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octubre 2010 - marzo 2011
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Cuba: 50 años de Revolución 
José Miguel Arrugaeta y Joseba Macías

En la madrugada del 1 de enero de 1959, el dictador cubano, Fulgencio Batista, leía una breve alocución de despedida y tomaba rumbo a República Dominicana, junto con su familia, algunos de sus más allegados y, por supuesto, varios millones de dólares en efectivo.

Un pequeño y aguerrido ejército de unos 3.000 guerrilleros, y una activa organización clandestina urbana, arropados por un creciente apoyo popular habían conseguido lo imprevisto: derrotar al régimen impuesto, en 1952, por el llamado “hombre fuerte” de Cuba, con la anuencia del Gobierno de los EE.UU, y a su sólido aparato militar compuesto por 60.000 efectivos.

El carismático líder de aquella gesta, hacía su entrada en La Habana, al frente del grueso de sus fuerzas, el 8 de enero, y ese mismo día pronunciaba su primer discurso retransmitido a todo el país. Era un abogado y político de apenas 33 años, muy poco conocido fuera de Cuba, su nombre, Fidel Castro, y a partir de entonces haría historia con mayúsculas. Había comenzado para el mundo la Revolución cubana.

Una Revolución vertiginosa. Aquel inolvidable 59

El proceso insurreccional triunfante, con la simpatía de prácticamente todos los sectores el país, procedía a disolver todo vestigio del antiguo régimen para iniciar la construcción de una nueva Cuba, de acuerdo al programa redactado por el mismo Fidel, conocido como “La Historia me absolverá”.

Sus primeros pasos, expresados en su primer gobierno indicaban la intención de sumar sensibilidades políticas diversas, pero también la firme voluntad de llevar adelante una revolución verdadera y profunda que fuese más allá de la mera recuperación de la República para cumplir sus compromisos de justicia social.

Pero este doble objetivo resultaba casi imposible. Cualquier trasformación de la propiedad y las relaciones sociales chocaría inmediatamente con los intereses norteamericanos en la isla, que dominaban todos los aspectos de su sociedad, la burguesía cubana se vería abocada en un muy corto espacio de tiempo a elegir entre su poderoso vecino del norte o la joven Revolución verde olivo.

En menos de un año se suprimió la renta de Lotería, y fue sustituida por el Instituto de Ahorro y Vivienda para la construcción de casas sociales; se intervino la compañía de teléfonos, de propiedad norteamericana, y se bajaron sus tarifas; se procedió a la primera Ley de Reforma Urbana con una rebaja de alquileres al 50%, al igual que el precio de la electricidad, los libros escolares y las medicinas. Se prohibió el uso exclusivo de playas, los cuarteles eran convertidos en escuelas públicas, y crecían los presupuestos de salud y educación.

Paralelamente se llevaba a cabo un rápido proceso de justicia revolucionaria, contra los más connotados torturadores y represores de la tiranía, así como contra militares que habían incurrido en crímenes de guerra, que conllevaron ejecuciones y fuertes condenas de prisión (primera airada reacción norteamericana). Y se procedía a la recuperación de bienes públicos robados durante décadas.

Pero por encima de todo esto sería la primera Ley de Reforma Agraria la que serviría para decantar posiciones y compromisos. Dictada en mayo del propio 1959, limitaba la propiedad rural a 400 ha., lo cual suponía para un país agroindustrial marcado desde siempre por el latifundio, una trasformación esencial. Al mismo tiempo que se creaba el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) para su aplicación, que se convertiría rápidamente en una especie de gobierno paralelo, dirigido por el propio Fidel Castro.

La lucha ideológica y política se intensificaba y los sectores moderados van marcando claramente sus distancias, ante la intensidad de los cambios, y la firme oposición del Gobierno de los EE.UU a la Reforma Agraria.

