EL
JUEZ DEFINITIVO TIENE LA PALABRA
(INTRODUCCION)
En
este libro hemos reunido una serie de testimonios y ensayos sobre la guerra de
independencia que, entre 1868 a 1878, libraron los cubanos. La obra se inicia
con dos testimonios. El primero es un análisis sobre las causas de la guerra
expresada por un integrista convencido, como fue Antonio José Nápoles Fajardo,
hermano del famoso poeta Juan Cristóbal de los mismos apellidos y que ha pasado
a la historia como El Cucalambé. Continuamos con unas anotaciones sobre los
primeros días de la contienda por el general mambí Calixto García Íñiguez.
Incluimos dos estudios sobre mujeres que aunque escribieron relevantes páginas
en aquellos años terribles hoy están poco menos que olvidadas. Nos referimos a
Isabel Vélez Cabrera, la esposa de Calixto García, y Juana de la Torre, la mujer que le propinó la primera derrota a las fuerzas coloniales en octubre de
1868. El estudio biográfico sobre esta última nos ha servido para tratar de
entender como la historiografía ha valorado el papel de la mujer en aquella
contienda. Un análisis sobre los primeros noventa días de la guerra en Oriente
nos sitúa ante las muchas alternativas que tuvieron ante sí los mambises y las
circunstancias que los hicieron escoger uno u otro sendero de la construcción
de la vida política dentro del independentismo.
La acción bélica, propiamente, tratamos de analizarla
desde las perspectivas de los dos bandos, en varios ensayos uno de ellos sobre
el combate del El Salado, otro sobre un territorio aparentemente alejado de la
contienda en sus años más cruciales como Baracoa. Los destacamentos españoles y
sus tácticas son valorados en uno de los ensayos lo que nos sitúa ante una de
las más efectivas y desconocidas reacciones militares españolas en la
contienda. Asunto, también, escasamente valorado hasta el presente es el
financiamiento de la gran ofensiva político-militar desarrollada en los últimos
años de la lucha. Tema que tratamos en uno de los ensayos.
Por último hacemos un análisis sobre la reconstrucción intelectual de la guerra
por sus participantes y luego por los historiadores.
En
ocasiones nos parece que los acontecimientos generados por aquel
desproporcionado esfuerzo bélico guardan ricos y olvidados filones de una
extraña mitología. En este caso es imaginación generada por los propios hechos
y no por los estudiosos del pasado.
Como
si lo acontecido guardara un matiz de criterios propios. Sobre ese peculiar
mundo que parece todavía latir en algún rincón del pasado es de lo que trata
este conjunto de breves testimonios y ensayos. En fin, el lector, ese juez
definitivo, tiene la palabra.
UNA
VISIÓN INTEGRISTA DE LA GUERRA DEL 68
Las guerras de independencia son de
los fragmentos del pasado cubano a las que la historiografía les ha puesto
mayor atención. Es difícil encontrar un acontecimiento relevante en aquella
contienda o una figura importante a la que no se le haya dedicado uno o varios
estudios. Este interés no es exclusivo de los historiadores de la Isla. También existe una visión española de carácter histórico que desde el mismo día del
alzamiento comenzó a reflejarse en artículos de periódicos, revistas, folletos
y libros. Paralelo a las guerras de independencia iban surgiendo esos textos
que hoy ocupan un espacio relativamente amplio en los anaqueles de las
bibliotecas. En ella se reflejaba el punto de vista de los colonialistas.
Con mayor o menor imparcialidad
con menos o más pasión el criterio de los intelectuales españoles, que fueron
contemporáneos a las contiendas y escribieron sobre ellas, está matizado por
ese apego a la defensa del derecho de la metrópoli a perpetuar su dominio en la
colonia.
Los acontecimientos superaron estas obras Los cubanos demostraron durante tres
guerras que estaban dispuestos a conquistar su independencia. Estos textos
colonialistas no fueron a parar materialmente al basurero, aunque intelectual
y moralmente les correspondió ese lugar. Los cubanos, en la medida en que el tiempo
iba imponiendo un razonamiento más distante de aquellos acontecimientos han
tratado de cuidar tales obras en las bibliotecas, sometiéndolas a procesos de
conservación y restauración cuando ha sido necesario y posible. Se ha
comprendido que tras las muchas calumnias, el justificar crímenes horribles,
existe también una información valiosa que es necesario conservar. Incluso los
mismos criterios antagónicos de los autores tienen un valor para el estudio
científico social, pues a través de ellos se puede llegar a comprender las
mentalidades y las motivaciones de aquellos hombres que se enfrentaron a la
rebelión de los cubanos. Esos textos y criterios también forman parte de la Historia de Cuba.
