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octubre 2010 - marzo 2011
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Bolcheviques en el poder y Filosofía y Revolución en los años sesenta: dos antologías que llenan un vacío teórico prolongado y lacerante
Roberto Regalado

Las antologías Bolcheviques en el poder y Filosofía y Revolución en los años sesenta, la primera, compilada y prologada por Sonia Almazán y Jacinto Valdés Dapena, y, la segunda, por María del Carmen Ariet y el propio Jacinto, ambas recién publicadas por la editorial Ocean Sur, son dos obras que vienen a llenar un vacío teórico prolongado y lacerante.

A doce años de que el mapa político regional comenzara a redibujarse con la victoria de Hugo Chávez Frías en la elección presidencial venezolana de diciembre de 1998, es común hablar de gobiernos de izquierda en América Latina, una condición que por muchos años fue un patrimonio casi exclusivo de la Revolución Cubana, compartida durante períodos acotados con la Unidad Popular en Chile (1970-1973), el Movimiento de la Nueva Joya en Granada (1979-1983) y el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua (1979-1990).

La expresión gobiernos de izquierda es la que con más frecuencia se utiliza para designar a las coaliciones políticas integradas por fuerzas de izquierda, centroizquierda, centro y, en algunos casos, incluso de centroderecha, que en los últimos años desplazaron del poder ejecutivo, en más de una docena de países latinoamericanos, a los partidos que habían llevado el peso –y, por lo tanto, cargaban con los costos políticos– de la reestructuración neoliberal.

Como es lógico, entre la izquierda que despunta en los albores del siglo XXI y la de épocas anteriores, hay similitudes y diferencias. La contribución principal que hacen Bolcheviques en el poder y Filosofía y revolución en los años sesenta, antologías complementarias cuya lectura sugerimos hacer en conjunto, emana de que ambas apuntan a una similitud y una diferencia muy peculiares entre el pasado y el presente. La similitud consiste en que, como ocurrió de manera periódica durante los siglos XIX y XX, el inicio de una nueva etapa histórica obliga a la izquierda a concebir nuevos proyectos estratégicos. La diferencia radica en que, tanto las corrientes revolucionarias como las corrientes reformistas del movimiento socialista nacido en el siglo XIX, habían elaborado y debatido durante mucho tiempo sus respectivos proyectos estratégicos antes de que la Revolución Bolchevique en Rusia (1917) y la elección del gobierno laborista de Ramsay McDonald en Gran Bretaña (1924), llevaran al gobierno, por primera vez, a representantes de una y otra, mientras que la izquierda latinoamericana actual llegó al gobierno antes de elaborar y consensuar los suyos.

Ni el paradigma revolucionario construido a partir de la Revolución de Octubre, ni el paradigma reformista socialdemócrata erigido en un grupo de naciones de Europa Occidental, pasaron la prueba del tiempo: el primero se derrumbó junto con la Unión Soviética por la agudización de sus propias contradicciones internas, y el segundo, ya muy resquebrajado por la renuncia paulatina a sus principios fundacionales, acabó de colapsar cuando la socialdemocracia europea asumió como propia la doctrina neoliberal, es decir, cuando consumó el acto supremo de renuncia a todo vestigio de reforma social progresista, incluidos el desmontaje y la reversión de la que había promovido en el pasado.

Además del fracaso de los principales paradigmas de izquierda del siglo XX, la escalada del imperialismo al peldaño de concentración transnacional del poder político y económico –que dificulta aún más la tarea de desarrollar procesos liberadores nacionales aislados–, y el desplazamiento del centro dinámico de producción teórica y política de izquierda desde Europa hacia América Latina, resaltan entre los rasgos de la nueva etapa histórica que explican por qué la izquierda latinoamericana llega al gobierno antes de descifrar la clave para dar el salto de la reforma social progresista a la transformación social revolucionaria, sin el cual, más temprano que tarde, quedaría atrapada en el mismo círculo vicioso de reciclaje de un capitalismo concentrador y excluyente en el que quedó la socialdemocracia europea.