En junio varios ministros “moderados” salen del gabinete y a fines del mismo mes el jefe de la Fuerza Aérea, Diáz Lanz, dimite y huye a los EE.UU, apenas dos semanas más tarde el Presidente, Manuel Urrutia, acusa a los “comunistas” de querer frustrar la revolución “nacional”, Fidel acepta el desafío y renuncia como Primer Ministro, Urrutia se ve obligado a dimitir en medio de una intensa movilización popular. Osvaldo Dorticós es nombrado nuevo Presidente, y Fidel se reincorpora al gobierno, ahora con amplios poderes. En agosto es desarticulado un intento de invasión desde República Dominicana, por parte de los sectores batistianos, con el apoyo del dictador Leónidas Trujillo.

Y en octubre se produce el intento de rebelión del Comandante Huber Matos, Jefe militar de Camagüey, como un último intento de los sectores moderados de controlar la Revolución desde dentro. El mismo día de la detención de Matos, varios aviones procedentes de Miami, organizados por el desertor Diáz Lanz bombardean la capital cubana, dando inicio a la contra armada como estrategia para derrocar al gobierno revolucionario.

Documentos norteamericanos desclasificados corroboran que ese mismo mes la CIA tenía ya preparado el plan general para derrocar la Revolución, que será aprobado en detalle en enero de 1960. El núcleo original de la Revolución sufre su primera y dolorosa pérdida, el carismático y popular Comandante Camilo Cienfuegos desaparece en accidente aéreo.

Se crean la milicias populares, y entran al gobierno diversas figuras políticas, dándole más profundidad al proceso de cambios, como es el caso del Comandante Ernesto “Ché” Guevara, nombrado Director del estratégico Banco Nacional.

Hacia la Revolución socialista. La derrota de los EE.UU: 1960-1962

El año 1960 no hace sino agudizar la lucha interna, con una clara radicalización de las transformaciones revolucionarias. Salen del gobierno las últimas figuras “anticomunistas”, en febrero se firma el primer convenio comercial Cuba-URSS, mientras que en marzo el Gobierno norteamericano da luz verde a la creación de una brigada invasora; para abril son expropiadas las propiedades de la todopoderosa United Fruit Company.

El enfrentamiento con los EE.UU sube constantemente de tono, cada acción norteamericana es respondida desde La Habana, el resultado final es que todas las propiedades norteamericanas y de la gran burguesía cubana son nacionalizadas, mientras que el Gobierno norteamericano, por su parte, ha colocado los cimientos legales y políticos del Bloqueo.

Los sabotajes y atentados se hacen diarios, y en septiembre se inicia la Primera Limpia del Escambray, ante la proliferación de bandas armadas. El mismo mes de septiembre la I Declaración de La Habana responde contundentemente a las posiciones de la OEA.

Las fuerzas revolucionarias acompasan su unidad frente a las constantes amenazas, y nacían a lo largo de 1960: la Asociación de Jóvenes Rebeldes, la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y finalmente el Buró de Coordinación Revolucionario, embrión del futuro Partido Comunista de Cuba.

El 16 de abril de 1961, en la esquina capitalina de 23 y 12, Fidel Castro despedía el duelo de las víctimas por los bombardeos, previos a la invasión de Playa Girón (Bahía de Cochinos), y declaraba definitivamente el carácter Socialista de la Revolución. En vísperas del enfrentamiento militar abierto no cabían términos medios. Para el día 19, las fuerzas el Ejército Rebelde y de las Milicias Revolucionarias habían derrotado a la Brigada mercenaria 2506, organizada y financiada por el Gobierno de los EE.UU. El revés militar se convirtió en una derrota política para la contrarrevolución que, definitivamente, pasó al servicio de la política de los EE.UU.

En medio de estos acontecimientos la Revolución se empeño en derrotar también la ignorancia, y mediante una impresionante y épica Campaña de Alfabetización, Cuba, se convirtió en el primer territorio de América Latina libre de este mal.

En 1962 las amenazas se tornaban en peligros inminentes de invasión norteamericana directa y la CIA pone en marcha la Operación Mangosta, casi 1.300 acciones subversivas a lo largo de ese año. Cuba es expulsada de la OEA y responde con la II Declaración de La Habana, promoviendo la revolución continental.

La URSS propone la instalación de cohetes nucleares en suelo cubano, y el Gobierno revolucionario acepta. En octubre la “Crisis de los misiles” pone al mundo al borde de una guerra nuclear. Finalmente el Gobierno soviético acepta retirar los cohetes, con la firme oposición de la parte cubana (dando lugar a la primera crisis Cuba-URSS), a cambio los EE.UU descartan una invasión directa.

