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octubre 2010 - marzo 2011
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Repensar la independencia de América Latina desde el Caribe
Félix Julio Alfonso López

I

En una lúcida reflexión sobre el proceso de conmemoración de los bicentenarios de la independencia de América Latina, el filósofo mexicano Enrique Dussel ha dicho:

A los gobiernos que les toque ejercer el poder en nuestro continente, hacia el 2010, les cabrá la responsabilidad de la “celebración” del Segundo Centenario de la Emancipación (1810-2010). El primer centenario fue “celebrado” en toda América Latina por las elites criollas, blancos nacidos en estas tierras, oligarquías que todavía estaban en el poder, aunque en México la Revolución de 1910 les recordará que todo podía cambiar. Pero, en la realidad, poco cambió. Siguieron en el poder más o menos los mismos actores que ya lo venían ejerciendo desde el siglo XIX al servicio de los nuevos imperios de turno (de Inglaterra, de Francia o de los Estados Unidos).(…) Estoy sosteniendo, entonces, que no se trataría de un mero “celebrar”, sino de un “enjuiciar” la Emancipación. Habría que deslindar claramente, como sucedió en el caso mexicano, entre los caudillos de los indígenas y esclavos, del pueblo propiamente dicho, como Miguel Hidalgo o José María Morelos, de los Primo Verdad (criollo) o Iturbide. Debemos recordar que hubo en aquel proceso tres protagonistas: uno salió victorioso, dos fueron derrotados; uno en justicia y el otro clamando todavía justicia.[1]

Atendiendo al reclamo de Dussel, el imperativo metodológico, teórico y político de este bicentenario es precisamente superar la frivolidad de los fastos y las evocaciones, devolviéndole la voz y el protagonismo a las grandes masas populares que hicieron la emancipación y han sido silenciadas por la historiografía y los discursos hegemónicos. Un eje motivacional importante para ello sería el escenario favorable a los proyectos integradores y progresistas que vive hoy el continente, en los ejemplos de Venezuela, Brasil, Bolivia y Ecuador. Numerosos problemas teóricos quedan todavía pendientes de elucidar en esta perspectiva, como sucede con las propias definiciones de independencia, emancipación, liberalismo, republicanismo y democracia bajo las que se produjeron los procesos políticos de separación de la metrópoli.

En este sentido, el filósofo argentino Hugo Biagini ha sostenido que:

Puede entenderse por independencia a un proceso de liberación de individuos o grupos sociales que alcanzan su autodeterminación y gozan de garantías para detentar los derechos a la vida, al trabajo, a la educación y a otros beneficios similares. De igual manera, el mismo concepto supone la posibilidad de que una nación o Estado dispongan de la capacidad para actuar por cuenta propia o para integrar una alianza con otros países, sin subordinarse a instancias que impidan tales propósitos. Diversas reservas en cuanto a la satisfacción parcial o total de esos requisitos han llevado a sostener que en Latinoamérica, como en otras regiones del planeta, no ha existido sino una independencia trunca o incompleta, y que deben encontrarse distintas salidas a esa situación deficitaria.[2]

Este ha sido, pues, como ha dicho el historiador cubano Sergio Guerra, el dilema de la independencia, su lógica profunda entre una revolución “política” promovida desde, por y para las elites criollas y los sectores dominantes de la sociedad latinoamericana, y una revolución “social” protagonizada por los humildes, “los de abajo”, los excluidos y subalternos.[3] O para decirlo con las palabras luminosas del prócer cubano José Martí: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”. En opinión del profesor Guerra, la independencia del siglo XIX fue un proceso inacabado y muchas de sus tareas históricas quedaron inconclusas o fueron pospuestas, entre ellas temas tan sensibles como el de la democratización efectiva de las estructuras políticas o del régimen de propiedad de la tierra, con las excepciones de Haití y Paraguay, dos países que a la postre tuvieron que pagar muy caro sus profundas transformaciones del orden vigente: “De esta forma, la posibilidad histórica de transformar la independencia, mediante el empuje de las masas, en una profunda revolución social, fue bloqueada por la aristocracia criolla, que preparó las condiciones para el retroceso posterior”.[4]