Cuando se decidió incluir en esta obra este fragmento de El Sitio de
Holguín, de Antonio José Nápoles, experimentamos un sentimiento embarazoso
de que comenzábamos a caminar en terreno que no era el nuestro. Nos movíamos
al otro lado de la colina. Entrábamos en las residencias en que nuestros
antepasados mambises soñaron con incendiar y degollar a filo de un buen machete
Collins a sus ocupantes.
Sin embargo, comprendimos que todos estos libros también conforman nuestro
pasado. La mayoría de los cubanos tenemos, también, un abuelo integrista en
ocasiones tan convencido como el abuelo mambí.
El Sitio de Holguín, de
Antonio José Nápoles Fajardo, lo podemos dividir en dos partes. La primera es
un estudio sobre las causas del alzamiento de 1868 en la jurisdicción de
Holguín. La segunda, una descripción de lo ocurrido durante el sitio de
Holguín. La primera parte es más un ensayo que una monografía descriptiva. El
autor valora como una de las causas del alzamiento en Holguín el estado de
endeudamiento de los campesinos creado por comerciantes usureros, la corrupción
y el vicio establecido en los campos de la comarca. También, el efecto de
tenientes gobernadores mediocres. Según su criterio tales asuntos se podían
haber resuelto en el marco del sistema colonial español. Para ese autor esa fue
una de las causas de la guerra, pero no la única. Asunto ampliamente explicado
en cualquier libro sobre aquel acontecimiento. Sin embargo, el valor de la obra
de Nápoles radica precisamente en que a diferencia de la mayoría de los textos
escritos en su época y durante muchos años ofrece detalladas descripciones de
lo acontecido sin hacer análisis ni esbozar una interpretación. Otra de las
características de la obra de Nápoles Fajardo es que le da participación en
los hechos a gente que en otros textos han sido olvidados como los
dependientes, artesanos, mujeres, presos y otros de menor relevancia social
siguiendo los parámetros de la época.
Por la participación del autor en los acontecimientos que narra y la cercanía
en el tiempo en que fue escrito, febrero de 1869, el libro tiene, al mismo
tiempo, un serio límite: la pasión. Para el autor, los mambises son un grupo de
delincuentes y saqueadores. Trata de disminuirlos por todos los medios a su
alcance por lo que cuando se refiere al bando contrario debemos, por principio,
de poner en duda sus criterios e incluso la información. Por último el Sitio
de Holguín podemos considerarlo como uno de los primeros estudios de
carácter regional escrito por un cubano en el sentido moderno que se entiende
por tal definición. Nápoles hace una interpretación sobre un acontecimiento de
carácter nacional destacando las particularidades que se dan en la localidad.
La única ciudad cubana que ha sido demolida hasta sus
cimientos en dos ocasiones en un periodo de unos veinte años es Las Tunas. En
septiembre de 1876 las fuerzas de Vicente García la tomaron en un sorpresivo
ataque. En agosto de 1897, Calixto García le puso sitio. En ambas ocasiones el
poblado fue reducida a cenizas. El fuego se hizo cargo del libro donde anotaron
el bautizo de Antonio José Nápoles Fajardo. Asunto que nos obliga a iniciar
estas notas sobre el ensayista y periodista tunero sin poder ofrecer una fecha
de nacimiento.
Sus padres fueron Manuel Agustín Nápoles Estrada y Antonia María Fajardo.
Residían en Las Tunas. El matrimonio tuvo varios hijos. Tres varones, a los que
bautizaron con los nombres de Juan Cristóbal, Manuel y nuestro biografiado
Antonio José. Las hembras Antonia, Ismaela, Manuela, Ana Gertrudis y María de la Concepción Cleofás. Al menos, estos son los hijos legítimamente reconocidos del matrimonio.
Los varones crearon un mundo en extremo exótico para una comunidad conformada
por terratenientes, ganaderos, campesinos y peones. Una parte considerable
analfabeta y reducida a la vida monótona de sus fincas y sitios de labranzas.
Esta gente no era propietaria de una cultura literaria o científica. Es el
criterio más común y creído hasta ahora.
La familia Nápoles Fajardo daría un aporte considerable a la memoria cultural
tunera, pues Juan Cristóbal y Manuel fueron dos poetas que anclaron la región
en la literatura cubana. También Antonio José tenía sensibilidad de poeta,
aunque de él apenas han quedado tres poesías. Es de suponer la existencia de un
número mayor, pero no tenemos la constancia.
La vida de Antonio José está rodeada por una bruma que nos ha dejado
espacios inacabados. La imprecisión en fechas y acontecimientos marcan la
biografía de este intelectual. Como la punta de un iceberg, de vez en
cuando emergen fragmentos de información sobre su pasado.