El desfase en el desarrollo de nuevos paradigmas emancipatorios es un aspecto del problema que hoy enfrenta la izquierda latinoamericana, quizás el más justificado. El otro son las omisiones en las que se incurre en su proceso de construcción: ¿es posible concebir proyectos estratégicos de izquierda para el siglo XXI, sin conocer lo positivo y lo negativo, y también sin distinguir lo obsoleto de lo vigente, de los proyectos estratégicos del siglo XX? No lo es pero, en buena medida, así ha ocurrido. Ello obedece, primero, a que una generación de militantes de izquierda, de todas y cada una de las corrientes ideológicas comprendidas en esa definición, unos por el derrumbe de la Unión Soviétic a y otros porque éste no derivó en la resurrección socialista sobre nuevas bases que ellos esperaban, contempló impávida el colapso de los cuerpos de teóricos que creían consagrados; y, segundo, porque la nueva generación no ha tenido suficiente acceso a esos cuerpos teóricos para decodificarlos y reinterpretarlos a la luz del presente.

¿Cuántos jóvenes –y ya no tan jóvenes– latinoamericanos de izquierda han participado en forma pasiva, e incluso activa, en las últimas dos décadas, en debates sobre la URSS y el socialismo sin haber leído siquiera un trabajo de Lenin? ¿Y cuántos lo han hecho sin haber leído un trabajo de Stalin o Trotski? ¿Y cuántos lo han hecho sin haber oído mencionar a Bujarin, Preobajenski, Lunacharski, Kollontai, Krupskaya u otros bolcheviques?

¿Cuántos jóvenes –y ya no tan jóvenes– latinoamericanos de izquierda han participado en forma pasiva, e incluso activa, en las últimas dos décadas, en debates sobre las contradicciones acumuladas que provocaron el desplome de la URSS, sobre el capitalismo y el imperialismo de posguerra, sobre cuánto y cómo ha cambiado el mundo después que Marx, Engels y Lenin formularon las estrategias y tácticas revolucionarias acordes a sus respectivos momentos históricos, sobre el imperialismo, el colonialismo, el neocolonialismo del siglo XX y otros temas de importancia y actualidad sin siquiera conocer a Marcuse, Althusser, Sarte, Colleti, Nicolaus, Mandel, Dos Santos, Gunder Frank, Fanon, Deutscher, Poulantzas o Carmichael?

Al decir de Hobsbawn, el siglo XX fue un siglo «corto», que se inició con la Revolución de Octubre de 1917 y terminó con la implosión de la URSS en diciembre de 1991. Dos momentos cruciales de la producción teórica de este siglo que fue corto, pero también intenso y fecundo, se ubican, el primero, entre su segunda y tercera décadas, cuando los bolcheviques formulan y debaten las ideas fundamentales sobre partido, Estado, socialismo, política, economía, cultura, educación y otros temas que sientan las bases del paradigma soviético; y el segundo, durante la década de 1960, cuando las ya evidentes contradicciones acumuladas por el capitalismo desarrollado y por el socialismo entonces conocido, junto al creciente protagonismo de un pujante Tercer Mundo, desarrollaron vocaciones y talentos hasta hoy no igualados en la política y las ciencias sociales desde diversas perspectivas de izquierda.

¿Cómo suplir esos vacíos, esas carencias, esas omisiones en la educación y formación de las nuevas generaciones de la izquierda? ¿Dónde encontrar una selección accesible, sintética y representativa de ese acervo del pensamiento emancipador que resulta tan urgente y necesario? Facilitar esta aproximación es el mérito principal de las antologías Bolcheviques en el poder y Filosofía y revolución en los años sesenta.