No obstante, las revoluciones burguesas en que desembocaron aquellos procesos libertadores se tradujo en algunas conquistas históricas de gran alcance, relacionadas con los proyectos de formación nacional, la desaparición de formas retrógradas de explotación, la abolición de la esclavitud y el establecimiento de democracias formales de tipo republicano, con la excepción de Brasil, muy superiores en el orden político a la decadente monarquía semifeudal ibérica. Asimismo se eliminaron los privilegios feudales, monopolios comerciales, títulos nobiliarios y el régimen de castas, y se abrió paso a modelos de modernización anclados a las nuevas metrópolis neocoloniales. De tal suerte, las independencias pueden catalogarse como trayectorias largas y difíciles de las naciones latinoamericanas para acabar con el tutelaje español casi siempre por la vía armada, afirmar sus soberanías frente a intentos de reconquista y vasallaje ulteriores de otras potencias, buscando profundizar los cambios burgueses y modernizar sus sociedades, y protagonizando en su seno prolongados conflictos políticos y sociales por afirmar la hegemonía y el control político del estado.

II

Para contribuir al tan necesario debate historiográfico en torno a las cuestiones apuntadas, ve la luz el volumen colectivo Repensar la independencia de América Latina desde el Caribe, coordinado por los historiadores Sergio Guerra Vilaboy (cubano) y Emilio Cordero Michel (dominicano) y publicado en La Habana por la Editorial de Ciencias Sociales en 2009. En rigor, se recogen aquí las contribuciones realizadas por un nutrido y prestigioso grupo de historiadores latinoamericanos y caribeños durante un encuentro académico celebrado en la República Dominicana en octubre de 2008.

Este libro parte del principio rector de que la independencia de América Latina, precedida solo por la de los Estados Unidos, se inició en el Caribe con el proceso de la Revolución Haitiana de 1790 a 1804. Por el Caribe venezolano desembarcó Miranda en 1806, en la Vela de Coro, y con la expulsión de los franceses de la parte oriental de Santo Domingo se alcanzó parcialmente la liberación de aquel territorio. Es innegable el apoyo brindado por los generales haitianos a Bolívar, y fue en Jamaica, en 1815, que escribió su célebre proclama conocida como Carta de Jamaica. Aunque sabemos que las islas de Cuba y Puerto Rico no se adhirieron al proceso independentista, tras el fracaso del movimiento juntista de La Habana en 1808 y la adhesión de la burguesía esclavista criolla al poder metropolitano, desde 1809 y hasta 1812 hay conspiraciones y revueltas de esclavos por toda Cuba, que fracasan al ser capturados, desterrados y ejecutados sus principales líderes: Román de la Luz, Joaquín Infante, Juan Francisco Basave y José Antonio Aponte. Años más tarde, nuevas conspiraciones vinculadas a logias masónicas como la de los Soles y Rayos de Bolívar y la Gran Legión del Águila Negra, tratarían de propiciar la independencia de España y la anexión de Cuba a la Gran Colombia y a México, respectivamente.

Entre los trabajos de mayor alcance dentro del libro está el análisis que realiza el historiador dominicano Frank Moya Pons sobre el impacto en las Antillas de las crisis monárquicas en Francia y España después de 1789 y hasta 1823, el cual no fue solo ideológico, sino sobre todo geopolítico, pues Francia, España e Inglaterra contendieron tanto en el continente como en las islas bajo su dominio para rediseñar lo que Juan Bosch llamó las “fronteras imperiales”, uno de cuyos principales campos de batalla fue la isla de la Española. Sirva como ejemplo lo sucedido en la actual República Dominicana, gobernada por los franceses desde 1802 y donde las noticias de la invasión napoleónica a España desataron un proceso de reconquista de la Isla por las elites criollas, encabezadas por el ganadero Juan Sánchez Ramírez, quienes la devolvieron a la soberanía española en 1809. En opinión de Moya Pons, esta aparente anomalía de regresar al status quo colonial debe ser explicada en tanto:

