PARA
LA HISTORIA DE CALIBÁN
Calibán es un anagrama forjado por
Shakespeare a partir de “caníbal” —expresión que, en el sentido de antropófago,
ya había empleado en otras obras como La tercera, parte del rey Enrique VI y Otelo—, y este término, a su vez, proviene de “caribe”. Los caribes,
antes de la llegada de los europeos, a quienes hicieron una resistencia
heroica, eran los más valientes, los más batalladores habitantes de las mismas
tierras que ahora ocupamos nosotros. Su nombre es perpetuado por el Mar Caribe
(al que algunos llaman simpáticamente el Mediterráneo americano; algo así como
si nosotros llamáramos al Mediterráneo el Caribe europeo). Pero ese nombre, en
sí mismo —caribe—, y en su deformación caníbal, ha quedado
perpetuado, a los ojos de los europeos, sobre todo de manera infamante. Es este
término, este sentido el que recoge y elabora Shakespeare en su complejo
símbolo. Por la importancia excepcional que tiene para nosotros, vale la pena
trazar sumariamente su historia.
En el Diario de
navegación de Cristóbal Colón aparecen las primeras menciones europeas de
los hombres que darían material para aquel símbolo. El domingo 4 de noviembre
de 1492, a menos de un mes de haber llegado Colón al continente que sería
llamado América, aparece esta anotación: “Entendió también que lejos de allí
había hombres de un ojo, y otros con hocicos de perros, que comían a los
hombres”; [3] el 23 de noviembre esta otra: “La cual decían que era muy grande (la isla de
Haití), y que había en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros
que se llamaban caníbales, a quienes mostraban tener gran miedo...” El 11 de
diciembre se explica “que caníbal no es otra cosa sino la gente del gran
Can”, lo que da razón de la deformación que sufre el nombre caribe —también usado por Colón: en la propia carta “fechada en la carabela, sobre la Isla de Canaria”, el 15 de febrero de 1493, en que Colón anuncia al mundo su “descubrimiento”,
escribe: “Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla (de
Quarives), la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una
gente que tienen en todas las islas por muy feroces, las cuales comen gente
humana”.[4]
Esta imagen del caribe/caníbal contrasta con la otra imagen de hombre americano que Colón ofrece en sus
páginas: la del arauaco de las grandes Antillas —nuestro taíno en
primer lugar—, a quien presenta como pacífico, manso, incluso temeroso y
cobarde. Ambas visiones de aborígenes americanos van a difundirse
vertiginosamente por Europa, y a conocer singulares desarrollos: el taíno se transformará en el habitante paradisíaco de un mundo utópico: ya en 1516,
Tomás Moro publica su Utopía, cuyas impresionantes similitudes con la
isla de Cuba ha destacado, casi hasta el delirio, Ezequiel Martínez Estrada. [5] El caribe, por su parte, dará
el caníbal, el antropófago, el hombre bestial situado irremediablemente al
margen de la civilización, y a quien es menester combatir a sangre y fuego.
Ambas visiones están menos alejadas de lo que pudiera parecer a primera vista,
constituyendo simplemente opciones del arsenal ideológico de la enérgica
burguesía naciente. Francisco de Quevedo traducía “Utopía” como “No hay tal lugar”.
No hay tal hombre, puede
añadirse, a propósito de ambas visiones. La de la criatura edénica es, para
decirlo en un lenguaje más moderno, una hipótesis de trabajo de la izquierda de
la burguesía, que de ese modo ofrece el modelo ideal de una sociedad perfecta
que no conoce las trabas del mundo feudal contra el cual combate en la realidad
esa burguesía. En general, la visión utópica echa sobre estas tierras los proyectos
de reformas políticas no realizados en los países de origen, y en este sentido
no podría decirse que es una línea extinguida: por el contra-rio, encuentra
peculiares continuadores —aparte de los continuadores radicales que serán los
revolucionarios consecuentes— en los numerosos consejeros que proponen
incansablemente a los países que emergen del colonialismo mágicas fórmulas
metropolitanas para resolver los graves problemas que el colonialismo nos ha
dejado, y que, por supuesto, ellos no han resuelto en sus propios países. De
más está decir la irritación que produce en estos sostenedores de “no hay tal
lugar” la insolencia de que el lugar exista, y, como es natural, con las
virtudes y defectos no de un proyecto, sino de una genuina realidad.