El 14 de agosto de 1848 el escribano de Las Tunas Miguel Martí anotaba:
Escritura de donación que otorgó el Sr. cura D. Jose
Rafael Fajardo a favor de D. Antonio José y D. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo
todos vecinos, de 15 pesos de posesión a cada uno en su sitio Cornito en el
hato conocido de Las Tunas para labranzas.[1]
Luego, otra noticia que ha escapado al olvido nos dice que contrajo matrimonio
con Josefa María Roselló con la cual tiene una niña que nació el 4 de febrero
de 1861[2]
Antonio José aparece muy tempranamente vinculado a la tipografía. La historia
de la imprenta en Las Tunas es bastante temprana si tenemos en cuenta las
reducidas dimensiones culturales de la región durante el período colonial. El 7
de marzo de 1859 cinco vecinos de la población le dirigen una solicitud al
Capitán General para comprar una imprenta y crear un periódico semanal titulado El Hormigo.[3]
El grupo de promotores adquiere la imprenta en Puerto
Príncipe y la establecen en Las Tunas bajo la dirección de Manuel Nápoles
Fajardo. En diciembre de 1860 Manuel traspasa la administración a su hermano
Antonio José. Este la traspasa más tarde a Lorenzo de Artime y Morán pues ha
decidido trasladarse a Holguín.
Hay una serie de hechos que no parecen ser simples exponentes aislados del
pasado de la región de Las Tunas. Entre ellos podemos considerar la fundación
de una imprenta y un periódico, la existencia de poetas como los hermanos
Nápoles. Incluso las características del propio movimiento independentista que
se convirtió en un poderoso centro político para los demás revolucionarios de
las comarcas orientales y camagüeyanas. No parece muy creíble la historia
tantas veces repetida de que un grupo de ignorantes campesinos y terratenientes
tuneros fueran capaces de convencer a buena parte de la elite revolucionaria
para que los siguiera en sus movimientos políticos durante la guerra. Más,
teniendo en cuenta que en esa elite se encontraban destacados intelectuales.
Es significativo que en esa sociedad se formó un hombre de las dimensiones de
Antonio José Nápoles Fajardo, capaz de hacer análisis sobre la sociedad que
estaba fuera del contexto del desarrollo de buena parte de otras obras de ese
tipo, nos sitúa en una encrucijada sin respuesta todavía. ¿Estamos ante una
excepción o la punta de un iceberg?
Nápoles
según hace constar en su libro llegó a Holguín en 1861. En esos años esta
población era el centro de un amplio desarrollo motivado por lo que hoy
llamaríamos una locomotora económica. El puerto de Gibara y su hinterland se había convertido en un centro de comercio sin precedente en la región. Por
sus muelles se embarcaba una cantidad considerable de mercancías. En las
inmediaciones de la bahía surgió una rica zona de cultivo con la presencia de
varios ingenios azucareros y una infinidad de vegas que llenaban los muelles de
forma sistemática de convoyes de azúcar y tercios de tabaco. En Holguín,
Nápoles funda el periódico El Oriental. Para esto dispone de una
imprenta.
Nápoles actuará con una fidelidad absoluta al régimen español. No estamos ante
un simple arribista que se unía al carro de los poderosos en busca de alguna
ventaja económica, era un convencido de sus ideas y así lo demostró. En los
momentos más difíciles para el colonialismo español en Cuba, cuando la
revolución independentista triunfaba en el Departamento Oriental y tal parecía
que la Nochebuena de 1868 se celebraría en Cuba libre. Antonio José se unió con
absoluta pasión a los defensores del integrismo. Formó fila junto al reducido
grupo de fieles a la metrópoli en la ciudad de Holguín. Con ellos se encerró en
La Periquera sufriendo el sitio más prolongado impuesto por el Ejército
Libertador La victoria insurrecta parecía inminente, pero el ánimo de Nápoles
no flaqueó.
De todas formas la definición de traidor le es muy cercana. Mientras miles de
sus compatriotas morían por Cuba Libre, Nápoles se refugia entre las fuerzas
más reaccionarias, entre los que sostenían la esclavitud colonial. Moralmente
estuvo junto con los que formaron el pelotón de fusilamiento que puso fin a al
vida de los jóvenes estudiantes de medicina.
Pero
la historia humana no se escribe en blanco y negro. Es importante esclarecer
que una parte considerable de los vecinos de la Isla estuvieron al lado de las fuerzas colonialistas en las guerras de independencia y en especial, en la de
1868. Entre ellos se encontraba una buena cantidad de inmigrantes españoles,
colonos franceses del sur de Oriente, y también una los que, nacidos en la Isla, combatieron contra la revolución. Muchos de ellos eran mercenarios, recibían una paga
como contraguerrilleros, o su integración a los cuerpos de voluntarios los
alejaba de las sospecha de una posible militancia independentista. Lo más
triste fue que individuos que pertenecieron al Ejército Libertador,
traicionaran y acabaran brindando sus conocimientos sobre los mambises a los
colonialistas por un plato de lentejas. Desgraciadamente tales actitudes
conforman también la condición humana. Pero un grupo de cubanos integristas
actuaron con un gran convencimiento y fueron fieles a España hasta las últimas
consecuencias. Nápoles Fajardo parece que milita más en este grupo que en los
primeros que se movían por una simple paga.