No fue un evento atípico separado de la historia hispanoamericana, ya que ante la crisis de la monarquía española, lo que se debatía en el seno de las elites coloniales en aquellos momentos (1808-1809) era decidir entre apoyar al régimen invasor francés en España o mantenerse fieles a la monarquía. (…) en 1808 y 1809, ninguno de estos grupos había madurado lo suficiente para lanzarse a la lucha abierta por la emancipación de sus colonias en pos de constituir naciones independientes. (p. 31)

No obstante, la llamada España boba dominicana tuvo varios intentos posteriores inspirados por el ideal independentista entre 1810 y 1812, como fueron las conspiraciones de Manuel del Monte y Don Fermín, la llamada “Revolución de los Italianos” o la liderada por Pedro Seda, José Leocadio y Pedro Henríquez, todas descubiertas y aniquiladas. (pp. 36-37) No fue hasta 1821 que la República Dominicana pudo liberarse del yugo español, a través del golpe de estado que el teniente de gobernador José Núñez de Cáceres le infligió al gobernador Pascual del Real.

Otro texto de gran relevancia es el que dedica el historiador cubano Wilfredo Padrón Iglesias a la figura precursora de Francisco de Miranda, de quien traza una enjundiosa biografía desde su llegada a España en 1771 para seguir la carrera de las armas. Valora la consolidación de su ideario independentista a través de sus experiencias en la guerra de independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y su estancia en varias cortes europeas y asiáticas, así como su estancia de tres años en La Habana, hasta llegar a su madurez como revolucionario y político en Venezuela entre 1810 y 1812. El dramático destino de esta gran figura puede sintetizarse en que:

Intentó provocar el estallido independentista a través de sus esfuerzos personales. Organizó dos expediciones, escribió sendas misivas a notables criollos y redactó e imprimió un considerable volumen de documentos. Pero el mensaje del precursor se adelantó a sus contemporáneos. Por ese motivo no fue esperado en las costas de Venezuela en 1806, sus proclamas fueron condenadas por la inquisición ese mismo año y sus cartas fueron entregadas a las autoridades españolas en 1808. Pero ni esta amarga indiferencia lo obligó a cejar en sus empeños. En los momentos en que la primera señal de insurrección criolla apareció en el horizonte, Francisco de Miranda se alistó entre sus protagonistas. En la primera república de Venezuela enarboló victorias y asumió derrotas, pero tuvo el placer de desempeñarse, de manera decisiva, entre los iniciadores de la independencia. (p. 69)

La profesora cubana Aurea Matilde Muñiz explica con amenidad y rigor el complejo entramado de contradicciones que vive la sociedad española tras la invasión napoleónica, y sus repercusiones en el ámbito americano. Estas contradicciones pueden resumirse en: el estado centralizado y el regionalismo; la tradición católica española y el ateísmo francés; el absolutismo monárquico y el liberalismo burgués; la opresión colonial y la independencia de las colonias americanas. En tal sentido, la realidad española tras el fin de la dominación francesa dejaba resultados tan paradojales como la restauración del absolutismo y el predominio ideológico de la Iglesia, la persecución de los liberales y la reconquista de América, la toma de partido de los más humildes por el Rey y la supresión de la constitución gaditana, todo lo cual no solo repercutió desfavorablemente en el proceso emancipador latinoamericano, sino en el transcurso de la revolución burguesa y la modernización de la propia España.

