935, pero que se viene gestando desde 1934, bajo la dirección de Jorge Dimitrov.

De este Congreso emanó la concepción de la recuperación del verdadero Frente Único Leninista y se orientó la organización de los novedosos Frentes Populares.

Ello posibilitó, al menos en teoría, abrir el diapasón de posibilidades del movimiento comunista para concertar alianzas, compromisos y pactos que lo condujeran a cooperar en la lucha contra el fascismo, según la zona geográfica del planeta. Y la idea que, en esa cooperación y alianza, las fuerzas marxistaleninistas y el movimiento obrero organizado, supuestamente dirigido por ellas, se pusieran a la cabeza de la lucha y la encaminaran hacia el triunfo del socialismo y la implantación de la dictadura del proletariado en estrecha alianza con los campesinos (gobierno obrero-campesino).

El tercer momento, que yo señalo, es el que está enmarcado luego de la terminación de la Segunda Guerra Mundial –la Internacional Comunista se disuelve en el 1943– con la consabida victoria del Ejército Rojo contra las hordas hitlerianas y el surgimiento del campo socialista este-europeo, aunque podríamos agregar también en esos años, como hecho significativo, el triunfo revolucionario y el surgimiento de la República Popular China, en 1949.

Inmediatamente, luego de la culminación de la contienda bélica, se inicia la guerra fría y la aplicación de la política de contención del comunismo por parte de las potencias occidentales capitalistas. Recordar el famoso discurso de W. Churchill y el artículo de Keenan o Mister X, a finales de la década del 40, donde se indicaba crear –y se creó– un cerco alrededor de la Unión Soviética y demás países socialistas, en que los Estados Unidos y demás países capitalistas debían resguardar sus «zonas de influencias» y defenderlas de la «amenaza comunista» (surgimiento de la OTAN). Respuesta similar pero con ánimos defensivos, asumió la URSS y el naciente campo socialista este-europeo (Pacto de Varsovia). Comenzó entonces la confrontación Este-Oeste o entre el socialismo y el capitalismo, que permeó todas las relaciones internacionales en los años subsiguientes.

Un cuarto momento en la historia del Movimiento Comunista, en mi criterio, sería el que se inició con la creación del Buró de Información o Cominform en el año 1947, con sede en Hungría, y el debate desastroso que se produjo durante los años 1948 y 1949 con la Liga de los Comunistas de los Yugoslavos que condujo a la expulsión de esta organización del seno del movimiento comunista internacional.

Sin embargo, hubo en los tres primeros momentos o etapas históricas señaladas anteriormente, elementos comunes –también presentes en la cuarta fase– en el movimiento comunista internacional, que no pueden escapar al historiador o al buen observador político.

Yo he tratado de resumir en el siguiente esquema estas ideas, que no están desarrolladas en toda su extensión en aras de consumir menos tiempo en mi intervención.

1. Después de la muerte de V. I. Lenin en 1924, la Comintern y sus diferentes órganos estuvieron bajo el control del Partido Comunista de la Unión Soviética, por lo que fue muy difusa y compleja la diferenciación para el Movimiento Comunista Internacional de cuando respaldaba un acto estatal y político de Moscú y cuando estimaba si debía adecuar o no esa política a los intereses nacionales o de una región en específico. O sea, existió una confusión evidente entre la política exterior del Estado soviético con la del Movimiento que la propia Unión Soviética y su Partido Comunista (PCUS) ayudó a concebir y propagar.

Un estudio de la actuación del Secretariado Latinoamericano creado en 1925, con sede en Moscú; la del Secretariado Sudamericano, fundado en ese propio año, en Buenos Aires, Argentina; y la del Buró del Caribe, radicado en Nueva York, surgido entre 1930 y 1931; así como de la actividad emanada de la 1ra., 2da. y 3ra.

