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octubre 2010 - marzo 2011
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El Instituto Nacional de Cultura, organismo estatal para la cultura cubana. (1955-1959) 
Jorgelina Guzmán Moré

Ser o no ser. Políticas culturales en Cuba.

Existe un criterio profundamente arraigado y bastante difundido acerca de que antes de 1959 en Cuba no existía política cultural. No lo comparto.

El término política cultural constituye todavía un amplio campo de estudio que está en plena construcción, al igual que muchas prácticas de estudios que le tributan. El importante intelectual argentino radicado en México, Néstor García Canclini, Premio Casa de las Américas con la obra Las culturas populares en Latinoamérica,[1] aportó en 1987 una importante definición del término política cultural cuando asumió al mismo como “el conjunto de interacciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los diversos grupos comunitarios organizados con el fin de ordenar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o cambio social”.

Esta definición de García Canclini no es la única, hay muchas más, pero es un fundamento teórico muy importante que comparto porque precisamente considero a las políticas culturales como un conjunto de principios teóricos y práctico-operativos que son establecidos por múltiples actores culturales. Por eso puedo afirmar que en el término general Política Cultural Cubana, implícitamente hay contenida una gran variedad de políticas culturales que se han manifestado y manifiestan de un modo u otro en nuestra sociedad.

El término referido es sólo un instrumento, un resultado de la abstracción del pensamiento, que parte de la existencia de objetos concretos, en este caso son los programas o las políticas culturales que trazan, diseñan y ejecutan:

1.- Personalidades o grupos de individuos;

2.- Disímiles organizaciones sociales: femeninas, étnicas, obreras, estudiantiles, religiosas, políticas, etc.

3.- O concretamente, diferentes instituciones del Estado.

Esto significa que si hacemos un Viaje a la semilla desde 1959 hasta la colonia, o tan sólo hasta 1800, encontraremos infinidad de personalidades, instituciones y organizaciones que laboraron arduamente con el fin de propiciar el impulso de alguna manifestación cultural, bien en la esfera artística, la científica o la instrucción, cierto, no de todo el país, pero sí de alguna localidad, un barrio o en particular de un sector de la sociedad. Tanto es así que aún tenemos entre nosotros a la Sociedad Económica Amigos del País creada en 1793.

En Cuba, la iniciativa privada ha dado muestras elocuentes de su activismo a lo largo de toda nuestra existencia. Menciono una pequeñísima muestra, tomando sólo algunos años de la primera mitad del pasado siglo XX: El Círculo de Bellas Artes de La Habana(1903); la Sociedad de Conciertos Populares(1904) fundada por Agustín Martín, Joaquín Medina, Juan Torroella y Anselmo López; La Sociedad Pro Teatro Cubano, que surgió en 1905 y existió hasta 1920 bajo la tutela de Salvador Salazar y la colaboración de José Antonio Ramos que murió luchando por la creación de un Teatro Nacional con auspicio estatal; el Ateneo de La Habana; la Sociedad Pro Arte Musical(1918), fundada por la viuda del ingeniero Eduardo Antonio Giberga, María Teresa García Montes; el Club Cubano de Bellas Artes(1927); la Sociedad Hispano Cubana de Cultura, fundada en ese mismo año por Fernando Ortíz; el Lyceum Lawn Tennis Club, fundado por Berta Arocena y Reneé Méndez Capote; la Sociedad de Artes y Letras Cubanas; la Sociedad de Conferencias de La Habana, creada por iniciativa de Max Enríquez Ureña y Jesús Castellanos; el Instituto Nacional de Música, fundado por José Ardévol, Harold Gramatges, Rodrigo Prats, Félix Guerrero y Enrique González Mántici; et al.

Otro grupo significativo de instituciones nacieron bajo el influjo de importantes organizaciones, sólo mencionaré la Dirección de Cultura de la FEU en la UH y toda la labor desarrollada por el PSP, sin que fueran estas las únicas, obviamente.