En cuanto a la visión del caníbal, ella se corresponde —también en un lenguaje más de nuestros
días— con la derecha de aquella misma burguesía. Pertenece al arsenal
ideológico de los políticos de acción, los que realizan el trabajo sucio del
que van a disfrutar igualmente, por supuesto, los encantadores soñadores de
utopías. Que los caribes hayan sido tal como los pintó Colón (y tras él, una
inacabable caterva de secuaces), es tan probable como que hubieran existido los
hombres de un ojo y otros con hocico de perro, o los hombres con cola, o las
amazonas, que también menciona en sus páginas, donde la mitología grecolatina,
el bestiario medieval y la novela de caballerías hacen lo suyo. Se trata de la
característica versión degradada que ofrece el colonizador del hombre al que
coloniza. Que nosotros mismos hayamos creído durante un tiempo en esa versión
sólo prueba hasta qué punto estamos inficionados con la ideología del enemigo.
Es característico que el término caníbal lo hayamos aplicado, por
antonomasia, no al extinguido aborigen de nuestras islas, sino al negro de
África que aparecía en aquellas avergonzantes películas de Tarzán. Y es que el
colonizador es quien nos unifica, quien hace ver nuestras similitudes profundas
más allá de accesorias diferencias.
La versión del
colonizador nos explica que al caribe, debido a su bestialidad sin remedio, no
quedó otra alternativa que exterminarlo. Lo que no nos explica es por qué,
entonces, antes incluso que el caribe, fue igualmente exterminado el pacífico y
dulce arauaco. Simplemente, en un caso como en otro, se cometió contra ellos
uno de los mayores etnocidios que recuerda la historia. (Innecesario decir que
esta línea está aún más viva que la anterior.) En relación con esto, será
siempre necesario destacar el caso de aquellos hombres que, al margen tanto del
utopismo —que nada tenía que ver con la América concreta— como de la desvergonzada ideología del pillaje, impugnaron desde su seno la conducta de los
colonialistas, y defendieron apasionada, lúcida, valientemente, a los
aborígenes de carne y hueso: a la cabeza de esos hombres, por supuesto, la
figura magnífica del padre Bartolomé de las Casas, a quien Bolívar llamó “el
apóstol de la América”, y Martí elogió sin reservas. Esos hombres, por
desgracia, no fueron sino excepciones.
Uno de los más difundidos
trabajos europeos en la línea utópica es el ensayo de Montaigne “De los
caníbales”, aparecido en 1580. Allí está la presentación de aquellas criaturas
que “guardan vigorosas y vivas las propiedades y virtudes naturales, que son
las verdaderas y útiles”. [6]
En 1603 aparece publicada
la traducción al inglés de los Ensayos, realizada por Giovanni Floro. No
sólo Floro era amigo personal de Shakespeare, sino que se conserva el ejemplar
de esta traducción que Shakespeare poseyó y anotó. Este dato no tendría mayor
importancia si no fuera porque prueba sin lugar a dudas que el libro fue una de
las fuentes directas de la última gran obra de Shakespeare, La tempestad (1612). Incluso uno de los personajes de la comedia, Gonzalo, que encarna al
humanista renacentista, glosa de cerca, en un momento, líneas enteras del
Montaigne de Floro, provenientes precisamente del ensayo “De los caníbales”. Y
es este hecho lo que hace más singular aún la forma como Shakespeare presenta a
su personaje Calibán-canibal. Porque si en Montaigne —indudable fuente
literaria, en este caso, de Shakespeare— “nada hay de bárbaro ni de salvaje en
esas naciones (...) lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que
es ajeno a sus costumbres”, [7] en Shakespeare, en cambio, Calibán-canibal es un esclavo salvaje y
deforme para quien son pocas las injurias. Sucede, sencillamente, que
Shakespeare, implacable realista, asume aquí al diseñar a Calibán la otra
opción del naciente mundo burgués. En cuanto a la visión utópica, ella
existe en la obra, sí, pero desvinculada de Calibán: como se dijo antes, es
expresada por el armonioso humanista Gonzalo. Shakespeare verifica, pues, que
