*Capítulo del libro: Legado y memoria, La Habana, Ediciones Boloña, 2009.
A través de la biografía de Antonio
Maceo puede pulsarse paralelamente el destino de aquellos grandes hombres que
lideraron las guerras de independencia de Cuba contra el colonialismo español.
Como en Jimaguayú o en Dos Ríos, en el sitio de San Pedro se erige un
hermoso monumento conmemorativo, pero, más que el homenaje arquitectónico, es
el entorno natural el que sobrecoge al visitante, como si presintiéramos que
los fósiles vegetales —cual mudos testigos— guardan la verdadera historia del
hecho inolvidable que aconteció muy cerca de aquí: la caída en combate del
lugarteniente general Antonio Maceo y Grajales.
Cuando
una vez quise evocar el desembarco del Granma, fui hasta
Las Coloradas, y al caminar sobre un cómodo puente para llegar a la orilla de
la playa, sentí que eran los manglares el verdadero monumento a esa proeza.
Como son los palmares que susurran para recordarnos que, el 7 de diciembre de
1896, cayó el Titán de Bronce en las cercanías de Punta Brava.
Concurrieron por azar una serie de circunstancias para
que Maceo y su ayudante Francisco Gómez Toro fueran ultimados en la finca de
San José durante la escaramuza que también costó la vida a otros combatientes
del Ejército Libertador, además de varios heridos.
Yo recuerdo siempre el primitivo obelisco, donde
aparecían representados los dos héroes, hermanados en la hora final. La pérdida
irreparable del —hasta ese momento— invencible coloso se ahondaría con el
sacrificio de Panchito, quien tenía apenas 21 años, el hijo del Generalísimo
Máximo Gómez. Estrecharía los lazos de este último y de Bernarda del Toro, su
cónyuge, con la familia Maceo-Grajales y con María Cabrales y Fernández, la
viuda de Antonio, unidos en vida desde que se casaron el 16 de febrero de 1866.
Sorprende la juventud de Maceo, en especial a quienes ya
sobrepasamos la edad que él tenía cuando alcanzó su altísima gloria: 51 años
cumplidos. Muchos de los padres de ustedes no la tienen siquiera todavía;
algunos de mis hijos la alcanzarán dentro de muy poco.
Nació
Antonio de la Caridad Maceo y Grajales en Santiago de Cuba, el 14 de junio de
1845, primogénito del matrimonio de Marcos y Mariana, quienes tuvieron ocho
hijos más, además de la decena que ambos traían de uniones anteriores. Bajo la
tutela de sus padres, esos jóvenes se forjaron en la finca La Delicia y
llegaron a conformar la «tribu heroica», como les llamaron José Luciano Franco,
Leonardo Griñán Peralta y Raúl Aparicio, entre otros historiadores que
abordaron la estirpe legendaria de dicha familia. Es gracias a los aportes de
estos estudiosos que puedo relatarles en síntesis la biografía del Titán de
Bronce.
Cuando
uno llega hoy a Majaguabo, San Luis, en las estribaciones de la Sierra Maestra,
se encuentra muy cerca de aquella casa, de la cual solamente queda un horcón;
pero todavía, desde ese lugar, se divisa una comarca fértil y hermosa, como la
que el padre y los hijos labraron entonces.
La niñez,
adolescencia y primera juventud de Antonio fueron el trabajo agrícola. A los
hombres que tenían una pizca de sangre africana no les era permitida entonces
la educación superior. Solamente se admitían tales alumnos en los países de
más alto desarrollo, aquellos que habían abolido la servidumbre y la sociedad
de castas, indígena o esclavista.
En Cuba, para acceder a determinado escaño social, se
debía pasar por el trámite de un expediente de limpieza de sangre, mediante el
cual, certificado sobre certificado —que podían ser falsos, por supuesto—, se
demostraba que la blancura de la piel se correspondía con la pureza sanguínea,
o sea, que no había ningún ancestro de raza negra.
Con
apoyo de pruebas escritas o la memoria oral, todavía hoy se discute que el
padre de Antonio —Marcos Maceo— provino de Coro, Venezuela, y que Mariana
fuera de ascendencia dominicana. Los Grajales, que aquí serán multitud,
supondrían los Grajal en Santo Domingo, como sucede también con el apellido
Cabrales, que allá es Cabral.
Y es que en toda nuestra zona oriental —fundamentalmente
en Santiago de Cuba y Guantánamo— se asentó una importante cantidad de familias
dominicanas, al igual que sucedió con los ciudadanos provenientes de Haití, ya
sea de origen francés o sus descendientes mezclados con africanos.
De
ahí que la composición del oriente cubano sea singular. En un paisaje de
montañas y de espacios magníficos, con valles impresionantes y los ríos más
caudalosos de Cuba, tuvo lugar —desde el punto de vista étnico— el
acrisolamiento de nuestra realidad, que hoy podríamos demostrar si, tomando una
fotografía del público, la colocásemos inmediatamente ante ustedes.
Era
en La Habana, metrópoli y capital, donde mayormente se formaban las élites
sociales, mientras el resto de la población adquiría letras y conocimientos
hasta un límite. Además del Seminario y la Universidad de San Gerónimo,
existían otros colegios, entre los cuales se destacaba El Salvador,
fundado por el eximio maestro José de la Luz y Caballero en 1853 —precisamente,
el año del nacimiento de Martí— en la calle de Teniente Rey, y luego trasladado
a la Calzada del Cerro.
En este último colegio se formaría la vanguardia del
pensamiento cubano, incluidos hijos de criollos y españoles que gozaban de una
holgada posición económica. Las imágenes impresas de casi toda aquella
generación así lo permiten constatar. Si observamos una foto familiar de
Ignacio Agramonte —por ejemplo— lo observaremos elegantemente vestido a la
última moda: magníficos el lazo de la corbata y la joya prendida a ésta, el
pelo largo a la usanza de la época…
En el caso del patricio Carlos Manuel de Céspedes, se
impone verlo en tres tiempos: primero, antes del levantamiento del 10 de
octubre de 1868, según la descripción de José Martí, que lo muestra altivo,
llevando el bastón de carey y puño de oro, con diamante al dedo y el cabello
cuidadosamente peinado; luego, es el líder insurgente, y, por último, el
depuesto Presidente en San Lorenzo: casi ciego, el pelo corto, con las ropas
más elementales…, consciente de «que una vez había sido señor de hombres, pero
ahora era algo mucho más importante».
Otras
circunstancias son las que rodean a Maceo desde que ve la luz, un 14 de junio,
la misma fecha en que —muchos años después— nacería Ernesto Che Guevara en
Rosario, Argentina. Esa casualidad permite celebrar sus natalicios al unísono,
uniéndolos en nuestro panteón heroico.
Durante su infancia y primera juventud, junto a los
demás miembros de la familia, el futuro Titán de Bronce participaba
esmeradamente en las labores agrícolas de la hacienda paterna. Pero no sólo se
dedican con ahínco a esas faenas bajo la dirección de su padre, sino que éste
—viejo experto soldado de las guerras americanas— instruye a los varones en el
empleo de las armas. Entre ellos había otro Antonio Maceo, sólo que Tréllez de
segundo apellido, pues era uno de los hijos del primer matrimonio de Marcos. De
los Maceo y Grajales, se dice que tanto Antonio como sus hermanos Miguel y José
tenían una dificultad en el habla: tartamudeaban, lo que era más acentuado en
este último.
Después veremos cómo Antonio se curó el defecto, por su
carácter atildado y por cultivar maneras que se acercaban mucho a lo que sería
su forma de pensar. A ello contribuyó su padrino don Ascencio de Asencio, un
hombre pudiente, blanco, que lo ayudó a insertarse en los círculos sociales
cuando ya el joven Maceo —junto a su medio hermano Justo Regüeyferos— se
hicieron cargo de administrar las ventas de las cosechas en Santiago de Cuba.
Cuando
estalla el 10 de octubre de 1868, varios acontecimientos habían sacudido ya el
continente americano. Por su cercanía, era muy importante la guerra civil que
había tenido lugar en República Dominicana, donde una parte de la población no
había vacilado en solicitar la intervención del ejército español acantonado en
Cuba para garantizar el orden e, incluso, tratar de restablecer la colonia.
Ese vecino país se enfrentaba a un problema
socio-geográfico inevitable: la frontera con Haití y las continuas
penetraciones armadas de los haitianos en suelo dominicano. Nosotros no tenemos
esa experiencia porque somos un archipiélago que, presidido por una gran isla,
es geográfica y culturalmente unitario. Pero imagínense que, como resultado de
un dictado colonial, una pequeña isla había sido partida a la mitad,
dividiéndola prácticamente en dos razas, dos religiones, dos idiomas… en fin,
dos culturas: la francófona y la hispana.
Una parte de la juventud dominicana apoyó ese
levantamiento, conocido como la Restauración, que perseguía —entre otras
libertades— la abolición de la esclavitud. Por cierto, los combatientes usaban
un curvo machete muy singular que parecía un alfanje, en cuya empuñadura se
labraban con plata ciertas figuras que los dominicanos llaman un gallito.
Llevados por el viento de aquella revolución, cuyo héroe fue Gregorio Luperón,
los dominicanos combatieron entre sí de manera fratricida y, finalmente, España
fue derrotada.
De retorno a Cuba, formando parte del ejército vencido,
había muchos dominicanos que prestaron servicios a las armas españolas, entre
ellos, Máximo Gómez Báez. Una vez aquí, recibiendo mezquinas pensiones y
viviendo como refugiados en pequeños lugares del oriente, se enfrentaron a la
cruenta realidad: el oprobio de la esclavitud africana, la exclusión social y
el olvido de los méritos por ellos acumulados. Habían cometido un gravísimo
error y lo reconocieron. Nos prueba también que cualquier falta puede ser
rectificada y que cualquier mujer u hombre tiene derecho y posibilidad de
hacerlo a partir de la evolución de su mente y de su pensamiento.
Después
de maquinaciones y expectativas, el 10 de octubre de 1868 se levantó Céspedes en
su ingenio La Demajagua, situado frente por frente al Golfo de Guacanayabo y
teniendo a la sierra oriental como frontera interior. En ese sitio, el Padre de
la Patria proclama la independencia de Cuba y emprende la marcha con un pequeño
grupo armado de apenas 37 hombres, a los que se les irán uniendo otros
patriotas que respaldan el movimiento insurgente.
La
incorporación de los Maceo a la contienda fue casi inmediata. Cuentan que tuvo
lugar el 12 de octubre cuando Antonio, José y Justo respondieron a la exhortación
del capitán Rondón, quien era amigo de la familia y se había personado en Las
Delicias con su tropa de insurrectos en busca de alimentos y pertrechos.
Hay
una carta en la que María Cabrales describe que Mariana Grajales, llena de
regocijo, entró al cuarto, cogió un crucifijo y dijo: «De rodillas todos,
padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino
al mundo, juremos libertar a la Patria o morir por ella».
Esta escena se conoce en la historia de Cuba como el
juramento de los Maceo, y así consta en el monumento a Antonio que fuera
levantado en la explanada que lleva su nombre, frente al malecón habanero.
Pocos
días después, toda la familia —incluidas mujeres y niños— tiene que internarse
en la manigua, pues es denunciada a las autoridades españolas. Comienza la
epopeya de la tribu heroica, unida toda en el campo de la Revolución y que, al
poco tiempo, derramará su sangre en la lucha redentora.
Mientras los Maceo se batían heroicamente en El Cristo y
El Cobre —donde Antonio se gana los grados de capitán y pasa a las órdenes del
general Donato Mármol—, las filas revolucionarias continúan nutriéndose y
comienzan los brotes insurgentes en otras regiones de la Isla. Así, el 16 de
octubre, Máximo Gómez es reclutado por el poeta José Joaquín Palma, quien le
confiere el grado de sargento.
Carentes en principio de pericia militar, las tropas
cubanas se fortalecen con el ingreso de veteranos dominicanos como Gómez, los
cuales no sólo aportaron sus dotes bélicas sino que, procedentes de un país que
había abolido la esclavitud, contribuyeron a erradicar los perniciosos
prejuicios racistas dentro de las propias filas cubanas, en las que también
comenzó desde muy temprano a cundir el fatídico divisionismo.
Bajo
la experta dirección de otro dominicano, Luis Marcano, las fuerzas comandadas
por Céspedes logran tomar la ciudad de Bayamo y convertirla en capital de la
novel República. Y cuando hacia ella se encamina el ejército español, se pone a
prueba el coraje de los patriotas cubanos que deben enfrentar a la poderosa
expedición dirigida por el conde Valmaseda.
Además de estar equipados con modernas armas de combate,
no se trataba de cobardes: eran soldados provenientes de las contiendas civiles
que, conocidas como guerras carlistas, tenían lugar en España durante esa misma
época. «¿Cómo enfrentarlas en desigualdad de condiciones?», era el reto que
tenían ante sí las incipientes huestes cubanas.
Pronto se sabría cuál sería la táctica que habría de
emplearse, cuando el 26 de octubre, liderada por Gómez, se produce la primera
carga al machete de los mambises. Aquel día, el hombre nervudo, alto, delgado,
enjuto el rostro con larga pera, parco en el hablar… se descabalgó y dio la
primera lección en suelo cubano de la guerra de guerrillas. Hay una película
que tiene como tema una bellísima canción de Pablo Milanés, La primera carga al machete,
que representa en una irrepetible escena en blanco y negro lo que aconteció.
Sucedió
de esta manera: el coronel español Demetrio Quirós ya estaba en Baire y se
dirigía con sus tropas hacia Bayamo. Gómez decidió que, en vez de esperarlos,
era mejor salir a su encuentro y sorprenderlos. Parte a la cabeza de un grupo
de patriotas y da una orden terminante: «Que nadie ataque hasta que yo en
persona salte al camino y grite al machete». Le obedecieron al pie de la letra
y, como premio, redujeron a dos columnas españolas que, con más de 200 bajas,
tuvieron que replegarse hasta Santiago.