El Estado es, en mi opinión, la institución idónea para integrar todos los esfuerzos aislados, que realizan la iniciativa privada y las organizaciones o asociaciones en la esfera de la cultura, por sus posibilidades legislativas, económicas, jurídicas, financieras, entre otras. Pero integrar esos esfuerzos tomando como eje cardinal que integrar no es excluir, imperiosamente. De hecho, es en la necesaria articulación o integración de las diversas estrategias culturales existentes y actuantes donde el Estado puede hacer sentir con fuerza todas sus capacidades.

Desde el establecimiento de la República de Cuba en su estructura se constituyó la Secretaría de Instrucción Pública.[2] Hacia 1909 esta carpeta se denominó Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, un año después, independiente de ella, el 31 de octubre de 1910 surgiría, la Academia Nacional de Artes y Letras, ese mismo año se fundó la Academia de la Historia. Por supuesto, en aquel tiempo no existía aún una política cultural estatal coherente, que abarcara más allá de lo educacional, debidamente formulada e implementada por el aún muy joven Estado cubano.

En 1934, durante el gobierno de Carlos Mendieta, el Estado sustituyó notablemente el mecenazgo privado en ese campo, cuando comenzaron a desarrollarse acciones gubernamentales de mayor envergadura para la esfera de la cultura. El 8 de junio fue creada la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación. La creación de esta institución fue compulsada por iniciativa de Jorge Mañach, entonces Secretario de Educación. Para dirigirla designó al destacado intelectual José María Chacón y Calvo, quien realizó una meritoria gestión con un pésimo presupuesto.

La Constitución de 1940, en su Artículo 59, creó el Consejo Nacional de Educación y Cultura, este órgano debía fomentar, orientar técnicamente e inspeccionar las actividades educativas, científicas y artísticas del país.

El 27 de julio de 1955 fue inaugurado el Instituto Nacional de Cultura, creado con el Decreto presidencial No. 2057, como “el organismo especializado y técnico del estado por medio del cual el Ministerio de Educación llevaría a cabo su actividad cultural”.[3]

Al reconstruirse la Historia de la Política Cultural Cubana en los períodos mencionados, se incorpora toda la riqueza, la variedad de ideas, la experiencia teórica, práctica, ejecutiva, las concepciones en torno a la labor cultural, que aportaron en su momento histórico, esos diferentes actores culturales, integrantes todos del tejido político -cultural del país.

Estudiar críticamente los procesos que tuvieron lugar en la conformación y ejecución de esa política en los diferentes períodos de nuestra Historia, puede coadyuvar a una mejor comprensión de la función social que ha desempeñado la cultura en nuestro país, ese conocimiento histórico puede contribuir a anticipar una proyección del comportamiento futuro de los procesos o fenómenos culturales convertidos en objeto de análisis histórico. Esta tarea aportaría además la información necesaria para la consolidación resistente de la identidad nacional, reconociendo que ésta no es dada de una vez y para siempre, sino que está viva y por tanto se transforma.

Todo lo anterior significa que es una prioridad impostergable sustraer del anonimato, rescatar la memoria histórica de estos antecedentes, ellos forman parte de nuestro patrimonio cultural en ese ámbito concreto, algunos, incluso hoy, tienen mucho que decirnos sobre el tema.

A propósito del rescate de los antecedentes es oportuno citar al inolvidable Raúl Roa, en el discurso que pronunció durante la toma del cargo de Director de Cultura en junio de 1949 cuando nos legaba una importante exégesis de los conceptos cultura y política cultural:

La cultura es un proceso de elaboración colectiva que viene dado históricamente. De lo que se trata es de poner a quienes la conservan, trasmiten o generan en sus plurales formas de expresión, en condiciones de fecundarla, enriquecerla e impulsarla con ritmo sostenido y hacia horizontes en perenne renuevo. [4]

El Instituto Nacional de Cultura

Con el propósito de legitimar su gobierno Fulgencio Batista encaminó un amplio programa, el cual se expresó en el campo de la cultura por medio del Instituto Nacional de Cultura -INC-. Desde comienzos de 1955 Batista empezó su labor para impulsar su creación, el 27 de febrero, durante una reunión que sostuvo con el escritor Guillermo de Zéndegui y el dramaturgo y periodista Rafael Suárez Solís expresó que, para estar en correspondencia con su historia e ilustración, a Cuba le faltaban cosas para completar un programa político de cultura. Para alcanzarlos una de las vías a seguir era impulsar el proyecto de transformación de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación en un Instituto,[5] el cual debía atender incluso diversas fases de la investigación artística y literaria.

