encabezado   octubre 2010 - marzo 2011
Zapatero, a tu zapato
Angelina Rojas Blaquier

Puede afirmarse que, entre lo mucho que es y significa Blas Roca en el devenir de las luchas políticas revolucionarias, resalta la relación entre la vida y la obra de un hombre que podría considerarse como un espacial hacedor de la primera organización de los comunistas cubanos, el Partido Comunista de Cuba, por su entrega a éste casi desde el nacimiento de la organización. Baste para ello decir que conoció a Rubén, que convivió con él, aunque por muy breve tiempo, en la más alta dirección del Partido, y recordar aquella singular anécdota que tanto los acercó a finales de 1933.

Blas, en su condición de Secretario General del Partido y de la Federación Obrera de Manzanillo, había viajado a La Habana para participar en las reuniones de la dirección partidista que analizarían todo lo relacionado con la huelga general que derrocó a Machado en agosto de 1933 y la táctica a seguir por el Partido. Al comienzo de una reunión de septiembre, le preguntan por su seudónimo, y él dice que Martínez. Rubén, presente también, le dice que no podía ser, porque ese era su apellido, ante eso Blas propone que su seudónimo sea Julio a lo cual Rubén responde que tampoco podía ser pues ese era su seudónimo. Ante eso, Blas seleccionó el de Bueno de momento, pero no le gustó y buscando uno que tuviera una sola sílaba, llegó al nombre de Blas, con un apellido fácil de pronunciar: Roca. Así asumió el nombre que lo acompañaría siempre y que oficializó en el proceso de inscripciones para la Constituyente del 40, luego de renunciar al nombre que ya pertenecía nada menos que a Rubén, a quien calificó como a un hombre de verdadero genio político. Blas se sintió muy estimulado cuando el Dr. Gustavo Aldereguía, médico de Rubén, le dijo que éste, en medio de su gravedad, preocupado por los asuntos del Partido, le había comentado su satisfacción porque Blas hubiera sido elegido para la máxima dirección partidista en reunión efectuada el 23 de noviembre, y confiesa: eso me hizo sentirme muy confortado, muy bien.

Por acuerdo de aquella reunión, Blas Roca ocupó interinamente la secretaría general del Partido hasta su oficialización en el próximo congreso, efectuado en la más absoluta clandestinidad entre el 20 y el 22 de abril de 1934, en el poblado habanero de Caimito, responsabilidad que mantuvo hasta la disolución del PSP, el 24 de junio de 1961.

Ya en ese momento, Blas era un hombre que había formado su ideario político revolucionario a la sombra del accionar organizativo revolucionario de Martinillo y a la divulgación que éste hiciera de las ideas del marxismo leninismo, junto a la labor intelectual de figuras como Luis Felipe Rodríguez, quien comenzaba a plantear los problemas campesinos y al conocimiento de José Martí no sólo por lo aprendido en la escuela, sino también por la divulgación que de su pensamiento desplegaba Manuel Navarro Luna, y, por la experiencia adquirida como fundador y dirigente del sindicato de zapateros en 1929, hasta ocupar la máxima dirección de la Federación Obrera y de la organización comunista de Manzanillo. A él también se debió, inclusive, la edición del periódico manzanillero mimeografiado Voz Proletaria, persuadido de que si el partido no tiene un medio de comunicación con las masas, no existe en realidad. Blas llegaba a la máxima dirección del partido también con los avales de contar entre los organizadores del soviet de Mabay y de la huelga general que culminó el 12 de agosto de 1933 con la derrota de Gerardo Machado.

Heredero de la concepción martiana de unidad con los nuevos matices que le aportaran Mella y Rubén de acuerdo a la etapa que les tocó vivir, la convirtió en el instrumento principal para el quehacer del Partido, con las precisiones imprescindibles dadas las difíciles coyunturas en las cuales el partido de los comunistas cubanos tuvo que defender los intereses de los sectores populares, con énfasis especial en la preparación de los trabajadores, en lo político y lo organizativo, para la conquista del poder.

En su informe al II Congreso, Blas, con un acertado análisis de la situación del país, situó la agudización de las contradicciones entre la dominación imperialista y el pueblo como resultado de la agravación de la crisis económica cubana que ya calificó como estructural, con el consecuente ascenso del movimiento revolucionario de las masas.

Reconoció que el Partido ya no era aquel grupito que le dio origen en 1925, sino que, en lo organizativo, ya podía hablarse de un partido nacional, en tanto tenía organizaciones en todo el país, y había logrado penetrar en los sectores principales, particularmente los azucareros, y los comunistas habían conquistado la dirección de la CNOC.

Otro aspecto de esencial importancia, fue la certidumbre de que estaban superándose errores anteriores en el trabajo sindical, en tanto la creación del Frente Único y los Comités Conjuntos de Acción que poco tiempo atrás había sugerido Rubén, fortalecerían la organización obrera, base de sustentación de las luchas populares dirigidas por el Partido.