La
reacción española no se hace esperar, y, el 7 de enero de 1869, Valmaseda
sorprendería al grueso de las fuerzas de Mármol en El Saladillo, golpeándolas
totalmente: más de dos mil hombres, la mayoría esclavos africanos recién
liberados, encontrarían allí su tumba. La tropa que comandaba Maceo sería una
de las pocas que mantendría la disciplina luego de aquella sangrienta derrota,
pero se encontraba demasiado débil para impedir que Valmaseda se apoderase de
Bayamo, ciudad que fue reducida a cenizas por sus vecinos antes de caer en
manos españolas.
Mármol
ascendería a Maceo al grado de comandante en reconocimiento a los méritos
conquistados en la defensa de ese enclave. Luego, en un período relativamente
breve, por las brillantes operaciones en los territorios de Mayarí y
Guantánamo, alcanzaría la condición de teniente coronel.
Nombres
como Candelaria, Palmarito, Sabana de la Burra, Cuchilla de Palma Soriano… son
asociados a Maceo, quien en tales acciones libera a los negros esclavos y les
explica el verdadero sentido de la guerra. Pasa el Titán por un doloroso trance
cuando, el 14 de mayo, cae a su lado, abatido por una bala española, el bravo
sargento Marcos Maceo, su padre.
Una semana después Maceo sufre su primera herida de
guerra durante el asalto al ingenio Armonía. Es trasladado al improvisado
hospital de sangre, donde estaban su madre y su esposa. Ante la pérdida,
primero, de su hijo Justo y, luego, de su esposo; ahora, con Antonio herido,
Mariana pronunciaría aquellas célebres palabras dirigidas al menor de sus
retoños, un niño todavía (nombrado Marcos, como el padre): «Y tú, empínate, que
ya es tiempo de que pelees por tu patria».
Después del fallecimiento, el 26 de junio de 1870, del
mayor general Donato Mármol, jefe de la División de Santiago de Cuba, el
general Máximo Gómez ocupa su puesto. Ordena a Maceo comandar el Tercer
Batallón y que se presente junto al resto de los jefes para pasar revista.
Sería la primera vez que ambos se encontraran. Tan satisfecho quedó el exigente
Gómez de las excepcionales condiciones militares demostradas por su
correligionario que, tres décadas más tarde, en carta a Ramón Roa escribe: «En
cuanto a Maceo, me cabe la gloria, que tú me reconoces, de haberlo conocido
desde el principio, y de ahí su designación para puestos elevados siempre, a
pesar de menguadas, tristísimas preocupaciones y perturbadoras camarillas».
Bajo el mando de Gómez, Maceo cumpliría victoriosas
misiones de gran envergadura en El Mijial, en Pinalito y sus alrededores; el
asalto al ingenio Songuito de Wilson.... Sin embargo, el 2 de octubre, su
campamento en Majaguabo es atacado por tropas españolas que, no obstante haber
sido destrozadas y huir despavoridas abandonando heridos, parque, armas…,
hirieron gravemente al bravo cubano, que fue trasladado de inmediato al
hospital de sangre instalado en Palenque de las Mujeres. Al visitarlo
personalmente, Gómez conocería allí a Mariana Grajales, María Cabrales y el
resto de la tribu heroica.
En lo adelante, el general Gómez lograría un éxito
rotundo al invadir totalmente la zona de Guantánamo, operación de gran
envergadura que fructifica gracias al concurso de sus dos más aventajados
discípulos: Calixto García y Antonio Maceo, este último ya repuesto de las
heridas. Durante esos combates, por la parte española, ha entrado en escena una
figura importantísima en los futuros acontecimientos: el brigadier Arsenio
Martínez Campos, quien había sido nominado por el capitán general Valmaseda
para frenar el empuje mambí a toda costa.
Puede
afirmarse sin ninguna duda que los años 1870 y 1871 fueron terribles para los
patriotas cubanos; la guerra se hizo sangrienta y sin cuartel. Los cronistas
españoles narran cómo atravesaban el firme de la sierra buscando a los alzados
y cómo llegaban a parajes donde, sobre los enormes árboles del monte, estaban
colgados los cadáveres de los campesinos que habían colaborado con el ejército
revolucionario insurgente.
Pese a los éxitos conseguidos en la zona oriental
—incluida la ocupación del rico territorio de Guantánamo—, el estado de la Revolución es poco halagüeño, según expresa el propio general Gómez tras
sostener personalmente varias conferencias con el Presidente de la República en
Armas en El Pilón (15 de octubre de 1871). El primero es partidario de iniciar
cuanto antes la invasión a Occidente, idea que es rechazada por Céspedes y que,
a fin de cuentas, no podría llevarse a cabo durante la Guerra de los Diez Años,
como se verá más adelante.
A
Gómez no sólo le preocupan las dificultades encontradas en el Gobierno para el
ulterior desarrollo de sus planes, sino también los gravísimos problemas de
carácter interno que socavan la autoridad de Céspedes y que amenazan con
abortar el esfuerzo independentista, inmerso en múltiples contradicciones que
habrían de arreciar en lo adelante, entre ellas el intransigente localismo de
muchos jefes. Pero no por ello — aun cuando llegó a ser destituido
injustamente, al igual que lo había sido antes Ignacio Agramonte— el insigne
dominicano deja de participar en las acciones militares más importantes, que
culminan en 1872 con una victoria esperanzadora: la toma de Holguín, ejecutada
felizmente bajo la dirección del general Calixto García.
Para
ese momento Maceo ya había sido ascendido por Céspedes, quien, tras conocerlo
personalmente, escribe en carta a su esposa, fechada el 23 de junio de 1872:
«Gómez me presentó al coronel José Antonio Maceo. Es un mulato joven, alto,
grueso, de semblante afable y de mucho valor personal». Casi exactamente un año
después, tras haberlo visto en acción en los combates de Rejondón de Báguanos,
Los Pasos y El Zarzal, el Presidente le entrega el nombramiento de Brigadier en
recompensa por sus servicios a la República.
Luego
de la caída del mayor general Ignacio Agramonte en el combate de Jimaguayú, el
11 de mayo de 1873, es designado el general Gómez para ocupar el mando del
Ejército Libertador de Camagüey, lo cual acarrea no pocas desavenencias.
Incluso llegan a cuestionarse los más recientes ascensos militares dados por
Céspedes, entre ellos el del «mulato Maceo».
Este tipo de críticas al Presidente de la República en
Armas, en las cuales se traslucen las fricciones entre el poder civil y los
mandos militares, alcanza proporciones funestas cuando los diputados a la
Cámara de Representantes deciden reunirse y, en presencia de los principales
generales, destituir a Céspedes, el 27 de octubre de 1873.
Seríamos poco objetivos si transformamos a los héroes en
figuras inalcanzables, inmaculadas, impecables…, porque sería imposible
ponernos en su lugar, interpretarlos. Pero no quepan dudas que la remoción del
Padre de la Patria abrió una herida muy profunda que tardó en cicatrizar. En lo
adelante, la Revolución se despeñaría en una sucesión de trágicos sucesos que
van desde el fracaso de la expedición del Virginius hasta la muerte del propio Céspedes, abatido a balazos por un convoy
español en San Lorenzo, el 27 de febrero de 1874.
Otro
suceso deplorable, que empañaba el júbilo por las victorias conseguidas en
tierras camagüeyanas como parte del avance previsto hacia Occidente, fue la
escisión de un grupo de combatientes que —radicados en Las Tunas e influidos
por el localismo del general Vicente García— se opusieron a las órdenes dadas
por el general Calixto García para unificarse en marcha hacia Las Villas.
Esta
conducta divisionista tendría su secuela en la reunión sediciosa de las Lagunas
de Varona, efectuada en abril de 1875 y durante la cual Vicente García no sólo
se opuso a los planes de invasión, sino que cuestionó la figura del presidente
Salvador Cisneros Betancourt, el que prefirió renunciar a su cargo en aras de
preservar la buena marcha de la Revolución.
No
obstante esos inconvenientes y dificultades de todo género, las tropas cubanas
al mando del general Gómez protagonizarían una de las batallas épicas de la
contienda, en la que también participa decisivamente Antonio Maceo.
Acampada
en el potrero Las Guásimas, nueve leguas al sudoeste de la ciudad de Camagüey,
la caballería española muerde el señuelo que le tiende un pelotón de jinetes
cubanos y se lanza en persecución de éste por el callejón que lo conducirá —sin
saberlo— a una emboscada mortal.
Recibe al enemigo el fuego cruzado de la infantería
oriental, la cual se abre inmediatamente en dos alas para dar paso a los
jinetes camagüeyanos, que, «como una catarata —así describe la carga el coronel
Fernando Figueredo— se desbordan en aquel reducido canal. Los españoles,
sorprendidos por la descarga, detienen, de repente, la marcha, pero empujados
por la acción de la velocidad de su retaguardia, no son dueños de sus
movimientos; tratan de retroceder y se encuentran con el inmenso e impenetrable
dique de caballos que los clava en sus puestos, sin que puedan dar un paso
hacia el salvamento».
Al
aniquilamiento casi total de la caballería, seguiría el acoso durante tres días
(15, 16 y 17 de marzo) a las tropas españolas refugiadas en su campamento hasta
que, auxiliadas por una columna proveniente de la ciudad de Camagüey, logran el
día 20 emprender la retirada, dejando tras de sí 1 037 bajas entre muertos y
heridos, contra sólo 174 las cubanas.
Un joven que hoy apenas recordamos fue herido
terriblemente en esa batalla. Sabemos de él por una calle en la Víbora que
lleva su nombre, y muchos se preguntan: «¿Quién fue Mayía Rodríguez?» Pues
bien, le llamaban sus amigos «El Cojo de El Naranjo». Cuando lo llevaron mal
herido ante el cirujano cubano que estaba operando como podía, éste, con la
sierra en la mano, le preguntó: «¿Cómo quieres la pierna, encogida o estirada?»
No había solución, los tendones estaban destrozados, y aquél le respondió:
«Como me sirva para montar a caballo».
Durante
la batalla de Las Guásimas, que Gómez planeó genialmente, la ejecutoria de los
Maceo volvió a brillar, no sólo en la persona de Antonio, sino también en la de
su hermano Miguel. Tan sólo unos días después, este último —que había alcanzado
los grados de teniente coronel— caería acribillado a balazos al intentar tomar
el fuerte de Cascorro, cerca de Nuevitas.
Como se ha dicho antes, múltiples dificultades
obstaculizaban la proyectada marcha hacia las provincias occidentales,
principalmente el localismo divisionista. No escapa Maceo a sus perniciosas
consecuencias cuando, debido a la oposición de sus subordinados, tiene que
presentar su renuncia de jefe de la División de Las Villas, cargo en el cual lo
había colocado estratégicamente Gómez por ser esta tropa una de las primeras
que debía cumplir tan añorada misión.
Regresa
el Brigadier bajo el amparo de su superior y amigo, a quien ayuda solícitamente
en el Cuartel General, en Jimaguayú, hasta que ambos reciben la noticia de que
el general Calixto García Íñiguez ha caído prisionero en San Antonio de Bajá,
Oriente.
Unidos
en la historia, Máximo Gómez y Antonio Maceo confraternizaron en una hermandad
patriótica con Calixto, quien era el padrino de Clemencia, la hija del
Generalísimo. Y Maceo era el padrino del pequeño niño que, sobre un lecho de
hojas, nació en una finca llamada La Reforma: Francisco, el hijo amado de
Gómez, entre otras cosas porque sería el único que participaría en la lucha
emancipadora cubana.
En un escrito de octubre de 1897 dedicado a su hijo, el
gran dominicano cuenta cómo, siendo aún muy joven Panchito, tuvo que contenerlo
al descubrir que, allá en Santo Domingo, guardaba un revólver debajo de la
almohada porque había creído que un hombre lo había desafiado. «Lacónicamente
le repuse: —Guarde ese revólver y no se hable más de ese asunto…», afirma que
le dijo tras escuchar sus explicaciones. En Santo Domingo no se concebían los
pantalones sin el revólver: era una costumbre de los hijos de ese país, pues se
entendía que todo hombre guapo tenía que aprender a tirar, y tirar bien.
Como
se sabe, viéndose perdido, el general Calixto García se colocó un revólver bajo
el mentón y se dio un disparo que le salió por la frente. Cuando vemos el
cráneo, no podemos explicarnos cómo pudo sobrevivir a ese tiro espantoso en el
cielo de la boca, cómo no le saltaron los ojos. ¡Un calibre 44! Quedó sordo
por mucho tiempo; estaba enjuto por las curas y la inanición pues apenas podía
tomar una sopa que su madre, Lucía Íñiguez, le llevaba a la cárcel. Ella
también lo acompañaría al exilio en España.
Hay
que decir, en honor a la verdad, que el general García no fue rematado en el
lugar donde lo encontraron, sino que los médicos españoles lo curaron y
lograron que sobreviviera. Como en toda guerra, siempre hay un caballero, un
hombre que se interpone entre la muerte y la vida. Al ver su fotografía, ya en
el exilio o tras su regreso a Cuba después de comenzada la guerra del 95,
advertimos siempre una cura sobre la frente, en la herida que jamás cerró.
Acampado
en Peralejo, Maceo acata la orden del presidente Salvador Cisneros Betancourt
de regresar a esa provincia para cubrir la sensible pérdida del general García.
Llevando consigo a los tenientes coroneles Guillermón Moncada y Flor Crombet,
hacia allá parte el Brigadier para ocupar el mando de la Segunda División, que
comprendía Santiago de Cuba y Guantánamo.
Comienza
a gestarse el gran caudillo, que respetó al ejército enemigo y que, junto a su
hermano y otros jefes reconocidos, dominaba el este de Cuba. Lentamente sus
biógrafos, los que van dejando señales de su paso por esa década, observan la
transformación del hombre: alto, fornido, de tez morena, mulato como diríamos
hoy y como se decía entonces, lo que para la época marcaba una diferencia de
clases y una característica que no pasó inadvertida para el adversario cuando
estudiaba su psicología.