Esa entidad funcionaría por medio de secciones o patronatos autónomos, esto significa que había surgido el propósito de reubicar la rectoría de la actividad cultural fuera del estrecho marco burocrático en que se estaba desenvolviendo. Sin dudas fue una clara señal de que posiblemente se iba comprendiendo que la gestión del estado en la esfera no podía seguir el camino trillado del régimen administrativo que requieren otras actividades.

Batista además expresó que “(…) la cultura no se hace oficialmente. Es el resultado de un debate sin fin entre criterios distintos, a veces contrarios, a veces similares”.[6] En la mencionada reunión se denominó inadecuado y hasta pretencioso el nombre del organismo que hasta entonces había tenido el ministerio para su labor cultural: Dirección de Cultura, puesto que la actividad intelectual de la nación se puede asistir o propiciar pero nunca dirigir.

El Instituto que se crearía debía convertirse en un intento serio de política cultural en el país, contaría con un objetivo de interés público y con un plan de acción científico. Con ese propósito le fue creado un espacio en la Ley de Presupuesto de la Nación para el año fiscal de 1955 a 1956. Un Proyecto de Resolución emitido por el ministro de educación Aurelio Fernández Concheso reflejó, consignada en forma global, la cantidad de 159 mil pesos[7] para todas las actividades de publicaciones, colaboraciones, concursos, representaciones, producciones fílmicas, exposiciones, conciertos adquisiciones, premios, menciones y otros fines de divulgación que tendría el INC.[8]

El 1 de julio se elaboró una versión del reglamento del INC que firmaron F. Batista, el primer ministro Jorge García Montes y el ministro de educación Aurelio Fernández Concheso. El día 5 de julio la Resolución Ministerial no. 13166 asignó al INC 159 200 pesos para aplicarlos conforme a las disposiciones establecidas. El INC debía rendir cuentas mensualmente a la Dirección General de Contaduría y Presupuestos del Ministerio de Educación. Guillermo de Zéndegui[9] fue designado, por el Presidente de la República, Director General de la institución. Ostentaba la representación de ésta ante el Ministerio de Educación. También fue designada por Batista, a propuesta del Ministerio, la Junta de Asesores, que estuvo integrada por Zéndegui, el escultor Juan José Sucre, el ingeniero y poeta Gastón Baquero, el dramaturgo Rafael Suárez Solís, Mario Sánchez Roig, Francisco Ichaso, Lydia Cabrera, Mario Carreño, Francisco Pérez de la Riva, Arturo Alfonso Roselló Aurelio de la Vega y René Herrera Fritot.

Así, el INC fue creado por la Ley de Presupuestos de la Nación con el Decreto presidencial No. 2057, el lunes 18 de julio de 1955 e inaugurado el 27 de julio como “el organismo especializado y técnico del estado por medio del cual el Ministerio de Educación llevaría a cabo su actividad cultural”.

El objetivo del INC fue propiciar y estimular la producción intelectual y además divulgar valores espirituales y artísticos en todo el país y en el exterior, ya fuera por medios propios o con la ayuda de otros organismos y, coadyuvando gestiones culturales oficiales o privadas.

Como el INC quedó instalado en el Palacio de Bellas Artes, con la autorización de Octavio Montoro -presidente del Patronato de Bellas Artes y Museos -, éste se convirtió en un activo centro cultural con un amplio y variado programa. Unir espacialmente en Bellas Artes al Museo Nacional y al INC fue un acto que complementó la labor desplegada por el gobierno de Batista en la Biblioteca, el Teatro y el Archivo Nacional.