ambas maneras de considerar lo americano, lejos de ser opuestas, eran
perfectamente conciliables. Al hombre concreto, presentarlo como un animal,
robarle la tierra, esclavizarlo para vivir de su trabajo y, llegado el caso,
exterminarlo: esto último, por supuesto, siempre que se contara con quien
realizara en su lugar las duras faenas. En un pasaje revelador, Próspero advierte
a su hija Miranda que no podrían pasarse sin Calibán: “ Nos hace el fuego, /
Sale a buscarnos leña, y nos presta / Servicios útiles”. (We cannot miss
him: he does make our fire / Fetch in our wood, and serves in offices / that
profit us. Acto
1, escena 2). En cuanto a la visión utópica, ella puede —y debe— prescindir de
los hombres de carne y hueso. Después de todo, no hay tal lugar.
Que La tempestad alude a América, que su isla es la mistificación de una de nuestras islas, no
ofrece a esta altura duda alguna. Astrana Marín, quien menciona el “ambiente
claramente indiano (americano) de la isla”, recuerda algunos de los viajes
reales, por este continente, que inspiraron a Shakespeare, e incluso le
proporcionaron, con ligeras variantes, los nombres de no pocos de sus
personajes: Miranda, Fernando, Sebastián, Alonso, Gonzalo, Setebos. [8] Más importante que ello es saber que
Calibán es nuestro caribe.
No nos interesa seguir
todas las lecturas posibles que desde su aparición se hayan hecho de esta obra
notable. [9]Nos
bastará con señalar algunas interpretaciones. La primera de ellas proviene de
Ernesto Renán, quien en 1878 publica su drama Caliban, continuación de La
tempestad.[10] En esta obra, Calibán es la encarnación del pueblo, presentado a la peor luz,
sólo que esta vez su conspiración contra Próspero tiene éxito, y llega al
poder, donde seguramente la ineptitud y la corrupción no le permitirán
permanecer. Próspero espera en la sombra su revancha. Ariel desaparece. Esta
lectura debe menos a Shakespeare que a la Comuna de París, la cual ha tenido lugar sólo siete años antes. Naturalmente, Renán estuvo entre los escritores de
la burguesía francesa que tomaron partido feroz contra el prodigioso “asalto al
cielo”.[11] A partir de esa hazaña, su antidemocratismo se encrespa aún más:
“En sus Diálogos
filosóficos”, nos dice Lidsky, “piensa que la solución estaría en la
constitución de una élite de seres inteligentes, que gobiernen y posean
solos los secretos de la ciencia”.[12] Característicamente, el elitismo aristocratizante y prefascista de Renán, su
odio al pueblo de su país, está unido a un odio mayor aún a los habitantes de
las colonias. Es aleccionador oírlo expresarse en este sentido:
Aspiramos
(dice), no a la igualdad, sino a la dominación. El país de raza extranjera
deberá ser de nuevo un país de siervos, de jornaleros agrícolas o de
trabajadores industriales. No se trata de suprimir las desigualdades entre los
hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley. [13]
Y
en otra ocasión:
La regeneración de las razas inferiores o bastardas por las razas superiores
está en el orden providencial de la humanidad. El hombre de pueblo es casi
siempre, entre nosotros, un noble desclasado, su pesada mano está mucho mejor
hecha para manejar la espada que el útil servil. Antes que trabajar, escoge
batirse, es decir, que regresa a su estado primero. Regere imperio populos,
he aquí nuestra vocación. Arrójese esta devorante actividad sobre países que,
como China, solicitan la conquista extranjera. (...) La naturaleza ha hecho una
raza de obreros, es la raza china, de una destreza de mano maravillosa, sin
casi ningún sentimiento de honor; gobiérnesela con justicia, extrayendo de
ella, por el beneficio de un gobierno así, abundantes bienes, y ella estará
satisfecha; una raza de trabajadores de la tierra es el negro (...); una raza
de amos y de soldados, es la raza europea (...) Que cada uno haga aquello
para lo que está preparado, y todo irá bien.[14]
Innecesario
glosar estas líneas, que, como dice con razón Césaire, no pertenecen a Hitler,
sino al humanista francés Ernesto Renán.