Pero el Titán de Bronce poseía ciertas costumbres y
hábitos que lo diferenciaban del cubano comúnmente jaranero, amigo del
comentario y del chiste, fumador, que se toma una cerveza o un vaso de ron cada
vez que puede… Extrañamente, nuestro hombre no fumaba ni bebía; en esos tiempos
de guerra dura y difícil, quienes lo conocieron se asombraban por su notable
refinamiento, educación y cortesía, que se confirmaban, además, en su forma
pausada de hablar.
Porque
aquel defecto que tenía al hablar, lo supera; su hermano José, no, pero
Antonio, sí, hablando pausadamente, repitiendo las palabras. Ensimismado en las
lecturas de los grandes poetas y literatos de su tiempo, este último adquirió
la cultura que no entregaba ni la universidad ni la escuela, sino la propia
voluntad. Además de la prensa, eran sus
lecturas favoritas las obras de Víctor Hugo, el pensador más sólido de aquella
época, al que Martí conoce durante su breve visita a Francia; la poesía del
alemán Heine; los poetas cubanos, sobre todo, José María Heredia, que
tanto le impresionaba… Gozaba de saber con anticipación sobre las cosas;
creía en la necesidad de la cultura y la información para poder mandar y
dirigir.
Malherido
muchas veces, su fortaleza da pie al mito de su inmortalidad, como lo demuestra
el combate de Mangos de Mejías, que tiene lugar el 6 de agosto de 1877. Pero
antes de narrar esos acontecimientos, es preciso reconocer que su arrojo y
prestigio también suscitaban la envidia cobarde de aquellos que veían en la
justeza de sus actos un estorbo para sus maquinaciones.
No
pocas veces debió Maceo enfrentar infames calumnias, como cuando se le acusó de
que en la División a su mando sobreponía los hombres de color a los blancos.
Ese tipo de cosas debía dolerle más que las propias heridas físicas, y solía
protestar enérgicamente, al igual que era intransigente con quien desobedeciera
sus órdenes o comulgara con cualquier indisciplina que ponía en juego la
necesaria cohesión de las fuerzas revolucionarias. Entonces sus ojos llameaban,
sobre todo cuando sentía la inminencia de la traición.
Así,
el lamentable incidente con el teniente coronel Limbano Sánchez, un héroe
extraviado que —influido por las ideas sediciosas del general Vicente García—
osa cuestionar la autoridad de Maceo cuando éste llega a su campamento y hasta
lo amenaza con dispararle a la cabeza si no obedece la orden de alto. Sabemos
de la anécdota por el relato de uno de los testigos, el coronel Fernando
Figueredo, quien narra como el Brigadier exclamó, con sus brazos en cruz: «¡Haz
fuego, cobarde! ¡Haz fuego, que vas a matar a un hombre! ¡Deponga usted esa
arma!» Y cuando logra que el subalterno, impresionado, baje el revólver, opta
por abrazarle buscando la reconciliación.
Años
después —cuenta José Martí en su diario—, Limbano Sánchez volvió a Cuba durante
el período de paz que medió entre las dos guerras, o sea, entre 1878 y 1895.
Desembarcó con una expedición, fue traicionado y asesinado brutalmente, como
también lo sería el general Ramulio Arcadio Bonachea, al que Maceo le había
alertado: «No vuelva, usted no tiene arrastre suficiente ni hay condiciones
creadas para eso».
La
desobediencia a los altos mandos militares como Gómez y Maceo presagia el
derrumbe de la Revolución iniciada en 1868, ya totalmente resquebrajada por las
actitudes entreguistas que desmoralizan al resto de las tropas. Y es
precisamente en ese momento tan comprometido cuando Antonio pone en riesgo su
vida en Potrero de Mejía, Barajagua.
Pero dejemos que sea un testigo del bando contrario, el
coronel de Estado Mayor del Ejército español, Ramón Domingo de Ibarra, quien
nos describa al Titán de Bronce: «Sereno y arrogante, venía guiando el primer
escuadrón, treinta pasos al frente de la tropa, un jinete enemigo, que luego
supimos era Maceo; sobre su brioso caballo Guajamón, con un sombrero de fieltro de anchas alas y oscuro chaquetón abrigo;
en la mano derecha un revólver que de vez en cuando disparaba; volviéndose
después a los suyos como para darles ánimo…»
En algún momento, el legendario guerrero se hace blanco
fácil de la infantería española al arremeter contra ésta, y varias descargas de
fusil atraviesan su cuerpo. Totalmente ensangrentado, sin dar apenas señales de
vida, es rescatado velozmente por sus compatriotas y llevado a la casa del
doctor Félix Figueredo, su amigo personal, quien logra reanimarlo, aunque sin
concebir la más remota posibilidad de salvación, pues tiene varias heridas
profundas, la mayoría en el pecho.
Gómez anota angustiosamente en su Diario de Campaña: «Acontecimiento es éste que me pone en
situación más apurada, pues no hay un jefe idóneo a quien pueda encargar el del
destino que deja Maceo; mientras tanto los españoles activan las operaciones».
Atento a los pronósticos, no duda en escribirle al médico: «Dile a mi amigo
Maceo que me diga todo lo que quiera que haga por él, que ¡ojalá! un poco de mi
sangre pudiera servirle de bálsamo prodigioso!»
Cinco días después, el doctor Figueredo escribe a
Gómez: «El estado del enfermo bastante grave y es de temerse resultado funesto
si no ceden los síntomas. La noche pasada ha podido muy poco reconciliar el
sueño y en los momentos en que dormitaba lo hacía delirando. La fiebre, que
desde el primer día se presentó, en vez de ceder aumentó y su pulso late lo
menos 110 veces por minuto. La lengua pastosa y seca. La sede es intensa. El
vientre timpánico y un estreñimiento tenaz, que ayer empezó a ceder mediante
lavativas emolientes que yo mismo le puse».
Cuidado
por una pequeña escolta que encabeza su hermano, el teniente coronel José
Maceo, Antonio es curado amorosamente por María, su fiel compañera. Mujer
inteligente y valiente, su esposo le escribirá, años después, desde Costa Rica,
una tierna misiva en que le dice: «Y si triunfo, la gloria será para ti».
A
pesar del terrible desangramiento, gracias a curas imposibles usando hierbas
del monte, alimentándose con miel de abeja, caldos de gallinas y huevos de
pichones, Antonio sobrevive milagrosamente y recupera su capacidad de decidir.
Ello le permite dirigir a su pequeña escolta, luego de que son delatados por un
traidor y varias patrullas españolas suben al monte para capturarle, sabiendo
que está gravemente herido.
Llevado en hombros sobre una camilla, al pie de la cual
se mantiene María, el Titán de Bronce es trasladado de un lugar a otro por su
hermano José, el práctico Liberato Portales y otros siete hombres que se baten
día y noche sin comer y sin dormir. Hasta que llega el momento crucial, el 27
de septiembre, cuando los soldados españoles logran llegar a pocos pasos de
Maceo y se disponen a apoderarse de él.
Entonces
sucede lo indecible: con un esfuerzo sobrehumano, Antonio se abraza al cuello
del caballo que ha pedido le mantengan al lado de su camilla y escapa al galope
hacia el monte, sin que puedan alcanzarlo los disparos enemigos. Aquella odisea
lo convirtió en leyenda hasta para los propios españoles.
La convalecencia de Maceo coincidió con el agravamiento
del divisionismo en las filas cubanas, varias de cuyas unidades deponen sus armas
y se aprestan a negociar la paz con Martínez Campos. Las noticias son
alarmantes, pues no sólo se trataba de la escisión de los líderes en las
provincias de Camagüey y Las Villas, sino que Oriente también se desmoronaba:
así, en Holguín, el doctor José Enríquez Collado había proclamado aquel
territorio un cantón independiente.
Para
colmo, cae prisionero el Presidente de la República, Tomás Estrada Palma, quien
permanece encerrado en el Castillo del Morro hasta que es enviado a España.
Desde allí, aún trata de estimular la unidad y la concordia que salve la
Revolución en peligro.
Finalmente,
el general Vicente García es elegido nuevo Presidente en lo que ya se avizora
como el principio del fin. Era éste un hombre de errática trayectoria que,
durante toda la contienda, había dado muestras de inconformidad perenne, como
cuando promovió la reunión secesionista en Lagunas de Varona.
De
García muchos decían: «Tiene lo que quiere». Receloso, él exclamó
lacónicamente: «Quieren que la República muera en mis manos». Patriota
indiscutible, años después moriría envenenado en Venezuela. Maceo, que tuvo su
apoyo al final de esta guerra, contaba con él para regresar a Cuba en 1884.
Mientras algunos jefes cubanos buscan la reconciliación
con los mandos españoles, el Titán de Bronce no ceja en la lucha armada y se
apresta a protagonizar una nueva campaña en el recién iniciado 1878. Se suceden
combates donde las muestras de valor por ambas partes son muchas, así como los
gestos de generosidad recíproca.
Es el caso de la batalla de la Llanada de Juan Mulato,
tras la cual un victorioso Maceo reconoce la defensa heroica que ha sostenido
el teniente coronel español Ramón Cabezas y permite que sean recogidos los
heridos y cadáveres, además de poner en libertad a los prisioneros.
Apenas
días después derrota al famoso batallón Cazadores de San Quintín en las caídas
de Arroyo Naranjo y, colmado de gozo, se reúne con su madre, esposa y el resto
de su familia, así como con su médico y amigo, Félix Figueredo, del que indaga
su opinión sobre los rumores acerca de conferencias y tratos con los españoles,
incluida la postura del general Máximo Gómez.
En
cuanto a este último, a quienes no pocos habían recordado su condición de
extranjero, ya había dado síntomas de desaliento cuando rehusó el cargo de
General en Jefe que se le había propuesto en una reunión que sostuviera con
Estrada Palma y demás miembros del Gobierno y la Cámara de Representantes en
Loma de Sevilla, el 28 de septiembre de 1877.
No
tardaría Maceo en saber la amarga verdad por una carta que Gómez le enviara en
secreto: mientras el primero aún se batía en las tierras orientales, ya se
había consumado el Convenio del Zanjón, el 10 de febrero de 1878, según el cual
se establecían las condiciones de paz con el Gobierno español sobre la base de
que no fuera la independencia de Cuba.
Finalmente
la situación se hizo tan difícil que se imponía el encuentro entre los dos
colosos, el cual tuvo lugar en la mañana del 18 de febrero, en Asiento de
Piloto Arriba. Acompañaban al general Gómez —entre otros— el comandante Enrique
Collazo y el teniente coronel Ramón Roa, el poeta, abuelo del canciller Raúl
Roa. Al recibirlos, Maceo les preguntó: «¿Con qué carácter ustedes vienen?» Y
ellos respondieron: «Con ninguno. Venimos como compañeros a cumplir el último
deber, a que sepan por nosotros lo sucedido y puedan resolver con conocimiento
de causa».
Conversaron
largamente, y Maceo escuchó con calma la tragedia de todo lo ocurrido: la
capitulación de las fuerzas del Camagüey, totalmente desmoralizadas al igual
que las de Las Villas, así como la difícil situación en distintos lugares de
Oriente. En síntesis: el movimiento revolucionario no había podido resistir el
embate del primer jefe enemigo que trajo a
Cuba un proyecto político, además de un proyecto militar: el general Arsenio
Martínez Campos. Reconocido en España por sus dotes de estratega, éste se había
convertido aquí en El Pacificador; inteligentemente, había logrado desarmar al
Ejército Libertador aprovechando en detalle las heridas que minaban su unidad.
Además
de reconocer la caballerosidad y dotes personales de ese militar español, no
puede dejarse de mencionar que, si bien era el representante real de la
burguesía explotadora y esclavista, se caracterizaba por ser un adversario que
usaba métodos sutiles y que parecía entender como ningún otro la psicología de
los cubanos. Llegó a decirse, con cierto fundamento, que ese noble hidalgo
español, nacido en Toledo, tenía también sangre africana.
Maceo
se niega a aceptar el Convenio del Zanjón y trata de reanimar el decaído
espíritu de los cubanos, manteniendo la remota esperanza de que otros cubanos
se le sumarán en un supremo esfuerzo por salvar la Revolución. Para dejar clara
su posición de principios y, de paso, ganar tiempo, acepta entrevistarse con
Martínez Campos, quien ambicionaba ese encuentro pues lo consideraba el último
obstáculo para lograr la paz. Tuvo lugar el 15 de marzo de 1878 en Mangos de
Baraguá.
Pocas
horas antes de producirse la reunión, mientras permanecía en San Luis, estación
terminal de la vía férrea desde Santiago de Cuba hacia el oeste, el general
español recibió un anónimo en el que leyó, sorprendido, esta advertencia: «No
acuda usted a la entrevista con el mulato Maceo; será usted asesinado».
Lo
cierto es que en la desesperación, algunos compañeros, entre ellos José Maceo,
habían tramado el secuestro del general Martínez Campos para, aprovechando que
estaba investido de todas las facultades, obtener lo que no se había logrado
por la vía de las armas. Maceo respondió con una carta memorable: «No quiero la
independencia de Cuba si unida a ella va el deshonor» Y se dio la entrevista.
Asistieron los altos oficiales españoles seleccionados, y un pequeño pelotón de
caballería acompañó al General en Jefe a un terreno pacificado donde Maceo lo
esperaba.
Asombrado
por la juventud de Antonio Maceo —tenía 33 años— le pregunta cómo no se habían
encontrado antes en esta guerra, en tan largo tiempo, y tratan de hacer
informal la conversación hasta llegar al tema concreto: las bases sobre las
cuales se había convenido la pacificación. En principio, no habría
independencia ni abolición de la esclavitud; sólo los esclavos que habían
tomado las armas para luchar por Cuba no volverían ya a serlo. También se
preveía que los muchos desertores españoles que luchaban en el bando cubano,
debían ser perdonados; o sea, se olvidaba todo lo pasado.