“El Estado y la Revolución”, “El marxismo y la insurrección” y otros textos de Vladimir Ilich Lenin, considerado el primero entre iguales –como nos lo recuerdan los compiladores en su prólogo–, constituye la columna vertebral de Bolcheviques en el poder. Son tantos los aportes que hizo Lenin al pensamiento revolucionario universal que resulta imposible mencionarlos en estas líneas, pero sí es imprescindible decir que, en sus condiciones histórico-concretas, él supo resolver dos problemas que en la actualidad también requieren solución: primero, cómo construir una fuerza política capaz de unir y movilizar a los explotados para conquistar el poder; segundo, cómo estructurar, organizar y ejercer ese poder después de conquistado. Al plantear así la cuestión, partimos de que la nueva izquierda latinoamericana ejerce el gobierno pero no el poder, y que la consolidación y desarrollo de la fuerza política revolucionaria y la conquista del poder son tareas pendientes de completar.

Es bien conocido que las soluciones dadas por los bolcheviques a esos problemas teóricos no son aplicables hoy. Incluso ellos las concibieron como fórmulas transitorias dictadas por la necesidad histórica. En ese sentido, como los lectores de Bolcheviques en el poder podrán apreciar, León Trotski afirmaba que “la dictadura del proletariado no es la organización económica y cultural de una nueva sociedad, sino un régimen militar revolucionario en lucha para instaurar esa organización”, y unas líneas más adelante hablaba de “los veinte, treinta o cincuenta años que exigirá la revolución proletaria mundial…”,[1] palabras que reflejan su visión del futuro a principios de los años veinte y los plazos en que imaginaba se llegaría a él.

Quienes conozcan reencontrarán y quienes desconozcan descubrirán en esta antología, la visión de José Stalin sobre el leninismo, su caracterización de la dictadura del proletariado, su argumentación de por qué la dictadura del proletariado no era la dictadura del partido y otros temas de gran interés.

En el artículo “La ley de acumulación socialista originaria”, escrito por Eugenio Preobajenski hace casi un siglo, los lectores de Bolcheviques en el poder descubrirán pistas que ayudan a entender las contradicciones económicas que, sumadas a otras de naturaleza política, contribuyeron a la implosión de la URSS. Con palabras del propio Preobajenski:

Durante ese período [de acumulación socialista originaria], el sistema socialista no es todavía capaz de desarrollar todas las ventajas que le son orgánicamente propias, pero al mismo tiempo hace desaparecer inevitablemente una serie de ventajas económicas propias del sistema capitalista evolucionado. Recorrer rápidamente este período, alcanzar lo más pronto el momento en que el sistema socialista desarrollará todas sus ventajas naturales sobre el capitalismo, es una cuestión de vida o muerte para el Estado socialista.[2]

Como último botón de muestra, solo añadiremos que “El día de la mujer” y “El comunismo y la familia”, de Alejandra Kollontai, serán sorprendentes para quienes crean que la Revolución Bolchevique careció de un enfoque de género.

En esencia, esta antología contiene una valiosa y útil selección de textos de los bolcheviques Vladimir Ilich Lenin, José Stalin, León Trotski, Nicolás Bujarin, Eugenio Preobrajenski, Anatoli Lunacharski, Alejandra Kollontai y Nadiezhda Krupskaya, a los que se añaden los del estadounidense John Reed y el belga Víctor Serge. Como explican los compiladores de este volumen:

El propósito de Bolcheviques en el poder apunta a presentar, a partir de textos representativos e imprescindibles de importantes protagonistas, aspectos fundamentales que permiten acceder a los fundamentos teóricos del bolchevismo en sus diferentes manifestaciones: la política, la economía, la sociedad, la cultura, la educación, la transición socialista.

