Normas editoriales cabezal
ISSN 2075-6046
cabezal_01 cabezal_02 cabezal_07 cabezal_10
octubre 2010 - marzo 2011
IX 
 
inicio documentos clasicos avances eventos
articulos
resennas
autores
 
Cuba: Vanguardia intelectual y exilio político (1930-1936) 
Ana Suarez Díaz

El primer exilio republicano de Cuba (1926-1936) se percibe como uno de los fenómenos dimanantes de los diversos conflictos políticos y sociales generados en torno a la denominada ‘Revolución del Treinta’,[1] en cuyo desarrollo, por demás, desempeñaron un rol relevante sectores estudiantiles, profesionales, intelectuales y artísticos, entre otros.

Desde esta perspectiva -y sustentado en los propios efectos que tal participación le confiere a la conceptualización misma del fenómeno en Cuba, en esta etapa inicial; a la identificación de su periodización y perfil político predominante; y develado su comportamiento cíclico y de relativa masividad, así como su composición heterogénea-, este trabajo se propone exponer en síntesis, además del desempeño personal de sujetos relevantes de esa intelectualidad vanguardista[2] bajo tal peculiar condición existencial, esta huella en la obra respectiva, y a tenor de las múltiples circunstancias apuntadas, en: Fernando Ortiz (1930-1933), Conrado W. Massaguer (1932-1933) y Pablo de la Torriente-Brau (1935-1936), actuantes todos en Estados Unidos.

El exilio político no es para Cuba un fenómeno privativo del siglo XX, pero sí es en este en el que aparece asociado a la República formalmente organizada (1902), y también a expresiones tempranas de insurgencia y rebeldía política en la sociedad devenida neocolonial. No es de extrañar que el fenómeno adquiera organicidad en Estados Unidos, dadas las “muy íntimas” relaciones que se establecieron entre ambos estados desde entonces, aunque esto fuera una paradoja; ni que los mayores flujos migratorios se observen asociados en lo adelante a momentos críticos de la sociedad cubana, particularmente complejos para sectores progresistas y de izquierda; así como que en su primera época aparezcan relacionados con los siguientes acontecimientos:

-          los denominados “procesos disciplinarios” universitarios entre 1926-1930;

-          la lucha antimachadista entre 1930-1933;

-          y la fracasada huelga general revolucionaria de 1935.

Aun cuando tales sucesos generaron oleadas migratorias de cierta masividad en la época (1927; 1930; 1932; 1933; 1935), y tuvieran efectos visibles en la nación en términos sociopolíticos -como la expedición de Gibara, organizada no sin tropiezos, por exiliados de Nueva York, en 1931; o la autodeclarada desactivación de la segunda Junta Revolucionaria Cubana de Nueva York (1933), que dejó libre a las organizaciones miembros en Cuba para negociar de manera unilateral con el interventor norteamericano, Benjamin Sumner Welles, estos primeros exilios republicanos no han sido concientizados como fenómenos a tener en cuenta en el análisis de problemáticas con las que, al menos de algún modo, es evidente que se articulan: El alzamiento de Gibara en Cuba; La Mediación de 1933, y el proceso de supuesta “democratización” de la sociedad cubana, prerrequisito ¿negociado? del proceso preparatorio de la Asamblea Constituyente de 1940.

Tampoco en el momento en que estos existían, obtuvieron espacio como noticia en la prensa nacional más allá de sucesos aislados relacionados con hechos específicos o pronunciamientos de organizaciones, grupos o personalidades, “en el exilio”, como la Liga Patrió­tica (1931), la primera Junta Revolucionaria Cubana (1931), o el Pacto de México (1935) que mayormente, en alguna medida, afectaban intereses de los grupos oligárquicos nacionales.

En esta sostenida desestimación del tema, en Cuba al menos, pudo haber influido su coincidencia con etapas de censura –manifiesta o potencial– a la prensa;[3] la posterior escasez y alta dispersión de fuentes documentales primarias, y además, la circunstancia, para nada desestimable, de que en tanto este fenómeno político social se realiza fuera del territorio nacional, sus breves expresiones iniciales ocasionaron poca o ninguna visibilidad desde dentro de la Isla.

Sin embargo, como tal el fenómeno adquiere corporeidad al objetivarlo en el ámbito de los sujetos sociales; concebirlo como fenómeno intangible, que adquiere visibilidad a partir de su autorreconocimiento por el sujeto; y entenderlo en consecuencia, como “cualidad adquirida; finito en el tiempo; y diluible con el potencial regreso al país de origen”.[4]

Por otra parte, vale destacar el carácter informal que tuvo esta peculiar presencia de cubanos en Estados Unidos; y como resultado de ello, que las fuentes tradicionales (registros, estadísticas, censos, etc.) que no aportan más que escasas e imprecisas informaciones sobre los cubanos en general llegados a su territorio antes de 1959, para nada los puedan siquiera reflejar. En los Resúmenes de los censos federales tempranos del siglo XIX por ejemplo, los denominados naturales de Cuba se pierden inicialmente en cifras globales de supuestos inmigrantes de las Indias Occidentales, como pudimos constatar, o aparecen incluidos en otras categorías, aun en el siglo XX.[5] Todo lo que determina que en la actualidad, ni de los asentamientos originarios y tempranos –para nada incluidos en estos los “exiliados”, entonces “residentes eventuales” en períodos de “entre-censos” –, se pueda aspirar numéricamente a algo más que estimados aproximados.

Es por ello que en estos casos otras fuentes: testimonios (orales y escritos -cartas, diarios, relatos, oratoria, etc.-); prensa, literatura, y otros, mayormente proporcionados por el exilio político, y en algunos casos surgidos en otras modalidades de la actividad migratoria, adquieren un valor documental inestimable para la investigación. Quizás en la obligada necesidad de recurrir a este tipo de fuente, de cierto corte informal y permeada de potencial subjetividad –que la alejan del ideal positivista prevaleciente en la investigación social hasta sobrepasada la primera mitad del siglo XX–, radique también, en parte, la clave que explique la sostenida desatención de la historiografía nacional por este relativamente efímero segmento de nuestra comunidad extraterritorial, más allá de su participación activa en los movimientos anticolonialistas (Guerras de Independencia: 1868-1878 y 1895-1898), que permearon de sentimiento patriótico colectivo toda la actividad cotidiana de los asentamientos fundacionales, sí de gran influencia reconocida en la política de la Isla.

En un vacío casi absoluto, y mayores incógnitas, ha permanecido la zona intermedia de esta experiencia, ocupada en lo fundamental por la primera mitad del siglo XX –salvo escasas y recientes aproximaciones– a pesar del consenso generalizado respecto al necesario esclarecimiento de esta “zona oscura” que advierten historiadores, sociólogos, antropólogos, politólogos –y hasta sus propios actores cuyos testimonios, ya a estas alturas no rebasaban meras e imprecisas especificidades de sus respectivas acciones.[6]

No obstante, en términos de fuentes potenciales, las correspondencias de actores testimoniantes en casos tan tempranos como el de Julio Antonio Mella (1926-1929),[7] Rubén Martínez Villena (1930; 1933)[8] y Antonio Guiteras (1935)[9] revelan, de manera recurrente, la presencia del fenómeno, igualmente presente en colecciones privadas de otros destacados intelectuales cubanos vinculados al mismo de manera indirecta en Cuba.[10] De máximo interés resultó ser la publicación de un primer epistolario directamente asociado al tema: el de Pablo de la Torriente Brau, bajo el título Cartas cruzadas (La Habana, 1981);[11] importante colección documental y testimonial primaria para el examen de las problemáticas asociadas en particular al exilio que se estructuró en Estados Unidos luego de la fracasada huelga revolucionaria de marzo de 1935 en La Habana.