A
Maceo le parecieron insuficientes las condiciones y protestó el convenio, que
es como se llamó desde el punto de vista jurídico, porque solamente se puede
convenir entre iguales. En su agonía, la Revolución había arrancado del
adversario ese último reconocimiento. Al mismo tiempo, al considerarse Maceo
invicto y no aceptar éste las condiciones del Pacto, se convertía en la figura
más peligrosa si se produjeran las condiciones para iniciar la contienda por la
independencia.
Se
creó un Gobierno, un comité revolucionario formado por algunos compañeros: el
general Calvar, el general Silverio del Prado, y ellos, después de varios
intentos de luchar, ya que Maceo le había dicho a Martínez Campos,
decepcionándolo, que volvería a combatir, afrontaron lo inesperado: cuando en
los distintos lugares trataban de enfrentarse a los soldados de España, éstos
levantaban banderas blancas sobre sus fusiles y gritaban: «¡Viva Cuba! ¡Viva la
paz! ¡No hagáis fuego, pues somos hermanos!»
Aquella práctica había desmoronado en muchos la voluntad
de combatir; otros lo hicieron, a pesar de ello, pero ya era imposible. Y ante
el riesgo de una muerte innecesaria, los compañeros decidieron pedirle a Maceo
que saliese de Cuba y él acepta para intentar encontrar auxilio en el exterior.
Irá a Jamaica, adonde llegará en mayo de 1878.
Pero
antes de partir de Santiago de Cuba, en un día muy triste, el general Martínez
Campos organiza para él un almuerzo al que asisten numerosos oficiales
españoles. Todos querían conocer al hombre herido en los Mangos de Mejías;
todos querían conocer al hombre de San Ulpiano; todos querían conocer al héroe
de La Indiana, donde había sacado en brazos a su hermano José, en medio del
incendio del cafetal. Entonces, Martínez Campos bromeó: «Si el caso hubiera
sido a la inversa, Maceo le hubiera echado el guante a Polavieja con una docena
de hombres».
Cuando termina aquella comida embarazosa y que solamente
puede entenderse en los cánones morales y éticos de la época, sonó el momento
de la despedida y, a la puerta del campamento, Maceo le agradeció todas las
atenciones para su familia, que ya salía hacia el exterior, y le dijo: «Si yo
puedo, volveré y entonces emprenderé de nuevo mi obra».
Igualmente
había sucedido con el general Máximo Gómez, a quien Martínez Campos también
despidió. En ese momento, pobre y desamparado, el dominicano comenzaba una
aventura que, a su edad y con el desprendimiento total de amigos y parientes en
el exterior, sería difícil.
Dicen que Martínez Campos le ofreció un apoyo económico
que él, lógicamente, no aceptó con palabras cordiales, pero fuertes. También
que le ofreció quedarse en Cuba para que contribuyera a la reconstrucción del país,
y Gómez le contestó que no podía ocupar cargo alguno bajo la bandera que
durante 10 años había combatido.
Y,
por último, Martínez Campos le dijo: «Entonces, déme ese pañuelo que lleva al
cuello como un recuerdo de usted». Gómez se quitó el pañuelo que cubría la
herida que había recibido aquel día terrible en el paso de la trocha entre
Júcaro y Morón, cuando de pronto lo vieron manando sangre aquel Día de Reyes y
ordenó con voz trémula: «Toquen la marcha de la bandera y pasen a occidente».
Se quitó el pañuelo y dijo a Martínez Campos: «Téngalo, es poco; pero es lo
único que tengo», y partió.
A
partir de ese momento, vendrían años de incertidumbre para ambos patriotas.
Maceo no encontró en Jamaica apoyo alguno; es más, fue blanco de la hostilidad
y los reproches de los cobardes que no habían ido a pelear por su patria. Igual
suerte corrió el general Gómez, quien harto de las intrigas, odios y rencores
entre los emigrados, debió abandonar esa isla.
Ambos patriotas inician un largo peregrinar que los
lleva a diferentes países de Centroamérica: Costa Rica, Panamá, Guatemala y
Honduras, en un momento en que aquellas repúblicas estaban en un difícil
proceso unitario. En algunos lugares son recibidos con beneplácito por altas
personalidades políticas, como es el caso del presidente hondureño Marco
Aurelio Soto y su sucesor, el general Bográn, bajo cuyo gobierno los emigrados
cubanos ocuparon importantes cargos.
En 1884, Gómez y Maceo se reúnen en la ciudad de San
Pedro Sula con el objetivo de trazar un plan para regresar a Cuba y reiniciar
la lucha. Ese mismo año, con iguales propósitos, se producen dos expediciones
que terminan en un total fracaso con la muerte de sus protagonistas: Carlos
Agüero y Ramón Leocadio Bonachea, respectivamente, a los que seguirá meses más
tarde Limbano Sánchez.
El 18 de octubre tiene lugar el encuentro de José Martí
con Gómez y Maceo en un hotelito de Nueva York, adonde estos últimos habían
llegado desde Cayo Hueso, el principal foco de rebeldía mambisa. Es preciso
decir que la figura del Maestro sólo empezaba a aparecer de manera incipiente
en la lid política en medio de un exilio fragmentado por acusaciones,
divisiones, ofensas mutuas en innumerables periódicos, cartas que circulaban
públicamente… Faltaban años todavía para la fundación del Partido
Revolucionario Cubano y del periódico Patria, que reuniría el pensamiento de los cubanos en el exilio, pero ya su
fundador creía con firmeza en un proyecto independentista mancomunado.
Martí,
quien no era una blanca paloma, discrepó duramente de Gómez y Maceo. En los
orígenes del encontronazo encontramos —sin dudas— el recelo de los veteranos
guerreros por las manifestaciones del patriota más joven, sin experiencia
bélica, el cual debía partir con el Titán de Bronce en una misión hacia México.
En
algún momento, Martí dijo algo que no gustó a Gómez y éste, que se disponía a
tomar un baño, lo dejó con la palabra en la boca. Maceo intentó explicar de
manera satisfactoria esa actitud hostil, casi dando a entender que la
independencia de Cuba dependía obligatoriamente de la figura de Gómez.
Herido
en lo profundo de su ser, Martí escribió una carta muy fuerte al Generalísimo,
en la que revela no sólo su sentido del deber, sino también su civismo. Es
cuando le espeta la célebre frase: «Un pueblo no se funda, general, como se
manda un campamento».
Gómez,
molestísimo, escribiría al dorso de la misiva: «Este hombre me insulta de un
modo inconsiderado y si se pudiera saber el grado de simpatía que sentí por él,
sólo así se podría tener idea de lo sensible que me ha sido leer sus
conceptos».
Llegará,
incluso, un momento en que el propio Gómez y Maceo se disgustan entre sí. El
primero parte hacia Santo Domingo, mientras el segundo lo hace a Costa Rica,
donde fundaría en 1891 una colonia de cubanos, a la cual da por nombre La
Mansión. Allí establecería un verdadero campamento agrícola en el que
trabajaban decenas de cubanos, entre ellos un joven de Santiago de Cuba, tan
altivo y tan inteligente como complejo de carácter: Flor Crombet.
A
diferencia de la sobriedad de Maceo, este último patriota actuaba —a veces— en
forma incomprensible, como si su conducta estuviera dictada por la unidad y la
disparidad. De modo que las contradicciones entre los propios cubanos
arreciaron durante esa dura etapa en que, prestos a luchar por la
independencia, se desalentaban por la ausencia de condiciones objetivas para
iniciarla, entre ellas del suficiente apoyo financiero.
En
derredor de Martí —por ejemplo—, quien no descansaba en su epopeya de aunar
voluntades, se tejían no pocas intrigas y maledicencias por parte de Enrique
Trujillo y otros que, por entonces, no lo amaban. Algunos lo hacían por
envidia; con eso que podríamos definir como «admiración con rabia»; otros,
porque no lo entendían o recelaban de su desbordada elocuencia.
Así,
Calixto García llegó a calificar a Martí «de una especie de Manuel Sanguily,
por otro estilo, pues no le daba por criticar, sino por alabar». Gómez, por su
parte, opinaba que era inexorable en sus juicios y que, una vez que se le metía
una cosa en la cabeza, resultaba imposible convencerlo. En medio de ese dilema
se va forjando el prestigio del Apóstol, que va ganando cada vez más adeptos a
la causa revolucionaria entre los obreros de Tampa y Cayo Hueso.
A
partir de 1891, Martí intensifica su labor patriótica, luego de sobreponerse a
serios conflictos sentimentales: ha roto con su esposa Carmen, acto doloroso
porque él la amó intensamente; ve partir a su hijo; recibe la noticia de la
muerte de su padre… Es el momento en que, con la publicación de los Versos
Sencillos, renuncia a la vida literaria e intelectual; deja de escribir sus
artículos en medios de prensa extranjeros…
Al
decir de Enrique Collazo —quien alguna vez discrepó fuertemente de Martí—, su
temperamento era tal que parecía: «un hombre ardilla; quería andar tan de prisa
como su pensamiento, lo que no era posible; pero cansaba a cualquiera. Subía y
bajaba escaleras como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin
baúl y sin ropa (…)».
Al
año siguiente, es elegido Delegado del Partido Revolucionario Cubano, cuyo
órgano —el periódico Patria— redacta en su oficina de Front Street, donde representaba en
Nueva York a los consulados de Uruguay, Argentina y Paraguay hasta su renuncia.
En
grandes salones de esa ciudad, como la Gran Logia Masónica o un lugar llamado
Hardman Hall —donde existe la probabilidad de
que se haya grabado su voz—, Martí habló con fuerza de las cosas de Cuba; pero
todavía entonces sus discursos contienen alusiones a aquel caudillismo militar
que socavaba las esencias de la Revolución. Hasta que, paulatinamente, con su
gran poder de convencimiento, logra apaciguar los ánimos y abrir — por fin— las
puertas de la reconciliación.
Había una institución, La Convención Cubana, y un
hombre que tenía una influencia enorme en ella: el general Serafín Sánchez.
Poseía una memoria maravillosa, recitaba poemas, contaba historias, repetía
cartas… Martí conquistó el corazón de Serafín, y por éste —íntimo amigo de
Gómez— se sumaron Mayía Rodríguez, el general Enrique Collazo y los demás.
En
1891, ante el auditorio de Tampa, el Apóstol pronuncia su impactante discurso
«Los Pinos Nuevos» en recordación de los mártires del 27 de noviembre. A 23
años del estallido del 68 y luego del fracaso de la Guerra Chiquita
(1879-1880), se imponía legitimar el aporte de las nuevas generaciones a la
independencia de Cuba. De ahí que concluyera ese famoso alegato con la bella
frase: «Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo
de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al
tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso
somos nosotros: pinos nuevos!»
Por encima de cualquier conflicto generacional, Martí
clamaba por un proyecto renovador que aunara a veteranos y jóvenes, lo cual
quedaría sentado en las Bases del Partido Revolucionario Cubano al demandar que
esa organización asumiera «sin compromisos inmorales con pueblo u hombre
alguno, cuantos elementos nuevos pueda».
Por
su parte, Antonio Maceo había decidido aprovechar una coyuntura favorable y
viajar a Cuba en 1890, para lo cual solicitó un permiso a las autoridades
españolas. El país estaba en paz y, desde la oposición, el Partido Autonomista
hacía campaña política a favor de lo imposible: obtener de España una amplia
autonomía y el reconocimiento de los derechos de Cuba.
En
ese partido había distintas tendencias y, entre las personas muy importantes
del ala izquierda, se hallaba el insigne filósofo Enrique José Varona, quien va
a transitar desde esa posición autonomista hacia una postura favorable a Martí,
revolucionaria, radical e independentista. Maceo conoce personalmente a Varona
en La Habana y establece con él una sólida amistad, al igual que hace con
Manuel Sanguily y Juan Gualberto Gómez, con quienes solía reunirse durante su
estancia en la capital cubana.
Tanto en La Habana como, luego, en Santiago de Cuba,
Maceo es recibido clamorosamente por la gente que lo reconoce. Se dice que en
una librería de la calle Obispo, mientras hojeaba un libro, Comentarios de la guerra de las Galias, de
Julio César, se le acercó un hombre vestido de civil.
Era el teniente coronel Fidel Alonso de Santocildes, el
segundo jefe de los valientes de San Quintín, con el cual se había topado
en la famosa batalla. Se saludaron cordialmente y, cuando se despidieron,
cuentan que se predestinaron el uno al otro: «Si hay lid de nuevo en Cuba, nos
encontraremos una vez más».
Pasando por encima de los prejuicios que persistían en
una sociedad que — tan sólo seis años antes— había abolido la esclavitud, Maceo
se lucía por las calles de La Habana llevando una faja maravillosa que le
habían obsequiado con el escudo de Cuba y la estrella solitaria bordados en
oro. Vivía en el Hotel Inglaterra y era tanta la admiración que suscitaba entre
todos, que el jefe de los espías ordenados a vigilarlo en una habitación
contigua terminó revelándole la naturaleza de su tarea.
Lo aclaman los jóvenes intelectuales de la Acera del
Louvre y un periodista, Manuel de la Cruz, que escribía preciosas semblanzas,
le pidió que le contase un poco de la historia de su patria. Entonces,
Maceo se quita chaqueta, camisa… y empieza a narrarle a partir de las heridas
de bala que ya llevaba en su cuerpo. Para entonces eran 22 cicatrices, a la que
pronto se sumaría la secuela de un atentado en Costa Rica.
Pero
el Titán de Bronce no sólo disfrutaba los agasajos, sino que concebía un nuevo
plan, apoyado por viejos luchadores como Guillermo Moncada, Quintín Banderas y
Victoriano Garzón, cuyos nombres resultan familiares a los santiagueros porque
así se nombran hoy calles cercanas a la Plaza de Marte.