La política cultural del Instituto incluyó exposiciones; seminarios; coloquios; conferencias; diferentes cursos que muchas veces organizaba su Centro de Altos Estudios, como los cursos de arte, de literatura, estética, filosofía, oceanografía, hasta cursos de Física Nuclear Teórica.

El INC estimuló la formación de los grupos filiales de otras provincias llamados Amigos de la Cultura. Dichos grupos llegaron incluso a reunirse en un congreso, que transcurrió del 17 al 18 de marzo de 1956, con delegados de varias ciudades del país, entre ellas Pinar del Río, Matanzas, Cárdenas, Santa Clara, Cienfuegos, Trinidad, Camagüey y Santiago de Cuba. Los equipos que surgieron estaban dotados de autonomía y los integraban representaciones de instituciones culturales locales.

Al mismo tiempo el INC organizó en el Palacio de Bellas Artes un Campeonato Nacional de Ajedrez; representaciones teatrales y recitales de música de concierto con la Orquesta de Cámara que formó. También activó una Sala Permanente de Artes Plásticas Cubanas con obras de los Salones Anuales celebrados desde 1935 hasta 1956; fundó la Primera Biblioteca especializada en artes del país; estableció el 7 de octubre como el Día del artista plástico.

Asimismo el INC tuvo a bien reanudar las Ferias del Libro Cubano; continuó organizando los Salones de Humoristas; promovió el Premio Juan Gualberto Gómez que auspiciaba la Asociación de Reporteros de La Habana y el Premio Dr. Raimundo Cabrera. De igual forma asumió un amplio programa de actividades de la Cinemateca de Cuba con proyecciones de filmes y charlas; realizó el Primer Festival de Arte -del 15 al 23 de diciembre de 1955-; llevó a cabo homenajes a personalidades de la cultura cubana y de la cultura universal; creó concursos como el Primer Concurso de Obras Cubanas para el Guiñol y promovió la participación de artistas cubanos en concursos y eventos internacionales -como el Internacional de Piano, Brasil 1957, el II Festival de Música Latinoamericana en Venezuela, etc.-. Además inauguró las oficinas de la Propiedad Intelectual.

Un importante momento de su gestión fue cuando el Instituto colaboró en la organización del Simposio Sobre Recursos Naturales de Cuba, celebrado el 3 de febrero de 1958.

En la sede del Instituto se estableció la Comisión Nacional para la Preservación de Monumentos Históricos y Artísticos. De igual forma la institución cooperó en la organización del Primer Forum Nacional Sobre el Uso Pacífico de la Energía Nuclear -realizado por la Comisión de Energía Nuclear de Cuba que presidía Gustavo Gutiérrez-; reanudó la publicación de la Revista Cubana, interrumpida desde 1952, así como la Serie Grandes Periodistas Cubanos y otras obras de difusión cultural; a la vez que estableció relaciones de colaboración con personalidades e instituciones culturales de otros países.

Al estudiar el Boletín Informativo del INC, su Revista y los diversos folletos que editó se percibe toda esta gran variedad de actividades en favor de la cultura. Pero realmente no se realizó desde esta institución estatal, no fue su propósito obviamente, una labor cultural para el pueblo todo, para toda la nación. La política cultural del INC no incluyó la participación de amplios sectores sociales en su creación y aplicación. Tampoco hubo un trabajo dirigido a las raíces de nuestra Cultura Nacional, esencialmente popular. No obstante, la institución constituyó toda una novedad en América. La Dra. Luz Merino Acosta afirma que el propio Guillermo de Zéndegui le expresó en una entrevista que la forma que adoptó esa entidad, en cuanto a su estructura y funcionamiento, era una idea que vino de Alemania.[10]

La otra cara

El Instituto contó con un alto presupuesto y con el concurso de algunos intelectuales. Al mismo tiempo una parte importante de la intelectualidad cubana públicamente expresó su descontento y desconfianza hacia la institución y rehusó brindarle su colaboración.