En el desarrollo de ese enfoque unitario, aún antes del cambio de táctica adoptado durante el VII Congreso de la Internacional Comunista, mucho tuvo que ver la experiencia aportada por la huelga general de marzo de 1935, brutalmente aplastada por el gobierno represivo de Mendieta-Caffery -Batista, entre otras razones, por la falta de una táctica revolucionaria única entre todas las fuerzas que persistían en continuar la lucha.

Ese duro revés, que provocó el encarcelamiento y la cesantía de miles de trabajadores, la virtual desaparición de las organizaciones obreras, la liquidación de la CNOC y la vuelta del Partido a la más profunda ilegalidad, impuso a los comunistas la búsqueda de nuevos derroteros para continuar el enfrentamiento en las nuevas condiciones.

A finales del propio mes de marzo, en reunión del Buró Político, Blas Roca afirmaba que el aplastamiento de la huelga había sido una pérdida muy seria para el Partido, pero que los obreros comenzaban a reagruparse para continuar las luchas, concepto que fundamentaba a su vez Lázaro Peña cuando afirmaba: La revolución no ha sido derrotada, las luchas decisivas no se han emprendido todavía. El triunfo puede debilitar momentáneamente la resistencia, pero no puede acallar la indignación y odio contra la dictadura, ni suprimir el hambre y la esclavitud que las alimenta.[1]

La táctica de frente único se perfiló rápidamente hasta su consolidación en el VI Pleno, realizado en octubre de 1935, luego de los debates y acuerdos del VII Congreso de la IC. Es importante insistir que la necesidad de esa táctica y el inicio de su aplicación el Partido la había iniciado a partir, esencialmente, de su experiencia interna, y con antelación a la celebración de dicho cónclave.

Con ese enfoque el Partido se entregó, en condiciones muy difíciles, a reconstruir la organización del proletariado, instruir ideológica y políticamente a las masas, y alcanzar la unidad necesaria para enfrentar al peligro fascista y transformar la realidad política cubana, ante todo, mediante la conquista de la democracia, entendida como una etapa imprescindible en la lucha por la derrota del imperialismo en Cuba, el logro de la independencia nacional y el establecimiento del socialismo.

Ello fue facilitado por los cambios que se sucedían en la arena internacional resultantes de la incontenible presión popular y la inminencia del inicio de una nueva guerra, reflejados en la política adoptada por el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y las adecuaciones adoptadas por los gobernantes del área, entre ellos el propio Batista, que condujeron al Partido a asegurar que éste había dejado de ser el centro de la reacción.[2]

Lo cierto es que, a pesar de sus muchos detractores, el colosal esfuerzo para la aplicación de dicha táctica tuvo rápidos resultados en las distintas prioridades del trabajo partidista, constatables, por mencionar las más trascendentes, en las heroicas páginas escritas por los internacionalistas cubanos en la defensa de la República Española; en el respaldo al pueblo mexicano y al gobierno de Lázaro Cárdenas; en la fundación de la Confederación de Trabajadores de Cuba en 1939; en la participación de los comunistas en la Constituyente de 1940 y la calidad que imprimieron al texto constitucional; y en su incorporación a la lucha política nacional, especialmente en su integración a la Coalición Socialista Democrática con la cual también lograron incluir en su plataforma un conjunto de demandas de beneficio social, varias de las cuales conquistaron, tanto durante el gobierno de Batista (1940 – 1944), como durante los primeros años del gobierno de Grau (1944 – 1946), defendiendo así los intereses de los trabajadores y del resto de los sectores populares desde los órganos de gobierno, la única manera posible en las condiciones de la Segunda Guerra Mundial.

Como muchas veces esclareciera Blas, dicha táctica estaba orientada a respaldar y exigir el cumplimiento de todas las medidas que, salidas de cualquier fracción o figura política, significaran el mejoramiento de las masas y el avance de la democracia; a concertar alianzas con aquellas fuerzas cuyos programas reflejaran tener en cuenta los intereses populares, aún cuando se tratara del propio Fulgencio Batista, sin que esa unión comprometiera su condición de partido de la clase obrera.

Ella también les permitió fortalecer el papel de los trabajadores, desarrollar una amplia preparación ideopolítica de las masas y dar una eficaz contribución a la derrota del fascismo.

Párrafo aparte merece el aporte de los 6 constituyentistas cubanos, entre los que brilló Blas Roca, quienes, con un trascendente y apenas divulgado respaldo de los trabajadores cubanos bajo la dirección de Lázaro Peña, lograron dar un carácter novedoso y singular a la nueva carta magna. Los seis comunistas, respaldados por los trabajadores y la CTC, lograron que la Constitución reconociera en su articulado un conjunto de preceptos que le imprimieron un contenido progresista y democrático, que consagraron el principio de la soberanía nacional y diversas conquistas sociales, libertades individuales y derechos políticos y laborales, que la convirtieron en una de las más avanzadas del mundo, independientemente de todas las maniobras que se orquestaron para impedir la aplicación de una parte de su articulado.

El ideario patriótico, revolucionario y antimperialista de Blas también estuvo presente en el formidable concepto solidario internacionalista práctico que desarrolló el Partido durante la Guerra Civil Española; en el movimiento popular solidario de todo tipo con los combatientes antifascistas durante la II Guerra Mundial, y que brilló también cuando en 1951, la movilización del Partido impidió que se enviaran cubanos a la guerra imperialista de Corea.

