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ISSN 2075-6046
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octubre 2010 - marzo 2011
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Génesis de la ciencia agrícola en Cuba de Rolando E. Misas Jiménez
Alicia Conde Rodríguez

“El historiador del espíritu humano no sólo debe referir todo cuanto hay en él, sino el orden en que se encuentra. Así toda cuestión profundizada es cuestión de origen.” Era el vaticinio de nuestro filósofo José de la Luz y Caballero en el siglo XIX, y es una herencia que el destacado historiador cubano, Rolando E. Misas Jiménez, hace suya y nos entrega hoy, gracias también al notable trabajo de la Editora Historia del Instituto de Historia de Cuba, una colección de estudios que en la plenitud de su coherencia cobra existencia bajo el título Génesis de la ciencia agrícola en Cuba.

Cuando conocemos de las investigaciones históricas realizadas por Rolando Misas, y de su trayectoria científica, no nos sorprende la publicación de este libro que compila sólo una parte, por exigencias editoriales, de los numerosos trabajos inéditos y otros dispersos en publicaciones nacionales y extranjeras que por su escasa divulgación se hace necesario reproducir. Su labor en el Centro de Estudios de Historia y Organización de la Ciencia en el cual fundó la Cátedra Cubana de Historia de la Agricultura, y su desempeño, durante una década, en el Instituto de Historia de Cuba, han contribuido con creces a su crecimiento intelectual avalado por una producción historiográfica apreciable: doce libros y cinco revistas monográficas colectivas de Cuba, España y Alemania; además de su propuesta de tesis doctoral, “La ciencia agrícola en el pensamiento del Conde de Pozos Dulces”. Su investigación “El trigo en Cuba en la primera mitad del siglo XIX cubano” fue distinguida con el Premio Nacional de la Academia de Ciencias, y por sus sistemáticos resultados académicos realizó estudios en el Instituto de Cooperación Iberoamericana de España, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid.

Los textos reunidos en este libro corresponden a publicaciones que en años diversos, desde las décadas del 80 y el 90, hasta hoy, realizara el autor. Dos razones esenciales consignan la urgencia de la presente edición: que quedara para la ciencia histórica cubana el aporte de una zona apenas explorada siquiera como punto de partida para las investigaciones por venir, la formación y desarrollo del pensamiento agrario en Cuba. La otra sobrevive a las esperanzas del historiador de salvar su obra del silencio y el riesgo de posibles adulteraciones.

No estamos en presencia de un texto definitivo. Sino de una propuesta que nos hace volver la mirada hacia el nacimiento de todo: la tierra. Las interrogantes de entonces parecen hoy sentencias incitadoras, anunciaciones de una racionalidad que fue y puede ser pensada otra vez con el rigor de nuestra realidad, llamados a una espiritualidad integradora de la nación. Lo que nos faltó. Lo que nos duele todavía.

El tiempo, la época fundacional que nos advierte Misas está preñada de instituciones, proyectos e ideas para impulsar la actividad científica y educativa en el país y para el estudio del cultivo de la tierra, y con ello, el destino de la nación.

Pero la esclavitud y la ciencia, en su sentido moderno y modernizante, terminaron por ser incompatibles. La explotación racional del esclavo situaba límites a la práctica irracional de la misma, y al cabo perduraba el mayor de todos los males que han afligido a la humanidad, como profiriera Humbolt en su “Ensayo político sobre la isla de Cuba”. Nos informa Misas sobre el presunto desconocimiento del sabio alemán de esa institución docente en la cual se fraguaba la concepción antitratista y antiesclavista de los jóvenes intelectuales cubanos con el apoyo del Obispo Espada: el Seminario de San Carlos. Ello habría de ser compatible, obviamente, con su crítica al pensamiento dominante de los hacendados en Cuba.

El autor suscribe cómo la diversidad de los cultivos en la Isla se previó desde muy temprano, como concepción medular en una economía básicamente productora de azúcar, café y tabaco. Sin embargo la producción a gran escala, suministradora de las altas ganancias a la clase de los grandes hacendados y a la metrópoli española, apagaba cualquier intento de organizar la economía, el agro y la industria, de modo diferente.

Todo parecía tener la naturaleza de lo provisorio. Desde los primeros clamores por la ciencia aplicada en los proyectos de enseñanza agrícola en los finales del siglo XVIII y primeras décadas del XIX; los esfuerzos de Ramón de la Sagra y José Luis Casaseca hacia los inicios de la segunda mitad del siglo XIX con la creación de una Institución Agrónoma y Escuela Práctica de Agricultura para los hijos de los labradores; una Cátedra de Química respaldada por el hacendado Francisco de Arango y Parreño y la Junta de Fomento, que luego quedaría en un segundo plano al ser fundado el Instituto de Investigaciones Químicas de La Habana.