Según palabras de la escritora Mirta Aguirre éste se creó cuando el gobierno estimó útil la presencia de un vehículo aparentemente neutral que emprendiera por los caminos de una aún más aparente cultura, una apertura de brechas de acercamiento entre el régimen del 10 de marzo y determinados grupos y personalidades.[11]

La revista Nuestro Tiempo publicó certeros artículos criticando las posiciones del Instituto, el cual emprendió una labor de zapa contra la sociedad que la originó.

En el editorial “Diálogo, promesas e Instituto”, de mayo de 1955, Nuestro Tiempo denunció el secuestro de bibliotecas y la recogida de ediciones enteras de libros, así como el hecho de que “cualquier juicio crítico sobre el devenir histórico de Cuba o cualquier postura estética” se convirtió en “motivo de denuncia y persecuciones políticas”.

En ese editorial además fueron desenmascaradas las promesas que furtivamente ya circulaba el Instituto, referidas a subsidios para los artistas plásticos, ediciones para los escritores, becas, etc., ya que los problemas de los intelectuales, en ese momento eran de mayor envergadura.

Otro editorial de Nuestro Tiempo, “La Universidad de Oriente”, alertó sobre un hecho que más tarde se repetiría, la pretensión de obligar al centro docente a arrojar de su seno a un grupo de competentes profesores.

Por otra parte la revista cultural Ciclón, también emitió sus opiniones. En la No. 6 de 1955 el artículo “Cultura y moral”, de José Rodríguez Feo, enfrentaba a la dictadura de Batista y la situación política y cultural preponderante.

Contra Guillermo de Zéndegui, fue dirigido otro editorial, que lo caracterizó como uno más de esos escritores que por inconsciencia o afán de lucro personal pusieron su talento y plumas al servicio del máximo representante de la cultura batistiana.

Se destacaba en el editorial cómo muchos de estos intelectuales no vieron la gravedad de su “actuación en el organismo oficial de la cultura de Batista”, cuando una parte importante de nuestra población estaba enfrascada en una guerra civil y la consigna era no colaborar, en forma alguna, con la dictadura.

En junio de 1957 se suspendió la publicación de la revista por parecerle al equipo que la dirigía “una falta de pudor ofrecer a los lectores simple literatura en los sangrientos momentos de la lucha guerrillera contra la tiranía, además toda crítica política o social estaba condenada de antemano por la feroz censura”.

Durante una Mesa Redonda sobre la Posición del escritor en Cuba, miembros de la revista Ciclón pidieron la depuración del Colegio de Periodistas de aquellos escritores que formaron parte de la membresía del INC como Rafael Suárez Solís, Gastón Baquero, Rafael Marquina, Francisco Ichaso, Arturo Alfonso Roselló, Manuel Millares Vázquez y Salvador Bueno, que entonces eran asesores.

El INC, arguyendo una supuesta neutralidad, se propuso, como si fuera posible, colocar la cultura lejos de las pugnas nacionales, ya que fue creado para programar y desarrollar una política cultural que se caracterizara por un “absoluto apoliticismo”.

Guillermo de Zéndegui, su director, afirmó el 27 de octubre de 1955 en un discurso en el Club Rotario de La Habana que desde el primer momento el naciente organismo se impuso el deber de mantenerse al margen de las polémicas partidistas y de los intereses de grupos o banderías.

La referida institución le suministró a la opinión pública mundial una apariencia de normalidad en un período sangriento de nuestra historia patria, presentó internacionalmente al país como una isla pacífica, ocultando la verdadera tragedia que se vivió por esos años. Desde el exterior el régimen de Batista se veía sólido y seguro. El INC suprimió muchas subvenciones que recibían las organizaciones de La Habana y de otras provincias y forzó a los realizadores de diversas manifestaciones culturales a aceptar la hegemonía que pretendía ejercer, llevándolos a una vida precaria o a su desaparición. De esta suerte muchas de las becas que ofertaba se convirtieron en prebendas politiqueras.