Conferencias de los Partidos Comunistas Latinoamericanos celebradas entre 1929 y 1934, permite apreciar las grandes confusiones teóricas y prácticas que provenían del centro (Moscú) y de sus órganos regionales, y del esquematismo, dogmatismo y copismo enraizado en su funcionamiento.

2. La eliminación de matices en las valoraciones objetivas acerca de los grados de dependencia de cada país con respecto al imperialismo y, además, de su propio desarrollo socio histórico y de su estadio o nivel de desarrollo en el sistema capitalista mundial, etcétera.

En el caso latinoamericano, se enfatizaba por parte de la Comintern que todas las naciones formaban parte del sistema colonial y por tanto, no se hacían distinciones entre los grados de supeditación económica y política. En el trabajo de Carlos Rafael Rodríguez, citado ayer, sobre la cuestión nacional y colonial, este dirigente cubano, ya fallecido, plantea que no es hasta la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros de 1969 cuando América Latina se estudia como un ente aparte y se diferencia su desarrollo capitalista del existente en los países de África, de Asia y las otras regiones del planeta.

Lógicamente, los grados de dependencia eran diferentes.

El subcontinente latinoamericano, en su mayoría, ya se había liberado del colonialismo español y portugués, fundamentalmente desde 1825, y se habían constituido en Estados Naciones. Cuando más tarde se obtiene la independencia frustrante y limitada de Cuba en 1902, podemos comprender que América Latina tiene grados de dependencia disímiles, pero que estaban enmarcados en un sistema capitalista mundial con una dependencia neocolonial y de protectorado hacia el mismo, según los casos y momentos. Y aunque existían colonias en el Caribe y Centroamérica, como el caso de Puerto Rico, Jamaica y otros países, nosotros pensamos que en las décadas de los años 20, 30 y 40 no tenía por qué abordarse ni teórica ni prácticamente el problema de la opresión nacional de América Latina en su totalidad como parte del sistema colonial del imperialismo.

Si se analiza la ponencia realizada por el marxista peruano José Carlos Mariátegui y expuesta por un miembro de su delegación en la Primera Conferencia de los Partidos Comunistas de América Latina, y la comparamos con los estudios leninistas acerca del imperialismo (Tablas tipológicas), publicados posteriormente en sus Obras Completas (tomos 27 y 28), veremos los extraordinarios puntos de coincidencia entre ambos pensadores acerca del problema de los estados de dependencia de las naciones latinoamericanas.

Los estudios de la IC y sus órganos regionales conducían a lastrar los análisis histórico-concretos, sociológicos, ideológicos y políticos de la realidad de nuestra región o subcontinente, al identificarlas con las conclusiones generales a las que se arribó al estudiar los casos de los países asiáticos (China y la India), y los de las naciones como Indonesia y Egipto, que eran los modelos clásicos mostrados con mayor asiduidad desde los años 20 hasta 1940 por la Comintern.

3. Criterios impuestos y, por lo tanto, aceptados en mayor o menor grado, acerca de que en América Latina predominaban las relaciones feudales o semifeudales y que la lucha revolucionaria debía dirigirse hacia esos verdaderos rezagos precapitalistas y no contra el capitalismo real ya predominante e imperante en la región, y la expansión económica y financiera del imperialismo norteamericano que ganaba terreno en nuestra América en su competencia con los imperialismos inglés, portugués, alemán y otros del continente europeo.

Los análisis socioclasistas de la época señalan con regularidad esquemas importados de realidades de otras regiones que no se correspondían con la realidad latinoamericana y caribeña, y traían como consecuencia tácticas y estrategias de lucha completamente erradas.

Los estudios de Julio Antonio Mella, y especialmente del Amauta peruano José Carlos Mariátegui, acerca de la realidad urbana, rural y del indio en su país y en casi todo el continente, eran considerados pura herejía o cuando menos –o quizás más– tendencias nacionalistas, populistas y otras, contrarias al espíritu marxistaleninista de la época.