La vanguardia intelectual cubana, predestinada brújula del trazado histórico-cultural de la nación en el siglo XX, hacia la que una y otra vez volvemos desde perspectivas múltiples, deviene también en este tema ámbito de obligada referencia por su acusada intervención en la vida pública como activos agentes en favor del cambio social, al tiempo que objeto de las represalias oficiales correspondientes. Si bien la década de 1920 –que ya definían los propios actores como compleja e incierta– fue vivida por este segmento entre angustias, ansiedades e incertidumbres, y sin rumbo existencial definido, la década de 1930, fue la de su creciente insurgencia social. En virtud de ello, el conflicto ocurrido a causa del choque entre estudiantes universitarios y la policía machadista el 30 de septiembre de 1930 en La Habana en particular, dio lugar a sucesivos procesos judiciales que encarcelaron a buen número de alumnos y profesores de reconocida oposición al régimen, a quienes en muchos casos, y luego de largos períodos de encarcelamiento, se les propuso la libertad (c. 1932) a condición de que abandonaran el país;[12] y gran número de ellos se trasladaron a Estados Unidos, destino por excelencia de las migraciones cubanas en todos los tiempos.

También, y como resultado de contradicciones internas –entre otras, las referidas a la injerencia de Estados Unidos en la vida nacional–, se opera en la época una escisión en el seno del gobernante partido Liberal, y representantes de su segmento radical, devenido opositor, procuran igualmente refugio en Estados Unidos, desde donde organizaron acciones diversas contra el presidente Gerardo Machado, convirtiéndose por ello en la imagen más visible de este exilio, gracias al apoyo de la prensa local –incluida la hispana.

Y por último, la ratificación por parte de Cuba de la “Convención de asilo” (1931), bajo auspicios de la Liga de las Naciones, adoptada en La Habana (1928), posibilitó el amparo legal a que se acogieron con posterioridad profesores universitarios,[13] y políticos opositores,[14] sin que por ello fuera anulada la práctica de evasiones subrepticias[15] o los autoexilios, como habría que considerar el caso más relevante, e independiente de todo grupo político, que representó entonces el sociólogo, antropólogo y ex parlamentario, Fernando Ortiz (Washington D.C., 1931-1933).

Tal conjunto de circunstancias generó un exilio heterogéneo que consiguió, según testimonios, nuclearse de manera circunstancial en torno a objetivos comunes.

A décadas de tales acontecimientos, la modalidad de estudio de casos puesta en práctica representa, junto a un enfoque eminentemente biográfico en un contexto si bien extraterritorial, de alta politización, una alternativa prometedora a fin de conocer, desde actores relevantes y sus respectivos desempeños personales testimoniados –escenarios contextuales efímeros, específicos, precisos en el tiempo y desprovistos de “historia” –, el conocimiento razonado preliminar de un fenómeno que los trasciende en su propia individualidad, y siendo sus resultados potenciales susceptibles o no de ulteriores generalizaciones o comparaciones.

Los casos se seleccionaron a partir de tres condiciones: la relevancia y/o representatividad que adquieren tales sujetos en los exilios correspondientes, en razón del nivel de desempeño y/o prestigio propio; el volumen de información personal y contextual que cada uno de ellos podía aportar, en tanto contenidos disponibles en la actualidad; y también por su representatividad dentro del movimiento intelectual cubano de la época, en sus respectivas actividades profesionales.

Amén de que cada uno de ellos vivió su exilio en correspondencia con la concepción ideoconceptual que les caracterizó, la diversidad manifiesta revela que estos sujetos lo asumieron como puntos de viraje en sus vidas, al que tuvieron que encontrar algún grado de acomodo circunstancial, además de la peculiar dialéctica existencial entre “país de origen”-“país de destino”, explícita en todos los casos.

El cierre de la universidad nacional en La Habana (1930), resultó el punto de partida principal para que en diversas ciudades estadounidenses se estructuraran grupos de exiliados –fundamentalmente en las de tradicional presencia de emigrantes cubanos de épocas anteriores (siglo XIX): Miami y Tampa en el sur del país; Washington D.C. al centro, y Nueva York, al Norte– que adquieren mayor relevancia y organicidad desde fines de 1932 hasta agosto de 1933, cuando es depuesto el dictador Machado en Cuba, y estas comunidades se desintegran.

En la etapa (1930-1933) estos centros conocieron de la existencia de múltiples asociaciones estructuradas de manera espontánea: entre ellas las Juntas Revolucionarias Cubanas (1931; 1933) que actuaban en Nueva York y Miami fundamentalmente; y en Washington D.C., además, la Cuban-American Friendship Council (1933), que emplearon todas esencialmente formas políticas de acción y mantuvieron fuertes vínculos con sus grupos de procedencia en la Isla; además de la organización de campamentos de exiliados estudiantiles en Miami.

En este primer exilio –aun en su heterogeneidad, que incluye a funcionarios de la política tradicional–, predominan los representantes de sectores desvinculados de los grupos de poder en Cuba: estudiantes y profesores universitarios, profesionales, intelectuales, periodistas, artistas etc., portadores en definitiva de las nuevas tendencias ideoconceptuales y proyectos sociales, que encuentran en este ámbito extraterritorial los canales de difusión, y los espacios de debate que la censura y la represión machadista habían cancelado. Esto hace que sea de estos sectores que dimane el mayor volumen de información –no sólo sobre las actividades del exilio en sí, sino también, sobre las ideologías, propósitos, y actividades de esta oposición alternativa– en forma noticiosa o testimonial.

I

Fernando Ortiz, sociólogo y antropólogo antinjerencista

Fernando Ortiz (1881-1969) es sin duda el mayor talento intelectual exiliado en esta etapa. Llega a Estados Unidos vía Cayo Hueso, para una “expatriación inesperada”,[16] que habitualmente se le atribuye a su Manifiesto Base para una efectiva solución cubana, de oposición al régimen machadista que, se dice, el propio Ortiz dispuso fuera circulado por correos en La Habana, en diciembre de 1930.[17]

Ortiz era un intelectual de reconocido prestigio en los medios académicos norteamericanos de la época, y en su viaje se disponía a cumplir una invitación a participar en la sesión anual de la American Historical Association (Boston, diciembre, 1930), ocasión que aprovechó para disertar acerca de los factores económicos y políticos que provocaban la crisis cubana, y la responsabilidad de los Estados Unidos en los males de Cuba, por su incesante intervención diplomática y financiera, que en lugar de asegurar la libertad, sostenía gobiernos contrarios a los intereses nacionales.[18] Poco tiempo después, vuelve sobre el asunto ante la reunión del Committee on Cultural Relations with Latin America, en lo que fue descrito como “la más violenta y documentada requisitoria contra el gobierno del presidente Machado que probablemente ha escuchado nunca un auditorio neoyorquino”.[19]

Desde entonces aparece instalado en su exilio político –con “cuartel general” en Washington D.C. – en el que fue recibido como “uno de los más destacados intelectuales cubanos, de personalidad acusada en el campo de las leyes, la sociología, la economía y la cultura de nuestra raza”.[20]

Casi de inmediato, y en entrevista exclusiva al diario neoyorquino La Prensa,[21] Ortiz precisa su personalísimo razonamiento político de entonces:

La intervención (...) cuanto más ‘disimulada’ personal e irresponsable, tanto más peligrosa (...) y si no puede cesar, como creen algunos, debido a la circunstancia de que toda la estructura medular de Cuba está controlada por el capital americano, entonces los cubanos piden que la incesada y decisiva intervención americana en Cuba asuma pública y plenamente sus ineludibles responsabilidades, no ya proclamando (...) la mera abstención diplomática,[22] que no corresponde a la realidad (...) contradicha por la actitud personal del embajador americano en Cuba, sino retirando expresa y enfáticamente al gobierno inconstitucional de Machado todo el apoyo de los Estados Unidos (...). Esto no sería sino el cumplimiento de parte de los Estados Unidos de las obligaciones correlativas a los derechos, que le son impuestos por la Enmienda Platt (...).