En enero de 1956 veintitrés artistas cubanos firmaron la Declaración de principios de artistas plásticos quienes acordaron no concurrir al VIII Salón de Pintura, Escultura y Cerámica convocado por el INC. En su opinión el INC no cumplía los propósitos para los que fue creado ya que desorientaba al público por carecer de una definición estética que percibiera los valores del arte y practicaba el amiguismo y la politiquería. Como estos salones nacionales afectaban el desarrollo de la plástica los artistas se alejaron de sus salas y convocaron a otros creadores a seguirlos.

En la habanera calle Zulueta, frente al Palacio de Bellas Artes, la Asociación Cubana por la Libertad de la Cultura organizó un antisalón con los pintores y escultores que estuvieron en desacuerdo con el Salón Nacional auspiciado por el INC.

Uno de los hechos más notables se produjo con el Ballet de Alicia Alonso, que desde 1950 recibía del Ministerio de Educación 33 mil pesos de subsidio, pero como se negó a colaborar con el régimen establecido, el 5 de agosto de 1956, en carta del director del INC se informó a Alicia Alonso que se había recomendado, previa consulta con la Junta de Asesores, la suspensión de la subvención que percibía la Sociedad Ballet de Cuba, nuevo nombre que adoptó.

Esta medida provocó una fuerte protesta de la Dra. María Luisa Rodríguez Columbié de Bustamente, presidenta del Comité organizador del Homenaje Nacional a Alicia Alonso. También protestaron Raúl Roa Kourí y Raúl Amado Blanco - secretario y director de cultura de la FEU respectivamente-, así como una veintena de instituciones como: El Ateneo de La Habana, la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, el Club Femenino de Cuba, la Galería de Pintura, la Sociedad de autores de Radio y TV, etc. Se desató una intensa polémica, parte de la cual apareció publicada en la revista Nuestro Tiempo.

La tiranía de Batista no logró presionar a Alicia Alonso y su Ballet para ponerlos a su servicio, INC mediante. La compañía se disolvió después de ocho años de arte brillante y Alicia se negó a bailar en Cuba bajo la dictadura batistiana. Para despedirse hizo una gira protesta por todo el país.

A partir de la confrontación del Ballet de Cuba con Batista, otras instituciones culturales mostraron su inconformidad con los métodos del gobierno transferidos al INC. Se inició un pertinaz movimiento de intelectuales, artistas y pueblo en defensa del ballet y de los principios de la dignidad artística.

La política llevada a cabo por el INC, con la cual absorbió diversas instituciones -entre ellas la radioemisora CMZ, la Sociedad Pro-Arte Musical, y otras- no dio resultado con Alicia Alonso, en cambio promovió la interrogante de si la ayuda económica del Estado a una institución cultural implicaba el sometimiento de esta al tutelaje del Instituto y la pérdida de su autonomía.

Al respecto Fernando Alonso afirmó que había gestiones que sólo el Estado podía hacerlas factibles, porque la iniciativa privada buscaba con frecuencia una ganancia a sus empeños, por lo que, en países como el nuestro lo privado no podía hacerlo todo, pero eso no significaba confundir una orientación estatal con la subordinación a ultranza del arte y la cultura a determinados intereses políticos.

Para concluir quiero destacar que con el INC se reconoció que los problemas de la cultura contenían peculiaridades propias, diferentes a las cuestiones educativas, que exigían instrumentos idóneos específicos, pues al estar las esferas educativa y cultural involucradas en una misma política estatal, con frecuencia los menesteres de la cultura quedaban relegados, poco atendidos por los organismos administrativos, que debían formularlos y resolverlos.[12]

Aunque el INC nació lastrado por la tiranía, representó un paso de avance en el proceso de la conformación de una política cultural del Estado Cubano con respecto a la dirección de Cultura, fue un empeño mayor en el largo, arduo y complejo quehacer de gestión cultural gubernamental y además dejó entrever que los menesteres de la cultura constituyen urgencias nacionales a atender con igual interés y celo que las cuestiones económicas y políticas.