Es sorprendente el primer
destino del mito de Calibán en nuestras propias tierras americanas. Veinte años
después de haber publicado Renán su Calibán, es decir, en 1898, los
Estados Unidos intervienen en la guerra de Cuba contra España por su
independencia, y someten a Cuba a su tutelaje, convirtiéndola, a partir de 1902
(y hasta 1959), en su primera neocolonia, mientras Puerto Rico y las
Filipinas pasaban a ser colonias suyas de tipo tradicional. El hecho —que había
sido previsto por Martí muchos años antes— conmueve a la intelligentsia hispanoamericana. En otra parte he recordado que “el noventiocho” no es sólo
una fecha española, que da nombre a un complejo equipo de escritores y
pensadores de aquel país, sino también, y acaso sobre todo, una fecha
hispanoamericana, la cual debía servir para designar a un conjunto no menos
complejo de escritores y pensadores de este lado del Atlántico, a quienes se
suele llamar con el vago nombre de “modernistas”.[15] Es “el noventiocho” —la visible
presencia del imperialismo norteamericano en la América Latina— lo que, habiendo sido anunciado por Martí, da razón de la obra ulterior de un
Darío o un Rodó.
Un temprano ejemplo de
cómo recibirían el hecho los escritores latinoamericanos del momento, lo
tenemos en un discurso pronunciado por Paul Groussac en Buenos Aires, el 2 de
mayo de 1898:
Desde la Secesión y la brutal invasión del Oeste (dice), se ha desprendido
libremente el espíritu yankee del cuerpo informe y “calibanesco”; y el
viejo mundo ha contemplado con inquietud y terror a la novísima civilización
que pretende suplantar a la nuestra declarada caduca.[16]
El
escritor francoargentino Groussac siente que “nuestra civilización (entendiendo
por tal, visiblemente, a la del “Viejo Mundo”, de la que nosotros los
latinoamericanos vendríamos curiosamente a formar parte) está amenazada por el
yanqui “calibanesco”. Es bastante poco probable que por esa época escritores
argelinos y vietnamitas, pateados por el colonialismo francés, estuvieran
dispuestos a suscribir la primera parte de tal criterio. Es también francamente
extraño ver que el símbolo de Calibán —donde Renán supo descubrir con acierto
al pueblo, si bien para injuriarlo— sea aplicado a los Estados Unidos. Y, sin
embargo, a pesar de esos desenfoques, característicos por otra parte de la
peculiar situación de la América latina, la reacción de Groussac implicaba un
claro rechazo del peligro yanqui por los escritores latinoamericanos. No era,
por otra parte, la primera vez que en nuestro continente se expresaba tal
rechazo. Aparte de casos hispanoamericanos como el de Bolívar y el de Martí,
entre otros, la literatura brasileña conocía el ejemplo de Joaquín de Sousa
Andrade, o Sousándrade, en cuyo extraño poema O Guesa Errante el canto X
está consagrado a “O inferno de Wall Street”, una Walpurgisnacht de
bolsistas, politicastros y negociantes corruptos”;[17] y de José Veríssimo, quien en un
tratado sobre educación nacional, de 1890, al impugnar a los Estados Unidos,
escribió: “Los admiro, pero no los estimo”.