La participación de una cantidad relativamente importante de cubanos en el
integrismo es producto de un complejo proceso donde nos encontramos desde el
arribismo y el oportunismo mercenario hasta asuntos ligados a la formación de
nuestra nacionalidad que no podemos simplificar. Antonio José está atrapado en
esa madeja social, se siente español o miembro de una provincia española de
ultramar. Pero al mismo tiempo no lo es. En su obra más significativa, El
Sitio de Holguín, afirma con orgullo ser natural de la mayor de Las
Antillas pero no ha dejado de sentirse como parte de España. En la obra esboza
la necesidad de realizar reformas en la sociedad colonial. Señala críticamente
muchos de sus males, pero piensa que se les puede dar solución. Se siente
ganado por la seguridad que ofrece el colonialismo español.
El ejemplo de los pueblos latinoamericanos era deprimente y pesó bastante en la
intelectualidad cubana de la época. Un ejemplo elocuente de esto era José María
Heredia quien afirmaba en una carta al Capitán General de la Isla que había abrazado el independentismo: “...pero las calamidades y miserias que he
presenciando hace ocho años, han modificado mucho mis opiniones, y verían como
un crimen cualquier tentativa para transplantar á la feliz y opulenta Cuba los
males que afligen al continente americano”.[4]
Aquí no se viven las endémicas guerras civiles,
las epidemias de bandolerismo de las repúblicas latinoamericanas. Según ese
criterio colonialista un buen teniente gobernador, una policía eficiente
podrían ponerle fin a los brotes de bandolerismo que de vez en cuando se
establecen en la comarca donde vive el periodista tunero.
Según Nápoles bajo el gobierno español se puede
evitar el endeudamiento de los campesinos o los efectos de los vicios y lo
superfluo que mina la vida de los cubanos de la época.
Las dictaduras prolongadas pueden crear esta
psicología de aceptación sumisa de considerar que el fin del yugo entronizara
el caos por siempre. Pero, pese a todos los males de la independencia, el
futuro demostró hasta la saciedad que el colonialismo no ofrecía solución
alguna para la Isla.
Los
mambises tenían todas sus razones para machetear a Nápoles Fajardo si lo
hubieran sorprendido en una de sus muchas emboscadas. Con sus razones, Julio
Grave de Peralta o Vicente García le hubieran guardado un espacio en la rama de
alguna guásima coronada por un lazo corredizo. Ellos tenían razones, pero
también es necesario que tengamos en cuenta la obra de ese integrista
convencido, que querámoslo o no, forma parte de nuestra historia.
En
la época lo más común era que los estudios históricos se redujeran a una
acumulación de datos sin mucho análisis. Mientras, Antonio José nos dejo un
cúmulo de criterios muy bien elaborados y fundamentados, además de una
cuidadosa observación de su tiempo y entorno fue agudo en la elaboración de
criterios originales, para su época.
A continuación hemos
reproducido un fragmento del Sitio de Holguín de este autor que, en
esencia, es un sorprendente ensayo sobre la sociedad holguinera en particular y
en general de las jurisdicciones del Cauto y pues su situación de desbordante
desarrollo del comercio por su puerto cercano se da, por ejemplo, en Manzanillo
ciudad que aunque con otras características hacia una función similar a Gibara
con un amplio espacio de las jurisdicciones del propio Manzanillo y Bayamo.
Nápoles Fajardo refleja en su obra solo una parte de la verdad. Las
contradicciones metrópoli-colonia iban más allá de la acción de un grupo de
voraces e inescrupulosos comerciantes. Las contradicciones estaban implícitas
en el mismo desarrollo de la nacionalidad cubana y los limites del
colonialismo. Pero de todas formas es necesario escucharlos a todos para
comprender aquellos años que bruscamente se nos vienen encima con estampidos
terribles, oscuridades amedrentadoras y resplandores grandiosos y puros.
Acompáñenos en esta lectura breve que en esencia representa la visión
integrista sobre los motivos del inicio de la guerra. Le damos la palabra a
Antonio José Nápoles Fajardo.