4. Subordinación de las singularidades y de los intereses particulares a los generales, lo que se reflejaba en la supeditación y subestimación del problema nacional con respecto a la concepción y aplicación del internacionalismo proletario. El desvío en ese sentido omitió, parcial o totalmente, las verdaderas tareas nacionales y patrióticas de los comunistas que, en muchas ocasiones, no podían explicar o justificar en el seno de sus sociedades sus virajes tácticos y estratégicos en aras de la lucha revolucionaria mundial.

5. La subvaloración de la lucha por la democracia.

6. Las ideas predominantes en el Movimiento Comunista Internacional estaban signalizadas por el dogmatismo y esquematismo presentes en la propia elaboración y desarrollo de la teoría marxista-leninista soviética que, además, fue sesgada, estancada y en muchos casos atrofiada (salvo los casos de G. Luckacs, K. Korch, Ho Chi Minh en los congresos de la IC, entre otros) y que produjeron análisis reduccionistas, mecánicos y no dinámicos acerca de la realidad socio-histórica en que actuaban los destacamentos comunistas. Un ejemplo de ese reduccionismo fatal fue el esquema obrerista presente en esos años sobre quiénes debían encabezar el movimiento comunista y revolucionario, por orden y mandato, y no a través de un estudio real de la existencia y maduración del proletariado y el movimiento obrero en el seno de las sociedades en específico.

7. La repercusión de las luchas internas en la URSS, en el Partido Comunista de la Unión Soviética y en el Movimiento Comunista en su conjunto y la extrapolación de esas contradicciones hacia todo el movimiento revolucionario en el planeta.

Me refiero, desde las luchas contra el oportunismo de derecha y de izquierda, el revisionismo de ambas tendencias, el trotskismo, hasta otras elaboraciones y prácticas manifestadas como el reformismo, la socialdemocracia, el nacional reformismo, el populismo, entre otras.

También los procesos internos en la URSS contra figuras y personalidades como L. Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Kírov, Radéc, N. Bujarin, etc., produjeron intensa conmoción internacional y se trasladaron hacia el seno de otros partidos comunistas.

8. Por último, la imposición de la línea soviética y de la Internacional Comunista a todo el movimiento fue de tal magnitud que condujo a la violación de los principios de la colaboración y el internacionalismo proletario.

Bajo la consideración de que la IC era el Partido Comunista Mundial –así se denominó en su Programa y Estatutos de 1928– se aplicaron medidas disciplinarias severas contra partidos y personalidades en diferentes regiones y situaciones, si los órganos de la Comintern concluían que estos actuaban e iban en camino contrario y/o hasta paralelo a sus líneas.

Existen algunos estudios ya sobre esta historia nada positiva, como lo sucedido en los casos polaco y lituano, entre otros, en donde hubo sentencias de prisión y fusilamientos individuales y colectivos innecesarios e injustos.

Las sanciones contra los secretarios del Partido Comunista de México, Hernán Laborde y Valentín Campa, que cumplían orientaciones del Buró del Caribe de la IC, y luego desautorizados y sancionados por el mismo órgano continental, son ejemplos que podrían mencionarse en nuestra región.

Por ahora solo quiero señalar estas problemáticas.

En el caso cubano, la tarea de los comunistas no fue menos difícil que la de otros destacamentos en Latinoamérica y en el orbe. Pero si bien es cierto que hubo copismo y seguidismo, también hay que señalar que existieron esfuerzos por llevar adelante una línea autónoma.

Yo me voy a referir a cuatro ejemplos, que para mí son suficientes en esta breve intervención.