Asimismo, los holguineros conocen perfectamente quiénes
son los generales Feria y Grave de Peralta… Todos esos veteranos combatientes
fueron a Santiago de Cuba para encontrarse con Maceo. Aprovechando que era
época de carnavales, tramaban organizar una acción en esa ciudad, apoderarse de
los cuarteles y subir a la Sierra Maestra con las armas que lograsen tomar.
Vigilados
de cerca por las autoridades españolas, ellos querían adelantar sus planes ante
la inminencia de la llegada de un nuevo Capitán General, Camilo Polavieja,
hombre de mano dura que no había vacilado en fusilar al doctor José Rizal,
héroe de Filipinas.
Efectivamente,
tan pronto llega a Cuba, Polavieja ordena la salida de Maceo, quien ya se había
entrevistado varias veces con los anteriores jerarcas españoles en el Palacio
de los Capitanes Generales, en la Plaza de Armas, para explicarles qué estaba
haciendo en Cuba y así evitar sospechas. Pero esta vez, no tiene más remedio
que partir, aunque alberga la convicción de que hay condiciones propicias para
reiniciar la lucha.
Nos
han permitido estos antecedentes abordar paralelamente los destinos de Gómez,
Maceo y Martí para arribar más adelante al encuentro que sostendrán para
iniciar —de mutuo acuerdo— la etapa final de la guerra por la independencia. En
los años que restan hasta 1895 —fecha de su inicio— se suceden hechos diversos
que convendría aquilatar en su justa medida para entender el aporte de esos
patriotas inigualables al proceso revolucionario cubano, no exento de
contradicciones y complejidades.
Sin
dudas, será imprescindible la labor unificadora de Martí, quien no escatimará
tiempo y esfuerzos para ganarse —si no la confianza— al menos la aquiescencia de
los dos generales. Así, en 1892, después de entrevistarse con Gómez en
República Dominicana, se traslada a Kingston, Jamaica, donde visita la
residencia de la familia Maceo. De esa visita dejaría testimonio mediante una
hermosa semblanza de Mariana Grajales y María Cabrales, madre y esposa, a
quienes describe con ternura y respeto. Ve en la primera a «la viejecita
gloriosa en el indiferente rincón extranjero, y todavía tiene manos de niña
para acariciar a quien le habla de la patria», y en la segunda, a «la mujer,
nobilísima dama», que «de negro va siempre vestida, pero es como si la bandera
la vistiese (…)».
Publicado
en Patria, ese escrito era como una mano tendida a Maceo, a quien Martí
consideraba tan indispensable como Gómez para consolidar la unidad
revolucionaria.
El encuentro personal entre Martí y el Titán de Bronce
se produciría al año siguiente, cuando el primero le visita en Costa Rica luego
de haber planeado con Gómez el llamado «Plan de Fernandina». Otra vez la pluma
del Maestro atrapa las sutilezas de la entrevista con desbordante lirismo, como
cuando dice: «Y hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo tiene en la
mente tanta fuerza como en el brazo. No hallaría el entusiasmo pueril asidero
en su sagaz experiencia. Firme es su pensamiento y armonioso, como las líneas
de su cráneo».
Pero
más allá del encuentro efusivo, Martí había logrado obtener del caudillo su
aceptación plena al proyecto, sin reservas de ningún tipo. Y ello significaba,
entre otras cosas, que Maceo reconocía la autoridad del Partido Revolucionario
—que sólo en Cayo Hueso había logrado recaudar 30 000 pesos entre los
obreros del tabaco—; la labor proselitista de Juan Gualberto Gómez dentro de
Cuba, y la planificación militar elaborada por el general Gómez, a quien acepta
como el principal jefe del Ejército Libertador.
Según carta que Martí enviara inmediatamente a Gómez con
los resultados de esa entrevista, Maceo aceptó con beneplácito la participación
de este último en la región de Oriente, a la cual pensaba arribar con
un grupo de veteranos en una pequeña expedición y, luego allí, procurar el
apoyo de los compatriotas que aguardaban su regreso.
Pero
las difíciles circunstancias sociopolíticas en Costa Rica hicieron que se
apresurara y, en una audaz acción, embarcará hacia Cienfuegos. Ya de manera
clandestina en tierra cubana, so riesgo de ser capturado, Maceo trataría de
sumarse a un alzamiento insurrecto en Las Villas, hasta que se da cuenta que es
totalmente improvisado y sin conexiones con el previsto por Martí y Gómez.
De
vuelta a Costa Rica, donde la situación política empieza a serle muy
desfavorable, el Titán de Bronce recibe con honda tristeza la noticia de la
muerte de su madre, a quien Martí dedica homenaje póstumo en Patria. Tras
evocar su encuentro con Mariana Grajales, este último escribe cartas a Maceo
para estimularlo a desempeñar cabalmente su papel en el proyecto
independentista organizado por el Partido Revolucionario Cubano. A esas
misivas, con el mismo fin, se suma una carta de Gómez en su carácter de General
en Jefe.
Quizás sea éste el momento cuando tan álgidas figuras
—disímiles en carácter, pero unidos por un sueño común— logren por fin tomar
conciencia de cuán imprescindibles era cada uno de ellos para la causa
revolucionaria y, al margen de desavenencias, enfrentar en lo adelante los
momentos difíciles que se avecinaban, entre ellos, el descalabro del Plan de
Fernandina.
Después
de consultarlo con Máximo Gómez y recibir personalmente instrucciones de este
último en Nueva York, Martí decidió poner a consideración de Maceo ese plan que
había concebido secretamente, para lo cual viajó a Costa Rica en compañía de
Panchito Gómez Toro, quien estaba a su lado desde hace algún tiempo. Fue el
reencuentro, después de muchos años, entre este último y el padrino que lo
había cargado en brazos cuando era apenas un niño. Ya lo sabemos: sellarían esa
amistad con la muerte, el uno junto al otro, incapaces de separarse en la hora
final.
Tres
expediciones preparadas por el Delegado partirían desde Fernandina —un puerto
de los Estados Unidos— en los vapores Baracoa, Amadís y Lagonda con
supuestos útiles agrícolas, pero en realidad llevarían material de guerra
suficiente para armar a 1 000 hombres. Una de esas naves se dirigiría a un
puerto de la Florida, donde recogería un contingente encabezado por los
generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff. Otra embarcaría en Costa Rica a los
Maceo (Antonio y José), Flor Crombet y Agustín Cebreco, más cientos de
hombres. La tercera recogería en Santo Domingo a Máximo Gómez, Paquito
Borrero, Ángel Guerra, José (Mayía) Rodríguez y los demás expedicionarios.
Con
destino, respectivamente, a Oriente, Camagüey y Las Villas, esas expediciones
—según estrategia de Gómez— desembarcarían en la forma más simultáneamente
posible para lograr una invasión fulminante que tomara por sorpresa al ejército
español y derrotarlo antes de que recibiese refuerzos de la metrópoli.
Orestes —que era el seudónimo de Martí—
actuaba secretamente y con gran sigilo, informando, solamente por vía
segura, lo que había pactado con Gómez y Maceo. Sin embargo, el 12 de enero de
1995, las naves y su cargamento de armas fueron incautados por las autoridades
federales norteamericanas, alertadas por lo que pareció ser una presunta
delación del comisionado Fernández López de Queralta.
Viéndose absolutamente sin nada, Martí cayó en un estado
profundamente depresivo. Enviados por el general Gómez a pedirle cuenta del
descalabro, Enrique Collazo, Mayía Rodríguez, Enrique Loynaz del Castillo y
otros patriotas se reúnen con el Delegado en el Hotel Travellers, de
Jacksonville. Pero más que increparlo, tratan de calmarlo, al verlo que
«revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha
habitación», tal era su estado de desconsuelo
Pero
lejos de producir desaliento, el fracaso del Plan de Fernandina agitó los
ánimos de los emigrados cubanos, quienes quedaron asombrados de la magnitud del
esfuerzo, así como convencidos del buen empleo de los fondos donados por ellos
para propiciar el inicio de la Revolución. Así, el revés fue acicate para que
se apresurara, sin más dilación y al margen de las discordancias, el ansiado
levantamiento en armas dentro de la Isla. Bastó que Martí diera la orden a Juan
Gualberto Gómez para que —el 24 de febrero de 1895— se rompiera el corojo
independentista cubano.
El propio Juan Gualberto, que era civil, se alzó en
Ibarra, Matanzas, cerca del lugar en que había nacido. Otros, como el general
Julio Sanguily, son detenidos en su casa; en este último caso,
inexplicablemente. Hay levantamientos en Manzanillo, Tunas, Bayamo, Santiago de
Cuba… Entre los conocidos guerreros, aunque enfermo de tuberculosis, se levanta
Guillermo Moncada, el Hércules de Oriente, arrastrando a sus viejos soldados.
Dispersas, mal armadas, esas partidas insurrectas recorren los campos en espera
de la llegada de los grandes líderes desde el exterior, principalmente de
Maceo, el de mayor influencia en la zona oriental.
Pero
el Titán de Bronce permanece en Costa Rica ante la imposibilidad de armar una
expedición por falta del suficiente financiamiento, según él mismo transmite a
Martí, quien ha partido apresuradamente hacia Santo Domingo para entrevistarse
con el general Gómez y ofrecerle —por mandato del Partido— el cargo de General
en Jefe.
En
ese último país, ambos patriotas cubanos visitan al general Ulises Heureaux
(Lilís), Presidente de la República Dominicana, en busca de ayuda financiera.
Este hombre impresionante, negro, callado, los recibe y acepta prestarles
auxilio, no sin antes alertarles que nunca podrá saberse que él los ha ayudado.
Parten entonces hacia Montecristi, donde Martí
escribiría el trascendental Manifiesto, que iba a ser impreso y distribuido a
todas las casas comerciales, a los periódicos — españoles, en primer lugar—,
hablando del proyecto de la Revolución y de su verdadero significado.
En
cuanto a Maceo, éste se muestra renuente a partir para Cuba si no se le
confiere el apoyo financiero que él considera necesario, a lo cual responde
Martí con una carta en la que ya se muestra a favor de Flor Crombet y su
iniciativa de armar una expedición desde la misma Costa Rica con muchos menos
recursos: «Vd. me dice una vez y otra, que requiere una suma que no se tiene.
Y como la ida de Vd. y de sus compañeros es indispensable, en una cáscara o en
un leviatán, y Vd. ya está embarcado, en cuanto le den la cáscara (…) decido
que Vd. y yo dejemos a Flor Crombet la responsabilidad de atender ahí la
expedición (…)».
Tal
decisión es —a su vez— acatada por Gómez, quien en una epístola dictada a su
hijo Panchito exhorta al Titán de Bronce con frases como ésta: «Después de la
Fernandina, y después de lo que en este mismo instante, en que le dirijo estas
líneas, nos comunica el cable, y es que ya hay humo de pólvora en Cuba y cae en
aquellas tierras sangre de compañeros, no nos queda otro camino que salir por
donde se pueda y como quiera».
Y,
a manera de despedida, le recomienda: «Un consejo solamente y concluyo: que no
le aturda su osadía, puesto que le conozco de muy viejo, y no olvide la
sensatez del viejo aforismo, el de los denodados pero prudentes guerreros, que
son los que meten miedo: Se debe vivir glorioso para la Patria antes que morir
por la gloria, y nada más. Su General y amigo».
A fin de cuentas, Maceo embarcaría junto a Crombet y
otros 21 expedicionarios en el navío de pasajeros Adirondack, cuyo capitán era un norteamericano de apellidos Sampson, de filiación
masónica al igual que la mayoría de los patriotas cubanos. Es el inicio de un
azaroso itinerario que los convertiría en la primera expedición revolucionaria
en llegar a Cuba durante la última guerra de independencia.
El
barco sale de Puerto Limón (Costa Rica) hacia Kingston (Jamaica), donde hace
una corta escala para montar varias decenas de pasajeros con destino a Nueva
York. Escondidos de la vista ajena, los combatientes cubanos esperan que la
embarcación se acerque a las costas de su patria para echarse a la mar en
lanchas, tal y como habían planeado con el capitán Sampson, pero éste no
detiene la nave, temiendo que la maniobra sea descubierta.
Hay
que tener en cuenta que, para ese momento, las autoridades españolas ya conocen
la existencia de la expedición y, tras presionar al Gobierno costarricense, la
noticia se ha hecho notoriamente pública. Barcos de guerra españoles comienzan
a patrullar en el Caribe buscando sospechosos.
Evadiéndolos,
el Adirondack arriba a Fortune Island, una de las Bahamas y colonia inglesa,
donde los tripulantes cubanos son recibidos fraternalmente por el procónsul
norteamericano, amigo de Sampson y también masón. Gracias a la ayuda de este
último, al día siguiente Crombet, Maceo y los otros prosiguen su viaje a bordo
de la goleta Honor, que los llevaría definitivamente al extremo oriental de Cuba:
cerca de punta de Maisí.
En
medio de la noche, desviado de su curso, el pequeño navío choca contra los
arrecifes cerca de la desembocadura del río Baracoa y, antes de ser destrozado
por la furia de las olas, los expedicionarios saltan al agua llevando las
escasas armas; algunos, magníficos fusiles de caza Winchester; otros, sólo
pistolas y machetes.
Poco tiempo después, la noticia sobre la presencia de
Maceo se riega como la pólvora cuando, en una certera escaramuza, emprende su
primera acción combativa y pone en desbandada a una tropa española que, tras
sufrir dos bajas mortales, regresa a Baracoa llevando consigo el peso de la
derrota y la evidencia de que el Titán de Bronce ha regresado.