[…]

A principios del siglo XXI volver a su obra, reexaminarla, no es un mero ejercicio de pensar. Es reconocer la enorme contribución que hicieron a la cultura, a la teoría social y a la filosofía política del socialismo y del marxismo. Sus enfoques teóricos, la experiencia de la propia Revolución bolchevique nos compulsa a repensar nuestro siglo y el valor de la teoría revolucionaria que ellos elaboraron, en las condiciones del mundo de hoy.[3]

Si revelador es leer hoy a los bolcheviques para conocer sus pensamientos, sus sueños y sus expectativas, y hacer un balance crítico bien informado de lo que sucedió y lo que no sucedió cuando esos pensamientos, sueños y expectativas se enfrentaron a la inapelable prueba de la práctica, igualmente lo es leer a la generación de los años sesenta, pues con ella se cierra un ciclo intermedio de la historia del siglo XX, hecho que la convierte en testigo excepcionalmente bien ubicado, para «mirar hacia atrás» y para atisbar a las contradicciones que dos décadas más tarde provocarían el colapso del orden mundial de posguerra.

En los años sesenta es cuando se comienzan a percibir con total nitidez los cambios que la Segunda Guerra Mundial provocó en el mapa político del planeta, que quedó dividido en un «primer», un «segundo» y un «tercer» mundos. En el centro del Primer Mundo, en los Estados Unidos, la aparición de problemas, sujetos y luchas sociales que no encajaban en los estereotipos del conflicto Este-Oeste, resquebrajaba el totalitarismo macartista que esa gran potencia había impuesto dentro y fuera de sus fronteras desde el estallido de la guerra fría (1946). El movimiento por los derechos civiles de los negros, el movimiento contra la Guerra de Viet Nam, el movimiento estudiantil y de la contracultura, entrelazados entre sí por la participación simultanea en ellos de cientos de miles de personas y por el rechazo a la alienación, el individualismo, el consumismo, la intolerancia y otros males del capitalismo desarrollado, alcanzaron niveles sin precedentes de movilización y protesta, y fomentaron nuevas perspectivas de género, raza, sexualidad, ambientalismo, solidaridad con las luchas del Tercer Mundo y otras que, a partir de entonces, ocupan crecientes espacios en las agendas y los programas de la izquierda.

La rebelión estudiantil ocurrida en Francia en mayo de 1968 es el más emblemático acontecimiento demostrativo de que esa nueva izquierda brotaba también en los países Europa occidental donde el llamado Estado de bienestar alcanzaba su clímax, pero no brotaba sobre la base de la agudización de las contradicciones de clase entre la burguesía y el proletariado, del modo en que Marx y Engels habían planteado a mediados del siglo XIX, y que la dirección soviética mantuvo estática como premisa de su concepción del mundo.

Concluida la etapa estalinista y la reconstrucción de posguerra, la URSS presentaba cartas de gran potencia mundial con la colocación en órbita del Sputnik (1957) y el viaje al cosmos de Yuri Gagarin (1968), hechos que indican un elevado desarrollo económico y científico-técnico, y develan la capacidad de construir cohetes intercontinentales portadores de las armas nucleares que esa nación producía desde 1949, lo que llevaba al imperialismo a combinar la escalada del elemento ideológico de la guerra fría con el inicio de pasos para frenar la carrera armamentista. Sin embargo, las intervenciones militares de la URSS en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), el conflicto chino-soviético y el surgimiento del eurocomunismo en el occidente del «viejo continente», demostraban que, no obstante su desarrollo militar, el Segundo Mundo estaba aquejado por crecientes contradicciones económicas y políticas, que no concordaban con las expectativas de Marx, Engels y Lenin sobre el proceso de construcción socialista.