En el Capítulo II de
la obra citada dice:
…Vamos
á llegar al período mas memorable que recuerda la historia de Holguín, período
de agonías para el Municipio, de descontento general por los desembolsos
inapelables que exigía el sistema tributario; de angustias por la penuria de
escasez metálica, que gravitaba sobre el país y porque toda la jurisdicción,
adeudada en las tiendas de campo y en casa de los usureros prestamistas, estaba
en situación lamentable. Porque una de las cosas que mas ha contribuido á que
la revolución tome incremento, ha sido ese número ilimitado de tiendas, en los
campos que han llevado antes que la civilización á todos los Cuartones,[5] el
lujo, los vicios, la mala fe y con ellos las ruinas de las familias. Nos
esplicaremos [sic]. Hace veinte anos que nosotros decíamos: ‘Hay
jurisdicciones, como la de Holguín, en que la revolución es muy difícil, porque
la mayor parte de los campesinos son propietarios y cultivan su propio terreno.
Andando el tiempo vinimos á establecernos en esta ciudad, trece años después, y
¡cuanta mudanza! ¡cuanto cambio en el modo de vivir de los habitantes de esta
jurisdicción! Las tres ó cuatro tiendas de los campos de la jurisdicción, todas
cerca de la casa del respectivo Capitán[6] se habían multiplicado por sí mismas cuatro veces; en cada cuartón un tenducho,
dos y hasta tres; cada tenducho una madriguera y cada. madriguera una pocilga
para los vicios.
Las
familias de los campos, sencillas é inocentes, vivían felices en sus
propiedades y abandonaban su campestre morada tres veces al año; por Semana
Santa, por Santiago y por Pascua de Navidad: la ciudad ofrecía en esas épocas
un aspecto de animación y vida que regocijaba.[7]
Pero
mas tarde el tendero del cuartón, capitalista de doce pesos, comenzó por
llamar la música al cuartón, por llevar á la tienda botitos, vestidos costosos,
sillones, manteletas, chales y demás adminículos que antes eran innecesarios en
los campos. A las primeras funciones iban montadas las hijas de los hacendados
en los sillones que guardaban enfundados para los viajes a la ciudad y las de
los labriegos, hacían uso de enjalmas ó lomillos, que era la montura mas usual
en el país.
Repitióse
la fiesta otro día y ya todas las muchachas montaban sillones que el tendero
fiaba á los padres, á pagar con la cosecha; el listado fue reemplazado
con la falsa muselina, los zapatos de dril cuyo corte era de tres reales,
fueron sustituidos con el botito de tres duros, el pañuelo tan propio de la
guajira era inconveniente al lado del chal y la manteleta, el collar de colores
era inadmisible al lado de las cuentas azules y coloradas de la industria
francesa, y como el tendero explotaba [sic] en terreno
virgen aconsejaba en nombre de la decencia semejantes gastos, se hacía la
persona mas importante y entendida del Cuartón, fiaba á pagar con la cosecha, y
como un esceso (sic) trae otros, mientras las muchachas bailaban
ó eran bailadas al aire libre ó bajo una enramada, los hombres hacían honor á
Baco en la bodega (siendo este uno de los graves males de las tiendas de campo)[8] cuando
no estaban recreándose mas ó menos ocultos, con la baraja ó los dados.
El
caso es que llega el primer año de cosecha, y aunque esta bastase á cada uno
de los campesinos para satisfacer la deuda al tendero, se le entrega toda, pero
siempre necesita cada cual un pico para este o el otro asunto, conviene
el tendero en anticipar la cantidad que será pagada en tabaco el año siguiente,
solo que en vez de dos quintales le pone cuatro y además el rédito consiguiente
al dinero que anticipa.[9]
Si es sabido aquel refrán que dice: “labrador
empeñado, es hombre arruinado”, ¿qué porvenir le aguardará al pobre labriego,
que embalsado entre las manos del tendero le queda siempre la tienda abierta
para que el esclavo tenga donde ir á vender lo que roba, para que el hijo
frecuente la escuela de Baco y él mismo para que tenga donde gastar en
sardinas, salchichones, galletas y otras baratijas que antes le eran
innecesarias?[10]
Y todavía es nada eso; un campesino va al pueblo y en casa de su antiguo y
formalote marchante, que siempre le pesaba bien, compra una arroba de sal,
media de café, una cuarta de arroz y una libra de cebollas; llega á su casa
arregla su romana de palo y ella le dice que el tendero del campo le cercena
mucho de lo que compra pesado, pero vive distante y vale mas el viaje que lo
que quiere reclamar. Desiste de ello y, con repugnancia al principio y por
hábito después, si el tendero engaña al labriego, este le engaña á su vez en la
calidad, clase y hasta en la cantidad de lo que le entrega.