Ignoramos si el uruguayo
José Enrique Rodó —cuya famosa frase sobre los Estados Unidos: “los admiro,
pero no los amo”, coincide literalmente con la observación de Veríssimo—
conocía la obra del pensador brasileño; pero es seguro que sí conociera el
discurso de Groussac, reproducido en su parte esencial en La Razón, de Montevideo, el 6 de mayo de 1898. Desarrollando la idea allí esbozada, y
enriqueciéndola con otras, Rodó publica en 1900, a sus veintinueve años, una de las obras más famosas de la literatura hispanoamericana: Ariel.
Implícitamente, la civilización norteamericana es presentada allí como Calibán
(apenas nombrado en la obra), mientras que Ariel vendría a encarnar —o debería
encamar— lo mejor de lo que Rodó no vacila en llamar más de una vez “nuestra
civilización” (ps. 223 y 226), la cual, en sus palabras como en las de
Groussac, no se identifica sólo con “nuestra América latina” (p. 239), sino con
la vieja Romania, cuando no con el Viejo Mundo todo. La identificación
Calibán-Estados Unidos que propuso Groussac y divulgó Rodó estuvo
seguramente desacertada. Abordando el desacierto por un costado, comentó
José Vasconcelos: “Si los yanquis fueran no más Calibán, no representarían
mayor peligro”.[18] Pero esto, desde luego, tiene escasa importancia al lado del hecho relevante
de haber señalado claramente dicho peligro. Como observó con acierto Benedetti,
“quizá Rodó se haya equivocado cuando tuvo que decir el nombre del peligro,
pero no se equivocó en su reconocimiento de dónde estaba el mismo”.[19]
Algún tiempo después —y
desconociendo seguramente la obra del colonial Rodó, quien por supuesto sabía
de memoria la de Renán—, la tesis del Calibán de éste es retomada por el
escritor Jean Guéhenno, quien publica en 1928, en París, su Calibán habla.
Esta vez, sin embargo, la identificación renaniana Calibán/pueblo está
acompañada de una apreciación positiva de Calibán. Hay que agradecer a este
libro de Guéhenno —y es casi lo único que hay que agradecerle— el haber
ofrecido por primera vez una versión simpática del personaje.[20] Pero el tema hubiera requerido la
mano o la rabia de un Paul Nizan para lograrse efectivamente.[21]
Mucho más agudas son las
observaciones del argentino Aníbal Ponce en su obra de 1935 Humanismo
burgués y humanismo proletario. El libro —que un estudioso del pensamiento
del Che conjetura que debió haber ejercido influencia sobre él [22]consagra su tercer capítulo a “Ariel
o la agonía de una obstinada ilusión”. Al comentar La tempestad, dice
Ponce: “En aquellos cuatro seres ya está toda la época: Próspero es el tirano
ilustrado que el Renacimiento ama; Miranda, su linaje; Calibán, las masas
sufridas (Ponce citará luego a Renán, pero no a Guéhenno); Ariel, el genio del
aire, sin ataduras con la vida”.[23] Ponce hace ver el carácter equívoco con que es presentado Calibán, carácter
que revela “alguna enorme injusticia de parte de un dueño”, y en Ariel ve al
intelectual, atado de modo “menos pesado y rudo que el de Calibán, pero al
servicio también” de Próspero. El análisis que realiza de la concepción del
intelectual (“mezcla de esclavo y mercenario”) acuñada por el humanismo
renacentista, concepción que “enseñó como nadie a desinteresarse de la acción
y a aceptar el orden constituido”, y es por ello hasta hoy, en los países
burgueses, “el ideal educativo de las clases gobernantes”, constituye uno de
los mas agudos ensayos que en nuestra América se hayan escrito sobre el tema.