En el Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba de diciembre de 1933, cuando se enjuicia a Rubén Martínez Villena por los denominados «errores de agosto» de ese propio año, estando presentes los representantes del Secretariado Latinoamericano y del Buró del Caribe, nuestro Rubén, en un acto único de independencia y dignidad plena, repuso ante los adjetivos acusatorios de reformista, oportunista y revisionista que se le imputaban en dicha reunión, y cito textualmente: “No todo se puede dirigir desde Moscú.” Como segundo ejemplo, en los años 1934 y 1935, el Partido Comunista de Cuba, por iniciativa propia, establece contactos de segundo nivel, o sea con segundas figuras, con la organización Joven Cuba, dirigida por Antonio Guiteras, con vistas a una alianza o pacto revolucionario.

Sin embargo, el Buró del Caribe reprendió en 1934 a los comunistas por estar realizando conversaciones con fuerzas «izquierdistas» diversionistas y les prohibió tales prácticas.

Hay que recordar que, como consecuencia de la línea de clase contra clase, las organizaciones de izquierda eran consideradas enemigas o más enemigas para los comunistas que los partidos y organizaciones de derecha de la propia burguesía. En ese mismo año 1934, antes y después de la III Conferencia de los comunistas latinoamericanos en Montevideo, Uruguay, el PCC había criticado las prohibiciones del Buró del Caribe hacia ellos en el sentido de que establecieran contactos con otras fuerzas revolucionarias y patrióticas. Esta respuesta existe en las actas e informes enviados a Moscú y al Buró del Caribe.

En el año 1935, al aprobarse la línea de concertación de Frentes Amplios y Populares, por la acción de Dimitrov en el VII Congreso de la IC, el Partido Comunista retoma estas conversaciones con las fuerzas de Guiteras y reafirma sus críticas al Buró del Caribe por no haber tenido y no tener una visión correcta de los asuntos internos cubanos.

Otro ejemplo que quiero citar es la actitud del Partido Comunista cubano en 1938, cuando estaba en plena etapa definitoria la Guerra Civil Española, que no sé por qué nadie ayer se refirió a ella, siendo para mi entender un acontecimiento importantísimo para comprender toda esta etapa mundial, regional y nacional y me alegro que haya sido rescatado hoy. Quiero destacar la presencia de más de mil cubanos en las Brigadas Internacionales –movilizados más que todo por los comunistas– y de nuestro Pablo de la Torriente Brau que en su carta de despedida a Raúl Roa dice (parafraseándolo): “...me despido de Cuba porque allá –en España– tengo más posibilidades de luchar por algo en concreto”, ya que en la Isla él sentía que estaba liquidado el esfuerzo de unidad de las fuerzas de izquierda para llevar a cabo una revolución, mucho más después del asesinato de Antonio Guiteras en El Morrillo, el 8 de mayo de 1935.

En este año 1938, el Partido Comunista de Cuba solicitó, a través de la Internacional Comunista, que se hacía necesaria la intervención directa del Ejército Rojo en el conflicto español, pues señalaba que allí se decidía la batalla entre la revolución y la contrarrevolución, entre el fascismo y la democracia y, más aún, entre el capitalismo y el socialismo.

La III Internacional contestó que esta petición y posición crítica debía ser retirada, de lo contrario el PCC estaría a expensas de posibles sanciones puesto que esta postura no se correspondía con sus lineamientos y mucho menos podía exigírsele a la URSS y el PCUS que intervinieran de esa manera.

El partido cubano no respondió, o no encontramos la respuesta en los archivos rusos y de la IC. Pero está la constancia de una apreciación marxista-leninista cubana –amén de que fuera acertada o no– de un conflicto europeo en el cual los cubanos habían aportado el mayor por ciento per cápita de combatientes del hemisferio occidental.

En el caso que nos ocupa, en el contexto de la preparación de la Constituyente del año 1940, se hace significativo el contenido de las Tesis del VI Pleno del Partido Comunista de Cuba, celebrado en octubre de 1935, en que el análisis del posible frente popular iba mucho más allá de las directrices elaboradas por el VII Congreso de la IC. O sea, hay también otro movimiento de autonomía e independencia.

La inclusión en el bloque amplio popular de sectores de burgueses latifundistas y de algunos industriales nacionales fue una decisión de los comunistas cubanos.