La contrarrevolución ha perdido su última opción, y se ve condenada a una interminable y estéril travesía del desierto, mientras que la Revolución, consolidada, se propone “conquistar el cielo por asalto”.

Los años de la Utopía: 1962-1970

En apenas dos años y medio, de 1959 a 1961, la rapidez de los acontecimientos ha superado cualquier previsión. La Revolución cubana ha transformado radicalmente la sociedad y la economía, pero también la psicología y cultura de su población. Apoyada en una impresionante movilización y participación popular constante ha desafiado el inmenso poderío del imperialismo norteamericano a apenas 120 km de sus costas, y sobrevive al encontronazo.

El mundo contempla con asombro como este pequeño país del Caribe, con pocos recursos y población, se empeña, a fuerza de voluntad, en construir una sociedad nueva. Son los años de la utopía que llevaran a la revolución cubana al rango de verdadero mito.

En 1962 se funda la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y al año siguiente el Partido Unido de la Revolución Socialista. Se produce un intenso y amplio debate cultural y económico del que emergen los límites de la libertad de expresión: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, resume el propio Fidel en sus palabras a los intelectuales, al mismo tiempo que nace la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Al año siguiente se promulga la II ley de Reforma Agraria que reduce a 67 ha. las propiedades privadas, más del 70% de la agricultura queda en manos del Estado. Pero la producción de la nacionalizada industria, los efectos del bloqueo y el constante aumento del poder adquisitivo llevan al desabastecimiento, se instaura la libreta de abastecimientos y se congelan los precios.

Sin embargo ninguna dificultad parece capaz de desanimar a la Revolución, ni a los cientos de miles de cubanos y cubanas, que pretenden cambiar el mundo, y se proponen salir del subdesarrollo sin atender a ninguna ley económica.

Se aplica un plan de desarrollo industrial (1962-65) de resultados irregulares, mientras la producción azucarera desciende notablemente y con ella la capacidad importadora del país, se va perfilando la idea de que es necesaria una “acumulación original de capital” que permita la industrialización y esto solo puede venir de la exportación azucarera.

Los incentivos económicos pasan a un segundo plano, y se fomenta la conciencia social y el trabajo voluntario. Numerosos servicios son gratuitos, o simplemente tienen precios simbólicos (teléfono, electricidad, salud, educación, deporte, canasta básica…), se habla de pueblos “experimentales” donde aplicar directamente el comunismo. Y en 1968 se nacionalizan los pequeños negocios privados, la economía pasa a manos del estado, con excepción de un 20% de la tierra y varios miles de camiones privados.

En medio de la vorágine diaria y cotidiana de la Revolución, la experiencia internacionalista del Ché, símbolo de la vocación continental del proceso cubano, termina trágicamente con su asesinato en octubre de 1967 en Bolivia. Es la señal que marca el final de la experiencia guerrillera en América Latina.

La llamada Zafra de los 10 millones es la consigna desde 1968 y se concreta en 1970. La idea es realizar la mayor cosecha azucarera de la historia para contar con financiamiento suficiente y despegar en la industrialización.

A pesar de las advertencias de los especialistas, sobre la imposibilidad de cumplir esa meta y sus consecuencias en el resto del aparato productivo, la razón política se impone sobre la económica, bajo el liderazgo del propio Fidel Castro. El resultado resulta catastrófico.

La zafra azucarera, aun siendo la mayor conocida jamás, unos 8.5 millones de Tn, está lejos del objetivo, el costo ha sido que casi todos los sectores productivos y de servicios se han paralizado, y por si faltase algo el precio internacional del azúcar cae a precios mínimos.

Fidel en persona realiza una autocrítica, sus repercusiones serán el final de una etapa marcada por el voluntarismo y los deseos de avanzar etapas rápidamente. “En ocasiones hemos desconocido la realidad de que existen leyes económicas objetivas a las cuales debemos atenernos” afirma el indiscutible líder de la Revolución. El realismo es la nueva palabra de orden.