La conmoción en España es tremenda. Hay un levantamiento
en Cuba, ¿a quién mandar? Todos coinciden en que el único hombre que puede ir
es el pacificador: Arsenio Martínez Campos. Éste enseguida embarca hacia la
Isla, seguido por 20 mil hombres armados hasta los dientes con los mejores
fusiles Máuser, alemanes; los mejores cañones, fabricados en Oviedo, Asturias;
las primeras ametralladoras de enfriamiento con agua, reflectores y alambradas
de púas…
En
persecución de Maceo son lanzados un batallón del Regimiento Simancas, el 4to
Batallón Peninsular, los Voluntarios de Yateras y varios grupos de guerrillas
montadas, estos dos últimos conformados por
campesinos conocedores de la zona. El acoso es terrible y, producto de una
delación, los expedicionarios acaban dispersándose en el monte tras sufrir
sensibles pérdidas, entre ellas la de Flor Crombet, quien es abatido por un
balazo en el cráneo. Poco antes, el Titán de Bronce había reconocido los
disparos del Winchester de su compañero de travesía. «Ése es Flor que se bate»,
aseveró.
Acosados
y hambrientos, el resto de los combatientes llega a una casa vacía, repleta de
víveres, y cuando se disponen a sacrificar un cerdo que había en el corral,
resulta que es una celada tendida por los voluntarios. No tienen más remedio
que desbandarse, quedando separados los Maceo: Antonio y José. Este último
deambula en solitario, sin rumbo fijo por dentro de la maleza, protagonizando
una verdadera odisea. Por su parte, Antonio escapa monte arriba, con dos
compañeros sobrevivientes, hasta que finalmente logra unirse a las tropas de
Guantánamo que han salido en su búsqueda.
Por
esos mismos días, el 11 de abril, Gómez y Martí desembaron en Playitas, al este
de Baitiquirí. No tuvieron mayores contratiempos pues las fuerzas españolas se
mantenían concentradas en capturar a Maceo y Crombet. Aprovecho aquí para decir
que, si bien la controvertida figura de Flor merece todo el respeto, su
temprana desaparición concede al Titán de Bronce la primacía del mito, más allá
de cualquier interpretación. Siempre he dicho que se puede escribir la historia
de Cuba sin tener en cuenta a Flor Crombet, pero no así sin mencionar a Antonio
Maceo.
De
modo que, hacia abril de 1895, por fin se encuentran en tierra cubana los tres
protagonistas de su lucha por la independencia, cuyos diferentes destinos
parecerían atenerse a las desigualdades mismas de sus personalidades. Así,
tanto Gómez —el estratega consumado— como Maceo —el guerrero mítico— eran
partidarios de que Martí no regresara a la Isla, pues éste debía preservarse en
Nueva York en su carácter de líder del Partido Revolucionario para seguir
garantizando el sostenimiento de la insurrección.
Con
apenas 40 años, con ese estilo tan suyo, el Delegado había logrado casi lo
imposible gracias a su inmensa voluntad de unir y su tremendo poder de
persuasión. Pero ello no lo eximía de las críticas mordaces que ahora
cuestionaban su condición de intelectual y hombre de palabra, considerándolo
incapaz de pasar a una acción armada. Alguno llegó a proferir la ofensa de
llamarlo «capitán araña», insinuando que exhortaba a otros a marchar al
combate, pero que él mismo no se atrevía a empuñar las armas.
Entonces, todavía en Santo Domingo, Martí decide
integrarse a la lucha armada. Y cuando Gómez hace su última apelación, aquél se
niega rotundamente, mostrándole un ejemplar de Patria con la noticia de que ya ambos se encuentran en tierra cubana, lo cual
no era cierto todavía, pero el periódico se había adelantado irresponsablemente
para exaltar los ánimos de los emigrados de Tampa. «Después de esto no hay
razón que pueda detenerme —dijo a Gómez, según relatara este mismo—: voy a Cuba
con usted».
Igual
sucede a Gómez con su hijo mayor. Impartía el General las últimas instrucciones
al resto de sus descendientes sobre cómo debían ayudar a su madre en la siembra
del tomate y los frijoles para procurar el sustento, cuando se le atraviesa
delante Panchito y le dice: «¿Y tú piensas que ustedes van a ir a Cuba, que es
mi patria, dejándome a mí aquí como una vulgar mujerzuela? Yo tengo que ir».
Entonces tuvo que intervenir Martí para convencerlo de que debía esperar, que
su momento llegaría.
El
encuentro personal entre los tres colosos tendría lugar, el 5 de mayo, en el
ingenio La Mejorana. Martí narra la víspera de ese momento emocionante en su Diario, cuando
describe la aparición del Titán de Bronce: «Maceo, con un caballo dorado, en
traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas».
Los dos soldados geniales no se veían desde 1886, pero
sus concepciones tácticas y estratégicas seguían siendo las mismas: dar al
Ejército Libertador una sólida organización en Oriente, cuya disciplina
ejemplar y suficiente vigor le permitiera desarrollar una rápida ofensiva antes
de que España pudiera traer los refuerzos anunciados a la Isla.
Puestos de acuerdo en pocos minutos, entonces llaman a
Martí. Aunque este último reconocía su impericia en las cosas de la guerra,
había aceptado el grado de Mayor General que le anunciara Gómez, pocos días
antes, el 15 de abril. Con ese motivo, escribe —agradecido— en su Diario: «Gómez, al pie del monte, en la vereda
sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice, bello y enternecido, que
aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su Jefe,
electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General (...)».
Pero
Martí es, ante todo, un defensor de los valores cívicos y, como tal, propugna
la organización inmediata del Gobierno republicano como garante del poder
revolucionario. Para él la guerra había sido inevitable y, por ello, necesaria,
pero el sacrificio que conllevaba debía dar paso —desde el primer momento— a la
constitución de la República en Armas.
A
lo que se opone Maceo, quien desde el inicio de la conversación se muestra
francamente partidario del mando único en el Ejército, sin las interferencias
civiles que tanto daño causaron en la Guerra del 68. Él mismo ha vivido en
carne propia los desvaríos cometidos por los hombres sin experiencia militar
mandando a soldados en una guerra donde hay que morir o triunfar.
Sólo tras su victoria en la batalla de Peralejo —13 de
julio—, el Titán de Bronce se convencería de la imperiosa necesidad de crear
ese Gobierno, que tan sólo unos dos meses antes le parecía «un lujo», según
notifica en carta al mayor general Bartolomé Masó, quien sería Vicepresidente
de la República en Armas una vez constituida ésta en la Asamblea de Jimaguayú,
el 16 de septiembre de 1895. Dos años después, Masó relevaría a Salvador
Cisneros Betancourt en el cargo de Presidente.
El poder civil fue uno de los temas álgidos discutidos
en La Mejorana, a puertas cerradas, entre aquellos tres grandes hombres: Martí,
Maceo y Gómez. Otro pudiera haber sido las causas del fracaso del Plan de
Fernandina y, en una misma cuerda de reproches mutuos, el problema suscitado en
rededor de la expedición de Costa Rica, el empleo del dinero y el encargo de la
misma a Flor Crombet.
Nadie sabe lo que se habló dentro, pero por el propio
Martí —que escribió la frase en su Diario— sabemos que Maceo le dijo: «Lo quiero menos de lo que lo quería».
Como hemos explicado antes, el Apóstol había conquistado el corazón de Antonio,
visitando a su madre en Jamaica y escribiendo una de las más bellas semblanzas
de Mariana Grajales, publicada en Patria. Pero el Titán de Bronce no había podido olvidar el incidente con
Flor, aunque aceptara venir en las condiciones impuestas. Era como una espina
que tenía clavada en el pecho.
Llegó
el altercado entre ellos a ser tan fuerte, que dijeron: «Esto tiene que
resolverse por otra vía, como hombres». Entonces intervinieron los demás y
levantaron un acta: «Cuando Cuba sea libre, dirimiremos nuestro problema; ahora
no, ahora es Cuba».
El
otro tema, no menos álgido, era el regreso del Delegado al exterior, que tanto
Gómez como Maceo consideraban imprescindible para la causa revolucionaria, como
ya se ha explicado. Pero Martí no aceptó. De hecho, en el Diario —en el que
faltan tres páginas—, está clara su idea obsesiva de marchar a Camagüey, donde
la juventud camagüeyana se levantaría en armas siguiendo al viejo caudillo, ex
marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, quien era como el
heredero de la tradición agramontina.
En
verdad, el infortunio de Dos Ríos pudo haber sobrevenido en cualquier momento,
luego de que concluida la reunión en La Mejorana, Gómez y Martí continuasen su
marcha con escasas fuerzas. Estaban acampados en ese sitio donde confluyen el
Cauto y el Contramaestre —de ahí su nombre—, cuando son sorprendidos por una
patrulla española.
Otra
vez vuelve a sentir el Delegado las palabras que no le agradan, que lo
minimizan, cuando el General en Jefe le ordena que se aparte, seguramente con
ánimo de protegerlo. Entonces, hace todo lo contrario, tal vez recordando la
reunión de La Mejorana, dispuesto
a demostrar que es capaz de enrolarse en el combate, su primer combate como
Mayor General.
El
Apóstol cabalgaba sobre un bello caballo que José Maceo le había regalado. Éste
sentía veneración por Martí, pues cuando se encontraron en Costa Rica,
José estaba recién casado, enamorado, y no estaba dispuesto a marcharse
para Cuba, ni siquiera con su hermano Antonio, al que adoraba. Y entonces
le pidió a Martí: «¡Convénzalo usted!». Años más tarde, antes de morir, José
Maceo reconocería la influencia de Martí en su decisión de pelear por la
independencia de Cuba.
Enardecido
por los disparos, el General en Jefe ordena vadear el río, que está crecido
pues transcurría el mes de mayo. El práctico le dice que «no, por ahí no», pero
Gómez insiste con duras palabras y, a su orden, descienden abruptamente por el
lodazal para luego subir al otro lado del río. Sobre una planicie aguardan los
españoles, cuyos tiradores reciben a la avanzada cubana con una andanada de
fuego. Ya nadie sabe dónde está nadie. Martí entra en ese triángulo, apenas
acompañado de un muchacho llamado Ángel de la Guardia, un maestro de escuela
que lo acompaña accidentalmente.
Hay
una incongruencia: el Apóstol no lleva la ropa de todos los días, la ropa de
combate que se había hecho: camisa y pantalón azul, zapatos o borceguíes… Iba
elegantemente vestido en el brioso y blanco corcel que José Maceo le regalara,
como quien va a otro destino: chaqueta larga y oscura, pantalón claro… en su
diestra el revólver plateado con cachas de nácar, regalo de Panchito Gómez
Toro. Así cae Martí.
Ángel
de la Guardia es el único testigo de la muerte del Apóstol y, cuando Gómez lo
encuentra de regreso y le pregunta, sólo atina a responder: «Quedó allá».
Entonces el General en Jefe se lanza a buscar a Martí, y después se quejará con
amargura que éste no le obedeció cuando le ordenó se pusiera a su lado e hizo
todo lo contrario. Son palabras duras, porque era una responsabilidad enorme
que había caído sobre su conciencia. A su lado, había muerto «el Presidente»,
como ya algunos empezaban a llamarle, aunque el propio Martí rehusara
públicamente ese nombramiento anticipado.
Con
la muerte prematura del Apóstol, se torna largo y doloroso el camino de la
unidad nacional. Convertido en el jefe político y militar de la Revolución, el
generalísimo Gómez se traslada inmediatamente a Camagüey, adonde llega enfermo
y casi solo. Allí lo recibe, entre otros, el coronel Bernabé Boza, al que luego
llamarían el «Cambronne camagüeyano», en referencia al valiente subordinado de
Napoleón en la batalla de Waterloo.
Por
su parte, Maceo se propone consolidar los éxitos iniciales de la Campaña de
Oriente y casi está a punto de lograr la batalla soñada cuando, cerca de Bayamo,
enfrenta en Peralejo a una gran columna española, comandada por el ya entonces
general Fidel Alonso de Santocildes, aquél del encuentro en la librería de la
calle Obispo. Sorprendido, el enemigo es acorralado a tal punto que tienen que
recurrir al empleo de armas blancas en el cuerpo a cuerpo.
De pronto, en medio del espantoso tiroteo, se escucha un
toque de corneta y las tropas españolas comienzan a retirarse escalonadamente
en medio de las alambradas de púas, los piñales y los árboles de «peritas»,
abundantes con ese tipo de fruto en esa zona, de ahí el nombre de Peralejo. Y
es que Santocildes ha caído de un balazo en la frente. Ante tal descalabro, el
propio Arsenio Martínez Campos decide tomar personalmente el mando, e intenta
recular hacia Bayamo bajo el hostigamiento incesante de los mambises, lo cual
logra a duras penas.
El
éxito es tremendo, pero Maceo se muestra furiosamente inconforme pues casi ha
estado a punto de capturar al mismísimo Capitán General. En el futuro, al
recordar ese combate, el Titán de Bronce se lamentaría una y otra vez de no
haber tenido consigo a su hermano José, quien se encontraba en Oriente. «De
haber estado José, seguro lo hubiéramos cogido», dicen que repetía.
Pero
la victoria total no se conseguiría con una sola batalla o teniendo un millón
de hombres sobre las armas, sino que había que iniciar cuanto antes la invasión
a las provincias occidentales, según el proyecto largamente acariciado por
Gómez desde la Guerra del 68, cuando Carlos Manuel de Céspedes le había hecho
reparar en esa verdad que luego demostraría con creces la historia.
Ratificados
por el Gobierno de la República en Armas como General en Jefe y Lugarteniente
General, respectivamente, Gómez y Maceo se aprestan a emprender la invencible
campaña invasora: mientras el primero prosigue rumbo a la provincia de Las
Villas, en forma simultánea sale de Mangos de Baraguá el contingente oriental
que, al mando del Titán de Bronce, avanza para encontrarse con aquel otro en el
centro de la Isla. En su lugar, a cargo de la jefatura del Departamento
Oriental, queda su hermano José.