Por supuesto, á los tres o cuatro años la
deuda del labrador es enorme pero el tendero no quiere el perjuicio del
labrador, no le quita bueyes ni caballos, sino que se contenta conque le
hipoteque el sitio, porque como somos mortales, prevé la eventualidad de
una desgracia mortuoria, y se asegura de ese modo. Por su parte el campesino
agradece que no lo lleven á los tribunales y él mismo se pone el dogal al
cuello. Así es como se improvisan fortunas en pocos años, que ahora muy pocos
disfrutarán y se convencerán de que el brutal egoísmo no puede dar sazonados
frutos. Pero no había "un hombre” previsor que conociese á fondo el estado
del país, que no lamentase el mal que padecía, y todos temían una bancarrota
general, que ha sido el principal móvil de la torpe é inocente revolución de
que trataremos en breve. Además —y esto con la mejor buena fe—, muchos tenderos
decían á los contribuyentes por el nuevo y oneroso sistema de contribuciones,
que no pagasen estas para que el Gobierno se convenciese de la imposibilidad
de que subsistiera tal impuesto; y como las seducciones de los cabecillas
tenían por base la abolición del nuevo sistema, los campesinos creyeron lo que
se les decía, de que comerciantes y hacendados estaban por la revolución,
cuando estamos seguros de que ni unos ni otros pensaban en ella.[11]
Así finaliza Antonio José su razonamiento sobre las causas de la revolución en
Holguín. Excluye por entero de ellas al sistema colonial español. Culpa en
esencia, al espíritu de lucro de los tenderos. Pese a que es un criterio muy
simplista no por eso deja de ofrecer interés para quienes estudian el pasado
de la Isla y en especial las guerras de independencia. Por lo demás Nápoles nos
deja una interesante descripción de la vida en los campos cubanos de la época
llena de coloridos y detalles. Estamos ante un olvidado testimonio tomado en
cuenta solo cuando nos referimos a la acción militar del Sitio de Holguín. Sin
embargo, al doblar de cada puñado de letras hay un mundo vibrante y
contradictorio que desembocó en una de las mayores hazañas de América Latina.
LA
VISIÓN DE UN MAMBÍ
La
figura del general Calixto García es harto conocida y en ello nos basaremos.
Para un lector poco informado podemos decir que nació en Holguín el 4 de agosto
de 1839. Su la adolescencia la pasó en Jiguaní con su familia, pero no perdió
el contacto con su natal Holguín. Esto le permitió ser testigo y actor
excepcional de la Guerra de 1868. Estaba estrechamente vinculado al movimiento
conspirativo en tres localidades: Holguín, Jiguaní y Bayamo. En esta última
vivió algún tiempo y allí se sumó a la conspiración, como él mismo reconociera,
en 1898, en una carta a Tomás Estrada Palma. Estas notas se refieren a la
conspiración y las primeras horas del alzamiento, y terminan el 12 de octubre
de 1868
Las notas fueron escritas en fecha imprecisa y rememoran la organización de la
conspiración, las causas de ésta y su acción en los primeros días. Estamos ante
la visión de un conspirador de relieve, pero también podemos valorar los criterios
de alguien que proviene de una antigua familia de terratenientes del valle del
Cauto sobre asuntos tan complejos como la participación de los negros y mulatos
en el movimiento revolucionario. Incluso sus criterios sobre el fracaso de las
conspiraciones anteriores. El documento a que hago referencia pertenece al
archivo particular del fallecido historiador Juan Andrés Cué Bada, quien lo
publicó en la revista Historia de Holguín, en 1971. Dada la escasa
circulación de esa publicación, su limitada tirada y el tiempo transcurrido
podemos considerar que el documento está prácticamente inédito. A continuación
reproducimos textualmente las palabras de Calixto García:
El
10 de octubre de 1868 al retirarme a mi casa, a las diez de la noche en Holguín
encontré al Ldo. Joaquín Castellanos[12] que me participó que Carlos Manuel de Céspedes se había sublevado en Manzanillo
habiendo sido secundado al movimiento en Jiguaní por Mármol y en Tunas por
Vicente García.
Yo
puse en duda la noticia a lo menos respecto a Jiguaní en cuyo pueblo yo tenía
preparada mucha gente para el levantamiento que debía esperar mi aviso para
verificarlo; pero a pesar de eso me dirigí al teatro donde pensé encontrarme al
Ldo. Belisario Alvarez Jefe de la conspiración en Holguín y para quien había
traído comunicaciones verbales de Bayamo.
Efectivamente
encontré a Alvarez y llevándolo a la Plaza de San José le comunique la noticia
que acababa de recibir preguntándole qué pensaba hacer en el caso de ser cierto
el acontecimiento; pero a mis repetidas preguntas dio por última respuesta que
si se habían lanzado nuestros hermanos Holguín con él al frente los ayudaría
aunque para ello tuvieran que pelear con bastones y piedras.