A diferencia de la mayoría de los exiliados, Ortiz se autodeclaraba ajeno a todo partido y grupo opositor al régimen machadista; al tiempo que también se declaraba colaborador de todos. Es por ello que el espíritu de regeneración cívico-patriótico que revela en sus formulaciones programáticas la Liga Patriótica Cubana (f. c. febrero, 1931) –institución que inicia la práctica de actos cívicos, conferencias y otros, destinados “a ilustrar a los cubanos residentes en Estados Unidos acerca de la verdadera situación de Cuba” – cuyo Comité Ejecutivo radicaba en Washington D.C.; que estuviera integrada por “cubanos y americanos interesados en los problemas de Cuba”; y con cuyo Secretario General (Octavio Seigle) Ortiz mantiene los muy estrechos vínculos que revelan sus cartas privadas, demuestran su complicidad.[23]

Fernando Ortiz asumió este exilio como un “paréntesis norteamericano” en el que “le agobia la tarea de ‘educar’ a esta gente en los aspectos más sutiles del problema de Cuba”.[24] Pero no obstante, encauza sus propósitos en la presentación de la situación cubana en foros intelectuales y académicos, como el Committee on Cultural Relations with Latin America;[25] el International Committee for political prisoners;[26] y el Institute of Cuban-American Affairs,[27] entre otros, de los que obtuvo declaraciones y demandas en favor de Cuba ante el gobierno estadounidense, y esclarecedores artículos aparecidos en publicaciones liberales y de izquierda.[28] Al mismo tiempo, estableció contactos bilaterales con congresistas, de quienes también solicitó, y en algunos momentos obtuvo, apoyo.

Sus intereses profesionales se reducen al mínimo en este período. Se lamenta de no haber podido aprovechar apenas esta estancia,[29] que queda reducida a escasos contactos en la Universidad de Columbia -su disertación en torno a la influencia de la raza africana en las antillas,[30] organizada por el Instituto de las Españas (Philosophy Hall, Columbia) y algunas publicaciones.[31]

A pesar de que este viaje le “había perturbado” todo, no desatiende completamente sus responsabilidades de promotor cultural y publicista en La Habana.[32] Y en Estados Unidos se preparaba por si su estancia se prolongaba demasiado:

Tengo dos proyectos de revista. Uno, resucitar aquí la revista Surco,[33] con más amplitud y medios, pero con exacta orientación que la habanera. (...) El otro proyecto es el de una revista de historia, etnografía y sociología de América, escrita para el público no especializado, con artículos, indistintamente en inglés o español. Todo esto, sobre la base de que yo me pudiera ganar un modesto sueldo para asegurar con él mi vida. (...)[34]

Bajo la presidencia de Fernando Ortiz quedó formalizada en enero de 1933, una nueva asociación –en este caso cubano-americana; de conformidad con su propia concepción–, la Cuban-American Friendship Council, con un programa que aspiraba a devolver la libertad al pueblo cubano.[35] Y un mes más tarde, confiaba en el ya muy próximo desenlace de los acontecimientos en Cuba.[36]

Ortiz regresó a La Habana a fines de agosto de 1933, “(...) satisfecho de haber visto la vía por donde nuestro pueblo podrá recuperar plenamente su soberanía, burlada lustro tras lustro por una liga de cubanos y extranjeros, todos unos en explotarnos y traernos a miseria y deshonor. (...)[37] Se refiere al hecho de haber conseguido que Estados Unidos le retirara el apoyo al gobierno de Gerardo Machado, garantizando, al mismo tiempo, de que no se produjera la siempre existente opción de una intervención militar norteamericana a la Isla.[38]

Conrado W. Massaguer, el exilio de un artista Liberal

Este nuevo arribo de Conrado Massaguer (1889-1965) a Nueva York ocurre hacia octubre de 1931, según datos que aporta la crónica aparecida en el periódico The Sun de esta ciudad,[39] donde algunos hacía tiempo le consideraban “el mayor caricaturista del mundo”. El artista cubano había hecho su debut publicitario en 1912, en el American Jornal (NY), y ya en 1916, luego de introducir en Cuba la técnica de la impresión en offset que allí conoció, surgió el primer número de Social, en su (la primera en Cuba) imprenta litográfica habanera.[40] Es por ello que en la reseña de su primera exhibición personal en Delphic Studios aparecida en The Art Digest (NY, noviembre 1, 1931) el crítico se refiere a él como “alguien quien cuando no se encuentra esquivando a funcionarios ofendidos, es editor de este mensuario ilustrado Social, de La Habana, publicación que ha viabilizado que los artistas americanos sean conocidos en América Latina”. La exposición se extendió hasta el 8 de noviembre, y según Massaguer, “en esa ocasión vendió casi todo lo que expuso”.[41] El autor de la reseña concluye con la no menos importante información de que “en esta oportunidad el artista viene para asentarse en una desenfadada vida artística en Nueva York”.

En 1924 había contraído matrimonio con Elena García-Menocal, sobrina del General Mario García Menocal, expresidente de Cuba, y primera personalidad de la política tradicional cubana que se acogiera al Derecho de Asilo (1932),[42] en virtud del Tratado de que Cuba fue signataria desde 1931. Este vínculo familiar, más sus caricaturas satíricas que empezaron a “molestar a Gerardito”, según confiesa,[43] y la suspensión de su nueva revista turística HAVANA, cuya redacción ya era de desagrado para los incondicionales del régimen, influyeron para su traslado a Nueva York hacia fines de 1931.

En sus declaraciones a la prensa local Massaguer fue más explícito. Según relató entonces, “ya en estos momentos sumaban 17 los parientes de su mujer encarcelados; y además, había recibido información confidencial de un oficial amigo respecto a que se le estaba preparando su celda en el Castillo del Morro”. Para el artista estuvo claro que “una presencia de mente y ausencia de cuerpo de La Habana le evitarían pasar el invierno en cautiverio”. De modo que empacó sus acuarelas y caricaturas y escurridizo subió al buque que lo trasladó a Nueva York.

La correspondencia de Massaguer ofrece el importante testimonio respecto a que el apoyo oficial estadounidense a este primer exilio cubano no ocurre sino hasta después de la elección del presidente Franklin D. Roosevelt, a fines de 1932.[44] No obstante en sus memorias –escritas muchos años después– se refiere a la existencia de una oposición cubana antimachadista (unos en Nueva York y otros en Miami) “unida con la jefatura del ex-presidente Menocal”, que luchaba por ayudar. (…) Se contaba con poco dinero pero con la ventaja de que los revolucionarios, dice Massaguer, ‘marchábamos de acuerdo’ ”.[45] Los documentos de la época revelan su estrecha relación con Fernando Ortiz,[46] así como que en figura entre los afiliados a la “Liga Patriótica” (f. 1931) en Estados Unidos, y seguidora de las tesis de este último.