Las difíciles circunstancias en que el Partido tuvo que desarrollar su labor y la impronta de la Segunda Guerra hizo que afloraran debilidades resultantes de la influencia de las tendencias conciliatorias que se desarrollaron en esos tiempos, especialmente el browderismo, de cierta incidencia en la dirección del Partido, sin embargo, ésta supo reaccionar rápidamente y modificar disposiciones que de algún modo afectaban el carácter de vanguardia que debía tener el Partido. Al respecto, es imprescindible subrayar que, a diferencia de lo ocurrido en otros países, los comunistas cubanos no desintegraron a su organización ya que, según argumentara en su momento el propio Blas, el supuesto advenimiento de una etapa de colaboración y acuerdos sustentada en la victoria aliada, no impediría el reagrupamiento de las corrientes dirigidas a someter a los pueblos y, por ello, era imprescindible la existencia y permanencia del partido de la clase obrera.

Como parte de las condiciones inmediatas de la postguerra, Grau San Martín, electo presidente en 1944, se vio obligado a postergar sus planes de arrebatar a los comunistas el control del movimiento sindical y del movimiento popular en general, planteando una política social que recogía muchos de los anhelos de las masas trabajadoras. La dirección partidista, en nombre de una unidad basada en su principio de representar los intereses de la clase obrera y a las masas populares en general, dejó esclarecido que apoyaría al nuevo gobierno en todo aquello que significara bienestar para el pueblo a tiempo que mantendría una posición de crítica constructiva al accionar del nuevo gobierno, táctica que, subrayó, dependería de la actitud que asumiera el gobierno con respecto a la libertad sindical y la CTC, habida cuenta de que el PRC(A) había creado la CON de su partido, al frente de la cual se encontraba Eusebio Mujal, mediante quien aspiraban a despojar a los comunistas de la dirección obrera, a fin de convertir a la organización en un dócil instrumento del aparato burgués, capaz de entorpecer el constante fortalecimiento y auge de las luchas de los trabajadores cubanos.

Todas las predicciones se cumplieron. En 1947, la aplicación en Cuba de la política de Guerra Fría, tuvo su expresión primera en el asalto de la CTC y la destitución por la fuerza de Lázaro Peña y otros prestigiosos dirigentes de los trabajadores, amparados en regulaciones oficiales creadas para legalizar dichos actos. Se iniciaba otra vez la lucha de los trabajadores por la reconstrucción de su organización sindical sobre la base unitaria que no había abandonado nunca. Tras un breve período en el cual los verdaderos líderes de la clase obrera se enfrascaron en luchas legales por la devolución de la central obrera a sus verdaderos dirigentes y pugnaban por enfrentar en la práctica a los dirigentes impuestos, la dirección del Partido, en su V Asamblea, efectuada en 1949, se volcó hacia el restablecimiento de la unidad de las masas y especialmente a los trabajadores, convocándolos a sustituir las formas legales de lucha por la movilización desde dentro, iniciándose las primeras batallas en el seno de los sindicatos dominados por los mujalistas por la destitución de las direcciones impuestas, cuyos frutos no tardaron en aparecer.

En esa ingente labor sindical se encontraba inmersa la dirección partidista a tiempo que trabajaba por el triunfo electoral de la ortodoxia, cuando se produjo el golpe de estado de 10 de marzo, que rechazó de inmediato, convocando al pueblo a luchar contra Batista y a denunciar y enfrentar las medidas de fuerza e injusticia que comenzó a desplegar el nuevo régimen, que incluía, por supuesto, el reforzamiento de la represión contra los comunistas.

En medio de esa lucha se produjo el Asalto al Moncada, que indicó el inicio de una etapa cualitativamente superior en las luchas del pueblo cubano por la liberación nacional.

Como es conocido, al iniciarse el movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro, el PSP no veía posibilidades de triunfo a una insurrección armada independiente de la lucha de masas, y que no estuviera dirigida por la clase obrera; no obstante, los comunistas supieron distinguir las posiciones revolucionarias de los moncadistas, lucharon por su amnistía, y trabajaron desde muy temprano por la unidad con esa fuerza emergente. A ello contribuyó decisivamente la difusión de La Historia me Absolverá. Esa disposición se evidencia en los contactos de dirigentes del Partido y la Juventud Socialista en busca de la unidad estratégica con la dirección del 26 de Julio, el primero de los cuales fue la entrevista sostenida en La Habana entre Fidel y Raúl Valdés Vivó,[3] a la que siguieron las sostenidas en México por otros enviados del Partido, primero, con Osvaldo Sánchez y Flavio Bravo, y después con Antonio Ñico López, principio del proceso unitario en relación a cuanto Fidel representaba. Impuestos los comunistas por el propio Fidel del plan que se proponía, la dirección del Partido instruyó a sus dirigentes de la entonces provincia de Oriente para que organizaran huelgas y otras formas de lucha cuando se produjera el desembarco de las tropas de Fidel y empezara el levantamiento urbano.