Pero ese examen, aunque
hecho por un latinoamericano, se realiza todavía tomando en consideración
exclusivamente al mundo europeo. Para una nueva lectura de La tempestad —para una nueva consideración del problema—, sería menester esperar a la
emergencia de los países coloniales que tiene lugar a partir de la Segunda Guerra Mundial, esa brusca presencia que lleva a los atareados técnicos de las
Naciones Unidas a forjar, entre 1944 y 1945, el término zona económicamente
subdesarrollada para vestir con un ropaje verbal simpático (y profundamente
confuso) lo que hasta entonces se había llamado zonas coloniales o zonas
atrasadas.[24]
En acuerdo con esa
emergencia aparece en París, en 1950, el libro de O. Mannoni Psicología de
la colonización. Significativamente, la edición en inglés de este libro
(Nueva York, 1956) se llamará Próspero y Calibán: la Psicología de la colonización. Para abordar su asunto, Mannoni no ha encontrado nada
mejor que forjar el que llama “complejo de Próspero”, “definido como el
conjunto de disposiciones neuróticas inconscientes que diseñan a la vez ‘la
figura del paternalismo colonial’ y ‘el retrato del racista cuya hija ha sido
objeto de una tentativa de violación ( imaginaria) por parte de un ser
inferior’.”[25] En este libro, probablemente por primera vez, Calibán queda identificado con
el colonial, pero la peregrina teoría de que éste siente el “complejo de
Próspero”, el cual lo lleva neuróticamente a requerir, incluso a presentir, y
por supuesto a acatar la presencia de Próspero/colonizador, es rotundamente
rechazada por Frantz Fanon en el cuarto capítulo (“Sobre el pretendido complejo
de dependencia del colonizado”) de su libro de 1952 Piel negra, máscaras
blancas.
Aunque sea (al parecer)
el primer escritor de nuestro mundo en asumir nuestra identificación con
Calibán, el escritor de Barbados, George Lamming, no logra romper el círculo
que trazara Mannoni.
Próspero
(dice Lamming) ha dado a Calibán el lenguaje; y con él una historia no
manifiesta de consecuencias, una historia de futuras intenciones. Este don del
lenguaje no quería decir el inglés en particular, sino habla y concepto como
un medio, un método, una necesaria avenida hacia áreas de sí mismo que no
podían ser alcanzadas de otra manera. Es este medio, hazaña entera de Próspero,
lo que hace a Calibán consciente de posibilidades. Por tanto, todo el futuro de
Calibán -pues futuro es el nombre mismo de las posibilidadesdebe derivar del
experimento de Próspero, lo que es también su riesgo. Dado que no hay punto de
partida extraordinario que explote todas las premisas de Próspero, Calibán y su
futuro pertenecen ahora a Próspero (...) Próspero vive con la absoluta certeza
de que el Lenguaje, que es su don a Calibán, es la prisión misma en la cual
los logros de Calibán serán realizados y restringidos.[26]
En
la década del sesenta, la nueva lectura de La tempestad acabará por
imponerse. En El mundo vivo de Shakespeare (1964), el inglés John Wain
nos dirá que Calibán
produce el
patetismo de todos los pueblos explotados, lo cual queda expresado
punzantemente al comienzo de una época de colonización europea que duraría
trescientos años. Hasta el más ínfimo salvaje desea que lo dejen en paz antes
de ser “educado” y obligado a trabajar para otro, y hay una innegable justicia
en esta queja de Calibán: “¿Por qué yo soy el único súbdito que tenéis, que fui
rey propio?” Próspero responde con la inevitable contestación del colono: Calibán
ha adquirido conocimientos e instrucción (aunque recordamos que él ya sabía
construir represas para coger pescado y también extraer chufas del suelo como
si se tratara del campo inglés). Antes de ser utilizado por Próspero, Calibán
no sabía hablar: “Cuando tú, hecho un salvaje, ignorando tu propia
significación, balbucías como un bruto, doté tu pensamiento de palabras que lo
dieran a conocer”. Sin embargo, esta bondad es recibida con ingratitud:
Calibán, a quien se permite vivir en la gruta de Próspero, ha intentado violar
a Miranda; cuando se le recuerda esto con mucha severidad, dice impenitentemente,
con una especie de babosa risotada: “¡Oh, jo!... ¡Lástima no haberlo realizado!