Al parecer su apoyo fundamental a la ‘causa’ fue la denuncia de la tragedia cubana con su arte en publicaciones locales, como The Nation, y alguna otra, siempre que consiguió espacio para ello. Abruptamente dejó de recibir dinero de sus empresas en Cuba;  Nueva York vivía la gran depresión, y se agotaron sus créditos hoteleros. Se vio obligado a  replegarse a un modesto departamento donde dice haber recibido a un grupo de desterrados que discutían las últimas noticias de La Habana, y entre los cuales estaban Pablo de la Torriente Brau,[47] Teté Casuso, Eddy Chibás, Raúl Roa, y otros.

De algún modo debía procurarse el sustento; y hombre emprendedor, talentoso y conocido como era,  se dedicó esencialmente a su labor profesional y colaboró en revistas como Colliers, Cosmopolitan, Red Book, Vanity Fair, entre muchas otras que le abrieron sus puertas; también renovó sus vínculos con la publicitaria “King Features”. Después intentó abrirse paso estableciendo un estudio comercial apoyado financieramente por un amigo local, y fue dibujante de reconocidas firmas de la ciudad. No perdió sus vínculos con el mundo del teatro para el que realizó carteles de gran éxito. Pero sin duda su proyecto cultural más relevante de la época lo fue el conjunto de caricaturas que integran el libro del crítico teatral Cosmo Hamilton, People worth talking about;[48] éxito literario, como él mismo refiere, pero no económico.

Durante su ausencia, en La Habana, en julio de 1933, aparecía el último número de su amada Social.  Massaguer confiesa en sus memorias (1957) que la revista, nacida en 1916, “no transigió jamás con gobierno alguno”.

Si bien aceptó los designios del destino con la esperanza de que algún día volvería a publicar la ‘mejor revista ilustrada’, en estos días amargos le consoló la huída del tirano y sus secuaces”. Pero el regreso a La Habana, en 1934, le deparaba desoladores momentos, “la sorpresa y el gran dolor” de verse despojado de sus talleres y sus revistas Carteles y Social

En 1935 regresó a Cuba con su familia. Volvió a publicar Social en fotograbado…pero ya no era lo de antes, aunque Massaguer aún soñaba con que volvería a su categoría de antaño.

¿Qué significó este desenlace para Conrado W. Massaguer?   El resultado de su pecado… el de “sentir hondamente el dolor de mi patria, que sangraba bajo la planta del déspota, y el de ser excesivamente confiado”.     

  •  

Entre exilios

Con la caída de Machado este primer exilio queda disuelto; desaparecen las organizaciones y sus publicaciones, y los exiliados mayormente regresan a Cuba. Esta primera migración de retorno opera, en buena medida, sobre la base de la recaudación de fondos para cubrir los gastos de estos traslados entre organizaciones estudiantiles e hispanas locales que apoyaban fundamentalmente a los estudiantes exiliados en Nueva York,[49] y también gracias a la gestión del nuevo gobierno cubano –De los Cien (127) Días–, que se dispuso a asumir el traslado de exiliados antimachadistas a Cuba en buques propios, para lo cual estableció una oficina de inscripción en esta misma ciudad.[50]

Los meses de agosto y septiembre de 1933, son el instante en que se modifica la fisonomía del exilio político cubano en Estados Unidos. Apenas desaparecido el régimen machadista (agosto, 1933), y cuando todos suponían que aquella “colonia” estaba por tanto destinada a desaparecer, se opera allí una virtual sustitución de exilios; en esencia, de “antimachadistas” por “machadistas”, quienes se instalan en los mismos escenarios de sus antecesores, y con igual carácter: “exiliados”; sólo que ahora integrado, en lo fundamental, por funcionarios del régimen depuesto, y de otras fuerzas y partidos tradicionales, quienes aguardaron el cambio político en Cuba que asegurara su regreso seguro –en este caso, lo fue el golpe de estado de enero, 1934, que llevó a la presidencia al ex coronel Carlos Mendieta, y al poder real al triunvirato “Mendieta-Caffery-Batista”.

Las correspondencias personales disponibles que cruzaran entonces Orestes Ferrara –ex ministro de Relaciones Exteriores de Machado, entonces exiliado en Estados Unidos– con el presidente Roosevelt; con Gerardo Machado, en República Dominicana; y con Fulgencio Batista, en La Habana, entre otros,[51] revelan los esfuerzos de este nuevo grupo por concertar pactos y alianzas entre las partes, además de ejercer influencias desde el exterior sobre sectores nacionales, en favor del derrocamiento del gobierno provisional de Ramón Grau San Martín (agosto, 1933-enero, 1934), ocurrido el 14 de enero.

La respuesta al golpe por parte de una sociedad que llevaba meses inmersa en un proceso participativo de radicalización política, económica y social que también había sido el primer gobierno de Grau (provisional), y que entre otras reivindicaciones populares canceló la prohibición machadista para la constitución de nuevos partidos políticos, fue la insurgencia. Las fuerzas progresistas y de izquierda desplazadas del poder, por su parte, inician un proceso de reordenamiento; intentos de concertación de acuerdos y planes de levantamientos populares destinados a propiciar la toma del poder político perdido.

Numerosas huelgas obreras, por sectores, caracterizaron el panorama nacional cubano a lo largo de 1934. En medio de este proceso, la Universidad de La Habana, de manera unilateral, convoca a la celebración de una huelga general revolucionaria para el 6 de marzo (1935) que, por falta de preparación, concluyó el 15 del propio mes en un rotundo fracaso y provocó, casi de inmediato, un nuevo flujo migratorio progresivo: primero, de los más comprometidos en estos sucesos; y después, de otros miembros de las organizaciones y partidos políticos involucrados, ante el terror represivo que su fracaso desató en el país. Ello dio lugar a la formalización de otro nuevo grupo de exilio en Estados Unidos, integrado por quienes, ahora perseguidos, también buscaron refugio allí –algunos por segunda vez–, y que ahora se caracterizó por reproducir en aquel territorio el diversificado panorama de organizaciones de izquierda que entonces existía en Cuba, por vía de “representantes en el exilio”, y también se crearon entidades propias, como la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), primera y única de este tipo constituida en Estados Unidos.

III

Pablo de la Torriente Brau periodista de izquierda en el exilio postrevolucionario (1935-1936)[52]

Pablo de la Torriente-Brau (1901-1936) –periodista y escritor–- fue de los primeros exiliados que llegan a Nueva York tras el fracaso en La Habana, de la huelga revolucionaria de marzo de 1935, última acción de la jornada revolucionaria del Treinta; acontecimiento al que se vinculó desde el Comité de Huelga Universitario, cuestión que le ocasionó verse obligado a huir de la ola represiva que este hecho desató de inmediato.

Tampoco era desconocido en esta ciudad. Su primer arribo, en mayo de 1933, durante la escala del buque que lo conducía desterrado a España había repercutido en la comunidad cuando el diario hispano local, bajo el título de: “Joven puertorriqueño expulsado de Cuba va desterrado a España”, convirtió el acontecimiento en noticia:

Continúa viaje rumbo a España a bordo del vapor Cristóbal Colón el joven Félix de la Torriente, estudiante que cursaba estudios en la Universidad de La Habana[53] y que ha estado prisionero durante un número de meses por supuestas actividades oposicionistas al régimen del Presidente Machado, quien dio órdenes de que expulsado, se le trasladase al viejo continente.

Es punto a discutir la supuesta nacionalidad del joven estudiante, hijo del ex catedrático del Instituto de Segunda Enseñanza de Puerto Rico, don F. de la Torriente, ciudadano español que en la isla contrajo nupcias con una hija del historiador puertorriqueño Don Salvador Brau.