Así, en contacto con Frank País y otros compañeros, se coordinaron las acciones del Partido y de los Comités de Defensa de las Demandas Obreras con las del Movimiento 26 de julio. Se acordó que el PSP, mediante dichos comités, llamaría a la huelga el día 30 de noviembre, en tanto el Movimiento 26 de julio convocaría al alzamiento para la misma fecha. El llamamiento a la huelga apareció en el periódico Oriente del día 29.[4]

En relación con el desembarco del Granma, el Comité Provincial del PSP dio también instrucciones al Comité Municipal de Manzanillo para que ofreciera a los expedicionarios toda la ayuda política y organizativa que fuera posible.

La comprensión del PSP acerca de la oportunidad y validez del movimiento guerrillero, tuvo importantes expresiones concretas a partir de marzo de 1958, entre ellas, la creación del frente guerrillero del PSP en Yaguajay, al mando de Félix Torres, aunque todos los militantes integrados a las guerrillas, incluidos los de dicho destacamento, recibieron la orientación partidista de ponerse a las órdenes del Estado Mayor del Ejército Rebelde en el aspecto militar.[5]

También se integraron, desde su apertura, al Segundo Frente Oriental Frank País, ampliando su incorporación general al Ejército Rebelde tras el revés del 9 de abril. La creación del FONU fue otra importante expresión unitaria y de identidad con la guerra revolucionaria.

Para Blas Roca, secretario general del partido de los comunistas cubanos desde noviembre de 1933, no había dudas de que el jefe de la revolución debía ser el jefe del partido, por ello, al producirse la victoria del 1º de Enero de 1959, Blas reconoció en Fidel al líder revolucionario, capaz de aglutinar a todas las fuerzas interesadas en la lucha por la liberación nacional, y de conducir victoriosamente la Revolución hasta la etapa socialista. Su fidelidad, sagaz visión política y su condición de comunista, hicieron que le entregara a Fidel, incondicionalmente, las banderas del Partido. Para él, afirmó el propio Blas, lo importante fue comprender en el momento preciso que Fidel encarnaba la unidad y que por ello desde los primeros encuentros, él fue el dirigente para nosotros por eso pusimos nuestro partido a la dirección de Fidel.[6]

Al producirse el triunfo revolucionario, el PSP y los trabajadores cubanos dieron su respaldo decisivo a la revolución triunfante, consolidando su llegada al poder. La tarea fundamental planteada para la militancia comunista a instancias de su dirección y especialmente de Blas se resumió en el lema: Defender la revolución y hacerla avanzar, prioridad que mantuvo el PSP a partir del triunfo revolucionario. Como expresión de la concepción unitaria que siempre había prevalecido en la dirección comunista y especialmente en Blas, sus instancias libraron un rápido y exitoso combate contra la micro fracción que organizó un mínima parte de sus miembros y dirigentes, más que contra la Revolución, contra el propio Partido por la táctica asumida.

El cumplimiento de ese objetivo principal también se reflejó en la VIII Asamblea de la organización, efectuada en agosto de 1960. El informe presentado por Blas, contenía un análisis muy pormenorizado y crítico de la actuación histórica del Partido y muy especialmente de los años que mediaron entre la anterior asamblea, efectuada en febrero de 1952, y la que estaban celebrando.

Reconocieron especialmente la falta de iniciativa de la dirección partidista para responder con las acciones necesarias que demandaba la situación política del país ante la imposición del régimen de marzo, a pesar de haber vislumbrado que estaban dadas todas las condiciones para el surgimiento y desarrollo de una revolución social.

Tras admitir que habían dejado a la espontaneidad lo que debió ser organizativamente asumido y dirigido, reconocieron el mérito histórico de Fidel Castro de haber preparado, organizado, instruido y dispuesto los elementos de combate necesarios para iniciar y sostener la lucha armada como medio de derrocar a la tiranía y abrir el camino a la revolución cubana.[7]

Tal afirmación, se subraya en el Informe Central, no implicaba desestimar el papel jugado por las otras formas de lucha, que cooperaron a alcanzar esos fines.[8]

La Asamblea analizó cómo algunos compañeros no comprendieron los cambios radicales políticos que había introducido la revolución. No comprendieron la quiebra histórica de una serie de partidos y su eclipse real de la vida del país y por ello creyeron que el Partido tendría que seguir actuando con los métodos y tácticas anteriores, sin comprender que la unidad de las fuerzas revolucionarias para hacer avanzar la Revolución seguía siendo el eje de la actuación del Partido y de la dirección revolucionaria en ese momento, y reflexionaba: La realización de este objetivo ahora depende, en primer término, de la justa coordinación, de la fusión, pudiéramos decir, de las fuerzas revolucionarias conscientes y radicales en un movimiento general único, bajo la dirección de Fidel Castro.[9]