Tú me lo impediste; de lo contrario, poblara la isla de Calibanes”. Nuestra
época (concluye Wain), que es muy dada a usar la horrible palabra miscegenation (mezcla de razas), no tendrá dificultad en comprender este pasaje.[27]
Y al ir a
concluir esa década de los sesenta, en 1969, y de manera harto significativa, Calibán
será asumido con orgullo como nuestro símbolo por tres escritores antillanos,
cada uno de los cuales se expresa en una de las grandes lenguas coloniales del
Caribe. Con independencia uno de otro, ese año publica el martiniqueño Aimé
Césaire su obra de teatro, en francés. Una tempestad. Adaptación de “La
tempestad” de Shakespeare para un teatro negro, el barbadiense Edward
Brathwaite, su libro de poemas en inglés Islas, entre los cuales hay uno
dedicado a “Calibán”; y el autor de estas líneas, su ensayo en español “Cuba
hasta Fidel”, en que se habla de nuestra identificación con Calibán.[28] En la obra de Césaire, los
personajes son los mismos que los de Shakespeare, pero Ariel es un esclavo
mulato; mientras Calibán es un esclavo negro, además interviene Eshú,
“dios-diablo negro”. No deja de ser curiosa la observación de Próspero cuando
Ariel regresa lleno de escrúpulos, después de haber desencadenado, siguiendo
las órdenes de aquél, pero contra su propia conciencia, la tempestad con que se
inicia la obra: “¡Vamos!”, le dice Próspero. “¡Tu crisis! ¡Siempre es lo mismo
con los intelectuales!” El poema de Brathwaite llamado “Calibán” está dedicado,
significativamente, a Cuba: “En La Habana, esa mañana (...)/” escribe
Brathwaite, “Era el dos de diciembre de mil novecientos cincuentiséis./ Era el
primero de agosto de mil ochocientos treintiocho./ Era el doce de octubre de
mil cuatrocientos noventidós.//¿Cuántos estampidos, cuántas revoluciones?”[29]
Notas
[3] Cit., como las otras
menciones del Diario que siguen, por Julio C. Salas: Etnografia
americana. Los indios carihes. Estudio cobre el origen del mito de la antropofagia, Madrid, 1920. En este libro se plantea “lo irracional de (la) inculpación de
que algunas tribus americanas se alimentaban de carne humana, como en lo
antiguo lo sostuvieron los que estaban interesados en esclavizar (a) los indios
y lo repitieron los cronistas e historiadores, de los cuales muchos fueron
esclavistas...” (p. 211).
[4] La carta de Colón
anunciando el descubrimiento del nuevo mundo. 15 de Febrero-14 de marzo 1493, Madrid, 1956, p. 20.
[5] Ezequiel Maninez
Estrada: “El Nuevo Mundo, la isla de Utopía y la isla de Cuba”, en Casa de
las Américas, n° 33, noviembre-diciembre de 1965. (Este número es un Homenaje
a Ezequiel Martínez Estrada).
[6] Miguel de Montaigne: Ensayos,
trad. de C. Román y Salamero, tomo I. Buenos Aires, 1948, p. 248.
[8] William Shakespeare: Obras
completas, traducción, estudio preliminar y notas de Astrada Marín, Madrid,
1961. p. 107-8.
[9] Así, por ejemplo, Jan
Kott nos advierte que hasta el siglo XIX “hubo varios sabios shakespearólogos
que inventaron leer La tempestad como una biografía en el sentido
literal, o como un alegórico drama político.” (Jan Kott: Apuntes sobre
Shakespeare, trad. de J. Maurizio, Barcelona, 1969, p. 353.)
[10] Ernesi Renan: Caliban,
suite de La tempête, Drame philosophique, París, 1878.
[11] V. Arthur
Adamov: La Commune de Paris (8 mars-28 mars 1871), anthologie,
París, 1959; y especialmente Paul Lidsky: Les écrivains contre la Commune, París, 1970.
[12] Paul Lidskv, op
cit., p. 82.