El Lcdo. Frank Antonsanti, destacado abogado de esta ciudad y relacionado familiarmente con el joven expulsado de Cuba, gestiona cerca de las autoridades federales de aquí los pasos a seguir en este interesante asunto.[54] 

En consecuencia, desde su llegada en marzo de 1935, y con el apoyo de sectores progresistas y de izquierda en esta ciudad –que ya habían incluido el tema del exilio cubano en su agenda de intereses desde la etapa anterior (1932-1933) –, Pablo inicia una campaña de denuncia de las actividades represivas posteriores a la huelga y en favor de los compañeros presos en Cuba en sus publicaciones: en New Masses “I Escaped from Cuba”[55] –su testimonio directo de los sucesos huelguísticos–, y en Student Review, su entrevista, “A Cuban Refugee Speaks”.[56] De inmediato acomete la gestión de documentos de apoyo a Cuba por parte de la intelectualidad progresista liberal norteamericana integrada en la American Civil Liberties Union, que dirigía Roger Baldwin; de organizaciones estudiantiles y femeninas; y aun el envío de un grupo de periodistas a Cuba para investigar el régimen de torturas que siguió a la huelga fracasada. De esta época sus vehementes discursos en el Club Julio Antonio Mella (NY), que todavía muchos años después de su muerte, recordaba la emigración neoyorquina como: “(...) el mejor orador, el más exaltado (...) el [que] hacía un discurso que convencía a cualquiera”.[57]

Pero nada de esto daba dinero, y Pablo era de los exiliados que debían procurarse el sustento.[58] Desde un inicio intentó, sin éxito, publicar su entonces manuscrito Presidio Modelo –monumental obra de denuncia del sistema penitenciario cubano machadista que completó durante este exilio, y cuya publicación gestionó sin éxito en México,[59] y España.[60] También albergó la esperanza de abrirse paso con sus cuentos,[61] pero pronto terminó frente a la alternativa reservada entonces a los inmigrantes hispanos: fue camarero –ni siquiera fijo– en el club neoyorquino, El Toreador.

Ante esta inestabilidad, y periodista de oficio, pensó escribir crónicas para las revistas habaneras Bohemia y Carteles, con la esperanza de ganarse el sustento. Pero de las seis de acontecimientos o temas locales que escribió, sólo se publicaron tres en Bohemia en la época: dos a la firma de “Carlos Rojas”, para conservar su anonimato: “La bolita, racket de moda en Nueva York”; “El Normandie no es francés”; y “Guajiros en New York”, a su firma, en 1936, cuando ya en Cuba existía el clima de amnistía política que de nuevo ampararía también a los exiliados.[62] Para Pablo, versátil periodista de barricada, esta obra “de ocasión”, absolutamente alejada de sus intereses habituales, que le imponía su imperiosa necesidad de “ganarse los frijoles” representa, amén de su hipercriticismo social, y un perfil investigativo que lo asocia con fuerza a la corriente del nuevo periodismo estadounidense, una suerte de oasis no suficientemente examinado desde esta perspectiva, en el conjunto de su producción de estos meses, y de la totalidad de su obra escrita.

Al quedar constituida en Nueva York la “Delegación Central Fundadora” de la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), en julio de 1935, de la que Pablo fue Secretario General hasta aproximadamente mayo de 1936, cuando la mayor concentración de exiliados en el Sur, aconsejó que se aceptara su propia propuesta del traslado de esta Secretaría a Tampa.[63] En esta etapa su obra activa tiene dos destinos esenciales: un conjunto de breves artículos (23) destinados al órgano de esta entidad, Frente Único; [64] publicación que además editaba; documentos internos de la organización y de su Club Martí (Estatutos, Reglamentos, etc.), que también dirigió desde su fundación en octubre de 1935, y cuya misión era la de “movilizar a mucha gente, aislada hasta ahora de los problemas de Cuba por haber carecido de todo contacto eficaz”. También escribió artículos políticos, algunos encargados por grupos y asociaciones locales: “Ayer héroes, hoy bandidos”; “Batista: Radiografía de un dictador”;[65] y “Carlos Aponte, peleador sin tregua”,[66] entre otros.[67]

Esta labor determinó que tanto las características políticas cubanas del momento, como las específicas de aquel exilio, fueran temas predominantes en su obra escrita durante más de 10 de los 17 meses que permaneció en Nueva York, así como que variara sólo después de que se modificara la estrategia revolucionaria predominante entre los grupos exiliados hacia mediados de 1936, ansiosos todos por el regreso a Cuba, que ahora garantizaría con certeza la amnistía de 1936 en la Isla.

No es de subestimar en absoluto en la obra activa de Pablo correspondiente a estos meses, aun cuando para la Literatura se trate de uno de los llamados “géneros menores”, su extensa colección epistolar (c. 176 piezas). El género aparece únicamente entonces –y de manera regular durante todo este lapso– en su modalidad de cartas privadas, puesto que las que escribió posteriormente en España estaban destinadas a que sus contenidos fueran de dominio público.[68] Esta correspondencia neoyorquina constituye un extraordinario legado testimonial de los acontecimientos de aquel exilio –en lo personal y respecto a la actividad del grupo de jóvenes allí reunidos. Para Pablo fue además el género depositario de su reflexión profunda en torno a fenómenos de la Revolución; sus hombres; proyección; complejidades y posibilidades de entonces, así como de otros aspectos impuestos por la propia dinámica política de las organizaciones en Estados Unidos; entre ellos, los relacionados con la estrategia futura del movimiento revolucionario cubano.

Esta colección, luego de un minucioso estudio, nos permitió establecer múltiples precisiones históricas, biográficas, bibliográficas y del fenómeno que la contextualiza, confiriéndole primero orientación a la investigación seguida, y favoreciendo posteriormente la estructura, contenidos y concepción general de su resultado: Escapé de Cuba (2008). También nos hizo pensar en algún posible y quizás no tan remoto nexo entre esta escritura, susceptible de ser entendida “como diálogo a distancia”, y la también dialógica novela inconclusa de Pablo de la Torriente, Aventuras del soldado desconocido cubano, que aun cuando se asegura llevó consigo a España, nunca terminó. Tan alejados de sí estuvieron en definitiva sus correspondientes epistolares de tantos meses, como podía estarlo ahora su inmaterial interlocutor, Hiliodomiro del Sol.

No son pocos los supuestos “recursos literarios” con que los críticos elogian hoy esta novela escrita en Nueva York; avalan su novedad, originalidad, logros estilísticos y condición de “insólita en nuestras letras”[69] en la época, que en definitiva son también recursos implícitos de la escritura epistolar: la narración dialógica, soporte estructural de la novela; el desdoblamiento del narrador/autor como recurso de doble narración entre Pablo y su interlocutor Hiliodomiro, así como la “creación de un personaje-narrador que coincide –en una especie de desdoblamiento casi documental– con la experiencia de vida, ideas políticas, personalidad, y aun el nombre del autor real”.[70] Tales cualidades, la avalan igualmente como la primera novela de este tipo escrita en castellano en el corpus de la multiétnica literatura latina de Estados Unidos.[71]

En la medida en que Pablo se fue distanciando de la ORCA fue acercándose al movimiento antifascista local; despertó ante la realidad de que “él era periodista”, y dejó tal impronta en la crónica “Resonancias de la Revolución española en New York”. La efervescencia política vivida por la ciudad lo arrastró a España, adonde viajó en agosto de 1936 como corresponsal de la revista neoyorquina New Masses, convirtiéndose en un adelantado del grupo de cubanos –muchos de ellos exiliados– que más tarde se enrolaron como voluntarios en la Brigada Internacional Abraham Lincoln, donde quedaron inicialmente agrupados en la “Centuria Guiteras”.