Los asistentes examinaron con especial atención el papel divisionista del dogmatismo y el sectarismo, y cómo este sólo serviría para aplastar a la Revolución, toda vez que la unidad enfocada del modo en que la había asumido la dirección del Partido, era una garantía más de que la revolución cubana seguiría adelante. Con esa concepción unitaria adaptada a las características del proceso revolucionario cubano, afirmaban, la Revolución sería invencible, dando numerosos elementos de por qué el sectarismo, muchas veces nacido hasta de la práctica rutinaria, haría tambalear a la Revolución. Precisando que el PSP no asumiría semejante actitud, se argumentaba en el Informe a la Asamblea: ...una de las maneras de cuidar la Revolución es luchar contra nuestro sectarismo... el sectarismo es la división... la actuación conjunta de las organizaciones es la garantía de la unidad y el avance de la Revolución. [10]

A la luz de las condiciones generadas por la revolución triunfante, la Asamblea reiteró que la tarea fundamental del Partido seguía siendo defender la Revolución y hacerla avanzar y, para garantizar su cumplimiento, aprobó nuevos estatutos y un nuevo programa para la organización, ratificando a Blas como Secretario General, dedicado constructor de la táctica unitaria de los comunistas cubanos.

El 16 de abril de 1961 Fidel proclamaba, con el apoyo popular, el carácter socialista de la revolución. Poco después, el 24 de junio, a propuesta del propio Blas, el PSP acuerda su disolución. Esta fue una trascendente decisión que evidenciaba la altura revolucionaria de ese grupo de abnegados hombres y sus dirigentes. Entonces Blas argumentó, a partir de su concepción unitaria, que la cuestión no era de integrar a Fidel al PSP, sino de la aceptación por los comunistas de la jefatura indiscutible de Fidel; que tal decisión era una necesidad imprescindible para mantener la unidad del proceso revolucionario sin la cual no podría librar las importantes batallas económicas, políticas y sociales que tenía por delante, muy especialmente por la cercanía y actitud de Estados Unidos, pero, ante todo, por la capacidad estratégica y táctica demostrada por Fidel para iniciar y conducir victoriosamente la Revolución.

Esa decisión, para la cual tuvo que enfrentar inclusive la oposición del movimiento comunista internacional y en especial del Partido Comunista Chino de aquellos años, inédita en el quehacer de los partidos comunistas, demostró la altura política y la fidelidad incondicional de Blas hacia un pueblo al cual había entregado su vida.

Blas Roca descubrió muy rápidamente, lo que sin dudas fue también uno de sus principales aportes teóricos, que, en el caso cubano, no se llegaría a la unidad por medio de la incorporación de Fidel al Partido, sino que, dadas las características de la Revolución, para defenderla y hacerla avanzar, era imprescindible la aceptación por el Partido de la jefatura de Fidel.

Tal definición política, aceptada por la militancia comunista, fue demostrativa de la fidelidad del Partido a sus convicciones teóricas, unitarias y de respaldo a una gesta revolucionaria cuya importancia validaron desde el primer momento y, sobre todo, evidenció también la renovación de los métodos y tácticas de lucha de los comunistas, contribuyendo no sólo a la superación de fórmulas anquilosadas de su accionar, sino a la autoctonía en la profundización de los avances del proceso nacional liberador y del propio nacimiento del socialismo cubano, fruto de la unidad entre las diversas fuerzas revolucionarias que hicieron posible su triunfo; del respaldo irrestricto a Fidel Castro y a la vanguardia revolucionaria que lo hizo posible, no por las vías clásicas reconocidas por entonces para el triunfo del proletariado y la instauración del socialismo.

Tal decisión no sólo provocó dudas en algunos sectores del movimiento comunista internacional a las que ya nos hemos referido, también las hubo a lo interno. Como el propio Blas explicara a Justina Álvarez[11] pocos años después:

(…) no me importa el que esa gente de que me hablaste me acusara de haber disuelto al viejo partido antes de tiempo, ni que aseguren que soy el culpable de los desmanes cometidos por los oportunistas contra viejos miembros del partido. Estoy seguro de haber obrado bien, de haber hecho lo que más convenía a la causa del socialismo y del comunismo en nuestro país y ello me basta. Lo que hemos hecho ha impuesto sacrificios personales y no pocas amarguras a muchos buenos compañeros, pero si son, como creo, verdaderos comunistas que a todo anteponen el triunfo y el avance de nuestra sagrada causa, tendrán como buenos sacrificios y amarguras, hechos y pasadas, en interés de la marcha delante de la Revolución.[12] (Véase Anexo 2)

La disolución del PSP y del resto de las organizaciones integrantes de la vanguardia revolucionaria, facilitó el paso a la formación del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), anunciado por Fidel el 26 de Julio de 1961, el cual sustituyó a las ORI, en un nuevo paso hacia la unidad imprescindible para la consolidación, defensa y avance de la Revolución. Dicho Partido, luego de unos breves años de acondicionamiento, enfrentamientos políticos, errores de sectarismo, etc., dio paso, el 3 de octubre de 1965, a la organización de su primer Comité Central y a la adopción del nombre de Partido Comunista de Cuba.