De crisis a crisis…Institucionalización y Crisis del Mariel: 1970-1980

Las experiencias transformadoras han topado con los límites de lo posible, lo cual supone la plena integración al llamado Campo Socialista. Cuba entra en lo que podría denominarse una “sovietización” social, económica, política, que abarca por momentos hasta lo cultural (el llamado quinquenio gris).

La planificación, los planes quinquenales, criterios mercantiles e incentivos salariales se van imponiendo, y reordenando una economía maltrecha y dañada por los esfuerzos de la década anterior.

La isla se convierte en un eslabón económico y comercial del CAME, mercado de integración socialista. En el caso de Cuba su papel es el de exportador, a precios fijos, de azúcar, cítricos, frutos y productos tropicales, diversos minerales y componentes electrónicos. A cambio recibe, a precios preferenciales, petróleo, bienes y equipos, créditos blandos, materias primas e industrias completas. En 1972 Fidel Castro visita la URSS y firma un importante acuerdo económico, dos años más tarde Leonid Bershnev, hace un viaje al país antillano y los lazos se estrechan de manera manifiesta.

Se estimula económicamente el trabajo, se autorizan actividades económicas individuales, se abren mercados campesinos, se impulsan las obras públicas y la construcción de vivienda… La estructura económica va retomando un pulso más o menos normal.

El peso de la relación con la URSS va creciendo y a inicio de los años 80 representa algo más de 60% de todo el intercambio comercial cubano. Al mismo tiempo se produce una importante y trascendental institucionalización política y administrativa. En 1976 el proyecto de Constitución es aprobado, en referéndum popular, por más del 95% del electorado. La nueva carta magna estructura un sistema de representación directa, desde la base hasta la Asamblea Nacional. Regula las relaciones de los diversos poderes del Estado, y las libertades y derechos de los ciudadanos y ciudadanas, entre otros. Ese mismo año se procede a una nueva división administrativa del país, pasando de 6 provincias originales a las 14 actuales, y el municipio especial Isla de la Juventud. Y finalmente se realizan elecciones a todos los niveles.

La organización política también vive reestructuraciones y en 1975 se celebra el I Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), que delinea su programa, y elige a su dirección. Fidel Castro es nombrado por unanimidad Secretario General, y Raúl Castro, Segundo Secretario.

Pero a pesar de la influencia “soviética” en la economía, el pensamiento y en la vida social, la Revolución cubana dista mucho de ser un “satélite”. Carece, desde siempre, de esa vocación pero además la fuerte personalidad de Fidel, y su pensamiento independiente, marcan constantemente su actuar.

Los ejemplos son fáciles de encontrar, apoyo a los sandinistas (que derrocan la dictadura somocista en 1979), fuerte presencia en el continente africano y actividad diplomática entre los países de Tercer Mundo, o la trascendente intervención militar en Angola (en contra de las opiniones soviéticas), que consigue derrotar la invasión conjunta sudafricana y zairense (con apoyo directo de los EE.UU) y mantener la independencia de la excolonia portuguesa.

Desde 1976 las complicadas relaciones Cuba-EE.UU adquieren, de manera excepcional (durante la presidencia de James Carter), cierta distensión que abre, al menos, la posibilidad de acuerdos y rebajan la presión militar sobre la isla. Consecuentemente se celebra la conferencia Nación y Emigración, con algunos sectores moderados del exilio, y se abren los viajes familiares de los cubano-americanos a la isla.

Consecuencia de la extenuante década de los 60, del largo cierre migratorio mantenido por los EE.UU, de los normales distanciamientos políticos, o de la simple existencia de nuevas generaciones, se ha ido acumulando un potencial migratorio importante, que se ve alentado por el contacto directo con la “comunidad” residentes en los EE.UU, que visita el país.

En abril de 1980 un grupo de delincuentes fuerza la entrada de la Embajada de Perú, y en el altercado es asesinado un policía. Las autoridades cubanas exigen la entrega de los asaltantes, y ante la negativa del Gobierno peruano, se retira oficialmente la vigilancia exterior. En unas horas más de 10.000 personas, que desean emigrar, ocupan las instalaciones diplomáticas.