Si
bien coincidían plenamente en la importancia crucial de la invasión, que entre
otras cosas neutralizaría el tan acendrado localismo de algunos patriotas,
Maceo y Gómez diferían en algunos aspectos. Así, por ejemplo, el Titán de
Bronce no era partidario de la destrucción de la economía, pues creía que lo
más conveniente era cobrarles impuestos a los hacendados azucareros en los
territorios ocupados, tal y como él ya había hecho en Oriente.
En cambio, el General en Jefe era partidario de destruir
todas las fincas azucareras sin miramientos, salvo aquellas con las que ya se
habían contraído compromisos en la zona oriental. Conocedor de los teatros de
operaciones y de la psicología del enemigo, Gómez entendía que a los españoles
había que «sacarlos como al macao», según el conocido dicharacho: o sea,
dándole candela con la tea incendiaria. Por tanto, dictó esa medida irrevocable
que buscaba —entre otros efectos— el reconocimiento de beligerancia por los
Estados Unidos
Cruzan
la trocha de Júcaro a Morón, primero un contingente, después, el otro. Y será
casi en territorio villaclareño donde se abracen los dos colosos, el 29 de
noviembre, en presencia de Salvador Cisneros Betancourt, Presidente de la
República en Armas, mientras los soldados corean el Himno
Invasor: ¡A Las Villas, valientes cubanos!/ A Occidente nos manda el
deber / De la patria arrojar los tiranos/ ¡ A la carga: morir o vencer!
Su
letra había sido compuesta unos días antes por Enrique Loynaz del Castillo
cuando, durante su paso por tierra camagüeyana, la tropa guiada por Maceo había
acampado en La Matilde, finca perteneciente al padre de Amalia Margarita
Simoni, la novia amada y después esposa del mayor general Ignacio Agramonte. Allí
habían pasado su luna de miel durante la Guerra Grande, cuando era todavía un
nicho apacible.
Pero
tras el paso de los soldados españoles, las puertas y paredes de esa casa
estaban pintorreteados de décimas ofensivas e insultos a los libertadores. Al
leerlos, tocado en su orgullo, Loynaz escribe unos versos improvisados a la par
que tararea una música. Entonces se da cuenta que, sin proponérselo, ha
concebido un himno: De Martí la memoria adorada/ nuestras vidas ofrenda el honor/ y
nos guía la fúlgida espada/ de Maceo el avance invasor (…).
Procedió
entonces a cantárselo a Maceo, con el propósito de dedicárselo y que llevara su
nombre. Y tras escucharlo, el propio Lugarteniente General dispuso que se
llamara Himno Invasor, así como que fuera llevado al pentagrama
inmediatamente por el teniente coronel Dositeo Aguilera, jefe de la banda, para
que en lo adelante fuese interpretado junto al Himno de Bayamo.
Para
garantizar el éxito de la invasión, en su calidad de General en Jefe, Gómez
toma una decisión trascendental: ratificar a Maceo en el puesto de Comandante
en Jefe del Ejército Invasor, sin menoscabo de su condición de Lugarteniente
General. Pero, además, lo nombra jefe del Departamento Militar de Occidente, lo
que permite al Titán de Bronce disponer la movilización y trasiego de todas las
fuerzas locales de las comarcas que fueran invadidas en Matanzas, Habana y
Pinar del Río.
Tres
meses después habían logrado lo imposible: acercarse a las grandes planicies
occidentales. Para ello han debido ganar sucesivamente varias batallas
importantes, entre las que se destaca la de Mal Tiempo (15 de diciembre), ya en
territorio de Cienfuegos, considerada una clase maestra del Generalísimo por el
uso que dio a la caballería —en plan de carga al machete— contra los batallones
de infantería españoles, armados con el mejor fusil de repetición de aquella
época.
El
propio Gómez, a pesar de tener unos 60 años, se lanza al ataque y logra romper
el más fuerte núcleo de los españoles. Cuentan que los caballos se clavaban en
las bayonetas sostenidas por aquellos jóvenes soldados que, despavoridos,
tratan de huir hacia los cañaverales. Al unísono, Maceo los golpea por el
flanco izquierdo repartiendo machetazos a diestra y siniestra. «¡Espantosa
mutilación!», define Miró Argenter el cuadro de esa batalla en vívida crónica.
La
victoria de Mal Tiempo abrió las puertas de Occidente o, para decirlo con una
frase del propio Maceo, significó que «¡…entró la nave en alta mar!» En lo
adelante, bajo constante asedio, en movimientos zigzagueantes, las dos columnas
invasoras avanzan aplicando la tea incendiaria por doquier, al punto que el
humo producido por los cañaverales incendiados por Gómez sirve de guía a Maceo
para indicarle la ruta que seguía aquél, y viceversa.
Alguna
vez reflexionó Gómez hasta qué punto se justificaba moralmente ese proceder
bélico «cuando la tea empezó su infernal tarea y todos aquellos valles
hermosísimos se convirtieron en una horrible hoguera, cuando ocupamos a viva
fuerza aquellos bateyes ocupados por los españoles (…)».
Pero su duda quedó despejada cuando, en contraste «con
aquellas casas palacios, con aquel tanto portentoso laberinto de maquinarias
(…)», conoció la terrible discriminación, la terrible pobreza del campesino sin
escuelas, sin médicos. Entonces, a la vista de tan marcado como triste y
doloroso desequilibrio, exclamó: «¡Bendita sea la tea!».
Hay un momento en que los contingentes invasores
retroceden y todo parece perdido. Nadie sabe qué está ocurriendo: si renuncian
a continuar la marcha y se repliegan, desorganizados, hacia sus lugares de
origen, o si se trata de una maniobra para desembarazarse de los heridos y
enfermos. Algunos enemigos apuestan con certeza de que bajan hacia la ciénaga;
otros, que buscan un camino hacia la llanura provisoria escapando del cerco y
la confrontación definitiva.
Lo cierto es que se trata de una contramarcha estratégica
que confunde a Martínez Campos, quien ha sido sorprendido cuando las tropas
cubanas entran en la provincia de Matanzas y, ante sus propios ojos, infligen
otra costosa derrota a sus hombres en el combate de Coliseo. Después de
apoderarse de la red de ferrocarriles, cruzan los invasores el río Hanábana y,
de ahí en lo adelante, su avance resulta imparable hasta penetrar en las
comarcas de La Habana.
Pueblos
como Güines, Güira de Melena, Alquízar, Nueva Paz… se rinden uno tras otro sin
apenas ofrecer resistencia. En las filas enemigas comienzan los casos de
deserción y muchos soldados, sobre todo voluntarios, se pasan para el bando
mambí. Una pareja de exploradores de la caballería cubana se aventura hasta
Marianao —o sea, hasta la misma ciudad—, y enseguida cunde el pánico al
correrse el rumor de que pronto va a llegar Quintín Banderas con los «negros
insurrectos amarrados con narigones».
Y
si bien el general Banderas se encontraba en esa fecha en las lomas de
Trinidad, no es menos cierto que Maceo acarició la posibilidad de arremeter
contra ese suburbio capitalino para que el estruendo de la fusilería mambisa
llegara a oírse en el Palacio de los Capitanes Generales.
En
sus habitaciones, Martínez Campos enfrentaba una situación crítica pues había
caído totalmente en descrédito al no poder detener la campaña invasora. Era
inminente que sería relevado por un Capitán General mucho más cruel: Valeriano
Weyler y Nicolau, marqués de Tenerife.
Pero
era materialmente imposible intentar un ataque por sorpresa sobre La Habana, en
vista de lo cual Gómez toma la decisión de retroceder con su contingente hasta
las fronteras de Las Villas para asegurar en Matanzas las conquistas de la
Invasión, mientras Maceo y sus hombres seguirían su avance por la provincia de
Pinar del Río hasta llegar al límite geográfico de la Isla.
Nadie
puede creerlo, que Maceo vaya a pasar por la parte más angosta del país, donde
apenas hay 40 kilómetros entre una orilla y otra; que se atreva a cruzar el
llamado estrecho del Mariel, por cuyo puerto defendido hasta los dientes están
a punto de arribar miles de hombres para capturarlo. «Si lo logra será más
grande que Aníbal», se escucha entre los escépticos de uno y otro bando.
Pues lo logra. Atraviesa montañas y bosques, las sierras
del Rosario y de los Órganos, pequeños pueblos habitados fundamentalmente por
campesinos canarios que cultivaban el tabaco, muchos de ellos profundamente
españolizados, aunque de esos mismos isleños surgieron varios generales del
Ejército Libertador, entre ellos Cuquillo. Éste, que residía en Cabaiguán, Las
Villas, justificaba su pase a las filas cubanas con esta frase: «Serví a España
por deber, y a Cuba por amor».
Cabañas,
Bahía Honda, Ceja del Negro, Las Taironas, Lomas del Rubí…y, por fin —el 22 de
enero de 1896— llega el contingente invasor a Mantua, en el extremo occidental
de Cuba, en la antigua Nueva Filipina, como se decía a Pinar del Río, también
llamada Vuelta Abajo. Desde que partió de Mangos de Baraguá —el 22 de octubre
de 1895—, en 90 días, en 78 jornadas, ha desandado 420 leguas, después de
sostener 27 combates y ocupar 22 pueblos importantes al mando del Titán de
Bronce.
Los
pinareños se sorprenden al conocer a Maceo: un hombre que no bebe, que no fuma,
de trato distinguido y gusto refinado. Salen las mujeres, incluso de la alta
burguesía, a saludarlo. Celebrado por las sociedades antiesclavistas en
Inglaterra, Italia, América del Sur… puede afirmarse que su figura no
trascendió más en el orden político por causa de los prejuicios raciales, que
siempre lo persiguieron tratando de achicar su estatura de líder popular.
No
más desembarcar en Cuba, Weyler se dispone implementar su plan de campaña,
consistente en dividir la Isla en tres regiones que quedarían totalmente
incomunicadas entre sí por dos trochas inexpugnables, situadas en las mayores
angosturas que, de norte a sur, ofrece la configuración geográfica del
territorio cubano: la línea de Júcaro a Morón, aprovechada ya en la Guerra de
los Diez Años, y la de Mariel a Majana, destinada esta última a aislar la
provincia de Pinar del Río y, por ende, a Maceo.
Este último arde en deseos de irrumpir en La Habana para
sabotear la llegada del nuevo Capitán General con un golpe de efecto. Con tal
motivo, se traslada ansiosamente hacia los límites de esa provincia y Matanzas,
donde se reúne con Gómez. En los días sucesivos, cada vez que sea posible,
mantendrán contactos personales, aprovechando el poder de desplazamiento del
Lugarteniente General. No hay un solo lugar habitado de los alrededores de La
Habana que éste último no visite, desafiando a los veinte millares de soldados
enviados en su captura por Weyler, quien ya ha comenzado a instrumentar su
infame estrategia genocida contra la población civil, a la par que anuncia una
falsa «pacificación» de las provincias occidentales.
Mientras
tanto, como en ocasiones anteriores, el peligro de sedición amenaza con
reaparecer entre las filas mambisas. De ahí que Gómez decida ir a Las Villas y
Oriente, dejando al Titán de Bronce totalmente a cargo de la región occidental.
Está consciente El Viejo —como solían llamar al Generalísimo— del peligro que corre Maceo,
sobre quien pronto caerán miles de hombres recién llegados de España para
acorralarlo en Vuelta Abajo.
Con
ese objetivo, el enemigo fortifica la línea militar o Trocha de Mariel a
Majana, concentrando allí la mayoría de los batallones de campaña. El Cuerpo de
ingenieros españoles levanta trincheras, cava zanjas, construye fuertes y
emplazamientos para las baterías de cañones Krupp. Tratan de impedir que el
gran guerrero cubano vuelva a burlar ese enclave por tercera vez.
Maceo resiste, sin dejar un segundo de pelear, porque
está consciente que el destino de la Guerra de Independencia gira alrededor de
su accionar en Pinar del Río, cuya supuesta «pacificación» ha sido proclamada
por Weyler para confundir a la opinión pública nacional e internacional,
principalmente de los Estados Unidos. Hay rumores de una posible mediación de
esa vecina potencia para buscar la paz, sin que ello signifique el abandono de
Cuba por parte de España.
En
esos instantes críticos, el movimiento revolucionario comienza a ahogarse en
profundas contradicciones relacionadas con el ejercicio de los mandos militares
y la actuación del poder civil, personalizadas en la animadversión que
demuestran el presidente Salvador Cisneros Betancourt y otros miembros del
Gobierno hacia el mayor general José Maceo, quien decide renunciar a la
jefatura de Oriente. Pocos días después, este último se lanzaría a morir en el
combate de Loma del Gato.
Sin
tener constancia de tan sensible pérdida, el Titán de Bronce desborda
entusiasmo cuando por fin arriba la tan esperada expedición de Rius Rivera que,
proveniente de Estados Unidos, ha desembarcado en la costa sur de Pinar del
Río, el 8 de septiembre, trayendo un valioso cargamento de armas y otros
pertrechos.
Entre
los recién llegados expedicionarios se encuentra aquel joven que había
acompañado a Martí en su recorrido por Costa Rica, aquel joven que esperaba su
turno para sumarse a la lucha y cuya proverbial modestia le impedía presentarse
como el hijo del Generalísimo. Al verlo, Maceo lo abraza efusivamente y, desde
ese instante, Francisco Gómez Toro pasa a integrar el Estado Mayor del
Lugarteniente General. En pocos días tendrá Panchito su bautizo de fuego al
recibir un balazo en el hombro.
Pero
el júbilo de aquel encuentro da enseguida paso a un silencio penoso, cuando el
general Rius Rivera pone en manos de Antonio el
Boletín de Guerra que reportaba la caída de su hermano José y la sentida alocución que,
en su honor, había hecho el general Gómez. Al darle personalmente el pésame,
aquél también entregaba a Maceo los centenares de cartas de condolencia de sus
amigos en el extranjero
Recuperado
de la triste noticia, el Titán de Bronce emprendió una nueva campaña con las
recientes fuerzas adquiridas. Ante el éxito de la misma, impotente, Weyler
decretó el famoso bando del 21 de octubre de 1896 ordenando la reconcentración
de los campesinos en Pinar del Río dentro de las líneas fortificadas españolas.