Resultado de esa nueva calidad en la vida del Partido, en esa fecha desaparecieron los periódicos Hoy y Revolución, naciendo en sustitución el periódico Granma. Terminada la trascendente reunión de la nueva organización política, los miembros de su recién elegido Buró Político, encabezados por Fidel Castro, se dirigieron al local del periódico Hoy, donde rindieron justo y merecido homenaje a Blas Roca Calderío, quien había sido su director durante los últimos tres años.

En breves y emotivas palabras, el Secretario General del PCC destacó que rendía homenaje al hombre que ya era dirigente del Partido cuando él nació y a quien ahora sustituía. En ese momento anunció una de las tareas que asumiría Blas en los próximos años. Explicó que el país necesitaba una nueva constitución, una Constitución Socialista, y que la dirección del Partido escogió a Blas para que presidiera la Comisión de Estudios Constitucionales encargada de los estudios previos y la posterior elaboración de la constitución socialista que Cuba necesitaba para continuar avanzando en su proyecto de transformación social.[13]

Tras la consolidación del proceso unitario en el nuevo Partido, y como consecuencia de ésta, Blas Roca, quien con humildad, sabiduría y entereza absolutas dirigió durante tantos años el partido de los comunistas cubanos, fue elegido miembro de su primer Comité Central, pero no fue hasta el Primer Congreso del Partido, 1975, cuando resultó elegido miembro del Buró Político.

El hecho de que Blas no fuera elegido para tan alta responsabilidad en 1965, motivó la desaprobación y el comentario de algunos antiguos militantes comunistas. Sobre esto especialmente, en la ya mencionada carta que Blas escribiera a Justina Álvarez 4 días después de aquella reunión, le expresó:

Me complazco que te hayan agradado tanto las palabras que en el acto de mí despedida del periódico dijera el compañero Fidel.

Para mí, ya sabes lo que ellas significan: un reconocimiento público que agradezco profundamente, de la actitud que ha determinado mi conducta. Sabes que siempre he rehusado elogios y honores; que nunca he sentido atracción por cargos, títulos o puestos de mayor o menor relieve, pues mi única aspiración, la aspiración a la que he consagrado toda mi vida, y a la que lo he subordinado todo, ha sido la de contribuir en la mayor medida de mis fuerzas y capacidades a la causa del proletariado, a la causa del socialismo y del comunismo. Agradezco que el reconocimiento de esa actitud está implícita en las palabras de Fidel.

La Revolución Cubana y su dirección política se siguieron prestigiando con la actividad incondicional e ininterrumpida de Blas en todo aquello que necesitó de su concurso, esfuerzo, dedicación y experiencia, especialmente en todas las exigencias derivadas del proceso de institucionalización del país, escribiendo imborrables páginas, entre otras, en la formulación de los preceptos de la nueva Constitución, de otras importantes leyes, y en el establecimiento de los Poderes Populares hasta ser elegido como primer Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular en el momento de su constitución y como miembro del Buró Político del PCC desde su Primer Congreso en 1975.

Durante las sesiones de la Asamblea Constituyente de 1940, uno de los delegados de las fuerzas burguesas, Orestes Ferrara, con toda la fuerza de la diferenciación clasista de que era portador, y con profundo desprecio por los trabajadores y el resto de los sectores populares, intentó acallar la voz de Blas Roca, diciéndole: “zapatero, a tu zapato”. Blas se entregó a la Revolución en muchos aspectos hasta el momento mismo de su fallecimiento. El hecho de que casi 35 años después de aquella afrenta, la dirección del Partido le encomendara la redacción de la Constitución que normaría el quehacer de la patria socialista cubana, documento que entonces, sometido a referendo popular, recibiera el respaldo de la población y que aún hoy sea garante de la existencia del estado revolucionario cubano, fue el más alto reconocimiento social y revolucionario que haya podido recibir un comunista de la dignidad y la altura de ese modesto, fiel y trabajador comunista manzanillero conocido sencillamente como Blas. Fue un momento especial en que aquel baluarte de tantos momentos difíciles y gloriosos alcanzaba su dimensión histórica.

Anexo 1[14]

8 de Octubre de 1965

Querida Justina:

Me complace que te hayan agradado tanto las palabras que en el acto de mí despedida del periódico dijera el compañero Fidel.

Para mí, ya sabes lo que ellas significan: un reconocimiento público, que agradezco profundamente, de la actitud que ha determinado mi conducta. Sabes que siempre he rehusado elogios y honores; que nunca he sentido atracción por cargos, títulos o puestos de mayor o menor relieve, pues mi única aspiración, la aspiración a la que he consagrado toda mi vida y a la que lo he subordinado todo, ha sido la de contribuir en la mayor medida de mis fuerzas y capacidades a la causa del proletariado, a la causa del socialismo y del comunismo. Agradezco que el reconocimiento a esa actitud esté implícito en las palabras de Fidel.

No me importa el que esa gente de que me hablaste me acusen de haber disuelto al viejo partido antes de tiempo, ni que aseguren que soy culpable de los desmanes cometidos por los oportunistas contra viejos miembros del partido. Estoy seguro de haber obrado bien, de haber hecho lo que más convenía a la causa del socialismo y del comunismo en nuestro país y ello me basta. Lo que hemos hecho ha impuesto sacrificios personales y no pocas amarguras a muchos buenos compañeros, pero si son, como creo, verdaderos comunistas que a todo anteponen el triunfo y el avance de nuestra sagrada causa, tendrán como buenos sacrificios y amarguras, hechos y pasadas, en interés de la marcha adelante de la Revolución.