Ante la inesperada situación, el Gobierno cubano decide unilateralmente abrir el puerto del Mariel (cercano a la capital) y declara que cualquiera que lo desee puede venir, en embarcaciones, a recoger familiares, allegados o conocidos. En apenas un mes 120.000 cubanos y cubanas toman rumbo a Miami, ante la impotencia del gobierno norteamericano por detener la avalancha desordenada de barcos y personas.

La magnitud de los hechos ha tomado también por sorpresa a la Revolución, y su reacción política y social no se hace esperar. Una Marcha del Pueblo Combatiente, de más de un millón de personas, desfilan ante la Embajada del Perú. En los barrios capitalinos se organizan “actos de desagravio” que finalizan con el acoso físico, e incluso agresiones, a “apátridas y escoria” que quieren abandonar el país. La tensión social crece hasta que las autoridades intervienen calmando la situación.

La Revolución consigue superar la crisis, convirtiendo, según palabras del mismo Fidel, “el revés en victoria”, pero también ha comprendido la importancia de prestarle atención a los crecientes niveles de consumo a los que la población aspira.

Del mercantilismo a la Rectificación de errores: 1980-1989

Sobre las bases de planes quinquenales y estrechamiento de las relaciones económicas con la URSS y el Campo Socialista, que veían desarrollándose desde la década anterior, la Revolución pone, a partir del Mariel, un especial énfasis en la construcción de viviendas, el mejoramiento de los sistemas de salud y educación, y en el desarrollo de la industria ligera y de consumo.

El ministerio de planificación (JUCEPLAM) fomenta una política mercantil y de creciente consumo, que para el año 1984 comienza a dar evidentes resultados. Las tiendas y comercios ofertan regularmente comida y mercancías de consumo (ropa, electrodomésticos, muebles, etc.). Los salarios adquieren progresivamente capacidad de compra y el nivel económico de la población se eleva.

Pero la base de todo esto es una estructura económica poco productiva, y el suministro planificado desde el campo socialista (en cantidades crecientes y a precios más bajos que los del mercado mundial), baste decir que el suministro de petróleo soviético alcanzaba la cifra de 13 millones de toneladas anuales, lo cual da una idea del consumo.

Al mismo tiempo se produce una progresiva caída de precios de las materias primas y agrícolas, afectando gravemente los ingresos por exportaciones, en 1986 Cuba suspende por primera vez el pago de su deuda externa, y se reducen sustancialmente las importaciones no procedentes del Campo Socialista, mientras que el equivalente al PIB, usado en Cuba en aquello años (Producto Social Global), se retrajo en un 3.5% en 1987.

Simultáneamente la administración Reagan amenazaba seriamente con una agresión militar a la isla, mientras el conflicto Centroamericano se hallaba en su plenitud, obligando a la Revolución a un importante aumento de los gastos militares. Mientras que las intervenciones en Angola y Etiopía requerían costosos y crecientes esfuerzos, en hombres y material, a miles de Kms de distancia.

Ante las evidentes grietas y desbalances que presentaba el sistema productivo y económico, durante el III Congreso del Partido, en 1986, Fidel anunció el inicio de un “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, al tiempo que criticaba con dureza la corrupción administrativa, el despilfarro, el burocratismo, la baja productividad, entre otros.

Aunque esta etapa coincide casi cronológicamente con el inicio de la Perestroika en la URSS, es necesario aclarar que sus contenidos e intenciones resultaban diferentes, y en el caso cubano habría que identificarlo con un perfeccionamiento del socialismo.

Las medidas adoptadas abarcaron muchos aspectos como subidas de precios de la electricidad, el transporte o teléfono, eliminación de algunas gratuidades, contención de salarios, reorganización de algunas esferas de trabajo (contingentes obreros, microbrigadas de construcción), lucha contra la corrupción y desvió de recursos…

Los resultados son difíciles de valorar, los datos estadísticos indican una ligera e inestable mejoría económica, pero la realidad es que el desarrollo de esta política quedó frustrada por una situación internacional inesperada. La caída del Campo Socialista y la brusca desaparición de la URSS.