Cuan
pronto varió de tan noble opinión cambiando su puesto de libertador por el de
uno de los siervos más abyectos del tirano. Tal bochorno leguemos a nuestros
hijos para el traidor Belisario Alvarez .[13]
En
la misma noche marché para Jiguaní a donde llegué el 11 y si bien tuve la
confirmación de haberse dado el grito de Independencia en Yara por Carlos
Manuel también vi que Jiguaní no lo había secundado aún. Aprovecharé estos
momentos para hacer una ligera reseña de los acontecimientos que antecedieron a
la Revolución del 68.
Cansados
los ánimos de sufrir la ominosa dominación española, cada día más y más
irritante con su manera de gobernar en la cual el robo era la principal
palabra, la degradación de empleados que no miraban a Cuba mas que como una
mina que debía ser explotada, los destinos de mas importancia vendidos al mejor
postor por los degradados ministros de la corona de España y como consecuencia
de este sistema la poca estabilidad en los puestos públicos, la agricultura,
gravada con impuestos que la hacían improductiva para los que tenían la
desgracia de dedicarse a ella y la ruina de los cubanos en quiénes el gobierno
español los veía o simplemente sospechaba pudieran abrigar en su corazón deseos
de sacudir al yugo que agobiaba a nuestra patria obligaron a los buenos cubanos
a pensar en que era llegada la hora de hacer algo; pero algo que pudiera dar la
libertad a Cuba por la que suspirábamos todos.
No
era en verdad tarea muy fácil conspirar bajo la suspicaz vigilancia de un
gobierno que como el español imponía castigos severísimos a la más ligera
sospecha; pero eso no detuvo al buen patriota G. Francisco Maceo[14] que
en unión de los CC Manuel Fernández y Leopoldo Arteaga fundaron en Bayamo una
logia que con el nombre de masonería encubría la conspiración que se trazaba.
El
26 de julio de 1866 tuvo efecto la primera reunión tenida y de esa fecha debe
empezar a contarse la historia de la Revolución de Cuba.
Narrar
los trabajos y la astucia que se desplegaron para no dejar traslucir la
verdadera idea que animaban a estos patriotas, sería tarea muy ardua y que dejo
a cargo de plumas más diestras baste decir que desde aquel momento empezó a
aumentar el número de obreros[15] creándose iguales sociedades en Holguín, Manzanillo, Camagüey, Las Tunas y
Cuba. A pesar de eso no se trabajó en la obra con el empeño que merecía quizás
a la poca pericia de los que dirigían la conspiración lo que dio por resultado
la falta de recursos de guerra en que nos encontramos los cubanos el día del
alzamiento. Sin embargo en obsequio de la verdad debo consignar aquí el nombre
del benemérito Pedro Figueredo[16] que fue uno de los que con más ardor se dirigió a la Habana donde hizo un llamamiento a aquellos con quienes creía poder contar; pero
desgraciadamente con muy poco o ningún resultado. No por eso se desanimaron los
bayameses y convencidos que nada tenían que esperar de la parte Occidental de la Isla determinaron llevar a cabo el pensamiento aunque perecieron en la empresa.
Para
dar a esta la fuerza que debía tener echaron mano de la clase llamada parda a
la que hicieron comprender que una era la patria y que la diferencia de color
no los excluía de llevar su grano de arena al gran edificio que tratábamos de
levantar. Grande y noble idea por cierto y a la cual debió que la revolución
del 68 no hubiera corrido la misma suerte que la del 44, 51 y 54[17].
A
principio de octubre del 68 pasaba CC Donato Mármol[18] y
Santiesteban[19] a las Tunas para ponerse de acuerdo con aquellos patriotas sobre el día que
debía verificarse el pronunciamiento y acordaron hacerlo el 14 del mismo mes,
aunque no estaban de acuerdo los de Holguín, Camagüey y muchos del mismo
Bayamo. Imposible era demorar el golpe por más tiempo y contribuyó a acelerarlo
la Revolución de septiembre en España que echó por tierra el trono y la
impúdica Mesalina[20]
que la ocupaba. Aunque quiso demorarse el movimiento y fue desaprobada la
obligación contraída por Mármol en la Junta que celebraron los bayameses en el
punto llamado Buenavista; pero Carlos Manuel de Céspedes cortando todas las
dificultades se alzó el 10 de octubre de 1868 en La Demajagua.
Descritos
ligeramente los sucesos anteriores al levantamiento volveré a tomar el hilo de
mi narración.