A juicio del historiador Rolando Misas “la fundación de una escuela de agricultura hubiera significado para Casaseca, la posibilidad de incorporar los resultados de sus investigaciones químicas a las demandas de la enseñanza agrícola”, pero no fue así. Y percibe como uno de los momentos más importantes el intento de creación de un Instituto Cubano, en 1833, por José de la Luz y Caballero, donde se formarían trabajadores de la industria y el agro, al mismo tiempo activos y pensadores con una ética humanista. Ya, en un contexto social distinto, en la Habana de 1844, nos sugiere el autor el nacimiento de El Liceo Artístico y Literario con la finalidad de “alentar la enseñanza elemental gratuita de los jóvenes cubanos y españoles imposibilitados de costearse esos estudios en las instituciones privadas”. Sin embargo, muy a pesar del respaldo recibido por científicos de diversas disciplinas, la ambición, el egoísmo y la especulación que prevalecieron en la mentalidad de la institución, anularon el propósito de la ciencia.

No escapa a la agudeza del historiador las contradicciones esenciales que pervivieron entre generaciones que eran portadoras de proyectos de sociedad diferentes. De esa manera nos refiere, aunque no profundizada la cuestión pues por sí misma merece una búsqueda más detallada, los propósitos de un grupo de jóvenes ilustrados formados en el Seminario de San Carlos, de constituir una Academia de Literatura en la Sección de Educación de la Sociedad Económica Amigos del País, cuya esencia era política y que al cabo no fructificó.

El historiador Misas nos previene de todos estos fracasos. Nada podría ir más allá de los intereses azucareros de los hacendados. Por eso a la Junta de Fomento no le era posible ver en la química más que su aplicación a la tecnología fabril azucarera. Sin embargo, nos advierte que no debe obviarse que es el cubano Álvaro Reynoso quien logra mayores resultados en la actividad creadora dentro del Instituto de Investigaciones Químicas de la Habana, frente al afán de lucro de la clase dominante de la colonia. Alentado por el entonces director de la Sociedad Patriótica, Antonio Bachiller y Morales, y uno de los principales ideólogos del reformismo agrario cubano, Francisco Frías y Jacott, Conde de Pozos Dulces, da a conocer sus “Estudios progresivos sobre varias materias científicas, agrícolas e industriales”, en 1861, y su “Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar”, en 1862.

La vigencia del pasado depende del futuro”, profería Jean Paul Sartre al revelar su concepto de la historia, y podríamos coincidir con él si pensamos que el presente pertenece a ambos tiempos históricos.

La evolución de las ideas en Cuba constituye uno de los campos teóricos más trascendentes en la comprensión y fundamentación de los procesos económicos, sociales, políticos y culturales de nuestro país. El historiador Rolando Misas, sabedor de la complejidad que estos procesos contienen, se adentra en el campo ideológico agrario para descubrir nexos y relaciones que permitan una aproximación cada vez más certera a este universo. Y para ello ha trabajado la formación de instituciones teniendo en cuenta que son éstas el reflejo de las concepciones que sobre el agro, y la economía en general, se sostienen en la sociedad.

El hecho de haber transitado en sus estudios por los diversos períodos históricos, la colonia, la república neocolonial y el que tiene su punto de partida con el triunfo de la revolución en 1959, le ha permitido un análisis comparativo del pensamiento agrícola cubano en las diferentes épocas. Las regresiones y progresiones son percibidas por el autor con la intención de ofrecer un acumulado de experiencias a partir del cual se pueda pensar, con rigor, en un proyecto agrario cubano que satisfaga las necesidades de la nación.

La estructura del libro obedece a la exposición de los vínculos existentes entre el pensamiento científico agrícola en Cuba y las instituciones creadas para su fomento. Y nos revela, con tino, el modo de hacer ciencia, de dirigirla con acierto. El lenguaje que utiliza el autor, sin perder cientificidad, es de un didactismo ejemplar. Sería muy loable que se utilizara como material docente en nuestras universidades y que la comunidad de científicos sociales lo tuviera en cuenta en sus reflexiones actuales, no sólo por lo que la obra sugiere, sino por el valor inestimable de las fuentes documentales que la sostienen, provenientes todas del Archivo Nacional de Cuba y de la Biblioteca Nacional. La investigación empírica convoca a la historiografía cubana a nuevas indagaciones, la cual agradece al autor este precedente.

Los riesgos de transitar un camino escasamente examinado más que a deferir, incitan a realizarlo. Y si en una frase pudiera sintetizar el espíritu con que esta faena es asumida por el historiador Rolando Misas, eligiría la del autor de Egrégores o la marcha de las civilizaciones: “Queremos ser cada día lucha y reposo, deseo y dolor, y esto, dentro de la máxima conciencia de ser.”

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Génesis de la ciencia agrícola en Cuba
Marx y los historiadores ante la hacienda y la plantación esclavistas
Repensar la independencia de América Latina desde el Caribe
Bolcheviques en el poder y Filosofía / Revolución en los años sesenta
Director: Félix Julio Alfonso López
Edición: Joanna Castillo Wilson
Diseño: Alejandro de la Torre Chávez
Programación: David Muñoz Compte
Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
ISSN2075-6046 / RNPS 2223