Sus crónicas españolas “Polemic in the trenches” y “Last Dispatch” aparecieron en inglés y este último editado a partir de sus cartas, en diciembre de 1936 y enero de 1937 respectivamente, en New Masses.[72]

Pablo no regresó de este exilio; murió en combate, en diciembre 19 de 1936, poco menos de dos meses después de llegar al frente de guerra español.

·           

Anotaciones finales

Identificar estos exilios como fenómenos dimanantes de una multifacética insurgencia revolucionaria en la sociedad cubana de la década de 1930, conceptualizarlos, y dotarlos de historia, requirió de la definición operacional inicial seguida de “cualidad adquirida; finito en el tiempo, condición reversible, y por consiguiente diluible”, en correspondencia con un fenómeno tipificado por la peculiar dualidad de origen en un territorio (nación), y realización en otro (país de destino), como aquí declaramos.[73]

Por su parte, el caso cubano revela que su exilio en el siglo XX ha tenido un comportamiento cíclico, circunstancial, y de relativa masividad; al tiempo que en términos de destino, históricamente ha devenido segmento circunstancial y periférico de la comunidad cubana previamente establecida en Estados Unidos. Las experiencias iniciales revelan como características: transitoriedad e inestabilidad; activa participación en los destinos públicos de la Nación y modos peculiares de relacionarse, tanto con la comunidad propia (extraterritorial) como con segmentos y sectores específicos del país anfitrión.

Observar el comportamiento del fenómeno bajo tales circunstancias en un momento tan alejado de la ocurrencia de los sucesos, ha sido posible gracias a la dualidad político-cultural de nuestra vanguardia intelectual, sujetos que al tiempo que participantes activos en los hechos, generaron huellas testimoniales perdurables. Esto los convierte en gestores y depositarios de fuentes hasta el momento únicas para la potencial restauración del fenómeno: testimonios orales y escritos, literatura, prensa y también las cartas personales cruzadas entre sujetos “en el exilio” con sus correspondientes en la Isla. Ello supone igualmente la posibilidad de acceder al desempeño artístico-literario personal de estas figuras; obra que suele generalmente diluirse ante tales ausencias más o menos prolongadas del país de origen.

Por último vale destacar, como intentamos precisar en cada caso examinado, que en sentido general estos exilios, hijos de su época y circunstancia, representaron, gracias a las personalidades que lo integraron, y aun cuando estas pudieran no haber lidereado políticamente a los grupos –y sin desestimar el hecho de que sí los lideraron de derecho–, obraron conforme a tres corrientes ideológicas predominantes entre sectores de esta vanguardia en la época: antinjerencismo, liberalismo y antimperialismo.

Notas



[1] Primera revolución social cubana del siglo XX, de imprecisos límites históricos según los autores que se refieren a ella, que consideramos un proceso ininterrumpido entre 1930 y 1940, teniendo como culminación la Asamblea Constituyente de 1940.

[2] Vanguardismo. Corriente o tendencia internacional caracterizada por la voluntad renovadora en materia de creación artístico-literaria, que surge en Europa, y afecta a América, desde alrededor de la primera posguerra, en el siglo XX. Como fenómeno ha sido poco estudiado en Cuba. Se estima que entre nosotros no fue privativo de la literatura —zona donde más se ha tratado—, sino que en todas las manifestaciones del arte y la cultura, en mayor o menor medida, se aprecian sus efectos transformadores, visibles en el período comprendido entre 1918 y 1940 (R. Hernández: “Literatura de orientación vanguardista en Cuba (1909-1940). Propuestas para su investigación”, en: Unión, La Habana, año IX, no. 27, abril-junio.1997, p. 40). Juan Marinello por su parte, actor y testimoniante del vanguardismo cubano, consideró como características privativas de este: la no existencia del interés por trasplantar los ismos parisienses; el predominio de lo que llamó “anchura de preocupaciones” y “la circunstancia de mezclar lo nuevo con lo viejo”; así como que este espíritu renovador aquí también quiso ser “renovación de entendimientos y perspectivas como servicio a objetivos numerosos”, todo lo que le confiere, en su opinión, eso que llamó “notas de mayor alcance” que en otros puntos del continente [Juan Marinello (1973): Cuba: Cultura. (Comp. de Ana Suárez Díaz. Prólogo de José A. Portuondo), La Habana, 1989, Col. Obras, Ed. Letras Cubanas, pp. 144-155].

[3] Asuntos relacionados con este fenómeno aparecen referidos públicamente en ocasiones, tiempo después de su ocurrencia, en forma de relatos testimoniales en La Habana, a lo largo de 1934.

[4] En nuestro estudio, contextualizado en la década de 1930, exiliados son sujetos que por razones o intereses múltiples, de carácter individual o colectivo, fijan residencia temporal‑eventual en un país diferente al propio de origen, en virtud de un alejamiento forzoso ante el peligro inminente para su integridad física, por razones de índole política, en cuyo caso optan por abandonar su país —generalmente de modo subrep­ticio—, y cuyo regreso quedará condicionado, por tanto, a cam­bios políticos operados en la Nación que garanticen su integri­dad. Todo lo que favorece que sea en este segmento en el que se observe la relación más directa y determinante entre “Exilio y Nación”. Se trata de una “condición adquirida”, y por tanto, también de carácter “reversible”, al modificarse las condicionantes —subjetivas y/u objetivas— que le dieron origen. Se deja de ser “exiliado” desde el momento en que existen condiciones favorables para el regreso al país de origen—aun cuando se opte por no regresar. La posibilidad de hacerlo está en las transformaciones operadas en la Nación. Ana Suárez Díaz: “Cuba: Exilio sin Historia”, en: Debates Americanos. Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz, Universidad de La Habana, no. 1, 1997.

[5] Gerald Poyo: “Cuban Communities in the United States: Towards an overview of the 19th. Century Experience”. Cubans in the United States. (Miren Uriarte-Gastón y Jorge Cañas Martínez, Eds.), 1984, Center for the Studies of the Cuban Community, p. 47.

[6] Fundamentamos tal afirmación en el hecho de que en diferentes momentos de nuestra investigación pudimos entrevistar a diversos testimoniantes activos en la época de referencia: Salvador Vilaseca, del Directorio Estudiantil Universitario; Segundo Curti, del Partido Revolucionario Cubano-Auténtico; Neftalí Pernas, de Joven Cuba, y a Eladio Paula, tampeño y miembro de la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA) en Filadelfia, en 1935; todos contactados en La Habana.

[7] Julio Antonio Mella: Documentos y artículos. (Comp. del Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba), La Habana, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

[8] Rubén Martínez Villena: Poesía y prosa. (2t.), La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1978.

[9] Olga Cabrera (Comp.): Antonio Guiteras: Su pensamiento revolucionario. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1974.

[10] El tema es también recurrente en la correspondencia cruzada entre intelectuales de la época. Ampliar en: Ana Suárez Díaz: Cada tiempo trae una faena, Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta. (2t.) La Habana, Coedición del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y la Editorial José Martí, 2004.

[11] Edición de la Editorial Letras Cubanas, del Instituto Cubano del Libro, La Habana.

[12] En carta fechada en Nueva York, el 20 de mayo de 1933, Pablo de la Torriente-Brau, quien recién salía del Presidio Modelo, le comenta a Fernando Ortiz: “Fue a un grupo de 17 a los que nos propusieron el embarque. Todos aceptamos con la idea de que del extranjero, en un momento dado, se puede regresar a Cuba, pero no desde el Presidio.” Fondo Fernando Ortiz, Biblioteca Nacional José Martí.