Los años duros. El Periodo Especial: 1989-1999

El verano cubano de 1989 estuvo marcado por un grave hecho, como si fuese un mal presagio. Un grupo de oficiales del Ministerio del Interior (MININT) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) eran arrestados por corrupción y tráfico de drogas. Entre ellos el General de División, Arnaldo Ochoa, prestigioso y admirado militar, y los hermanos gemelos, Patricio y Antonio La Guardia (General de Brigada, y Coronel del MININT respectivamente).

El Consejo de Guerra (Causa I/89), era retransmitido por radio y televisión. Los detalles y revelaciones del juicio dejaban al descubierto una compleja madeja de corrupción, ansías de poder, tráficos diversos y relación directa con el importante cartel de Medellín.

Desde fuera de Cuba se lanzaban mensajes interesados: “luchas por el poder”, “arreglos de cuentas internos”, “conspiración militar”, “cobertura oficial con el tráfico de drogas”…La dirección de la Revolución consciente de la gravedad del momento, (en diciembre de ese año los EE.UU invadieron Panamá con la excusa de lucha contra el narcotráfico), hicieron efectivas las sentencias de muerte contra cuatro de los acusados, entre ellos el General Ochoa, y el Coronel Antonio La Guardia. Inmediatamente le siguieron las detenciones y condenas, por corrupción, del Ministro de Transporte y del Interior, y el retiro de casi todos los generales del MININT.

Sin haber tenido aun tiempo para asumir el amargo trauma moral e ideológico, una amenaza mayor se cernía sobre la Revolución. El Campo Socialista se derrumbaba, en 1989, y la URSS desaparecía, en apenas unos meses, en 1991. Los EE.UU reforzaban el Bloqueo a Cuba y anunciaban el final inminente de “Castro”. Analistas y periodistas, daban rienda suelta a su imaginación en una prolífica literatura de política -ficción, con algunos títulos inolvidables como La hora final de Castro.

Antiguos “amigos y compañeros de viaje” tomaban prudente distancia de Cuba, ante un desastre que se vaticinaba como evidente. Pero la Revolución cubana siempre ha sido inesperada y difícil de prever, así que, contra todo consejo externo, decidió resistir y defender su socialismo, sin realizar concesiones.

El Gobierno declaró el Período Especial, un plan de emergencia diseñado para tiempo de guerra. La situación económica se tornó desesperada, el PIB descendió en más de un 40% en apenas año y medio, y las importaciones pasaban de los 8.000 millones de dólares a apenas 2.000 millones.

Los productos escaseaban, el mercado negro disparaba la especulación y la inflación, se cerraban numerosas fábricas y centros de trabajo. Se repartían los alimentos básicos por la libreta de racionamiento, y el transporte casi colapsaba. Los cubanos y cubanas vivían entre apagones y “alumbrones”, en medio de las penurias diarias. El constante esfuerzo humano mantenía los servicios sociales en funcionamiento, casi milagrosamente.

Desde fines de 1993 hasta la primavera de 1994 los abastecimientos vivieron sus peores momentos, y la política norteamericana de “olla de presión” (cerrar la emigración legal y llevar el Bloqueo al máximo buscando un estallido social) pareció dar sus frutos, en los “incidentes del Malecón”, a fines del caluroso verano de 1994.

Pero era un apenas, un espejismo, la Revolución aún mantenía un importante apoyo social y político, y tenía capacidad de maniobra, mientras que la oposición, interna y externa, hacían gala de su incapacidad manifiesta, y de su escasa militancia.

Eliminando oficialmente la prohibición de salir del país por mar, la llamada “crisis de los balseros” (30.000 personas en apenas un mes) liberó en cierta medida la presión migratoria, y colocó al Gobierno norteamericano ante la urgente necesidad de llegar a un acuerdo migratorio (20.000 visas anuales, por cinco años).

Paralelamente se tomaron un importante paquete de medidas económicas: Legalización de la tenencia de divisas, apertura de mercados campesinos, reestructuración de la tenencia de la tierra, regulación del trabajo por cuenta propia, autorización de la inversión extranjera previa aprobación gubernamental…

Los resultados fueron efectivos. El dólar, cotizado en el mercado negro hasta en 140 pesos nacionales, descendió a 25. El Estado puso a la venta bienes de consumo, a precios elevados, y comenzó a recoger grandes cantidades de dinero circulante, los productos agrícolas comenzaron a reaparecer en los mercados.