Sergio Guerra Vilaboy, por su parte, centra su análisis en el año 1808 y su repercusión en la independencia hispanoamericana, toda vez que ese fue el año de la invasión francesa a España y el primer germen de los movimientos juntistas, que con el tiempo abandonarían sus premisas autonomistas y adoptarían posiciones proclives a la independencia. Pioneras en el movimiento de juntas locales en sustitución del poder metropolitano fueron México, La Habana y Caracas, abortadas estas dos últimas por la resistencia de los peninsulares. Al año siguiente las juntas de Chuquisaca y La Paz fueron aplastadas por los realistas y un tercer momento, en el año 1810, extiende este movimiento a Cartagena, Buenos Aires, Bogotá, Quito, Santiago y Asunción, en las que se rechazaba la imposición de la soberanía francesa, demandaban reformas comerciales e igualdad de derechos de criollos y españoles, sin hacer explícitos aún ademanes separatistas. La excepción en este momento la representó el grito insurgente de Hidalgo en México, nutrido de peones mestizos e indígenas, que igualmente dio vivas a Fernando VII y a la religión católica, y muerte al mal gobierno. De tal suerte, no fue hasta 1811 en Venezuela, con el joven Simón Bolívar a la cabeza y bajo el liderazgo espiritual de Francisco de Miranda, quien proclamó que no se podía ser leal a Fernando VII y al mismo tiempo pretender ser reconocidos y respetados por otras potencias en las cuales se harían efectivas las primeras propuestas claramente independentistas.

En esta misma dirección, el mexicano José Herrera Peña reclama la necesidad de nuevas versiones historiográficas sobre la América después de 1808. Herrera cuestiona el uso de conceptos como “imperio español”, “colonias americanas”, “naciones” o “movimientos precursores”, y explica en cada caso la impropiedad de los mismos, acuñados por el uso pero escasamente teorizados. En su opinión, no exenta de polémica, las entidades políticas americanas, fuesen virreinatos o capitanías generales, eran bastante independientes entre sí y con relación al poder metropolitano, por lo que no buscaron en 1808 lo que ya tenían, sino lo contrario: “seguir formando parte de la monarquía de España y de las Indias, siempre y cuando esta permaneciera bajo la autoridad soberana de los borbones”. (p. 167)

Otras ponencias recogidas en este libro tratan las especificidades del inicio de la independencia en Nueva Granada (1810-1812), por Amparo Murillo Posada; el Caribe neogranadino (1808-1820), por Jorge Elías Caro; en Santo Domingo (1808-1821), por Américo Moreta Castillo y en La Habana, por Arturo Sorhegui, ciudad esta última donde mayor apoyo tuvieron las autoridades coloniales, representadas por el marqués de Someruelos, del grupo de la oligarquía criolla encabezado por Francisco de Arango y Parreño, vocero de los plantadores esclavistas, y sus instituciones. De tal modo, la restauración fernandina significó para los grupos de las elites criollas en Cuba una “luna de miel” con el poder metropolitano, negociando un pacto colonial en el cual sus intereses económicos y comerciales serán favorecidos, a cambio de mantenerse fieles a la corona española.

En resumen, Repensar… es un libro valioso, tanto por la novedad y diversidad de sus enfoques, como por la riqueza y originalidad de sus análisis, lo que lo convierte en una referencia obligada para todos los que, ya sean profesionales de la historia o público interesado, quieran conocer y profundizar en los polémicos orígenes de nuestras independencias.

Notas



[1] Enrique Dussel: “Hacia el 2010: a dos siglos del proceso de la emancipación. ¿Un nuevo encubrimiento del otro?”, en: Enrique Dussel... [et.al.], América Latina hacia su segunda independencia : Memoria y autoafirmación, compilado por Hugo E. Biagini y Arturo Andrés Roig, Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2007, p. 50.

[2] Hugo E. Biagini: “Introducción”, en: Enrique Dussel, op. cit., pp. 15-16.

[3] Sergio Guerra Vilaboy: El dilema de la independencia, La Habana, Editorial Félix Varela, 2000, p. 26.

[4] Ídem, pp. 330-331.

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Bolcheviques en el poder y Filosofía / Revolución en los años sesenta
Director: Félix Julio Alfonso López
Edición: Joanna Castillo Wilson
Diseño: Alejandro de la Torre Chávez
Programación: David Muñoz Compte
Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
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