[13] Entre estos Juan Marinello, quien recién salido del Presidio Modelo, supo de la orden de muerte dictada en contra suya como represalia por el atentado y muerte de Clemente Vázquez-Bello (La Habana, septiembre, 1932) presidente del Partido Liberal y asesor personal de Gerardo Machado. Este se sumergió en la clandestinidad y desde ella solicitó asilo en la Legación de México en La Habana, en 1933, y permaneció en este país hasta la caída del dictador. Regresó a La Habana en septiembre de ese año al frente del grupo de revolucionarios cubanos que trajeron a Cuba las cenizas de Julio A. Mella.

[14] El general y ex presidente Mario García-Menocal fue el primer cubano que solicitó amparo del Derecho de asilo en la República. Se refugió en la Legación de Brasil en La Habana, c. junio, 1932, para eludir la orden de arresto en su contra dictada por las autoridades machadistas. Posteriormente viajó a Estados Unidos. Ver: La Prensa [NY], junio 10, 1932).

[15] Sólo dos ejemplos, Ver: La Gaceta (Tampa), abril 20, 1933, p.1, nota titulada ‘Llegaron a Miami catorce cubanos fugitivos’. Las noticias de la Florida dan cuenta que a Key West llegaron ayer doce cubanos fugitivos de la dictadura de Machado, los cuales fueron trasladados más tarde a Miami, por las autoridades de inmigración. Estos jóvenes serán dejados en libertad bajo la custodia del general Mario G. Menocal ex-presidente de la República de Cuba. “(…) Otro grupo de catorce desembarcó ayer en el territorio americano, cruzando el Golfo en una lancha de 26 pies”.

[16] Fernando Ortiz: Carta (junio 22, 1931) a José Ma. Chacón y Calvo, en: Zenaida Gutiérrez-Vega: Fernando Ortiz en sus cartas a José Ma. Chacón, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1982, p. 96.

[17] Testimonio directo de su secretaria personal, Conchita Fernández. Además, referido en la Bio-bibliografía de don Fernando Ortiz, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1970.

[18] Ídem.

[19] “El Committee on Cultural Relations with America oyó graves a Machado”, en: La Prensa (NY), enero 9, 1931, pp. 1-3.

[20] “Cuba no está pidiendo nueva intervención, sino que cese la existente allí desde 1916”, en: La Prensa (NY), enero 12, 1931, pp. 1-8.

[21] Ídem.

[22] Se refiere a declaraciones de “no-intervención en los asuntos de Cuba” hechas por Henry Stimson, entonces Secretario de Estado de Estados Unidos.

[23] En febrero de 1931 ya la Liga Patriótica tenía constituidas sus delegaciones de Washington D.C. y de Nueva York, y se proponía constituirlas en Tampa y Cayo Hueso. En Washington D.C. integraban el Comité Ejecutivo: Alfredo Betancourt, Presidente; Gerald Brandon, Vice; Octavio Seigle, Secretario General y Domingo Tamargo, Tesorero. En Nueva York (con oficinas en el 371 W. 116 St.): Leoncio Despaigne, Presidente; Andrés Garmendía y Julio Desangles, Vice; Pedro Cetorio, Secretario General y Prudencio Trueba, Tesorero. En febrero de 1931 ya contaba con unos 400 miembros; cubanos y americanos interesados en los problemas de Cuba. (Cf.: La Gaceta, Tampa, febrero 27 y mayo 15, 1931; y New York Times, julio 17, 1931).

[24] Fernando Ortiz: Carta (marzo 12, 1931) a José Ma. Chacón y Calvo, ed. cit., p. 94.

[25] Reseñado en La Prensa (NY), noviembre 9, 1931, p. 1; y New York Times, noviembre 8, 1931, p. 6 L.

[26] Reseñado en La Prensa (NY), diciembre 19, 1932, p. 1.

[27] Reseñado en La Prensa (NY), diciembre 10, 1932, p. 5.

[28] Entre ellas, las neoyorquinas The Crisis y La Nueva Democracia.

[29] Carta de Fernando Ortiz (marzo 12, 1931) a José Ma. Chacón y Calvo, ed. cit., p. 94.

[30] Reseñada en La Prensa (NY), abril 8, 1931, p. 6.

[31] Fernando Ortiz: “La esclavitud de los indios en el Nuevo Mundo”, en: La Nueva Democracia (NY), julio, 1932, pp. 22-23.

[32] A ello se refiere en cartas a José Ma. Chacón y Calvo, marzo y junio de 1931; y enero de 1932, ed. cit., pp. 93-99.

[33] Surco (La Habana). Fundada por Ortiz en agosto de 1930; y publicada hasta febrero de 1931. Destinada a difundir en las naciones hispanoparlantes expresiones culturales que en otras lenguas apuntaban a la renovación del pensamiento y de la vida.

[34] Carta de Fernando Ortiz (enero 12, 1932) a José Ma. Chacón y Calvo, ed. cit., p. 98.

[35] La Gaceta (Tampa), enero 23, 1933, p. 1.

[36] Carta de Fernando Ortiz (febrero 19, 1933) a José Ma. Chacón, ed. cit. p. 99.

[37] Carta de Fernando Ortiz a Victoriano Manteiga, director de La Gaceta (Tampa), publicada en este diario en agosto 23, 1933, p. 1.

[38] Fernando Ortiz revela esta estrategia en carta (febrero 19, 1933) a José Ma. Chacón y Calvo: “(...) Estoy desde hace meses en un vértigo, tratando de que esta gente comprenda sus terribles responsabilidades en Cuba, de que retire su protección al tirano, de que ayude a limpiar a Cuba de la podre politiquera que ha envenenado la patria, y tratando de evitar la intervención militar. Creo que todo esté logrado (...)”, ed. cit., p. 99.

[39] Crónica de Karl K. Kitchen en The Sun, octubre 31, 1931.

[40] Ubicada en la entonces denominada Quinta Jorrín, en Tulipán y Cerro. Fue un negocio compartido con Alfredo T. Quílez y Wilhelm Ernst, que contó además con otros varios animadores. Conrado Massaguer. Ver: Massaguer. Su vida y su obra. Autobiografía. Historia gráfica. Anecdotario. Cincuentenario Massagueriano 1907-1957, La Habana, 1957.

[41] Ídem.

[42] El expresidente Mario García Menocal (también General) fue el primer cubano que solicitó amparo del Derecho de asilo en la República. Se refugió en la Legación de Brasil en La Habana, c. junio de 1932, para eludir la orden de arresto en su contra dictada por las autoridades machadistas.

[43] Ídem.

[44] Carta a Juan Marinello del 30 de junio de 1933. “(…) verás por esta que el mal recordador recuerda y sueña con el día en que nos volvamos a reunir alrededor de la sabática mesa de los minoristas, cuando haya caído el usurpador villaclareño. (…) he pasado un invierno espantoso, pues, sin ningún alivio de Cuba y con la situación increíble de este país, he llegado a creer en la eficacia de una buena soga o en la trayectoria rectilínea de un 42. Afortunadamente estos últimos meses las noticias de Cuba nos hacen pensar en un próximo futuro halagüeño (…) me reúno con frecuencia con algunos amigos de aquellos inolvidables días, entre ellos Pablo de la Torriente y con el inquieto Chibás, que compartió esta noche nuestra mesa. Creo que en estos días haré mi debut con algunas caricaturas antimachadistas en la revista The Nation (…) Desde octubre de 1931 he luchado porque la prensa de aquí se interesara en lo de Cuba, que hasta hace seis o siete meses apenas si obtenía espacio alguno. Hoy, en cambio, casi toda la prensa, lo mismo la ilustrada que la diaria nos dedican páginas y más páginas (…)”. Cada tiempo trae una faena…, t. I, ed. cit., pp. 421-422.