Todo lo anterior, más el crecimiento constante de la actividad turística, y de algunos renglones de exportación (níquel, tabaco, pesca, café, productos farmacéuticos y de biotecnología…), sirvieron para comenzar a ver luces al final del túnel. Y para 1999 ya el crecimiento del PIB superaba el 6%.

Recuperación, cambios y relevo generacional. Los retos del futuro cercano: 2000-2008

Aunque nunca se declaró oficialmente superado el Período Especial, para el 2000, la recuperación económica y social era patente, por simple comparación. Y los datos macroeconómicos, hasta el mediados del 2008, muestran un aumento constante del PIB de entre 5-6% anualmente.

Las adaptaciones y trasformaciones económicas han dado como resultado algunos sectores económicos que muestran solidez y capacidad, lo que unido a nuevas y estratégicas alianzas políticas y comerciales (de las cuales son de destacar las relaciones con Venezuela y China, por su importancia), ha permitido a la sociedad cubana en general no solo una recuperación sino también cierta seguridad, al punto que el Gobierno pudo eliminar legalmente la circulación del dólar norteamericano del sistema financiero y comercial interno, y sustituirlo por un Peso convertible cubano.

En el año 2000 el caso del niño Elián González, desató una intensa movilización por la recuperación de la custodia paterna, lo cual llevó directamente a la denominada “Batalla de Ideas”, desarrollada por el mismo Fidel, algo parecido a un plan estratégico, que incluye aspectos ideológicos, ambiciosos planes sociales (cooperación internacional, trabajadores sociales, instructores de arte, maestros emergentes…), y grandes inversiones públicas (ambulatorios, hospitales, escuelas, revolución energética…).

Pero la recuperación y el desarrollo de la Batalla de Ideas no debe hacernos olvidar el “precio” pagado por el largo y duro Período Especial, cuyas consecuencias son difíciles de calcular, no en lo económico sino en cuanto a valores sociales, ideología y cohesión social. La doble circulación monetaria devaluó seriamente la capacidad salarial y distanció extraordinariamente los ingresos, creando fuertes y marcadas diferencias sociales, afectando además seriamente a sectores vulnerables.

El mercado negro creció de manera notable, alimentado por una corrupción y el desvío de recursos estatales, fenómeno que se aprecia como práctica extendida. Y paralelamente tomaron fuerza valores sociales antes agazapados, como el individualismo, la insolidaridad, el ingreso por cualquier medio, o la ausencia total de ideología en sectores juveniles…que se han ido asumiendo con el tiempo como “normales”.

En uno de sus últimos discursos públicos, realizado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en diciembre del 2006, Fidel Castro alertaba contra estos fenómenos y expresaba que la Revolución misma no era irreversible frente a estos “enemigos internos”.

En el verano del 2007 Fidel delegaba, por enfermedad, sus funciones, y al año siguiente renunciaba a reelegirse en sus cargos, haciendo efectivo el traspaso de poderes al equipo de Gobierno dirigido por su hermano, Raúl Castro.

La Revolución cubana al cumplir sus agitados 50 años se encuentra frente al espejo, con el reto no solo de renovar sus dirigentes, por cuestiones naturales, sino de transformarse a sí misma en sus programas social, económico, político o ideológico, de encontrar alternativas a nuevos y complejos problemas de una sociedad que ha cambiado profundamente, teniendo en cuenta además que 7 de cada 10 cubanos ha nacido después del triunfo de la Revolución.

Sus enemigos de siempre, y quienes veladamente desean su desaparición, confían en que caerá por el peso de sus contradicciones, y por la desaparición física de la generación que la llevó adelante. Los recientes daños económicos dejados por los huracanes complican más aun el panorama.

Pero no hay que olvidar que su historia nos ha demostrado que esta Revolución tiene una sorprendente capacidad de sobrevivir y readaptarse, sin perder su sentido vital. De hecho muy pocos, en su comienzo, creyeron que fuese capaz de cumplir cinco décadas.

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