¿Qué verdadero comunista no se sentirá recompensado de todos los sacrificios que haya podido hacer y de todas las amarguras que haya podido pasar ante el hecho de todo (…) del socialismo, de todo cuanto ha avanzado en la conciencia de las masas nuestras ideas, las ideas luminosas de Marx y Lenin, las ideas del comunismo?

Si uno se preocupa de su persona, de su gloria y su prestigio personal, de su posición y de su cargo, le parecen intolerables ciertos hechos, inadmisibles ciertos sacrificios, insoportables ciertas amarguras. Si uno considera su gloria mayor la del triunfo del comunismo, entonces sólo apreciará aquel cargo desde el que pueda dar la máxima contribución a ese triunfo y dejará cualquier cargo y declinará cualquier honor o gloria personal si con ello ayuda más a la victoria. Esa es mi convicción y así procedo.

Y no es que lo haga ahora. Cuando pudimos enviar compañeros al Senado, propuse a otros y me quedé en la Cámara y los cargos oficiales en este cuerpo legislativo los ocuparon otros y no yo. Tu puedes recordar aquellas circunstancias, porque fuiste testigo, más de una vez, de las discusiones, de los celos y aspiraciones de algunos.

En 1959, hacia sus finales, se abrían ante nosotros varios caminos.

Ya entonces había dado sus frutos nuestra consigna de “defender la Revolución hacerla avanzar”, habíamos contribuido a derrotar, paso a paso, todas las fuerzas organizadas que se oponían a la Revolución (la última, la Iglesia Católica cuyo postrer gran esfuerzo, en noviembre, demostró su impotencia), habíamos ayudado a derrotar a la derecha dentro de la Revolución y se habían creado las condiciones para pasar a una nueva etapa en nuestra política de colaboración y unidad con Fidel, con las fuerzas revolucionarias triunfantes dentro del 26 de Julio y con todas las fuerzas revolucionarias que quisieran marchar adelante.

¿Qué camino tomar entonces? ¿El del frente único de partidos revolucionarios o el de la fusión en un solo partido revolucionario que llevara como divisa el socialismo y como guía el marxismo – leninismo?

Mi orientación fue la fusión.

Creía que las condiciones estaban maduras para ello.

Veía las ventajas del Frente Único en el único aspecto de que podía prolongar la existencia de una opinión independiente organizada. En cambio, sus desventajas, a mis ojos, eran muchas: tendía a prolongar la existencia de grupos separados en los cuales podían predominar las tendencias nacionalistas y social reformistas ( burguesas en su misma raíz) dificultando el paso de amplios sectores de la población a las posiciones del socialismo; haría más duraderas y peligrosas las diferencias inevitables entre organizaciones separadas; podía promover una competencia de ganar miembros, entre las organizaciones; hacía más difícil el paso del compañero Fidel a las posiciones marxista-leninistas.

En nuestras condiciones particulares, con un imperialismo, el más agresivo y brutal, en nuestra cercanía geográfica inmediata y separados por miles de kilómetros del campo socialista, la mayor unidad posible era urgente e imprescindible. Por eso consideramos necesaria la fusión con la disolución sincera de todas las organizaciones.

A eso tendimos en el proceso de integración que corrió a lo largo de todo el año 60 y la primera mitad de 1961.

Proclamado el carácter socialista de la Revolución en abril de 1961, fundidas de hecho nuestras fuerzas, proclamamos en junio de ese mismo año la disolución del Partido, para dar paso al Partido Unido de la Revolución Socialista.

No se exactamente como surgió entonces el nombre de ORI, lo que sé era el propósito anunciado y aceptado.

La fusión propuesta fue estorbada por los métodos y procedimientos puestos en práctica por Aníbal Escalante, más ganoso de representación y poder, que de llevar adelante el proceso por los métodos acordados. Esos, sus métodos y procedimientos, fueron los que en verdad nos trajeron amarguras y dolores innecesarios, dificultades y retrasos que ciertamente pudieron evitarse.

“Con las fuerzas revolucionarias integradas -dije el 24 de junio- con el Partido Unido de la Revolución Socialista nos (nosotros) entramos a cumplir las complejas tareas del período de transición, del período de construcción del socialismo”.

Esta línea se ha demostrado correcta en los hechos y en la historia, digan lo que digan quienes la tergiversaron con sus procedimientos.

Hemos avanzado tremendamente en la construcción del socialismo: ese es el saldo histórico de esa línea.

Hemos presentado una unidad inquebrantable frente al imperialismo yanqui, gracias a lo cual ninguna de sus agresiones, ninguna de sus conspiraciones, ninguna de sus intentonas ha tenido éxito. Ese es otro saldo histórico de esa línea.

Fidel se ha crecido como portador del socialismo y del comunismo por la vía marxista -leninista. Ese es otro saldo histórico de esa línea.