En la segunda posguerra del siglo XX, el vórtice de la revolución social se desplaza al Tercer Mundo, donde en China, Corea y Vietnam, la revolución anticolonialista era también de carácter socialista, mientras que en Cuba, poco más de dos años después de su victoria, la revolución antineocolonialista que allí triunfa develó esa misma identidad. En la cresta de la ola de las luchas de liberación nacional en Asia y África, y de las luchas revolucionarias en América Latina, los años sesenta son fecundos en la producción política y teórica sobre esos –entonces novedosos– desarrollos. Ni lo ocurrido en el primer, el segundo ni el tercer mundo encajaba con el pretendido desarrollo de la teoría marxista que emanaba de la URSS, lo que llevó a una parte de la intelectualidad antisistémica a arremeter en contra del marxismo, y a otra, a la más valiosa, a releer a los clásicos para a aplicar su instrumental teórico a los procesos económicos, políticos, sociales y culturales posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Como afirman en su prólogo los compiladores de Filosofía y revolución en los años sesenta:

Las décadas que atraviesan los años sesenta y setenta del pasado siglo han sido calificadas como una época de revolución por la magnitud de los procesos y hechos ocurridos, de ahí la importancia que tiene conocer y profundizar su dimensión y contenido desde un nuevo mileno más complejo y turbulento que los precedentes. Esas razones, nada simples por cierto, son las que han motivado la publicación de la antología que se pone en manos del lector –especialmente para los jóvenes que no la vivieron y que apenas la conocen–, con el propósito esencial de retomar un conjunto de análisis y de postulados teóricos a través de sus pensadores más sobresalientes, los que por su connotación y validez ponen de manifiesto la radicalidad y la renovación crítica de corrientes que conformaban estructuras de pensamientos que debatían sobre el orden social imperante y que dan paso a un nuevo escenario intelectual, básicamente desde la izquierda, que se planteaba fundamentar presupuestos teóricos y una praxis revolucionaria que respondiera a los desafíos intelectuales y políticos de la época.[4]

Filosofía y revolución en los años sesenta consta de cuatro partes: Filosofía, Economía, Tercer Mundo y Problemas de nuestro tiempo, además de dos útiles secciones, una de Notas y otra de Autores.

En Filosofía, el lector encontrará emblemáticos textos de Marta Harnecker, Adam Schaff, Herbert Marcuse, Louis Althusser, Régis Debray, Jean-Paul Sartre, Theodor Adorno, Lucio Colleti, Martin Nicolaus, Fernando Martínez Heredia y André Gorz. En Economía, se aproximará a la obra de Esnest Mandel, Theotonio dos Santos, Paul Baran y Paul Sweesy, y Harry Madgoff. En Tercer Mundo, conocerá el pensamiento de Edwin Lieuwen, Tomás Amadeo Vasconi, Andre Gunder Frank, Frantz Fanon, Charles Wright Mills, Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, Ho Chi Minh, Ernesto Che Guevara y Fidel Castro Ruz. Y, en Problemas de nuestro tiempo, se familiarizará con William Jenner, Isaac Deutscher, Carlos Monsiváis, Nicos Poulantzas, Stokely Carmichael y Rossana Rossanda.

Sonia Almazán, María del Carmen Ariet y Jacinto Valdés-Dapena merecen toda nuestra gratitud por poner sus conocimientos científicos en función de las necesidades de nuestro tiempo, mediante la compilación de estas antologías que, por iniciativa de Ocean Sur, son accesibles a los lectores.

La Habana, octubre de 2010

Notas



[1] León Trotski: “Cultura proletaria y arte proletario”, en: Bolcheviques en el poder, Sonia Almazán y Jacinto Valdés-Dapena (compiladores), Ocean Sur, México D.F., p. 156.

[2] Eugenio Preobajenski: “La ley de acumulación socialista originaria”, ibídem, p. 273.

[3] Sonia Almazán y Jacinto Valdés-Dapena: “Prólogo”, ibídem, p. XI.

[4] María del Carmen Ariet y Jacinto Valdés-Dapena: “Introducción”, Filosofía y revolución en los años sesenta, Ocean Sur, México D.F., 2010, pp. IX y X.

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Bolcheviques en el poder y Filosofía / Revolución en los años sesenta
Director: Félix Julio Alfonso López
Edición: Joanna Castillo Wilson
Diseño: Alejandro de la Torre Chávez
Programación: David Muñoz Compte
Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
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