En la mañana del 12 de octubre recibí
una esquela de Donato Mármol en la que me citaba para que me reuniera con él en
el camino de Bayamo con la gente que pudiera reunir en la mañana del día
siguiente, hícelo así logrando apoderarse aquel día de los pueblos de Jiguaní y
Baire, sin encontrar resistencia, prendiendo a las autoridades que los
españoles tenían de esos pueblos.[21]
[1] Archivo particular de Juan Andrés Cué Bada. Santiago de Cuba.
[2] Iglesia de Las Tunas. Libro de bautizos de blancos, folio 37 número 165 Libro
número 1.
[3] ANC Fondo Gobierno Superior Civil de la Isla de Cuba, Legajo 679 Registro 1,
Expediente 1376
No 21592.
[4] Antonio Pirala: Anales de la Guerra de Cuba, Madrid F. González Rojas, 1895, t 1 p 14
[5] Cuartones. La jurisdicción estaba estructurada en capitanas pedáneas y estas, a
su vez, en tenencias pedáneas o cuartones como también se les llamaba.
[6] Se refiere al capitán pedáneo máxima autoridad en que estaba estructurada la jurisdicción. Casi siempre este funcionario residía en la cabecera de la capitanía.
[7] Es interesante que el autor no señala como día significativo el de San Isidoro
patrón, de la ciudad el que tendría en el siglo XX una mayor relevancia.
[8] En un documento del general mambí Julio Grave de Peralta referente a los
abastecimientos en el territorio controlado por los libertadores, en 1869 se
sitúa el aguardiente como un producto de primera necesidad. Un documento del
cabildo de Holguín de ese año también le da gran importancia al aguardiente.
Sería interesante valorar el gusto por esta bebida en la población cubana de la
época.
[9] Los préstamos a pagar por tabaco se venían realizando en la jurisdicción desde
principios del siglo XIX. En el hinterland del puerto de
Gibara era bastante común tales transacciones.
[10] Según Nápoles Fajardo estamos ante el preámbulo de una especie de sociedad de
consumo. Realmente en Holguín se había producido, luego de la habilitación del
puerto de Gibara, en la década del veinte del siglo XIX una extensión del
comercio por toda la jurisdicción. Este había ido avanzando paulatinamente hacia el interior. Nápoles Fajardo señala esta nueva situación con gran alarma.
La ruina del campesinado y de una parte importante de los terratenientes
criollos no fue causada solamente por la acción de los tenderos fue un proceso
más complejo imposible de explicar en una nota breve.
[11] Nápoles
Fajado considera como una causa fundamental del estallido revolucionarios los
impuestos abusivos establecidos por el estado español y el engaño a que fueron
sometidos los campesinos que se les planteó que el alzamiento no era por la
independencia sino contra ese impuesto. En varias ocasiones esgrime la tesis
del engaño a que fueron sometidos los campesinos para llevarlos al alzamiento.
La tesis no tiene solidez alguna si conocemos que la guerra se extendió por 10
años. No es creíble el mantener una multitud engañada sometida a tan dura
prueba.
[12] Joaquín
Castellanos era miembro de relieve de la conspiración holguinera.
[13]Belisario Álvarez y Céspedes estaba emparentado
con Carlos Manuel de Céspedes. Luego de iniciada la guerra justificaría su
actuación en una carta en la que expresa que: “... sin previo aviso supimos en
Holguín el movimiento de Yara llenándonos de confusión” BNC / CM / Ponce / No.
128. Fue detenido por los voluntarios que sospechaban de su participación en la conspiración. Domingo Dulce lo liberó.
[14] Francisco
Maceo Osorio ( 1828- 1873) Natural de Bayamo fue mayor general y ocupó cargos
civiles en el gobierno mambí. Murió enfermo en el campo revolucionario.
[15]
Nombre con que se designa a los miembros de una logia masónica.
[16] Pedro
Figueredo Cisneros (1819- 1870) bayamés llegó a mayor general. Fue un
importante conspirador.
[17] Se refiere a la conspiración de La Escalera 1844, los movimientos encabezados por Joaquín de Agüero y la muerte de Narciso
López. Ambos ocurridos en 1851. Así como a la fracasada conspiración de Ramón
Pintó en 1854.
[18] Donato
Mármol y Tamayo líder mambí de Jiguaní y Santiago de Cuba. Nació en 1843 y
murió con el grado de mayor general en 1870.
[19]
Jaime Santiesteban Garcini natural de Manzanillo fue uno de los iniciadores de
la conspiración en esa comarca. Alcanzó el grado de general de brigada. Murió
en 1897.
[20]
Mesalina, emperatriz romana famosa por su excesos. Así se le llamaba, por
algunos de sus enemigos, a Isabel II de España.
[21] Publicado por Juan Andrés Cué Bada en el Boletín
Histórico, Órgano de la Comisión Regional de Historia de Holguín, Enero - Febrero de 1971, pp. 29-31.