No tenía otra alternativa el Capitán General que tomar
el mando en persona para intentar acabar con aquel mulato desafiante que, sin
lugar a dudas, había subestimado con creces. De lo contrario —tal y como
sucedió— sería acusado de inactividad por la prensa española.
Maceo intenta repetidamente franquear la trocha
Mariel-Majana con el objetivo de trasladarse al centro de la Isla para dirimir
las agudas contradicciones que ponen en peligro la Revolución. Esa operación
era muy peligrosa pues requería acercarse a los atrincheramientos españoles a
menos de veinte metros, al punto que podía escucharse los «quién vive» de los
centinelas, las conversaciones de los soldados…
Durante
uno de esos intentos fallidos, el Titán de Bronce cayó desplomado del caballo,
como muerto, pero al poco tiempo abrió los ojos. Dijo que había sido un vahído,
y se lo achacó a la humedad de la noche y a que había dormitado unos minutos
después de haber chupado una caña. Alguien ha especulado que el motivo fue un
sueño premonitorio en el que había visto a su esposa cubierta por un velo y a
todos sus hermanos muertos en la guerra.
Según
Miró y Argenter, la verdadera causa del desarreglo era «la pasión del ánimo, la
inquietud y el temor de que no llegaría a tiempo al teatro de las ambiciones»,
entendiendo por éste el manejo de intrigas que, incubadas en el seno del
Gobierno de la República en Armas, amenazaban con socavar su autoridad y la del
general Gómez al frente del Ejército Libertador.
Tal
era la temeridad de Maceo que, horas después, al detectar por la peste de los
cigarros a un grupo de españoles que fumaba en una arboleda, avanzó hacia ellos
en su caballo con el revólver amartillado y les disparó dos tiros. En respuesta
recibió a cambio una descarga de fusilería, varios de cuyos proyectiles le
agujerearon el impermeable y se incrustaron en el muñón de su montura, sin
tocarle el cuerpo.
Por
fin aparece una solución: hay un patriota que tiene un bote (ese bote se
conserva en el Museo de la Ciudad) con el cual podría cruzarse la Trocha sin
ser percibido por la vigilancia española. Escoge Maceo a los pocos que se
arriesgarán con él y, tras despedirse de sus compañeros, se marchan bajo la
lluvia rumbo al mar.
El
tiempo seguía tempestuoso y el fuerte oleaje hacía peligrosa la travesía. Sin
embargo, el Lugarteniente General ordena echar el bote al agua, no sin antes
despojar al caballo de la montura para llevarla consigo: es la misma que lo ha
acompañado desde Mangos de Baraguá hasta ese instante. Pero la rompiente
devuelve la barcaza con violencia a la arena. Ante la insistencia de Maceo en
cruzar las líneas españolas, el patrón propone atravesarlas por la misma boca
del Mariel, cuyas aguas se mantienen tranquilas.
Ahora
el peligro es otro, porque la bahía se encuentra vigilada por numerosas
patrullas españolas, fortificaciones y trincheras a ambos lados, además de dos
cañoneros anclados en el puerto. Serían las once de la noche cuando embarcan
Maceo, cuatro oficiales y los tres boteros. En poco menos de una hora atracan
en el otro lado, a poca distancia de un fuerte español bien guarnecido. En
sucesivos viajes —cuatro— se terminó el traslado y, ya juntos todos, se dirigen
al demolido ingenio La Merced, cerca de la playa de Mosquitos. Allí harán
contacto a la mañana siguiente con dos combatientes enviados expresamente a
recibirlos.
Quejoso
de una dolencia intestinal y con fiebre, que le hacían tomar sólo leche como
alimento, Maceo necesita caballos para trasladarse pues sus piernas sufren a
causa de las viejas y recientes heridas. Y cuando comienza a anochecer y
todavía no han llegado los corceles, comienza a desesperarse y le sube la
temperatura hasta tal grado que dice algunas palabras incoherentes.
Cansados
de tanto esperar —llevaban 32 horas en La Merced—, emprenden la marcha hasta
que se tropiezan con el escuadrón que va a por ellos con los caballos. A las
tres de la tarde, llegan al ingenio Lucía, donde al general Maceo le esperan
Perfecto Lacoste y su esposa, matrimonio amigo.
Luego de interesarse por el estado de la opinión
pública, de la cual su anfitrión le ofrece pormenores, Maceo acoge con
beneplácito la recomendación de éste sobre la importancia de efectuar un ataque
a cualquier barrio de las afueras para dar constancia de su presencia en La
Habana y poner en descrédito a Weyler. Entonces, el Titán de Bronce decide que
la noche del 7 de diciembre atacará a Marianao.
Ese
día amaneció radiante, despejado todo vestigio del temporal que había arreciado
la noche del 4. «¿Qué día es hoy?», preguntó Maceo, y le contestó Miró
Argenter: «¿Hoy?... lunes, y mañana la Purísima Concepción». Entonces el Titán
de Bronce, quien era un apasionado de todo lo bello, se acuerda de una joven
que había conocido en Punta Brava, once meses atrás, durante su paso hacia
Pinar del Río. De esa muchacha guardaba como recuerdo, anudado a su ancho
cuello, un pañuelo que ella le había regalado el 7 de enero, junto a un ramo de
flores. «Pero su nombre no era Concha, sino Margarita», le recuerda su fiel
subordinado para quitarle el antojo repentino de visitar a la joven con motivo
de celebrarse su santo y enseñarle la bufanda de estambre.
De
450 a 600 mambises jubilosos aguardan a Maceo en el campamento de San Pedro,
que, si bien no era el más adecuado, se justificaba porque iban a permanecer
allí poco tiempo. Ya en su cuartel general, situado cerca de las ruinas de una
antigua casa de vivienda, el Lugarteniente General puntualiza su plan de atacar
Marianao y otros suburbios capitalinos gracias a las informaciones
suministradas por los jefes y oficiales de La Habana. Obsesionado con efectuar
ese plan, después de lo cual marcharía hacia Las Villas a reunirse con Gómez,
desestima temporalmente las quejas recibidas en torno a varias desuniones que
hay en el seno de las filas habaneras
Después
de almorzar, pidió el Titán de Bronce que Miró Argenter le leyera en voz alta
la campaña de invasión y, al escuchar una descripción metafórica sobre la
derrota de Martínez Campos en la batalla de Coliseo, exclamó: «¡Eso es lo a mí
me gusta: el eclipse de mi compadre Martinete en aquel
cielo tenebroso, cuando aún no era media tarde (…)».
Eran casi las tres de la tarde, y de pronto se escucharon
voces: «¡Fuego en San Pedro!», seguidos de una nutrida balacera que provocó
total desorden en el campamento. Habían sido inexplicablemente sorprendidos a
pesar de que se habían dispuesto varias patrullas exploradoras para avizorar al
enemigo. Sin dudas, éstas se habían descuidado, y las tropas españolas —al
mando de Cirujeda— habían seguido el fresco rastro de los cubanos sin obstáculo
alguno.
Sorprendido, Maceo trata de incorporarse de la hamaca y,
al no poder hacerlo, le pide a su ayudante que le tienda la mano y ordena
inmediatamente que traigan una corneta para ordenar la carga. En diez minutos,
él mismo se viste y ensilla su caballo, tal y como acostumbraba a hacer en
víspera del combate para estar seguro sobre los estribos.
Marchan junto al Titán de Bronce los generales Pedro Díaz
y Miró Argenter; los coroneles Alberto Nodarse, Sánchez Figueras y Charles
Gordon, el norteamericano de complexión robusta; sus cuatro ayudantes y el
comandante Juan Manuel Sánchez, con una pequeña escolta hasta completar 45
hombres. No va en el grupo Panchito, a quien se ha ordenado permanecer en el
Cuartel General por tener el brazo en cabestrillo a causa de la herida recibida
en el hombro.
Aprovechando el factor sorpresa, el enemigo se ha
parapetado detrás de unas cercas de piedra que le ofrecen sólida protección y
desde allí dominan con su fusilería el espacio abierto que los separa de los
mambises. De ahí que Maceo decida realizar un movimiento envolvente por ambos
flancos para desalojarlos de ese parapeto y batirlos en el potrero aledaño.
Pero una cerca de alambres se interpone, tratan de abrir sus portillos y ello
le impide llegar a paso de carga hasta las posiciones españolas. La maniobra es
descubierta y ocurre el fatal desenlace.
Pero
dejemos que sea el general Miró Argenter quien relate ese duro momento, del
cual fue testigo: «Delante del General, pero a muy pocos pasos de él, iba el
brigadier Pedro Díaz con doce o quince hombres. Al lado de General, el que
ahora describe este cuadro, a la derecha de él, porque al flanquear la cerca de
piedras, la casualidad lo puso a la derecha del caudillo, y hacia el mismo lado
la pequeña escolta de Juan Manuel Sánchez. En la faena de abrir más los
portillos, los restantes combatientes que seguían a Maceo, quedaron atrás, pero
a corta distancia: veinte o treinta varas. El general, observando la postura
del comandante de la escolta, le dijo, tocándole con el machete en el hombro:
¡joven, hágame cargar a su gente! Y enseguida: ¡General Díaz, flanquee por la
derecha. Una valla de alambre nos separa de los soldados españoles: ¡Joven
—volvió a decirle a Sánchez— piquen la cerca! Y mientras éste se desmontaba, y
con el diez o doce hombres más, cayéndole al parapeto de alambres, un aguacero
de proyectiles no dejó terminar la faena. El general acababa de decirnos
apoyando la mano en que sostenía la brida, sobre nuestro brazo izquierdo: ¡Esto va
bien! Al erguirse, una bala le cogió el rostro. Se mantuvo dos o tres
segundos a caballo; lo vimos vacilar: ¡corran que el General se cae! —gritamos
cinco o seis al mismo tiempo—; soltó las bridas, se le desprendió el machete, y
se desplomó. Cayeron también doce hombres de la escolta de Sánchez. Los
españoles arreciaron el fuego para disolver el grupo, comprendiendo que allí
ocurría algo muy grave e inesperado (…)».
Levantan
a Maceo, moribundo. Le dicen, tratando de animarlo: «¿Qué es esto, General?
¡Eso no es nada! ¡No es nada!» Hasta que expira, y ya muerto, otro balazo le da
en el pecho. Bajo el fuego incesante, ahora tratan de levantar el cuerpo, pero
resulta imposible. Abandonan el cadáver y regresan al campamento, llevando la
infausta noticia.
Al conocer el hecho, en el paroxismo del dolor, Panchito
parte hacia el lugar. Junto al médico Máximo Zertucha tratan de levantar el
cuerpo exánime, pero el primero recibe un tiro en la costilla derecha que lo
desploma. Cae también el cadáver de Maceo y, sobre ellos dos, el caballo.
Herido de gravedad, el hijo del Generalísimo tiene tiempo aún de escribir una
nota que será como el epitafio de ambos:
«Mamá
querida,
»Papá;
hermanos queridos:
»Muero
en mi puesto, no quiero abandonar el cadáver del general Maceo y me quedaré con
él. Me hirieron en dos partes. Y por no caer en manos del enemigo, me
suicido. Lo hago con mucho gusto por la honra de Cuba.
»Adiós
seres queridos, los amaré mucho en la otra vida, como en ésta. Su Francisco
Gómez Toro.
»En
Santo Domingo. Sírvase, amigo o enemigo, mandar este papel de un muerto».
Él
intenta el suicidio, pero no lo consuma; cae desvanecido. Al cabo del tiempo,
una patrulla española se acerca a desvalijar los cadáveres: las botas, las
polainas… todo lo que consideran valioso. Rematan a Panchito y se esfuman,
llevando consigo varios objetos personales con las iniciales A.M.
En
el seno de las tropas cubanas cunde el desánimo. Pero un joven,
Juan Delgado, del Regimiento Santiago de las Vegas, que era un rebelde con
causa, que no quería que lo mandara nadie y que solamente obedecía al General,
se impone a gritos y convence a los otros que hay que ir a rescatar el cuerpo
del héroe. Y en un lugar muy cerca de allí, la noria, encuentran los cadáveres.
Recibirían como recompensa el fragmento mayor de la camiseta ensangrentada del
Titán de Bronce; la otra parte sería enviada al general presidente Salvador
Cisneros.
Los cuerpos fueron lavados, velados esa noche, y se tomó
la decisión de que había que encontrar un lugar donde esconderlos. Durante esa
madrugada —era tiempo breve— atravesaron prácticamente la provincia y llegaron
a Santiago de las Vegas, que era el lugar que conocían, y allí, en un lugar
alto, desde el cual se ve toda la comarca, pidieron a Pedro Pérez y a sus hijos
—campesinos pacíficos y honrados— que les dieran sepultura. Nadie supo nunca
ese secreto.
Ahora
tenemos este monumento a los que juraron guardar silencio: un yunque hermoso
dedicado a Antonio Maceo y a Francisco Gómez Toro, su ayudante, símbolo de la
juventud cubana. Quizás sea éste el monumento más hermoso, quién sabe, que
tiene Cuba.
Cae
la lluvia nuevamente como reafirmando estas palabras mías, que siempre serán
pálidas y en las cuales pueden escucharse incoherencias e inexactitudes propias
de toda improvisación, pues he querido trasmitirles el recuerdo emotivo de una
vida y de una gesta.
Llueve y se mojan una vez más las estrellas y los distintos
recordatorios del nuevo monumento. Yo recuerdo siempre el primitivo, ese
obelisco donde dos figuras estaban representadas abrazándose en la hora final:
Antonio Maceo Grajales y Francisco Gómez Toro. Tenían apenas 51 y 21 años de
edad.
Conferencia
magistral dictada el 1º de noviembre de 2007 en el Complejo Monumentario
Antonio Maceo, en San Pedro, Bauta, Provincia de La Habana.