Yo me he leído los documentos de la Internacional Comunista y en ningún momento hablan de que los grandes explotadores deben ser incluidos; sin embargo, aquí en Cuba, el partido tomó la decisión de que algunos sectores de esos grandes explotadores podrían estar en el Frente Popular o Amplio.

Para concluir, expresaré algunas ideas acerca de la Constitución de 1940, menos elaboradas pero igualmente necesarias.

No se trataba para el Partido Comunista, o como se llamaba en esos tiempos, Partido Unión Revolucionaria Comunista, solamente de firmar un pacto o una alianza con una persona, que en este caso fue Fulgencio Batista, sino que era una acción, como se explicó, para incluirse e influir en el polémico panorama político cubano, dentro del marco político y jurídico institucional abierto en parte por la lucha mancomunada de los comunistas y otros grupos revolucionarios.

Aquí se habló inclusive de que el partido trató de aliarse primero con las fuerzas auténticas de Ramón Grau San Martín, pero es que Grau tuvo una posición tan anticomunista que cerró las puertas a una posible alianza.

El grave error del Partido Comunista cubano fue, a mi parecer –esto es personal, bueno todo lo que he dicho es personal, salvo los documentos históricos que están aquí en Cuba y que en parte ayudé a traer desde los archivos rusos entre 1995 y 1996– el grave error repito, a mi parecer fue que, aunque se conocía muy bien a Batista y sus actos sangrientos, la alianza se salió de sus límites y se confundió la táctica con la estrategia final. Y considero que se subestimó al personaje, que si bien bonapartista o Fouché tropical, era un hombre con una ideología burguesa reaccionaria, conservadora además de oportunista, como se ha mencionado aquí.

Y esa habilidad política de Batista, y no solo de Batista, porque tal parece que todo está concentrado en esa figura, sino presente en algunos sectores burgueses y sus organizaciones, hizo que los comunistas, aunque criticaron desde adentro al gobierno de Batista, se pusieron a la zaga de la historia y del movimiento revolucionario sin apreciarlo de esa forma, y no a la cabeza de las luchas contra el imperialismo y la burguesía nacional, con todas las implicaciones y consecuencias posteriores.

Sus relaciones públicas con Batista tan cercanas durante los dos primeros años –1940 y 1942– perjudicó su imagen política ante el pueblo, además de que, al entrar en la contienda electoral, tuvieron que poner al descubierto a muchos de sus hombres, incluidos, nombres y direcciones de los militantes y simpatizantes de la causa comunista.

Y cuando se produjo el retorno a la reacción con la ya mencionada política anticomunista de la guerra fría, el PCC perdió espacios en la vida política del país, sufrió otra vez de la persecución y el asesinato de sus principales dirigentes y compañeros de base y mermó considerablemente el apoyo que había tenido en el seno de los sectores populares.

De igual manera, permitiéndome ir hacia atrás, cuando se produce el debate parlamentario entre los comunistas y Eduardo Chibás, entre otros, sobre la realidad del pacto soviético-alemán de 1939, y se discute fuertemente sobre el territorio polaco y finlandés ocupado y anexado por las tropas soviéticas, los marxista-leninistas cubanos intentan justificar esas acciones con los propios argumentos que el PCUS y la URSS habían elaborado, y que eran insostenibles porque constituían, en el primer caso, un acuerdo casi inverosímil entre dos países y sistemas totalmente antagónicos y, en el segundo caso, una violación flagrante del derecho y las relaciones internacionales que no debían haber sido transgredidas por el primer Estado socialista del mundo.

Dos ideas más en estas rápidas notas.