[13] Cit. por Aimé
Césaire en: Discours sur le colonialisme, 3a ed., París, 1955, p. 13. Es notable esta requisitoria,
muchos de cuyos postulados hago míos. (Trad. parcialmente en Casa de las
Américas, n° 36-37, mayo-agosto de 1966 [Este número está dedicado a Africa
et América.]).
[14] Cit. en op.
cit, p. 14-5.
[15] v. R. F. R.: “Modernismo,
noventiocho, subdesarrollo”, trabajo leido en el III° Congreso de la Asociación internacional de hispanistas, México, agosto de 1968 y recogido en Ensayo de
otro Mundo (2a. ed), Santiago de Chile, 1969.
[16] Cit. en José Enrique
Rodó: Obras completas, edición con introducción, prólogo y notas por
Emir Rodríguez Monegal, Madrid, 1957, p. 193.
[17] v. Jean
Franco: The modern culture of Latin America: society and the artist,
Londres, 1967, p. 49.
[18] José Vasconcelos: Indologia,
2a ed., Barcelona, s. f., p. xxiii.
[19] Mario Benedetti: Genio
y figura de José Enrique Rodó, Buenos Aires, 1966, p. 95.
[20] La visión aguda pero
negativa de Jan Kott lo hace irritarse por este hecho: “Para Renán”, dice,
“Calibán personifica al Demos. En su continuación (...) su Calibán lleva a cabo
con éxito un atentado contra Próspero. Guéhenno escribió una apología de
Calibán-Pueblo. Ambas interpretaciones son triviales. El Calibán
shakespeariano tiene más grandeza.” (op. cit., p. 398.)
[21] La endeblez de Guéhenno
para abordar a fondo este tema se pone de manifiesto en los prefacios en que en
las sucesivas ediciones, va desdiciéndose (2a ed., 1945: 3a ed.. 1962), hasta
llegar a su libro de ensayos Calibán y Próspero (París, 1969), donde, al
decir de un crítico, convertido Guéhenno en “personaje de la sociedad burguesa
y un beneficiario de su cultura”, juzga a Próspero “más equitativamente que en
tiempos de Calibán habla.” (Pierre Henri Simon en Le Monde, 5
dejulio de 1969.)
[22] Michael Lowy: La
pensée de Che Guevara, París, 1970, p. 19.
[23] Aníbal Ponce: Humanismo
burgués y humanismo proletario, La Habana, 1962, p. 83.
[24] J. L. Zimmerman: Paises
pobres, países ricos. La brecha que se ensancha, trad. de G. González
Aramburo, México, D. F., 1966, p. 1. (Hay ed. cubana).
[25] O. Mannoni: Psychologie
de la colonisation. París, 1950, p. 71, cit. por Frantz Fanon en: Peau noire,
mosquee blancs (2a ed.), París (c. 1965), p. 106. (Hay ed. cubana).
[26] George
Lamming: The pleasures of exile, Londres, 1960, p. 109. Al comentar estas opiniones
de Lamming, el alemán Janheinz Jahn observa sus limitaciones y propone una
identificación Caliban/negritud. (Neoafrican literature, trad. de O.
Coburn y U. Lehrburger, Nueva York, 1968. p. 239-42).
[27] John Wain: El mundo
vivo de Shakespeare, trad. de J. Silés. Madrid, 1967, p. 258-9.
[28] Aimé Césaire: Une
Tempéte. Adaptation de “La tempéte” de Shakespeare pour un theatre négre. Paris, 1969; Edward
Brathwaite: Islands, Londres, 1969. R. F. R.: “Cuba hasta Fidel” (en Bohemia,
19 de septiembre de 1969).
[29] La nueva lectura de La
tempestad ha pasado a ser ya la habitual en el mundo colonial de nuestros
días. No intento, por tanto, sino mencionar algunos ejemplos. Ya concluidas
estas notas, encuentro uno nuevo en el ensayo de ]ames Nggui (de Kenia) “Africa
y la descolonización cultural”, en El Correo, enero de 1971.