[45] En realidad hubo divergencias profundas, sobre todo entre este grupo –gestor de la Expedición de Gibara, en 1931, en apoyo al alzamiento liberal en la Isla–, y los miembros de Directorio Estudiantil Universitario.

[46] En carta a Massaguer, del 28 de junio de 1933, relacionada con los trámites de prórroga del permiso de inmigración estadounidense para su familia, Fernando Ortiz le comenta: “Yo acabo de recibir otra extensión de mi permiso hasta diciembre, creo que ya es la sexta o séptima prórroga. Y así, indefinidamente mientras siga el macaísmo [denominación de Ortiz para el machadato] en las playas cangrejeras. Creo que Ud. puede lograr seis meses, si no alega que trabaja; si sostiene que trabaja para Cuba, y si se presenta como un exilado político que no puede volver a su república (...) porque no hay república a donde volver. Si Ud. allá para el 15 de Julio envía a mí o a Rafael Cabrera, el aviso necesario, le enviaremos la application que deberá Ud. llenar para todos los Massaguer.”, Fondo Fernando Ortiz. Biblioteca Nacional José Martí, La Habana.

[47] A este, secretario de oficio, lo contrató para que escribiera sus cartas.

[48] Publicado en Nueva York, por Robert M.McBride & Co., en 1933. Disponible en la Biblioteca Pública de esta ciudad, bajo régimen de consulta especial.

[49] Ver: La Prensa (NY) agosto 16, p. 3.

[50] Los trámites de repatriación estuvieron a cargo del Dr. Héctor Aguilera, en el 31 W. 112 St., NYC. La Prensa (NY), agosto 22, 1933, p. 8.

[51] Ver Los títeres de Ferrara. Izquierda Revolucionaria, La Habana, 1935, de la autoría de Pablo de la Torriente-Brau.

[52] Este exilio, resumido en los fragmentos siguientes, se presenta en todo detalle en el volumen monográfico Escapé de Cuba. El exilio neoyorquino de Pablo de la Torriente Brau (marzo, 1935 -agosto, 1936). La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2008.

[53] Aun cuando existen varios documentos relacionados con el ingreso de Pablo de la Torriente a la Universidad de La Habana, este nunca se hizo efectivo, por diversas razones. Entre ellas, en última instancia, el cierre de la Universidad por los sucesos de la manifestación estudiantil antimachadista de septiembre 30, 1930, primero, y luego la huelga de marzo de 1935, resultado de la cual abandona el país. Ver: Nuria Nuiry: “Prólogo”, en: ¡Arriba muchachos! La Habana, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2001, p. XI.)

[54] La Prensa (NY), mayo 22, 1933, p. 5. Aun cuando hubiera nacido en Puerto Rico, Pablo era cubano por naturalización, desde 1921. Consúltese: Víctor Casaus: “Pablo: con el filo de la hoja”, en: La Gaceta de Cuba, La Habana, no. 1, enero-febrero, 1997, p. 5.)

[55] New Masses (NY), abril 2, 1935. Disponible en: Escapé de Cuba, ed. cit.

[56] The Student Review, Nueva York, abril, 1935. Disponible en Escapé de Cuba, ed. cit.

[57] Según refiere Julián Mesa, emigrado cubano en Nueva York, y personaje central de la novela testimonial de Miguel Barnet, La vida real. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986, pp. 230-231.

[58] Algunos eran subsidiados por sus propias familias y otros por las organizaciones a las que pertenecían.

[59] Por vía de José A. Fernández de Castro, Attaché cultural de Cuba en México, ante la editorial del también cubano Gabriel Botas, sin que ello diera resultado.

[60] En enero de 1936, Pablo envió este manuscrito a José Ma. Chacón y Calvo, quien entonces asegura que le había causado “una gran impresión” (Cartas cruzadas, ed. cit., p. 523). Pero, a pesar de las varias consideraciones de este en su carta, el libro tampoco se publica en ese país. No se edita hasta 1969, en La Habana, por la Editorial de Ciencias Sociales del Instituto Cubano del Libro.

[61] La idea de publicar sus cuentos está asociada con una propuesta que al parecer le hiciera Langston Hughes (1902-1967), talentoso joven intelectual negro, con quien Pablo coincidió en las actividades de organizaciones de izquierda locales. Según sus cartas, este le ofreció traducir dos de sus cuentos: “El héroe” y “¡Nosotros solos!”. Pablo de la Torriente. Cartas cruzadas. (Comp. y Prólogo Víctor Casaus), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981, p. 57. No obstante, no se localizó la edición del volumen dedicado a cuentistas cubanos y mexicanos a que este hace referencia.

[62] Todos sus trabajos periodísticos para la prensa cubana se encuentran disponibles en: Escapé de Cuba, ed. cit.

[63] En lo adelante la dirigió Gustavo Alderegüía.

[64] Se editaron tres números de Frente Único –actualmente depositados en el Fondo Salvador Vilaseca del Instituto de Historia de Cuba, en La Habana– octubre, 1935; noviembre, 1935 y enero, 1936. Se imprimieron en Nueva York –aun cuando este indique lo contrario–, y se hacían llegar clandestinamente a Cuba. La colección de estos artículos de Pablo están disponibles en Escapé de Cuba, ed. cit.

[65] Publicado originalmente en la revista Three Americas, órgano del “Committee on Cultural Relations with Latin America”.

[66] Repertorio Americano, San José, Costa Rica, enero 16, 1936. Aparece como “envío del autor, New York, noviembre 5, 1935”. Pablo refiere que fue escrito para desvirtuar insultos de la prensa norteamericana sobre Guiteras y Aponte, a raíz de sus muertes (mayo 8, 1935).

[67] Todos estos trabajos, incluidos los documentos internos de la ORCA, se encuentran disponibles en: Escapé de Cuba, ed. cit.

[68] Pablo escribió estas cartas a los editores de la revista New Masses (NY), y en tanto corresponsal en España para reportar las incidencias de la Guerra Civil, con el objetivo de que fueran utilizadas por ellos en la redacción de sus respectivos comentarios sobre el tema.

[69] María del Carmen Víctori: “Aventuras del Soldado Desconocido cubano” (1982), en: Pablo: 100 años después, ed. cit., pp. 242-248.

[70] Le han dedicado atención a esta obra María del Carmen Víctori primero, “Aventuras del Soldado Desconocido cubano” (1982), en: Pablo: 100 años después, ed. cit., pp. 242-248, y también Denia García Ronda en varios momentos posteriores, entre ellos su Prólogo en: Pablo de la Torriente-Brau. Aventuras del Soldado Desconocido cubano. Novedad y trascendencia, Eds. La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2000.

[71] Técnicamente se consideran fuentes constitutivas de la Literatura latina de Estados Unidos la obra generada por hispanos nativos, emigrantes y exiliados escrita su territorio, desde los tiempos coloniales hasta la actualidad.

[72] Igualmente, estos trabajos se incluyen en: Escapé de Cuba, ed. cit.

[73] Conceptualizaciones y periodización se tratan en detalle en: Ana Suárez Díaz. “Cuba: Exilio sin Historia” (1997), ob. cit.

cierre
 
PDF Imprimir Sobre el tema El autor Índice

 
Génesis de la ciencia agrícola en Cuba
Marx y los historiadores ante la hacienda y la plantación esclavistas
Repensar la independencia de América Latina desde el Caribe
Bolcheviques en el poder y Filosofía / Revolución en los años sesenta
Director: Félix Julio Alfonso López
Edición: Joanna Castillo Wilson
Diseño: Alejandro de la Torre Chávez
Programación: David Muñoz Compte
Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
ISSN2075-6046 / RNPS 2223