Notas



[1] Néstor García Canclini ha publicado, entre muchas obras más, Políticas culturales para el fin de siglo; Políticas Culturales en América Latina, una reflexión plural; Conflictos multiculturales de la globalización; Vanguardias artísticas y cultura popular, diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de interculturalidad; Cultura y poder: ¿Dónde está la investigación?; Cultura y pospolítica; Gramsci y las culturas populares en América Latina, etc.

[2] Entre 1902 y 1946 la dirigieron: Eduardo Yero Berduén y Manuel F. Lamar y del Portillo (con Estrada Palma); Lincoln de Zayas y del Junco (en la segunda intervención 1906-1909); Ramón Mesa Suárez (1909-1910); Mario García Kohly (1910-1913); Ezequiel García Enseñat (1913-1917); Francisco Domínguez Roldán (1917-1919); Gonzalo Aróstegui y del Castillo (1919-1921); Francisco Zayas y Alfonso (1921-1924); Eduardo González (1924 -1925); Guillermo Fernández Mascaró (1925-1926); José Braulio Alemán y Urquía (1926-1930); Octavio Averoff y Pla (1930); Carlos Miguel de Céspedes y Ortíz (1930-1932); Eugenio Molinet y Amorós (1932-1933); Mario Ruiz Mesa (1933); Carlos María de Rojas y Cruzat (1933); Guillermo Belt y Ramírez (1933); Manuel Costales Latatú (1933); José Ängel González Rubiera Y Cortina (1933-1934); Jorge Mañach y Robato (1934); Luis A. Baralt y Zacharie (1934); José Capote Díaz (1934-1935); Ricardo R. Duval y Fleitas (1935); Leonardo Anaya Murillo (1935); Luciano R. Martínez y Echemendía (1936); Fernando Sirgo y Traumont (1936- 1938); Aurelio Fernández Concheso (1938-1939); Joaquín Ochotorena y Roque (1939); Cleto A. Guzmán y Martínez (1939-1940); Adalberto Ruiz Montaño (1940); Juan J. Remes y Rubio (1940-1941); José Agustín Martínez Viademonte y Martínez (1942); Ramón Vasconcelos y Marigliano (1942-1943); Rubén Darío Rodríguez (1943); Carlos Máquez Sterling y Guiral (1943); Anselmo Allegro y Milá (1943-1944); Luis Pérez Espinós (1944-1945); Diego Vicente Tejeda Rescalvo, José Manuel Alemán y Cashraro, Carlos Arazoza y Forcadey Miguel Ángel de la Guardia y Pascual. (Fuente: La enciclopedia de Cuba. Gobiernos y clásicos cubanos, Tomos 13 y 14, 1975.)

[3] Boletín Informativo del Instituto Nacional de Cultura, no. 1, de 1955.

[4] “Ni juramentos ni milagros”. En Revista Cubana, vol. XXIV, año 1949, p. 463.

[5] Discurso de G. de Zéndegui, el 22 de julio de 1955., en la Revista Informativa del INC, no. 1, 1955, pp. 45-46.

[6] Ibid.

[7] En la primera parte de la partida 534, del epígrafe 400, capítulo 7 “Atenciones generales del Ministerio, del Presupuesto Extraordinario para 1955-1956”.

[8] File Jurídico. Archivo Central del MINCULT. Gaceta Oficial del 11 de julio de 1955, Decreto presidencial no. 2293 del 30 de junio de 1955, con la partida presidencial.

[9] Yerno de Miguel de la Campa, político de confianza de Fulgencio Batista desde los años 30, su Ministro de Estado entre 1952 y 1954 y su último Ministro de Defensa en 1958. Ver Hilda Otero Arreu: “Un desconocido para la historia de Cuba: Miguel Angel de la Campa”, en Diez nuevas miradas de Historia de Cuba, José A. Piqueras.

[10]Entrevista de la autora con la Dra. Luz Merino Acosta, 11 de noviembre de 2008.

[11] “¿Instituto Nacional… y de Cultura?”, Revista Mensajes no. 1, julio 1956.

[12] Boletín Informativo del Instituto Nacional de Cultura, no. 5, marzo 1956, p. 1.

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