Me faltaría señalar que el Partido Comunista de Cuba se vio envuelto, como todo el Movimiento Comunista Internacional, en las contradictorias informaciones que brindaba la IC y el PCUS acerca de la realidad interna en la URSS –recordar el marco histórico–, lo que permitía concebir la confianza ilimitada con que los comunistas cubanos creían en las «conspiraciones contra J. Stalin» y las «honestas sanciones» (purgas) ocurridas en los años 30 en la URSS. Hablo de juicios a mariscales, generales y cerca de 40 mil cuadros de alto y mediano rango del Ejército Rojo, Ministerio del Interior, sentenciados a muerte o llevados a prisión, y además, de las separaciones y expulsiones constantes en el seno del Comité Central y el Buró Político del PCUS.

Cuando menciono todo esto, hay que ubicarse en ese contexto histórico y por qué el Partido Comunista cubano, como todos los demás, se convencieron de las informaciones y la limpieza del modelo socialista soviético estalinista. No había otra opción porque la alternativa era ponerse contra la URSS y a favor del capitalismo y el imperialismo mundial y crear además nuevas divisiones y escisiones internas en el movimiento comunista.

Finalmente debo recordar que el secretario del Partido Comunista de Estados Unidos, a finales de los años 30 y hasta su expulsión en el año 47, era E. Browder, quien además fungió como vicepresidente de la Internacional Comunista, y me imagino que tendría además una responsabilidad en el Secretariado Latinoamericano y, más seguro, en el Buró del Caribe.

Ya desde 1942 Browder, en su famoso libro, por cierto escrito estando en prisión, comenzó a propagar su labor revisionista al exponer sus tesis sobre el colaboracionismo de clase y la conciliación entre capitalismo y socialismo. Y no fue hasta abril de 1945 cuando el dirigente del Partido Comunista francés Jacques Duelos lo desenmascara públicamente y se comienza una lucha sin cuartel contra otra corriente más: el browderismo, en el movimiento comunista internacional.

Y la influencia del browderismo también desempeñó un papel funesto –aunque por poco tiempo– en la política interna del Partido Comunista cubano en esos años.

Colegas: En esta tormenta ideopolítica internacional del Movimiento Comunista y de la situación en las relaciones mundiales y regionales, se desenvolvió el Partido Comunista de Cuba con un déficit teórico enorme, sin conocer cabalmente y en profundidad la sociedad cubana de entonces y acabando de transitar por su primera «prueba de fuego» o revolución práctica real en la denominada Revolución del 33 (1930-1935).

De este Partido Comunista surgido en 1925, destruido en la práctica en ese mismo año por la represión machadista (Gerardo Machado 1925-1933), en el que desaparecen sus principales dirigentes –Julio Antonio Mella asesinado en 1929 en México, Carlos Baliño muerto en 1926, enfermo y perseguido y muchos comunistas viviendo en el exilio–; de este partido que se recupera en 1929 gracias fundamentalmente a Rubén Martínez Villena, que ingresó en él en 1927 y que fue cooptado para su Comité Central en 1928; de este partido que propicia o apoya el auge del movimiento huelguístico y revolucionario en el sector estudiantil y obrero y que solo está en la legalidad a partir de 1938, no se podía esperar mucho más.

Tampoco de las otras agrupaciones revolucionarias de izquierda que, junto a los comunistas, aportaron un martirologio elevado y fundamental en las luchas revolucionarias en toda esta etapa podemos exigir que en aquellas condiciones condujeran al movimiento revolucionario a su triunfo, a pesar de que estuvieron siempre en el vórtice del enfrentamiento contra el imperialismo norteamericano y las luchas contra la oligarquía burgués-terrateniente dominante en el país.

El problema radica en ser objetivos y justos. El problema no es pedirle peras al olmo, porque se parte de un presupuesto falso. El olmo nunca ha dado peras.

Notas



[1] Historiador. Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.

[2] Panelista.

[3] Panelista.

[4] Historiador. Investigador, Instituto de Historia de Cuba. En la actualidad, Instituto de Filosofía.

[5] Panelista.

[6] Conferencista.

[7] Conferencista.

[8] Panelista.

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