El daño hecho por Aníbal Escalante a ese proceso fue enorme, pero no impidió -no podía impedir- que marchara adelante.

Porque en marzo de 1962 hizo falta toda nuestra autoridad para mantener el rumbo trazado en medio de aquella tormenta de desconfianza y de asaltos de los arribistas, (…) las filas, de los amigos y los enemigos, que se desató.

Más tormentas y dificultades nos vinieron de la división del movimiento comunista internacional y de nuestras indispensables relaciones con el campo socialista, en medio de los trastornos atormentadores de estos años.

Pero la unidad lograda, la fusión hecha, nos ha permitido conducir mejor las cosas que si nos hubiéramos mantenido, desde entonces, en organizaciones separadas, unidas tan sólo por el frente único.

Hay quienes se duelen hoy de no verme a mí, como expresión o símbolo de una tradición, en el Buró Político.

Yo no me duelo de ello.

No estoy entre los que conservan, inconscientemente y sin quererlo, el espíritu de grupo o de tendencias.

Creo que la composición actual del Buró Político responde a un proceso doloroso y complejo de transición hacia una dirección colectiva que se había eclipsado en los últimos tiempos.

Creo que mi exclusión de él contribuye a su integración y funcionamiento (…) y a la larga producirá mejores resultados para todos. Si se crea una institución de dirección colectiva y esta funciona, ello tiene mayor trascendencia que el problema de si fulano o mengano están en ella, no importa lo que fulano o mengano pudieran aportar a esa dirección, bien sea en el sentido político de su prestigio o en el sentido de lo que pudieran contribuir con su experiencia y sus ideas.

Y aquí termino esta que quiso ser breve y que se alargó tanto que me impide desarrollar algunos temas planteados. Espero hacerlo en otra.

Notas



[1] BP PCC: Acta de reunión, marzo 29 de 1935, Archivo Instituto de Historia de Cuba, Fondo IC, Caja 4, Doc. 43.

[2] Entre esos cambios se destacan la legalización del PCC, la libre circulación del periódico Hoy, y la decisión de convocar a la celebración de una asamblea constituyente previa a las elecciones generales con garantía de participación para todos los partidos.

[3] Valdés Vivó era en ese momento el Secretario General de la Juventud Socialista en la Universidad de La Habana. Véase: Lionel Martín, El joven Fidel, Editorial Grijalbo, pp. 185 -186.

[4] La huelga convocada por el CDDO no se planteaba que fuera para facilitar el desembarco del Granma, pues ello alertaría a las fuerzas del gobierno, sino que se planteó como parte de la lucha de los trabajadores contra el push que preparaban grupos politiqueros en contubernio con Trujillo. Tanto Fidel como el PSP se habían pronunciado contra esos intentos que solo buscaban sustituir a Batista por otro no menos reaccionario.

[5] Blas Roca: Entrevista, Revista Bohemia, La Habana, 28 de julio de 1978.

[6] Blas Roca: Entrevista, Revista Verde Olivo, La Habana, 23 de julio de 1978.

[7] PSP: VIII Asamblea Nacional, informes, resoluciones, programa, estatutos. Ediciones Populares, La Habana, 1960, p. 44.

[8] PSP: VIII Asamblea... Ibídem, p. 45.

[9] PSP: VIII Asamblea... Ibídem, pp. 67-68.

[10] PSP: VIII Asamblea... Ibídem, pp. 388-391.

[11] Justina Álvarez Pantoja (Manzanillo, 1912 – La Habana, 27 de octubre de 2008) Luchadora comunista de larga historia, se vinculó a las actividades revolucionarias en 1938, momento en que se integró a la Hermandad de Jóvenes Cubanos, organización legal orientada por la Liga Juvenil Comunista. Desde entonces comenzó a trabajar en el Comité Nacional del Partido Comunista de Cuba y poco después como secretaria de Blas Roca, labor que realizó hasta el fallecimiento del destacado dirigente comunista en 1987. Fue responsable de la página 2 del periódico Hoy, dedicada en lo fundamental a temas culturales y colaboró con la emisora Mil Diez. Como periodista escribió las crónicas que bajo el nombre de Héroes Eternos de la Patria, aparecieron en el periódico Hoy, en las que junto a breves reseñas biográficas de los héroes de Playa Girón, se recogen algunos aspectos de la vida de sus abnegados familiares. También escribió numerosos artículos sobre temas femeninos. Hasta el final de su vida, la también viuda de Blas Roca, fue miembro del Partido Comunista de Cuba.

[12] Blas Roca: Carta a Justina Álvarez, [La Habana] 8 de octubre de 1965. Original, Archivo de Lucilo Batlle Reyes.

[13] Blas se ha ganado el derecho a ser admirado, a ser querido por todos.- Fidel, en Granma, 4 de octubre de 1965, año 1, no. 1, p. 5

[14] En la trascripción del original de esta carta se ha respetado la gramática del autor. La misma le fuera entregada al investigador Dr. Lucilo Batlle Reyes por la viuda de Blas Roca y luchadora comunista de larga data, Justina Álvarez Pantoja.